En busca de CIHEFE

Resumen

En mi caso, debo reconocer que no comencé a interesarme por la historia del fútbol hasta la adolescencia. Mi pasión era jugar y, al igual que el resto de críos de la época, disfrutaba en los recreos y, ya tras las clases, en el patio del colegio dando patadas al balón. Después, ya en plan
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En mi caso, debo reconocer que no comencé a interesarme por la historia del fútbol hasta la adolescencia. Mi pasión era jugar y, al igual que el resto de críos de la época, disfrutaba en los recreos y, ya tras las clases, en el patio del colegio dando patadas al balón. Después, ya en plan más formal, integrando los equipos de futbito del Elisburu, antes de pasar a jugar en campo, en categoría infantil. Como el resto de colegiales, intercambiaba los cromos de los jugadores de la época (aunque reconozco también que nunca llegué a completar ninguna colección), y más allá de ver los encuentros por televisión y escuchar los “carruseles” por la radio aquellas tardes de domingo, sólo las hojas deportivas que se repartían por los bares con los resultados y clasificaciones me acercaban a lo que, posteriormente, se convertiría en una feliz obsesión.

Posiblemente fue a raíz del Mundial ’82 cuando empecé a recopilar artículos relacionados con la historia futbolera, pues el esperado evento trajo consigo la publicación de fichas, reportajes, y lo que hoy llamaríamos merchandising. Aún conservo el calendario del torneo, de aquel estrepitoso fracaso de nuestra Selección, el tongo en El Molinón, el maravilloso fútbol brasileño y el inopinado triunfo italiano.

Seguí jugando unos años más, ya en categoría juvenil con La Clotas hasta que, cumplidos los dieciséis, colgué las botas para dedicarme a los estudios. Curiosamente, una de las primeras publicaciones que coleccioné fue la revista Goleada, editada por el Club Vanguardia, que contenía las fichas y crónicas de los partidos de categoría infantil y juvenil en Gijón. Un lujazo para la época. Recordando aquellos tiempos puedo decir que jugué frente a algunos de los futbolistas asturianos que harían historia en la década siguiente. Así en el Elisburu infantil compartí vestuario un par de temporadas con Marcelino, futuro defensa central internacional con el Mallorca, por entonces baluarte en nuestro centro del campo hasta que el Sporting se lo llevó a Mareo. Ya después nos enfrentaríamos como rivales, como también lo hice con Luis Enrique (éste ya desde los tiempos de pista, cuando jugaba en el Xeitosa; ¡qué bien movían el balón!), Manjarín o Abelardo.

En fin, lo del fútbol como artista no pudo ser, así que supongo que la forma más natural que encontré de continuar vinculado con el deporte fue el seguimiento del mismo. Y no sólo el del fútbol. Mi hermano y yo consumíamos con devoción casi todos los acontecimientos que retransmitía la única televisión del momento: las reuniones atléticas, el baloncesto, el ciclismo, el balonmano, la natación…, y, cuando llegaban los JJOO, aquello era el acabose… Empezamos a crear nuestros propios archivos de competiciones, records del mundo, europeos, de España… No había tiempo para otra cosa en esos interminables veranos, felizmente sin otras preocupaciones.

No obstante para mí el fútbol era lo primero y, conforme fueron pasando los años, terminé dejando un poco de lado el resto de deportes para profundizar en la apasionante historia del balompié. Empecé a visitar asiduamente las bibliotecas para devorar los libros y enciclopedias que albergaban y fotocopiar los artículos y datos más interesantes, descubrí el superdinámico a través de unos tomitos que mi padre tenía guardados por casa y empecé a crear mi propia, y aún modesta, biblioteca. Así mismo, empecé a sacarle provecho al vídeo, pues cualquier reportaje histórico, programa que pudiera proporcionar imágenes antiguas o resúmenes de partidos de épocas pasadas, terminaba formando parte de mi videoteca.

Una investigación para determinar el número goles y encuentros jugados por Quini, el goleador sportinguista, me llevó a visitar la hemeroteca de la Cámara de Comercio de Gijón. Y allí, en aquel lugar absolutamente mágico, con decoración de película decimonónica, entre la penumbra, rodeado de los enormes anaqueles y estanterías abarrotados de tomos, fue donde se terminó de conformar mi espíritu investigador. Concluido el trabajo, decidí presentarlo a la redacción de deportes del diario El Comercio, donde fue recibido con agrado y no sólo me animaron a completarlo con una entrevista al jugador, sino que me permitieron ir a la sede del periódico para cotejar algunos datos consultando la edición en microfilm (afortunadamente no quemé el edificio ¿eh, Carlos?) y revisar el maquetado final. Ese sería mi primer acercamiento al periodismo y, por descontado, mi primera publicación.

La investigación sobre la historia del Sporting tenía que ser, lógicamente, el siguiente paso. Me interesaba fundamentalmente el apartado estadístico, ya que no venía recogido en ningún libro anterior. Quería saber no solo los hechos, sino los datos, las cifras de los Villaverde, Meana, Herrera…etc. Así que, durante los años siguientes, compatibilicé los estudios universitarios con la investigación. La Biblioteca Jovellanos de Gijón y la Pérez de Ayala de Oviedo fueron, junto a la Cámara de Comercio y, sobre todo, el archivo municipal de Gijón, en la Torre del Reloj, los centros de la misma. Estoy muy agradecido por el trato recibido en todos ellos, pero me gustaría resaltar al personal del archivo por su amabilidad ante lo que se les vino encima, porque creo que les hice sacar las colecciones completas de El Comercio y Voluntad. Tomo tras tomo. Desde aquí mi saludo a Moncho, Alicia, Eduardo y Vicente.

Durante estos años llegó a mis manos un libro que rompería todos mis esquemas y me obligaría a intentar ser más preciso en la labor investigadora. Me refiero a Las grandes mentiras del fútbol español. Escrito con una contundencia desacostumbrada en los libros de fútbol y cierta mala leche, todo hay que decirlo, la profusión de datos que Bernardo de Salazar y Félix Martialay vertían en cada capítulo para sustentar cada denuncia o rebatir cada falsedad o información sesgada resultaba demoledora. Descubrí entonces que existía un centro de investigación sobre el fútbol español. Ni que decir tiene que, desde ese momento, seguí la trayectoria de ambos historiadores, que además resultó muy prolífica en los siguientes años. Comprobé que sus nombres ya aparecían en obras anteriores que tenía en mi poder, pues si Bernardo había colaborado en una historia sobre el Real Madrid editada por ABC en los ochenta, Félix era el director del documental sobre la Historia de la Copa del Generalísimo que tenía en mi videoteca. A través de sus libros supe algo más acerca de CIHEFE y de algo llamado Cuadernos de Fútbol. Parecía interesante. Pero ¿qué era eso? ¿Lo editaba la Federación? ¿Se compraba en algún sitio? ¿Había que suscribirse?

Hube de hacer un alto en mis labores de investigación mientras pasaba una temporada en Londres. Allí me encontré con otro mundo en lo que se refiere a la historiografía futbolística. Las bibliotecas estaban plagadas de libros y enciclopedias y, lo que era aún más asombroso, existían vídeos y DVD’s con las historias completas de los principales equipos (casi tres horas de imágenes, algo inaudito en España). Además, tras cada temporada (sobre todo si resultaba exitosa), los clubes sacaban vídeos con el resumen de la misma. Y por supuesto, visité Sportspages, entonces en Charing Cross Road, una pequeña tienda deportiva, verdadero centro neurálgico de la parafernalia futbolística en las islas, donde, literalmente, me puse las botas con libros y partidos antiguos.

Mientras me encontraba en la capital inglesa conocí a través de las páginas de As, donde ya trabajaba Bernardo de Salazar, la formidable tarea de Vicente Martínez Calatrava. La historia más completa jamás publicada del fútbol español. Una obra ciclópea que se convertiría a partir de entonces en una fuente de información y consulta permanente. Y a través de cada volumen, nuevamente CIHEFE, y más nombres de historiadores que iba anotando mentalmente.

Tras regresar a la península, continué con mis pesquisas y tuve la fortuna de que Editorial Nobel se interesara en la obra e iniciara contactos con el Sporting para convertirla en el Libro del Centenario del Club, como a la postre sucedería. Este hecho me permitió tratar con notables periodistas asturianos, del pasado y del presente, que gentilmente aceptaron colaborar en el mismo y, gracias al interés del diario As, contactar con uno de mis ídolos, Bernardo de Salazar, con quien intercambié abundante correspondencia, cotejando información, datos, dudas …

Publicado el libro y tras colaborar en la edición para Asturias de As durante el centenario, me trasladé a Madrid como una más de las leyendas urbanas del Principado (Areces dixit). Aquí conocí personalmente a Bernardo. Lamentablemente, mucho mejor ratón de biblioteca que relaciones públicas, no llegaría a encontrarme con Félix. Mi único contacto, cuando todavía me encontraba en Gijón, fue el de hacerle llegar el libro del Sporting por correo, por el que se había interesado, para que lo recogiera de mi parte en librerías Esteban Sanz, ya que había ciertos problemillas de distribución fuera de Asturias. Un triste consuelo.

Lo demás es presente. Algunos proyectos frustrados, otros en mente, y la continua recopilación de datos y estadísticas. Y, de pronto, la página web de CIHEFE. Y los Cuadernos de Fútbol. Ahí estaban muchos de los nombres que había leído en aquellos libros. Contactar era el siguiente paso, ¿por qué no? Así lo hice y han terminado por aceptarme como uno más. Ya puedo poner caras a lo que antes sólo eran letras sobre el papel.

En este número descubriréis la apasionante historia de CIHEFE. Y nombres, muchos más nombres que han puesto su granito de arena para que este proyecto saliera adelante. Si a ti también te apasiona la historia del fútbol te animo a que des el paso. ¡Ahora es fácil! Está a un clic de ratón.

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Publicado en: General

Nº 29

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