Cocineros antes que frailes

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De un tiempo a esta parte resulta habitual escuchar durante las retransmisiones futbolísticas comentarios muy duros dirigidos al árbitro de turno. Del “No sabe, no tiene ni idea”, se llega incluso al: “Eso sólo puede pitarlo quien no ha jugado nunca al fútbol”, o: “Si es que no entienden de qué va esto”. Sirvan las siguientes líneas para bucear en el pasado, repasando una época en la que no pocos futbolistas llevaban el silbato a sus labios tras colgar los borceguíes.

Bien mirada, poco tiene de ilógica semejante transformación. Si un ex futbolista puede seguir conectado al mundo del cuero ejerciendo funciones de entrenador o directivo, ¿por qué no iba a ser árbitro?. Así pensaron unos cuantos antaño.

Por ejemplo Ezequiel Montero (Madrid 1893), campeón de Castilla como corredor pedestre y recordman durante 3 años. Jugó en el Cardenal Cisneros y Real Sociedad Gimnástica Española, antes de ser fundador del Racing madrileño, hace casi cien años. A partir de 1912 se dedicó al arbitraje, alcanzando la categoría internacional. Como por esos tiempos arcaicos las gentes del fútbol solían ser hombres orquesta, la temporada 1926-27 se convirtió en seleccionador nacional. Presidente del Colegio Madrileño de Árbitros a partir de 1934, aún compaginó tanta actividad con su trabajo de maestro escolar, la representación comercial de “Casa Espuñes”, conocida peletería, y hasta el puesto de jefe de personal en sus talleres.

Más conocido resulta el defensa derecho Pedro Vallana (Algorta, Vizcaya 1897), campeón de Copa con el Arenas guechotarra en 1919 e internacional en 12 ocasiones. Un gol suyo en propia puerta eliminó a España de la VII Olimpiada, sin que el hecho tuviese la repercusión de otros fallos históricos de nuestro fútbol, como el de Cardeñosa ante Brasil, sin ir más lejos. El advenimiento del Campeonato Nacional de Liga se produjo cuando sumaba 31 años, edad casi provecta para los usos deportivos de la época, por lo que sólo disputó la 1ª edición. Tan pronto se hubo retirado ejerció el arbitraje, a la par que entregaba excelentes artículos al diario bilbaíno Excelsior, titulados “Desde la salsa”. En ellos daba su particular visión desde dentro del terreno, como hace hoy Pedro Horrillo sobre las carreras ciclistas en las páginas de El País. Medalla al Mérito Deportivo y nacionalista vasco a ultranza, pese a ser hijo de italiano y suiza, fue firme impulsor de la gira propagandístico-deportiva del Euskadi, combinado de jugadores vascos durante la Guerra Civil española. Su protagonismo en aquella azarosa aventura fue acentuándose a medida que aumentaban las dificultades de toda índole, llegando a usurpar las funciones encomendadas al acaudalado naviero Manuel de la Sota. Como muchos de sus componentes, se exilió en América, aprovechando el paraguas tendido por su hermano, afincado para entonces en Venezuela.  

Rafael Mª Moreno Aranzadi, “Pichichi” (Bilbao 1892), mito no sólo del Athletic sino de todo el fútbol nacional, prototipo de goleador, también tenía previsto dedicarse al arbitraje cuando la muerte le sorprendió, emboscada en unas fiebres tifoideas. Hijo de Joaquín Moreno, alcalde de Bilbao en los primeros años del siglo XX y sobrino de Miguel de Unamuno, padre literario de la “Generación del 98″, fue internacional en los 5 primeros partidos de nuestra selección durante la Olimpiada de Amberes, en 1920, a la que, por cierto, a punto estuvo de no ir.

Mal estudiante en los Escolapios, cuando inició la carrera de Derecho en la Universidad de Deusto no aprobó ni una asignatura. Su padre, entonces, tiró de influencias para colocarlo en el Ayuntamiento, desde donde pasó al despacho de la por entonces poderosa chatarrería Merodio. Ya en tiempos de amateurismo puro y profesionalismo encubierto, ser futbolista tenía sus ventajas, y “Pichichi” las aprovechó en 1919 para casarse con la sobrina de su patrón. Como entre boda y viaje de novios llevaba un mes sin entrenar, pensó no debía formar parte de la expedición olímpica. Con 27 años cumplidos parecía haber pasado el mejor momento, pero aún así su concurso se estimó tan imprescindible que el señor Argüello acabó introducirlo en el tren, rumbo a Amberes. El resto es bien sabido. Allí nacería “la furia”, nombre con que aún se conoce a nuestra selección por casi toda América, Sabino pasó el balón a Belause para que arrollase a los suizos, “Pichichi” anotó un gol frente a Holanda y todos regresaron con la medalla de plata. Sin  embargo a partir de 1920 el público de San Mamés se revolvió contra su mito. Bastaba cualquier fallo para que estallasen los gritos de “¡Fuera, fuera!” y el menor síntoma de flaqueza dispara cánticos de “¡Viejo, estás acabado!”. La injusticia siempre ha vivido enquistada en el fútbol. Sin embargo cuando expiró el 1 de marzo de 1922, tras cinco días de enfermedad, su sepelio constituyó una imponente manifestación de duelo, paralizando todo Bilbao.

Un busto de Quintín de la Torre honra su memoria en San Mamés desde diciembre de 1926 y aún hoy, cuando los equipos visitan por primera vez “La catedral”, mantienen viva una tradición de 80 años, depositando su ofrenda floral. A partir de 1953, un trofeo con su nombre instituido por los diarios Arriba y Marca, premia al máximo goleador del Campeonato Nacional de Liga.

Quien sí pudo ser árbitro a partir de 1935 fue el medio centro Manuel Ocaña (Sevilla 1901). Formado en el club hispalense, saltó al Betis para la temporada 1919-20, tras un enfrentamiento con el directivo blanco Francisco Alba. Cuando las aguas volvieron a su cauce regresó a la entidad sevillista, para colgar las botas recién iniciado el Campeonato Nacional de Liga, en el que por razones de edad no llegó a debutar, siquiera. Como el gusanillo parecía tirarle aún, se dejó convencer para vestir de corto otra vez la temporada 1932-33, en el Racing Cordobés. Luego ejercería de árbitro hasta 1942, mientras trabajaba en la fábrica cervecera Cruz Campo, y andado el tiempo llegaría a presidente del Colegio Andaluz de Árbitros.

Se le anticipó un poco en tareas arbitrales el guardameta Joaquín Pascual (Madrid 1900), con militancia en el Cardenal Cisneros, Racing de Madrid entre 1915 y 1921, Barcelona hasta 1924 y Tenerife la temporada 1924-25. A partir esa campaña ejerció no sólo como entrenador, sino también de árbitro. Por si algo le faltaba, acabó presidiendo la Federación Canaria de Fútbol.

El primer “Pichichi” de nuestra Liga, Paco Bienzobas (San Sebastián 1909), también quiso saber qué se sentía arbitrando. Internacional en 2 ocasiones y autor del primer gol de la Real Sociedad en el Campeonato liguero, tuvo igualmente el honor de inscribir su apellido con letras de oro en la historia de Osasuna, al marcar el primer tanto rojillo en la máxima categoría (temporada 1935-36). Extremo con mucha facilidad rematadora, afirmaba haber fallado un solo penalti durante toda su carrera, entre 75 lanzamientos. En diciembre de 1935, con 26 años largos, aprobó unas posiciones para guardia municipal de San Sebastián, pese a lo cual continuó jugando en Osasuna. Al concluir esa temporada, la Guerra Civil echó a pique su puesto de trabajo, por lo que en 1940, mientras seguía corriendo la banda de Atocha, rescatada del armario la camiseta donostiarra, ejercía como empleado en la fábrica de tabacos de esa capital. Retirado en 1942, para el año siguiente actuaba ya como juez de línea y árbitro, alcanzando como tal la 1ª División en 1947-48.

Francisco Clemente González, para el fútbol “Telete” (Deusto, Vizcaya, 1905), llenó toda una época en la Gimnástica de Torrelavega (1924 a 1930) y Racing de Santander (1930 hasta 1941, con breve paso por Murcia la temporada 1934-35), fue pretendido por el At Madrid y el Athletic bilbaíno y no llegó a debutar como internacional en 1927 frente a Suiza, en Santander, porque el guardameta Ricardo Zamora, que era quien confeccionaba las alineaciones, según su propio testimonio, prefirió aquella tarde a Galatas. Conocido por su pequeña estatura como “El Ardilla”, tras colgar las botas estuvo entrenando a infantiles, al tiempo que actuaba como árbitro y juez de línea en 1ª División, sin descuidar su trabajo en la Sociedad Española de Oxígeno, radicada en Santander.

Menos renombre futbolístico alcanzó el sevillano Manuel Ruiz, a quien en su barrio de Macarena conocían por “El Calentero”, al trabajar en un puesto de “calentitos”, denominación otorgada a los churros en la ciudad de La Giralda. En su caso, tras buscar el gol con las camisetas del Calavera, Betis y Olímpica Jiennense, descolgó el silbato.

El defensa José González Echeverría, más conocido por “Terrible” durante su militancia en el Vasconia de San Sebastián y Osasuna (1939-41), por su particular modo de concebir la tarea destructora, llegó a conquistar la escarapela internacional como árbitro. Ello no le impidió protagonizar algún hecho por demás pintoresco, mientras hacía méritos camino de la 1ª División, según recuerdan todavía por Rentería algunos viejos aficionados. Y es que terrible resultó su arbitraje, saldado con 5 expulsiones del Touring, 2 del C.E.S. y un tanteo favorable a los visitantes por 0-2. Tanto escoció su arbitraje que por Rentería se repartieron pasquines con los siguientes ripios:

El Colegio de Árbitros Guipuzcoano

tiene en su seno a una calamidad

dicen que Terrible tiene de apodo y claro que es terrible de verdad.

¡Qué vergüenza y qué rabia nos da

que mantenga la Federación

colegiados tunantes como ése, por eso el Touring tuvo su sanción!.

Lo que no pudo el Beasáin en Sempere

y menos el Añorga en Michelín

lo pudo el señor Terrible en Larzábal

Pero sin duda el más pintoresco de los futbolistas árbitros habrá sido el también defensa a la antigua usanza, de patadón sin contemplaciones, Antonio Navarro Cardoso (Cádiz 1924). Tras pasar por el club de su localidad natal, San Fernando, Xerez, Mallorca y Gimnástico de Tarragona, se afincó en la capital mediterránea con su retirada en 1955, convertido en árbitro de categoría Regional y guitarrista en cuadros flamencos.

El más famoso, sin duda, fue José Plaza (Salamanca 1919). Y no por sus actuaciones en el Pardiñas, Imperio de Madrid (1943 hasta 1946) o Plus Ultra (1946-47), sino porque tras iniciarse como hombre de negro la temporada 1948-49 alcanzó la 1ª División en 1958, el internacionalato en 1964, dos años antes de su retirada, y la presidencia del Comité de Árbitros en 1968, ocupando la FEF el también antiguo futbolista José Luis Costa. En 1970 presentó su dimisión como protesta por el linchamiento moral de que fuese objeto el guipuzcoano Guruceta, luego de su famoso penalti contra el Barcelona en el Camp Nou, y al llegar a la poltrona federativa Pablo Porta volvió a presidir el Comité. En él se mantuvo, con el apoyo arbitral y contra viento y marea, pese a los furibundos ataques lanzados por quienes veían en sus modos un estilo muy alejado de la ortodoxia democrática, hasta dimitir el 6 de mayo de 1990. Por cierto que era hermano del editor Germán Plaza, creador de Clíper, sello mítico de la literatura popular española, y artífice indiscutible de las ediciones de bolsillo en España, bajo el anagrama Plaza-Janés

El extremeño Antonio Camacho, guardameta del Cacereño y Xerez, en 2ª División, tuvo luces al convertirse en árbitro, puesto que llegó a internacional, y sombras muy densas, al ser descalificado de mala manera. Entre medias, el Xerez le hizo entrega de su insignia de oro, luego de conocer que bajo la camiseta arbitral acostumbraba a llevar una del Xerez Deportivo, en recuerdo de su paso por el club.

El escándalo de su inhabilitación tuvo lugar en 1976, tras destaparse un sonoro alboroto con la supuesta compra de varios partidos. Se dijo entonces que nunca hubo pruebas concluyentes, pero basándose en indicios, sospechas más o menos fundadas y testimonios relativamente fiables, purgaron Antonio Camacho y Antonio Rigo, ambos de 1ª División, y los colegiados de 2ª Pérez Quintas, Pascual Tejerina y Olasagasti. Los sobornos a que pudieron haberse avenido nada tenían que ver con mafias pronosticadoras, como ocurriría tiempo después en Italia o Alemania, sino con las necesidades perentorias de varios clubes. Sus secuelas, además, se hicieron sentir durante algún tiempo. En el pleno federativo de aquel año no faltaron presidentes dispuestos a seguir destapando inmundicia, cayera quien cayese. Sólo el señor Eguidazu, mandatario del Athletic, acertó a entonar una nota de cordura entre la cacofonía del hotel Meliá Madrid, afirmando sin tapujos: “Señores, cuando hay alguien que se vende siempre hay alguien que compra”. Los propios árbitros, muy divididos, pues no en vano el principal acusador de Camacho había sido su compañero Medina Iglesias, acabaron formando una piña en torno a su presidente Plaza, como caravana de colonos ante el ataque sioux. Y por supuesto, nadie tiró de ninguna manta.

El último árbitro de elite con antecedentes de corto, excepción hecha del salmantino Ramos Marcos, quien no superó como futbolista la categoría Regional, fue el gijonés José Antonio Balsa Ron, guardameta en su tierra y en el Palencia desde 1959 hasta 1962 y nuevamente la temporada 1963-64. Y si bajo el marco no pudo dar el salto a 2ª División, como árbitro habría de llegar a la cúspide.

Hoy, habida cuenta de la enorme competencia existente en todos los ámbitos, incluido el mundo arbitral, y ante el hecho de que no puedan solaparse las licencias de futbolista y árbitro, es prácticamente imposible que un jugador, tras colgar las botas, pueda llegar muy lejos en su carrera de colegiado. Juega muy en su contra el establecimiento de una edad reglamentaria para la retirada y son demasiados los peldaños a escalar en tan breve tiempo. Pero llegados a este punto cabe preguntarse en qué benefició a los reseñados haber sido cocineros, antes que frailes. Pedro Escartín, Juan Gardeazábal, Ortiz de Mendíbil o Urízar Azpitarte, por reseñar algunos grandes de distintas épocas, jamás pasaron por la cocina. Y ello no fue óbice para convertirse en reputados árbitros. 

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Publicado en: Jugadores

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