La palabra “balompié” ha cumplido 101 años

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No la usamos mucho. Quizá ni siquiera fuera exagerado decir que no la usamos casi nunca. Pero nuestro españolísimo balompié ha resistido y cien años después continúa entre nosotros.

El origen de la palabra “balompié” es bien conocido: fue un invento del periodista Mariano de Cavia, que lo defendió en un artículo publicado en el diario madrileño “El Imparcial” el día 1 de agosto de 1908.

El balompié entró en el diccionario de la Real Academia en su edición de 1927, en el que aparece con esta definición, casi inocente: “Juego parecido al balón, del cual se diferencia en que la pelota o balón se juega con el pie”.

No pretendo aquí hacer una defensa de la palabra “balompié” y mucho menos un canto purista para que usemos más esta palabra. Pero sí me gustaría hacer lo posible por destacar el fenómeno casi excepcional que supone, lo que debe ser motivo de orgullo para los hispanohablantes amantes del fútbol.

En primer lugar, y sin duda más importante, es casi asombroso que la palabra “balompié” haya conseguido sobrevivir cien años junto a su sinónimo “fútbol”, absolutamente mayoritario, y no solo en español sino también en la mayor parte de idiomas. El caso del inglés “soccer”, utilizado sobre todo en los Estados Unidos, no es comparable a nuestro “balompié”, ya que el primero solo se utiliza porque es necesario diferenciar dos deportes, el fútbol y el fútbol americano.

En segundo lugar, y no por ello más llamativo, el hecho de que la palabra fuera un invento artificial y sin embargo calara entre los aficionados al fútbol.

En un sentido muy amplio cabe considerar que todas las palabras de un idioma son un invento. Pero nunca un invento de un individuo, sino de un mínimo de dos que tienen la necesidad de designar una realidad que entienden nueva e inventan de común acuerdo una palabra que les sirve en lo sucesivo para referirse a esa realidad. Normalmente lo hacen utilizando las palabras que ya tienen en su idioma, designando esas nuevas realidades por composición de varias (saca-puntas, para-choques), o más comúnmente extendiendo metafóricamente el significado de otro término preexistente.

A partir de que esos inventores anónimos comienzan a utilizar la nueva palabra, o el nuevo significado, este uso se extiende desde un ámbito más o menos reducido o especializado hasta que la mayor parte de hablantes del idioma lo entienden y utilizan.

Este fenómeno natural por el que se crean las palabras, y los mismos idiomas, no tiene lugar en los idiomas artificiales como el esperanto o incluso en los lenguajes científicos cada vez que un inventor o descubridor necesita dar nombre a su hallazgo. Así ocurre por ejemplo con los nuevos elementos químicos que se descubren, con las nuevas especies de animales o plantas, etc.

Pero estos inventos léxicos siempre quedan circunscritos al ámbito científico en el que se crean, y no penetran en la lengua común. Nadie sabe qué elemento químico es el untriennio o qué pez es el xiphias gladius. Y sin embargo los cerca ya de quinientos millones de personas que hablan español saben qué es el balompié.

Por esas dos razones es asombrosa la palabra “balompié”: no solo fue un invento artificial que consiguió penetrar en la lengua común, sino que además ha conseguido sobrevivir ya cien años a pesar de tener un sinónimo tan sumamente pujante como “fútbol”.

A continuación reproducimos los artículos fundacionales del balompié. El primero de ellos en el que Mariano de Cavia publica su invento y el segundo en que cuenta la acogida que ha tenido. El tercero que copiamos es uno mucho más desconocido, probablemente nunca antes citado, en que nuestro premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente habla del invento de Mariano de Cavia, respetándolo pero defendiendo la palabra extranjera, que había penetrado ya en 1908 entre los españoles, aunque con la pronunciación aguda /fuból/.

Esta es la historia de un invento brillante: la palabra “balompié”.

 


“El balompié”

Mariano de Cavia

El Imparcial (1-8-1908)

 

Varios jóvenes amables se proponen organizar una nueva sociedad de “football”; desean darle un nombre español, y no acertando con él, me hacen la merced de apelar a mis cortas luces, porque ellos tienen por intraducible el vocablo inglés con que se denomina este deporte.

¡Intraducible! Así como Napoleón, o quien fuese, dijo que la palabra “imposible” no era francesa, yo me permito creer que la palabra “intraducible” es una de las más inútiles de nuestro vocabulario. Para un idioma tan copioso, variado, expresivo y flexible como el español, muy a duras penas se halla una voz o término extranjero que no tenga equivalencia exacta, o que en último caso, y sin caer en el vicio del barbarismo, no sea asimilable o adaptable con la debida holgura.

El término “football” no solamente no es intraducible, sino que al traducirlo al pie de la letra -ya que el pie toma tanta parte en ese juego- nos encontramos con un vocablo español de la más clara significación y de la más castiza estructura.

El vocablo inglés es doble: está compuesto de “foot” (pie) y “ball” (balón). Pelota muy grande de viento llama al balón el Diccionario de la Academia en la segunda acepción de la palabra.

Disponiendo pues, en nuestro idioma de las mismas dos voces que en inglés, e igualmente precisas y breves, nada más lógico y hacedero que componer la palabra “balompié”, cambiando en m la n del balón por la misma regla ortográfica que se sigue en ciempiés, sambenito, el apellido Sampedro, etc., etc.

El “piebalón” sería una traducción harto servil de la palabra inglesa, bastante fea además, y por añadidura, opuesta a la índole de nuestro idioma, que con toda gentileza se nos manifiesta en otras palabras casticísimas, hermanas mayores del neologismo que me atrevo a proponer, en la esperanza de que deje de serlo muy pronto, para convertirse en una voz tan corriente como estas de rancio y puro linaje: buscapié, hincapié, rodapié, tirapié, traspié, volapié.

No sé si me dejo en el tintero algunas otras por el estilo. Con las precitadas podría hombrearse muy dignamente el “balompié”, gracias a la aceptación y extensión que en España ha logrado este deporte británico, si mi proposición mereciese igual favor por parte de los jóvenes deportistas y de los cronistas deportivos.

A los primeros en general, y más especialmente a los segundos, brindo esta modesta “ideica” en bien de la pureza y riqueza de esta habla española, por cuya conservación y acrecimiento todos debemos interesarnos de continuo, sin dejarnos vencer por la rutina y el culto inconsciente que se rinde al exotismo, culto asaz bajuno y excesivamente cursi en muchas ocasiones.

Cierto que al principio parecerá rara y chocante la palabra “balompié”, como acontece con toda novedad léxica; pero repítase varias veces el vocablo -balompié, balompié, balompié, balompié- y presto se acostumbrará el oído, mercede a la significativa y castiza estructura de esas tres sílabas. ¿No es esto mejor que decir “fubol”, como dicen los más, diciéndolo torpemente y sin saber lo que se dicen?

Y para no cansar más aquí pongo término a esta vaga y quizás vana leccioncilla de castellano visto ordeñar, saludando afectuosamente a los briosos jugadores de balompié, y despidiéndonos del vocablo nuevo con las palabras de un padre que no se fía mucho de la fuerza de la razón.

¡Fortuna te dé Dios, hijo!

 

 

“El balompié en marcha”

Mariano de Cavia

El Imparcial (5-8-1908)

 

“La verdad está en marcha”, dijo Emilio Zola. Lo mismito, y ustedes perdonen semejante hipérbole, puede decirse del balompié.

Hasta los que han tomado la palabreja en sus labios malignos para ponerla en solfa, se han familiarizado con ella involuntariamente, y ya no se les caerá de la boca, cuando escuchen la menor referencia al “fubol” o al “fobal”, como dicen, a estilo de cotorras inconscientes, muchos secuaces del “inapeable” Vicente de la Recua, barón de Reata.

Este es el único de mis particulares amigos que me participa su disconformidad con la denominación española del deporte originario de Inglaterra; pero el barón de Reata -que, naturalmente, es anglómano- se cura en salud, y advierte que si el balompié se pusiera de moda, también él españolizaría el “football”. Celebro la fidelidad que guarda Vicente a sus principios. ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente.

Carlos Miranda ha publicado en “El Liberal” un artículo de amena y vaga filología intitulado “¿Balompié? ¿Bolopié? ¿Bolapié?”. Las disquisiciones del popular poeta son cultas e ingeniosas: pero no sirven de base para una discusión seria, porque aquí no se trata de bolos ni de bolas, sino de balones. Balón, con todo su abolengo francés, es ya palabra tan española como “cadete”, “edecán”, “furriel”, “clisé” y mil más. Balón denomina el léxico oficial a la pelota muy grande de viento; y balón efectivamente llaman nuestros deportistas al mudo y asendereado protagonista de su recomendable juego…, siempre y cuando no haya brazos rotos, piernas quebradas y chichones de mayor cuantía.

Luis Zozaya, el cronista deportivo del Heraldo, me ha ganado la delantera como gran “veloceman” que es (y ya ven ustedes como entre col y col española, no cae mal una lechuga inglesa), replicando de un modo irrefutable a los reparos y distingos de Carlos Miranda, y otorgando el pase al balompié. Tal “exequatur” es muy de estimar, porque estos amables cronistas de los deportes no son de los que menos contribuyen a plagar de innecesarios exotismos un habla tan copiosa, clara y flexible como la nuestra.

Con que, ¿está o no está en marcha el balompié?

Buen empujoncillo es el que le da “El Bachiller Canta-Claro” en “El Liberal”, al incluir en el programa de sus anheladas fiestas madrileñas (otro tema, ya añejo, del loco que esto escribe) los indispensables festejos deportivos “para ensayar el balompié del maestro Cavia”. Dejémonos, señor Don Cristóbal, de magisterios fantásticos y de ilusorios títulos de propiedad, y adelante con el balompié a secas, con el balompié a la pata la llana.

El empujón magno, el que ya sienta estado de cosa juzgada, es el que da al balompié “El País” en un artículo que intitula “No se dice football. Dígase balompié”.

Al manifestar el diario republicano que dista mucho de considerar baladí el castellanizar palabras extranjeras, escribe lo siguiente, entre otros razonamientos de peso, así en lo histórico como en lo político:

“Aceptamos el vocablo balompié, que deben todos los periódicos propagar, dar aire, lanzar con brío a la cabeza del vulgo, que se pirra por extranjerizar. No se crea que es esto una nimiedad. Todo lo contrario. Cuando un pueblo es fuerte, pone su sello, su personalidad y carácter a las ideas y palabras ajenas. Cuando España era grande castellanizaba nombres propios: Aquisgrán, Burdeos. A medida que se ha ido empequeñeciendo deja de castellanizar vocablos extraños y pone empeño en pronunciar a la francesa, a la inglesa o a la alemana los nombres de personas y de cosas. Se llega hasta el ridículo en este prurito. Inglaterra procede a la inversa, como todo país verdaderamente vigoroso. No hay señal mejor que esta del lenguaje para medir la fortaleza o decadencia de un pueblo.”

Así es la pura verdad; y al españolizar hoy un vocablo ingles (otros más irán cayendo, si Dios es servido) no hacemos, ¡oh paradoja!, sino seguir un buen ejemplo británico.

Cuando se anuncia en Gibraltar una función taurina en Algeciras, ¿creen ustedes que en las papeletas se pone “plaza de toros”? ¡Ni por pienso! Hasta esa característica, típica, genuina y única denominación la han inglesizado, anglificado o britanizado, los actuales poseedores del Peñón. La “plaza de toros” ha sido convertida por ellos en “bullring”, y se han quedado tan campantes. Amor con amor se paga. Lo menos que podemos hacer nosotros es convertir el “football” en balompié.

La exhortación de “El País” a los demás periódicos es tan digna de gratitud en la modesta parte que a uno le corresponde cuanto digna de atención en lo que a todos interesa, o debe interesar. Pero antes de que cundiese por completo el balompié -la verdad valga- me daría yo con un canto en los pechos por que ningún periódico español, ya que “El País” nombra a Aquisgrán, volviese a imprimir Aix-la-Chapelle. Porque así lo escriben los más, a la francesa. Si a lo menos pusiera Aachen, a la alemana, pues que así lo dicen los indígenas y dueños de la ciudad de Carlomagno…

En esto hay mucho de desidia, y también mucho de ignorancia. No es cosa de pedir a estas fechas que volvamos a llamar Lepsique y Mastrique, como en los siglo XVI y XVII, a Leizpig y Maastricht; pero cosa es que crispa los nervios encontrarse a cada momento en periódicos, revistas, y hasta en libracos presuntuosos, los nombres de Mayence y Basel, en vez de Maguncia y Basilea.

Para cortar tales cursilerías sale a plaza el balompié; para pelotear en castellano, y para el que el “equipo” a la española no se deje vencer por ningún “team” extranjero.

Mariano de Cavia.

 

“De sobremesa”

Jacinto Benavente

Los Lunes de El Imparcial, suplemento de El Imparcial  (10-8-1908)

 

A vos, D. Mariano de Cavia, príncipe del ingenio español, emperador de la lengua castellana, con el debido acatamiento expongo: que de hoy más, siempre que del “football” hable por cuenta propia, me serviré del bien traído vocablo de balompié… Y digo, cuando hable por cuenta propia, porque el autor dramático, justamente por ser dramático, no puede hablar siempre como quisiera, sino como el carácter, estado y condición de sus monigotes requiere, y así no es de extrañar que muchas veces anden nuestras obras plagadas de solecismos, galicismos y barbarismos de todo género y procedencia. Aun entrando con todo, como la romana del diablo, todavía no podemos presumir de que muchos personajes se expresen con absoluta verdad. En la obra dramática es ineludible la falsificación. No puede escribirse lo mismo la frase que ha de ser leída con los ojos que la que ha de ser escuchada. Preciso es tener presente en ese caso leyes físicas de acústica y leyes psicológicas que determinan la atención y percepción del espectador auditor. No hablamos de otras leyes menudas, pero no menos atendibles, impuestas por las condiciones especiales de este o del otro actor, sus toniles, su manera de recortar la frase, etc, etc. Todo esto es culpa muchas veces de un exceso de oratoria en la obra dramática, de amplificaciones, de redundancias: tranquillas del autor dramático como del orador. Me explicaré con un ejemplo tormentoso: para el lector, el relámpago y el trueno son simultáneos, para el oyente, entre el relámpago y el trueno hay un intervalo que el autor dramático tiene que llenar con algo artificial, luz o ruido.

Y dejadas estas impertinentes divagaciones, solo traídas en descargo de muchas “impurezas” contra el idioma a que el teatro obliga, ahora os diré que vuestro último y amado amigo -Though the last non least- el balompié, merece todos mis respetos, más en gracia a su ilustre progenie, que por su propia gracia.

¿Qué méritos hallasteis en juego como el “foot-ball”, que más parece expansión de potros o luchas en el prado, para otorgarle carta de naturaleza que otros más lúcidos y airosos no lograron?

Ahí se están el Lawn-tennis y el polo y el golfo. Y aunque estos últimos, el último sobre todo, tan como de casa parecen, no es menos caprichosa su etimología que la del “fuboll”, que tanto os ofende.

Por mi parte declaro que este fuboll tiene toda mi simpatía, fuboll me encanta. Me parece nacido en el mismo arroyo de Embajadores. Y si con cariño se pronuncia, veréis como suena dulcemente y desentonaría menos en cualquier composición poética que el balompié o el piebalón académicos.

¿Es de peor casta que el billar o el ecarté o el bezique o el ajedrez y tantos otros cuya procedencia ha sido respetada de doctos e indoctos?

Consideremos que si alguna vez ha de ser realidad el sueño esperantista de un universal idioma, solo podrá lograrse por la pluralidad de vocablos de universal uso. La ciencia y los deportes son los que mayor número de palabras han universalizado.

¿Por qué no abrir cuanto se pueda esta puerta a las corrientes de fraternidad internacional? El lenguaje debe tener por objeto, antes que todo, facilitar las relaciones sociales de todo género; queden en segundo lugar los primores literarios. Así como así, desde que todo el mundo escribe literariamente, ya es casi distinción hacerse con un estilo de cocinera. Confieso que el fuboll me disuena menos que muchas palabras de esas pergaminosas con que a cada paso nos recuerdan muchos escritores del día aquello de:

Que abstraigas

De mi diestra liberal

Este hechizo de cristal

Y las quirotecas traigas. (1)

¿No es preferible un fuboll y hasta un “haiga”? En resumen: fuboll es adorable, fuboll tiene todas mis simpatías.

(1) Estos versos son extracto de la obra “No hay burlas con el amor”, de Calderón de la Barca. El personaje de Doña Beatriz utiliza deliberadamente palabras difíciles y formas rebuscadas. El “hechizo de cristal” no es sino un espejo, y las “quirotecas” unos guantes; el verbo “abstraer” del primer verso está utilizado en su sentido etimológico, esto es, sinónimo de “sacar”. En resumen, lo único que dice Doña Beatriz con esas palabras complicadas es que le quiten un cristal de la mano y le traigan un guante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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