El confitero de Salinas (crónica del Athletic Madrid-Sporting de 1932)

Resumen

El 3 de enero de 1932 Sporting y Athletic de Madrid se enfrentaban en Chamartín, en la quinta jornada liguera de Segunda División. Ambos equipos se encontraban empatados a 4 puntos, en la cuarta y sexta posición respectivamente, en una clasificación que encabezada holgadamente el Oviedo. El partido entre ambos contendientes fue vibrante. Rienzi, el
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El 3 de enero de 1932 Sporting y Athletic de Madrid se enfrentaban en Chamartín, en la quinta jornada liguera de Segunda División. Ambos equipos se encontraban empatados a 4 puntos, en la cuarta y sexta posición respectivamente, en una clasificación que encabezada holgadamente el Oviedo. El partido entre ambos contendientes fue vibrante. Rienzi, el afamado periodista madrileño, realizó una deliciosa crónica para el diario gijonés El Noroeste. En la misma cobraría protagonismo un inesperado personaje que acabaría por restar importancia al propio desarrollo del choque. A continuación reproducimos el artículo en su totalidad:

EL CONFITERO DE SALINAS

Al linde mismo de La Cibeles recogemos el último. ¡Al fútbol! ¡Al fútbol! ¡Que falta el último! Y el último subió, se sentó a mi lado. Era un hombre joven, cetrino de color, de faz afilada.

Al primer bache cayó sobre mí, y me pidió excusas.

-De nada, es que estos camiones parecen tener las ruedas cuadradas… y un tropezón…

Me atajó.-Cualquiera da en la vida.

Sonreímos los dos, y Recoletos arriba íbamos con un temblor como los movimientos de una cosa desvencijada cuando, al pasar Colón, desde dentro de un coche me gritó Gregorio Cotoruelo:

-Adiós Rienzi.

El «último» se volvió lentamente hacia mí, me miró fijo y soltó:

-¿Usted es Rienzi, el cronista deportivo?

-Para servirle.

-¡Quién fuera cronista deportivo!

-¿Para qué?

-Para que mañana supiera toda España cómo van a jugar estos rapaces.

-¿Qué rapaces?

-Los de Gijón. Si en Gijón tuviéramos la prensa que en Madrid.

-En Gijón hay una excelente prensa. ¿Y usted qué es?

-Yo asturiano.

-No, preguntaba a usted por su profesión, si no es ser indiscreto.

-¡Qué va! Yo soy confitero, y estoy de repostero en el Palace. Me llamo Luis Menéndez, para servirle. Y de Asturias.

-Entonces, a ver jugar a sus paisanos, ¿eh?

-Como un clavo. Y es una ruina, porque he dado ocho pesetas a un sustituto en el Hotel, y ahora el durazo de la entrada. Como no queden bien…

Fue entonces como una centella; el pensamiento se me hizo palabra. «Tomi», mi compañero de camaradería en «Informaciones», no podía ir al partido. Yo llevaba en el bolsillo los dos abonos del periódico. Y le ofrecí:

-Yo tengo una entrada para usted.

La aceptó gustoso, y ya en conversación llana y amistosa, simpatizamos sobre el macadán de la carretera de Chamartín.

Yo guardo un grato recuerdo de Asturias porque en ninguna otra región me he sentido más dentro de España, ni mejor templado en la cordialidad de las gentes. Puedo decir que en Asturias se quedó algo mío: un afecto indefinible, una emoción honda; algo, algo que se mete en el corazón; un algo que es eso: el paisaje, el cielo, el río, el agua. Asturias. Y dije:

-La calle Corrida.¡Qué simpática! La cervecería Setién ¡Qué gran camaradería! El Restaurant Mercedes ¡Qué gran pote! Recuerdo a su dueño, un señor grueso, todo simpatía.

Luis Menéndez iba como colgado de cuanto salía de mis labios. Me miraba fijamente y se acercó más a mí:

-Seis años hace que no me he visto en ella. ¿Verdad que es hermosa Asturias?

-Le temblaba la voz, le brillaba una luz extraña en los ojos. Hizo una pausa y prosiguió:

-Yo soy de Salinas. Todos mis familiares son mineros en Arnao, a mí me dio por los dulces. De chico serví en el Hotel Esperanza de Salinas. Luego, la vida ¿sabe?, el querer ser más. Lo dejé todo y me vine a Madrid. Pero Gijón… Madrid es más grande; pero Gijón…¿Se fijó usted en sus chavalas? ¿Y Covadonga? La Virgen. Aquí la llevo. Se desbrochó un botón de la pechera y me mostró una medalla.

-He estado en Covadonga. La conozco.

-No hay Virgen más guapa en todo el mundo.

Llegamos a Chamartín Menéndez y yo. Nos metimos en aquel río de gente y soportamos el flujo y reflujo de la entrada. Siempre que tomábamos de nuevo contacto en mis oídos sonaba la evocación caliente:

-Meana. Manolín Meana. No ha habido otro. El Molinón. Ya quisieran tenerlo aquí. Arena como la de Santa María del Mar no la hay en el globo.

Y, al fin, salvamos la barra. El confitero de Salinas, a mi lado, parecía ir dejando algo de Asturias en el camino.

UN FOCO DE INQUIETUD

Un codazo me hizo saltar el lápiz del papel. Menéndez se levantó rápidamente, diciendo:

-Esos.

Era que saltaba al campo la muchachada del Sporting.

-¡Eh, Tronchu, Adolfo! Ese es Pena. Los conozco a todos. Ese tan guapín es Herrera. ¡Eh Herrera!  Los conozco a todos.

Agitaba las manos, pero los muchachos pasaban indiferentes a su lado picando la tierra con la punta de los borceguíes, como bisoños, rumbo al campo.

En la delantera, junto a nosotros, una bella mujer era el blanco de todas las miradas: fina, alta, el «troteure» le caía sobre una banda como el casco de acero a la Herminia del Tasso.

A sus delantes, apoyada en la barandilla, una linda  caja de dulces abría su tapa como en ofrecimiento.

Ninguno conocíamos, de entre los abonados, a aquella mujer. Menéndez observó:

-Esa clase de mujeres no van al fútbol más que cuando jugamos nosotros.

Había comenzado la pelea, y los astures, lanzados a un asalto frenético, pisaban insistentemente los terrenos del Athletic. Tronchín, con sus piernas combas, abría el juego a las alas sin perder contacto con su ataque. Los cinco tiradores evolucionaban rapidísimos, acudiendo veloces al remate. Nani escapó en torbellino, saltando sobre el zaguero enemigo, con decisión firme de no retroceder.

Menéndez, a mi lado, se revolvía prodigando codazos. Cada avance, cada despeje, era un blanco sobre mi vacío derecho.

-Serénese usted- tuve que decirle.

Me contestó algo bruscamente:

-Es que no puedo. ¿Usted ha visto a Nani? Se juega el turrón por menos de un pitillo.

Herrera, con su flema británica, se despereza ante un balón claro que pudo ir al marco. Menéndez se yergue para gritarle:

-Malón; o te despiertas tú o te despierto yo.

Y le amenazaba con los puños.

Hube de advertirle:

-Oiga, le agradeceré que se contenga; está usted en un asiento destinado a la prensa.

Me contestó secamente:

-Bueno.

En un avance articulado, Pin entró decidido y clavó el pie en el suelo. Se revolcó entre mil angustias, y en brazos, lo retiraron al vestuario.

Menéndez, engallado, vocifera:

-Así, así juegan los valientes. Ahora, ir vosotros por uno de ellos.

Le temblaba la voz, y hasta le acarició con la mirada la señorita del troteure, a quien la palidez que la cubría la embellecía el óvalo perfecto. Era la esfinge ante una caja de dulces.

El Athletic se esforzaba por romper el cerco y su guerrilla pretendía realizar incursiones al terreno asturiano; sobre todo Buiría, con su dribling fácil sobre el verde. Rey empujaba tenaz a sus hombres sobre el marco de Sión, cuando Menéndez escupió rabioso:

-Toma y vuelve por otra, pequeñaco.

Era por Pena, que se había cruzado al avance athlético y con una furia magnífica cortaba el peligro, dejando tendido sobre la hierba a Buiría.

El Sporting jugaba sólo con diez hombres y parecía que se habían multiplicado por dos. tanto ardor y audacia joven ponían en la batalla. Sólo Herrera parecía dudar; y a sus entregas impecables le faltaba ese algo tenaz, bravucón, que embellece todo esfuerzo athlético.

Menéndez repetía entusiasmado:

-Diez, sólo diez, y nos sobran cinco.

Tenía mi vacío deshecho y cribado por el feroz impulso de su codo.

El Athletic escapó, salvando a Tronchín y sus alas en un abrir y cerrar de ojos; los cinco delanteros cayeron sobre el marco de Sión, y mil pies se vieron enredados, y Buiría aprovechando un claro clavó el cuero en la malla asturiana. Era el primer goal de la tarde.

Menéndez se apretó contra mí, como un vencido. Respira entrecortado y respeto su silencio. Aquel silencio hace gritar su dolor. También la esfinge de rara palidez callaba.

Reacciona el Sporting, como si a sus diez hombres les espolearan. Su línea media actúa como una segunda línea de asalto. Nani y Adolfo son como dos saetas sobre la línea de toque.

El Athletic vuelve a recuperarse. Pena, el enorme defensa asturiano embravecido, se crece  y rompe siempre el acoso desordenado. Junto a mí creía percibir el latir presuroso del pulso de un hombre.

Cuesta corre su línea, centra corto y Pirulo solo mete el pie para disparar un tiro que era el segundo tanto del Athletic.

Menéndez se dejó caer como un peso muerto sobre su asiento, y también sufrí yo por el que sufría.

La tenacidad asturiana volvió; su ala izquierda restallaba como una caña, por el esfuerzo personal y entusiasta de Nani. Sobre la casilla athlética rozaban los tiros desgraciados, hasta que al fin…

Fue una bella jugada, una de las más bellas que recordamos. Tronchín abrió el juego a Adolfo, y éste se lanzó al sprint, burló al medio enemigo, iba como un cohete de luces contra el marco contrario. El balón obediente al temple maravilloso del empeine. El defensa se le cruzó, Adolfo le adelantó el balón por la derecha, y avanzó por el flanco opuesto hasta alcanzar de nuevo el cuero, y sobre la marcha emprendida, sesgado al goal, metió el pie derecho y el disparo espléndido se incrustó en la red.

Menéndez saltó sobre su asiento y llenó todo el campo con sus vociferaciones:

-Guapo, eres un guapo asturiano. A ver quien saca otro goal igual de la cabeza.

La esfinge de tez pálida sonríe levemente.

Al comenzar el segundo tiempo con un 2-1 a favor del Athletic, y ver al Sporting con sus diez hombres, llegamos a dudar del triunfo asturiano. Sólo los que bien o mal hemos practicado el fútbol, sabemos la energía necesaria para cubrir el hueco de un hombre en un juego en el que el acoplamiento de once contra once es el equilibrio racional de la lucha; pero no, el Sporting salía fresco, remocicado y en aquel segundo tiempo el dominio y hasta la calidad manifiesta correspondió por entero a los astures. Los tres hombres inagotables de su línea media fueron los que obraron el milagro de alcanzar un legítimo empate, ya que no, un triunfo justo.

Pocas veces con la sensación de peligro para señalar una posibilidad pasaron los athléticos, y estas veces, el vigor y la decisión de Pena y Tronchín fueron el muro en que se estrelló el esfuerzo descohesionado de los cinco adelantes locales.

DERROTA DE LOS DULCES

En un avance precioso Nani pidió un balón, que le fue dado adelantado. El zaguero local falló el despeje, y Nani, querencioso, embaló con el cuero por delante y bien colocado empeinó un tiro cruzado que era, sobre la tablilla, el segundo tanto para los suyos.

Menéndez gritó de tal manera que luego dijo: -Perdóneme; es que yo soy de Salinas.

Y a la tristeza alegre y emocionada sucedió el trance delator en la derrota de los dulces.

Al marcar Nani el tanto de empate, de una garganta de mujer había salido un grito agudo de triunfo:

¡¡UN GOAL!!

Era la esfinge pálida, que al levantarse sobre la cumbre gloriosa de su busto, había derribado la caja de los dulces, inundando el margen terroso del campo.

HASTA NUNCA

Terminado el partido, Menéndez me dijo:

-Vamos a ver a Pin.

Y me llevó a rastras. Juanín, el ordenanza de Chamartín, guardaba la puerta del vestuario. Menéndez se fue hacia él:

-Abra.

-No puede pasar nadie.

-Yo si puedo pasar. Hay un jugador asturiano herido.

-No se pasa.

-Yo, paso.

A Menéndez le ahogaba la voz como si tuviera la boca llena de tierra.

-¿Pues quién es usted?

-Yo; el hermano de Pin.

Y pasó. No había mentido. Sobre todas las creencias de mi corazón está la de aquel hombre bueno que fue mi amigo de una tarde. Era, en efecto, el hermano de Pin, el alma fraternal de todos los asturianos que consideran un deber alentarse en los trances amargos.

Desde la misma puerta, Luis Menéndez me dio el adiós de su mano.

Confitero de Salinas, buen astur. Dios te acompañe, y como quizás jamás nos encontremos. ¡Confitero de Salinas… Hasta nunca!”.

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Conviene apuntar que el conjunto madrileño se había visto en la obligación de presentar un equipo en el que se alineaban numerosos reservas, habida cuenta de las lesiones que afectaban a varios titulares. Indicar, así mismo, la casi unanimidad de las crónicas sobre la mala actuación del colegiado.

Como colofón, consignemos la ficha del encuentro (obsérvese el nombre oficial del club gijonés durante el período republicano).

ATHLETIC CLUB DE MADRID 2 SPORTING CLUB 2

(Chamartín. 3-1-1932)       Árbitro: Sr. Polidura (Colegio Cántabro)

- Bermúdez (Isidro, 71′); Corral, Pepín; Antoñito, Rey, Arteaga; Cuestita, Guijarro, Arteche, Buiría, Del Coso;   Ent: Rudolf Jeny (Hun.).

- Sión; Quirós, Pena; Moro, Tronchu, Luisín; Adolfo, Avilesu, Herrera, Pin, Nani;    Ent: Manolo Meana.

GOLES 1-0 Buiría, de punterazo desde dentro del área aprovechando un formidable barullo ante el portal sportinguista (19′)  2-0 Guijarro, al rematar un centro de Cuestita desde la banda derecha (38′)  2-1 Adolfo, de magnífico disparo cruzado desde el interior del área tras sortear primero a Arteaga y después a Pepín, culminando una espléndida internada por la banda (45′)  2-2 Nani, aprovechando un balón suelto en el área tras centro de Adolfo desde la derecha (68′)

DESTACADOS Pepín, Rey, Buiría (Athletic) / Tronchu, Adolfo, Avilesu, Nani (Sporting).

ENTRADA Buena entrada.

INCIDENCIAS El conjunto local vistió de azul, luciendo los visitantes su acostumbrada equipación rojiblanca. A los seis minutos Pin hubo de retirarse del terreno de juego lesionado de gravedad. Estaría de baja más de dos meses. En la primera mitad Ramón Herrera estrelló un disparo en el travesaño. En la segunda parte se lesionaría el guardameta colchonero tras un encontronazo con Nani. Su sustituto, Isidro, también resultaría lastimado de consideración a dos minutos del final, en una jugada en la que intervino de nuevo el extremo izquierda asturiano, que igualmente salió malparado del trance. Pese a ello, ambos jugadores aguantaron sobre el césped hasta el final del partido.

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Publicado en: General

Nº 30

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