Gracias por ponérmelo tan difícil

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Siempre he sido muy perezoso para escribir, pero nunca había tenido que escribir algo tan duro como esto: se ha muerto Félix Martialay.

Hace días que debía haber escrito estas líneas y no he sido capaz ni siquiera de sentarme delante del ordenador. He escrito algunas notas sueltas en papeles que iba encontrando por ahí en los momentos más variados, pero no me he atrevido a sentarme a juntar esas notas.

No he llorado probablemente porque una vez leí a don Félix que él no había llorado por su padre ni por su abuelo, pero enfrentarme a este texto me pone muy difícil igualar a don Félix.

No le veo sentido, no tiene sentido. Hace días que ha muerto y sin embargo casi todos los días he pensado en llamarle para comentarle cualquier chorrada; o se me ha pasado por la cabeza pasar a saludarle a La Nación.

Ahora es de noche, muy de noche. No quiero escribir, pero sé que es lo menos que puedo hacer por quien prácticamente lo hizo todo por mí. Lo único que voy a perdonarme es el desorden, tengo notas sueltas e ideas sueltas, pero no me veo capaz de darles coherencia. Porque no cabe buscarle coherencia a la incoherencia más grande: se ha muerto don Félix.

Hojeaba hace unos días un libro que me regaló el día que lo conocí. No pusimos la fecha, pero pude reconstruirla con cierta precisión: debió de ser a primeros de agosto de 1996. Yo solo tenía catorce años y como don Félix me puso en la dedicatoria, era un alevín de investigador. Fue en la federación, en la antigua sala de prensa que después pasó a ser centro de operaciones de Camacho. Hablo de Alberto Bosch, claro. Yo aparecí ese día con un amable gaditano que estaba escribiendo la historia del Cádiz. Debimos de quedar a las cuatro y yo puntual a la puerta de la RFEF, apoyado en un coche, vi pasar a un señor mayor al que recuerdo sonriente pero firme. Recuerdo muy bien la primera imagen que tuve de don Félix. El gaditano Ángel Lebaniegos llegó más de media hora tarde y cuando pasamos don Félix dio por hecho que yo era hijo del gaditano. Solo al final le expliqué que no y me dio su teléfono y me ofreció su ayuda. Quizá él mismo no sabía para qué podía yo necesitarla, no era más que un imberbe estudiante de segundo de BUP, pero me la ofreció. Su teléfono lo apunté pero solo por no parecer descortés, porque me lo aprendí de memoria según él lo decía. Y cada una de las llamadas que le hice en estos trece años me repetía a mí mismo en alto o en bajo el teléfono de la manera como él me lo había dicho aquel día, agrupando primero cuatro números y después tres.

Recuerdo que no acababa de entender a ese señor. Intenté leer su libro pero era incapaz, porque el libro tenía más que mucho nivel para mí. Y sin embargo había sido extremadamente amable conmigo. Años después entendí que no es que esa fuera la grandeza de don Félix, sino que esas eran sus dos grandezas: no solo era el mejor historiador del fútbol español sino que era el hombre más generoso que he conocido nunca.

Ahora hago cuentas y quizá fue el 9 de agosto de 1996 cuando conocí a don Félix. Él siempre era fiel a los viernes y ese año el 9 fue viernes. Pero también pudo ser el 16, pronto se iba a Benidorm.

Recuerdo mi primera paella en Benidorm con don Félix. Puestos a no entender nada el maestro de historiadores me invitó a una paella en un restaurante que se llamaba La Zarzuela, en la cala de Finestrat. Fue dos años más tarde, y tan no me lo podía creer que en la foto que nos hicimos aparezco mirando para otro lado.

Fue después de un verano que pasamos juntos trabajando en La Nación. Don Félix tenía muchos recortes guardados pero quería tirar parte de ellos. Y no solo me pidió que le ayudara, sino que me dio la confianza para tomar la decisión de qué valía y qué no. Supongo que no era más que una ilusión y él lo repasaba todo, pero eso lo hacía todavía más generoso: me estaba enseñando qué valía y qué no valía. Y entre recorte y recorte me hablaba de Historia, de cine, de fútbol, y hasta de la vida. Él hablaba, quizá sin darse cuenta de que lo suyo eran siempre lecciones magistrales.

De fútbol me ha enseñado mucho, al menos tanto como he sido capaz de aprender. Pero lo mejor que me ha enseñado don Félix es cómo debe ser un hombre. Porque los tiempos no cambian; como él decía, sigue haciendo frío en invierno y calor en verano, y aunque los hombres se empeñen en cambiar “eso solo son mandingas”. Él me ha enseñado qué es el honor, qué es el patriotismo, qué es la generosidad. ¡Cuántas horas le dedicó don Félix a explicarme todo esto! Me acuerdo ahora de aquel bar de la calle de Alcalá, próximo ya a Goya, al que fuimos durante un tiempo al salir los viernes de la federación y que don Félix llamaba “el muro de las lamentaciones”. Es tremendo, su humor me hace sonreír incluso ahora, que paso uno de los momentos más difíciles de mi vida. Esa vida que me explicó don Félix en el muro de las lamentaciones.

Y cuando pienso en eso vuelvo a no verle sentido. Y eso vuelve a hacer más grande a don Félix y a hacer más pequeño cualquier agradecimiento que yo pueda ofrecerle. Corcuera dice que Martialay ha vivido tres vidas, pero ni siquiera esas tres me bastarían a mí para agradecerle todo lo que ha hecho por mí.

Además me enseñó qué era la Historia, para poder ser historiador del fútbol. Recuerdo que el día que conocí al presidente Villar le dije esto mismo y se quedó sorprendido. ¡Cuántas veces he dejado sorprendida a gente usando palabras y frases de don Félix!

De las notas que he ido tomando estos días antes de ponerme a escribir todavía no he usado ninguna. Me vienen tantas ideas, tantos recuerdos que solo tengo que ser capaz de escribir. La ventaja de ser tan joven es que los trece años que he vivido con don Félix son casi la mitad de mi vida, y es muy difícil ordenarlo. Pero tampoco tengo ningún interés, si mi redacción es incoherente mejor, sería estúpida la coherencia hablando de lo más incoherente posible: ya no voy a volver con don Félix al muro de las lamentaciones.

Y tanto como escribir estas líneas me costará volver a su oficina de La Nación, y a comer en el restaurante de Jacinto. Qué curioso, uno de los momentos en los que más me ha costado contener las lágrimas fue precisamente cuando vi a Jacinto en el funeral.

Cuánto le quería, don Félix, cuánto le quería.

Los datos están todos por ahí, así que tampoco los voy a buscar ahora. El caso es que me hice historiador porque don Félix me hizo historiador. No solo dedicó miles de horas a enseñarme, sino que me dejó trabajar codo con codo con él en multitud de ocasiones. No sé cuántos libros y no sé cuántas bases de datos. Pero ahí están. Y siempre había algo nuevo que poder enseñarme, y algo nuevo que me enseñaba.

Varias veces le propuse que firmáramos un libro juntos. Seguro que tengo por ahí un correo suyo que recuerdo muy bien en que me decía algo así como “leche, pues busca algo que podamos escribir juntos”. Cuando lo encontramos fueron los malos mengues los que nos lo impidieron, según él mismo dijo. Y ya no tuvimos oportunidad.

He dejado de escribir unos cuantos minutos. Necesitaba preguntarme una vez más si todo esto es verdad o no. Y pensaba que precisamente es una de las cosas que más me ha enseñado Martialay: el amor por la verdad. A la verdad por encima de todo y de cualquiera, la verdad perfecta, como decía aquella pegatina que me regaló hace años: no querer ser perfecto es un delito. Es de san Jerónimo, creo recordar.

También me enseñó la importancia de la violencia, y cómo la violencia puede ser buena si se utiliza para defender algo bueno que no puede ser defendido de otra manera. Y eso ocurre muchas veces. La verdad, por ejemplo, hay que defenderla aunque haga falta la violencia, aunque sea peligroso defenderla, aunque puedas jugarte la vida por ella. La mentira es lo más sucio que existe, y la mentira en la Historia para engañar a los conciudadanos una de las actividades más abyectas que cabe imaginar. Y engañar en la historia del fútbol para crear influencias políticas algo de pobre gente a la que hay que liquidar, dialécticamente al menos.

Una de las primeras notas que escribí cuando me enteré de su muerte decía “qué difícil me lo has puesto”. Creo que es la primera vez que lo tuteaba y no puedo ni sospechar por qué lo hice. Pero qué razón llevaba, qué difícil me lo ha puesto. No he conocido a nadie tan generoso como él, no he conocido a nadie tan trabajador como él, no he conocido a nadie con principios tan sólidos como él, no he conocido a nadie como él. Y como hablaba con nuestro querido amigo Del Olmo, ni volveremos jamás a conocer a nadie como don Félix. Él me trataba como su discípulo y por mucho que a mí me diera mucho orgullo presentarme como su discípulo la responsabilidad es enorme, brutal.

Pero si alguien me ha enseñado que hay que vencer el miedo es don Félix, y que precisamente afrontar esa responsabilidad que me ha dejado es lo menos que puedo hacer por él, por su memoria, por tantos miles de horas que me dedicó. La responsabilidad es enorme, brutal. Pero, don Félix, muchas gracias por ponérmelo tan difícil. Jamás podré olvidar lo difícil que me lo ha puesto.

Un abrazo muy fuerte, maestro, amigo, un abrazo muy fuerte.

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Publicado en: General

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