Coleccionismo de cromos antiguos de fútbol: una visión panorámica

Resumen

A nadie se le escapa que cuando a un objeto se le adjudica la condición de coleccionable, entra en una categoría donde la pertenencia a cierto tipo de aristocracia se adquiere en base a dos variables: el paso del tiempo y la rareza. Con el paso del tiempo se acrisola el carácter mítico del objeto,
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A nadie se le escapa que cuando a un objeto se le adjudica la condición de coleccionable, entra en una categoría donde la pertenencia a cierto tipo de aristocracia se adquiere en base a dos variables: el paso del tiempo y la rareza. Con el paso del tiempo se acrisola el carácter mítico del objeto, su pertenencia a tiempos remotos, olvidados, de los que cada vez quedan menos testigos presenciales con vida. La rareza le confiere un valor añadido que, al fin y a la postre, acaba determinando de un modo inapelable el valor pecuniario de dicho objeto. Le pese a quien le pese (sobre todo a los compradores de ese tipo de objetos).

            Esta breve disquisición viene a cuento porque, sin duda alguna, los cromos de fútbol, pertenecen a esa clase de objetos coleccionables. En mis colaboraciones con esta magnífica revista digital de la CIHEFE me he centrado en hablar y aportar información sobre lo que podríamos denominar cromo antiguo de fútbol. Como en casi todo, los americanos, mucho más metódicos y pragmáticos establecieron como límite el año 1980 para denominar cromos antiguos a los anteriores a esa fecha. En el coleccionismo patrio esa distinción es inútil, tanto como que se haría necesaria una propia para un mercado de características tan paradójicas como el nuestro. Si hacemos caso de la bibliografía existente lo que, en general, se conoce como cromo antiguo se refiere en gran medida a las decenas de colecciones que se publicaron durante los años 20, casi siempre asociadas a productos comestibles, sobre todo el chocolate. El Catálogo del Cromo Antiguo de Juan Ral es, por tanto, un referente obligado. Limitar la denominación “cromo antiguo” únicamente a los cromos aparecidos en ese catálogo no me parece adecuado, sobre todo porque los cormos de fútbol tuvieron un recorrido mucho más largo que otros temas habituales de los cromos de chocolate (historia, cine, juegos infantiles, historietas, etc…). Por ello, mi definición de cromo antiguo fija un límite sensiblemente mayor. 1939, conteniendo el fin de la Guerra Civil, me parece una frontera mucho más adecuada. Es cierto que en el periodo 1936-39, durante la guerra, la producción de cromos deportivos de fútbol fue, virtualmente, inexistente, pero establece un colchón de seguridad fiable, de modo que consideraríamos cromos antiguos todos aquellos anteriores a 1940.

             Establecida esta definición de índole práctica podemos analizar las dos variables que dotan a los cromos antiguos de interés y coleccionabilidad. En primer lugar, el paso del tiempo ha sido lo bastante prolongado como para entender que cualquier objeto proveniente de aquellos años tiene ganada la vitola de antiguo. La rareza es un aspecto mucho más delicado. Un cromo antiguo de fútbol de, pongamos por caso 1923, ¿tiene mucho valor? Por años transcurridos es indudable, pero sería su escasez, es decir, su rareza, la que debería determinar de forma clara y al alza, su valor. Algunas casas de chocolates, como Amatller, editaron tantos cromos que verlos actualmente no constituye sorpresa alguna; otros cromos verdaderamente raros, como algunos cromos de básculas editados entre 1932 y 1935, son escasos y casi piezas únicas. ¿Y su valor? ¿Se refleja en su valor monetario la conjunción de esas dos variables? Francamente, no.

             Aquí entra una tercera variable en discordia y que sería la valedora de todo lo anteriormente establecido: el factor humano. El coleccionista. Porque, en última instancia, es la población de coleccionistas la que hace que los cromos adquieran un valor real, más allá de cualquier otra consideración teórica. En el mercado de cromos antiguos de fútbol esta población es extremadamente reducida. Quizá sea un atrevimiento el poner cifras sobre la mesa, pero mi experiencia me dice que no hay más allá de una veintena de coleccionistas especializados en cromo antiguo de fútbol. Esta cifra, sorprendente por lo nimia, acaba condicionando de modo unánime el precio de estos cromos en el mercado. Colecciones de los años 50, 60 o 70 alcanzan precios que multiplican por 5 los más altos que se conocen en cromo antiguo de fútbol. No seré yo quien se queje de este hecho, siendo uno de los pertenecientes a ese selecto club de coleccionistas, pero su comparación con mercados clásicos como el de cromos de béisbol americanos obligan a una pequeña reflexión.

       Tampoco es un hecho coyuntural, ahora que todo se achaca a la crisis, que los cromos antiguos de fútbol no alcancen precios especialmente altos, sino que parece claro que se da cierta falta de madurez y perspectiva en el coleccionista de a pie. Por cuestiones que tienen que ver con la edad, el “baby boom” de los años del desarrollismo y la pléyade de grandes jugadores que fueron brillando en la liga española, los 60 y los 70 son las décadas doradas del coleccionismo de cromos de fútbol. Los chavales de aquellas décadas son los adultos actuales con poder adquisitivo suficiente para rememorar sus días de “tengo, no tengo” del barrio y de la escuela. Los cromos antiguos se remontan más allá de la Guerra Civil, muchos de los jugadores son desconocidos o no se tiene vínculo emocional deportivo con ellos y por tanto, no despiertan motivación alguna en el coleccionista. La perspectiva de usar el coleccionismo como una inversión es prácticamente anecdótica, y la prueba es que muy pocas casas de subastas españolas (tan solo conozco una), al margen de los portales Ebay y Todocolección, incluyen material deportivo antiguo entre sus lotes. Dicho lo cual, el panorama es el de una afición establecida, pero estancada y, en estos duros tiempos que vivimos, aletargada por un tiempo que se adivina, cuanto menos, largo.

Publicado en: General

Nº 33

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