Eulogio Martínez: una estrella con mal fario

Resumen

El fútbol suele mostrarse pródigo en su oferta de juguetes rotos. Grandes ídolos aclamados por la afición, perseguidos, envidiados, con el mundo literalmente a sus pies, saborearon la amarga hiel del olvido y la necesidad más estrecha, cuando no del desplome absoluto. Muchas veces se lo ganaron a pulso, mediante alardes de mala cabeza, selección
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El fútbol suele mostrarse pródigo en su oferta de juguetes rotos. Grandes ídolos aclamados por la afición, perseguidos, envidiados, con el mundo literalmente a sus pies, saborearon la amarga hiel del olvido y la necesidad más estrecha, cuando no del desplome absoluto. Muchas veces se lo ganaron a pulso, mediante alardes de mala cabeza, selección de nefastas compañías o una obsesión enfermiza por ejercer de cigarras cantoras. Otras, sin embargo, sucumbieron a su mal fario.

Fue el caso de Eulogio Martínez, tocado desde la cuna por alguna varita mágica de hada aficionada al gran fútbol. Lástima que más tarde cruzasen ante él otras hadas con vara negra, cargadas de malísimas intenciones. Porque su vida, al menos su deambular por nosotros pagos, más que de estrella se antojó de estrellado.

Conocido cariñosamente por “Kokito” entre la hinchada de Tuyukuá, Eulogio Martínez llegó a Barcelona en 1956, procedente del Libertad de Asunción y recomendado por un árbitro europeo con quien coincidió durante la disputa en Chile de unos campeonatos sudamericanos. Tenía 21 años, el reconocimiento de mejor 8 paraguayo, cara de niño goloso y credenciales como atacante hábil, pródigo en fantasías y arabescos, pero al mismo tiempo resolutivo y con gol. Pronto demostraría que tanta publicidad descansaba sobre una base sólida.

Durante su primera liga como azulgrana, y pese a que los culés contaban con un elenco cuajado de figuras, anotó 10 goles, hizo unas cuantas diabluras y dejó entrever infinidad de cosas buenas. Las restantes campañas no sirvieron sino para confirmar los buenos augurios. La afición de “Les Corts”, a la que de cuando en cuando obsequiaba dibujando sombreros a sus marcadores, haciendo túneles junto al banderín de córner o fintando como si estuviera corriendo en un encierro de San Fermín, tardó poco en bautizarlo “Abrelatas” por su facilidad a la hora de destrozar las retaguardias más cerradas.

Pero entonces, al igual que sucede hoy, nada se antojaba suficiente a público y directivos barcelonistas. El Real Madrid vivía sus grandes años, con Santamaría, Zárraga, Di Stéfano y Gento. No sólo reinaba en Europa, sino que obtenía títulos de liga. Y tanto triunfo del referente inmediato sentaba mal junto a Las Ramblas.

Año tras año caían nuevos futbolistas por el campo azulgrana. Delanteros, especialmente, para ver si gracias a un mayor poder ofensivo se lograba desbancar al todopoderoso club merengue. Eulogio Martínez tuvo por ello más cara la titularidad, aunque siguiera saliendo a un gol cada dos partidos y aprovechara como pocos sus oportunidades.

Una de las apuestas culés fue el brasileño de raza blanca Evaristo de Macedo, ariete no muy exquisito aunque decidido y con remate demoledor, que posteriormente también luciría el escudo del Real Madrid. Su llegada coincidió con un choque copero Barcelona – At Madrid, en el que Eulogio endosó 7 goles a los colchoneros. Evaristo, espectador asombrado desde el palco, supo hacer gala de hombría puesto que no le dolieron prendas a la hora de alabar al compañero. Cuando los periodistas solicitaron su impresión, confesó humildemente: “No sé para qué me han traído. Puede que me hayan fichado para barrer el vestuario”.

 

Eulogio Martínez marcó el primer gol del “Nou Camp”, el estadio que permitiría multiplicar la masa social azulgrana hasta hacer de la entidad una de las más sólidas económicamente. Su mejor campaña fue la correspondiente a 1959-60, y pese a los grandes delanteros con que entonces contaba nuestro fútbol -Peiró, Luis Suárez, Pepillo, Arieta I, Di Stéfano, Puskas, Collar o Gento- vistió una vez la camiseta nacional española B y en 8 ocasiones la del cuadro absoluto, sin contar con que hasta su llegada a Barcelona había sido otras 9 veces internacional por Paraguay, disputando, incluso, la Copa América correspondiente a 1955. Pero su físico empezó a pasarle factura, con una marcada e irrefrenable tendencia a engordar.

Nada lograron los entrenamientos exhaustivos, las broncas de los técnicos o distintos regímenes. Su propensión a la acumulación de lípidos era genética.

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Eulogio Martínez durante su mejor época como jugador del Barcelona, cuando asombraba a propios y extraños.

 En 1962, tras garantizarse un hueco en la historia azulgrana, se incorporó al Elche de Pazos, Iborra o Quirant, club muy dado a las contrataciones sudamericanas -Cardona, Romero, Lezcano- gracias al fuerte vínculo que unía a su directiva con el armenio Arturo Bogossian, uno de los primeros y más eficaces intermediarios futbolísticos. Permaneció dos temporadas en el viejo Altabix, sin que su concurso se antojara especialmente brillante, aunque como colectivo las cosas no pudieron ir mejor: el tercer puesto alcanzado al concluir su segunda temporada sigue siendo la mejor clasificación ilicitana en 75 años largos de historia. Durante su estancia en Elche formó parte de la denominada “Delantera del Clero”, en atención a las iniciales de sus componentes: Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo. Y entonces, cuando todo el planeta futbolístico era consciente de que su estrella se apagaba, le llegó la llamada del Atlético de Madrid para vestir de rojiblanco.

Fue un fichaje disparatado, que de ninguna manera podía salir bien. A Eulogio no es que le sobraran kilos, sino que estaba gordo. No gordo para jugar, sino gordo a secas. Gordo vistiendo de calle. Gordo en las fotos, gordo con chándal, gordo en la cola del autobús. Alguien del Metropolitano había recordado las siete dianas que les endosara en Barcelona tiempo atrás, y ni se dignó consultar el calendario. Así les fue, claro. Eulogio no estaba para batirse el cobre en la 1ª División.

Su tren deportivo aún tuvo una última parada, de nuevo en Barcelona, pero para lucir el escapulario azul del Europa, entonces empeñado en mantenerse dentro de la 2ª División. Corría la temporada 1965-66 y acababa de cumplir los 30. Conservaba intacta su gran habilidad, pero la obscena sombra de una panza a lo Papá Noel hacía aflorar demasiadas sonrisas.

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Eulogio Martínez en el At. Madrid, perdida ya su lucha contra la báscula y por ello incapaz de aferrarse a la 1ª División.

 Cuando el fútbol le abandonó podía presumir de magnífico palmarés. Dos campeonatos de Liga, otros dos de Copa y 2 entorchados más en la Copa de Ferias, así como los trofeos Carranza, Teresa Herrera y Pequeña Copa del Mundo. Un resumen al alcance de pocos. Pero como el pasado, por glorioso que haya podido ser, no rinde dividendos, él los buscó en varios negocios, a cuál más desafortunado. Y eso que corrían tiempos de desarrollo, de carreteras cada vez más saturadas de “600″, costas pobladas de hoteles y bares llenos a la hora del vermouth, tras las misas dominicales.

A los negocios mal planteados hubo de unir grandes desgracias familiares y la consiguiente merma económica. Primero falleció una de sus hijas, luego otro hijo fue presa de larga enfermedad. Llovía sobre mojado sin vislumbrarse ningún arco iris.

En junio de 1971, sólo 5 años después de haber colgado las botas, su situación era tan calamitosa que los clubes Barcelona y Calella, población en la que regentaba un bar-restaurante, se avinieron a ofrecerle un partido homenaje. Volvía a ser actualidad para la prensa y sus declaraciones inundaron de tristeza muchos corazones azulgrana. “El homenaje puede ser el punto de partida en mi recuperación -declaró-. Gracias a él podré sacar adelante a mi familia”.

Fue, igualmente, un momento para la nostalgia. “No me hice rico con el fútbol, pues si bien el Barcelona pagó un millón de pesetas por mi traspaso, mis ganancias venían a ser de unas 100.000. anuales. Nadie puede decir que resultase caro, considerando mi rendimiento. Y si bien es verdad que con posterioridad fueron mejorando mi contrato, no es menos cierto que mis mejores ganancias las obtuve en Elche”.

El tiempo, a veces, distorsiona la realidad. Otros futbolistas de esa misma época tuvieron mejores fichas, es cierto, pero Eulogio parecía haber olvidado que en 1956 esas 100.000 ptas. -mensualidad y primas aparte-, con el salario base rondando las 2.500 mensuales, constituían un sueño inalcanzable para 25 millones de españoles. Por 200.000 ptas. podía comprarse un piso en muchas ciudades, las tarifas del transporte público oscilaban entre los 75 y 80 céntimos y un empleado de banca con quinquenios y puntos de ayuda familiar no llevaba mensualmente a casa más allá de tres billetes de a 1.000. Sus emolumentos, por lo tanto, debieron haber dado más de sí. Sobre todo porque entre una cosa y otra no sumaba menos de las 300.000 pesetas anuales.

Superada la fiebre del homenaje, los medios volvieron a olvidarle. Trascendió, empero, que su existencia distaba mucho de ser un lecho de rosas. Cuando parecía que se acercaba al final del túnel, su mala sombra, la que le acompañara en tantos momentos trascendentales(*), volvió a cubrirle de nuevo disfrazada de accidente, y esta vez para siempre. Estaba cambiando una rueda pinchada en el arcén de la carretera, cuando el despiste de otro conductor lo arrojó por los aires.

La vida se le fue en Calella, después de permanecer 23 días hospitalizado. Corría el año 1984, y pese a sus 49 febreros aún conservaba los rasgos de niño pícaro e indefenso.

 .- (*) Cuando salió del Barcelona tuvo varias ofertas, entre ellas una del Inter milanés. Como los italianos no acababan de decidirse, prefirió asegurar el porvenir firmando con el Elche. Poco después de suscribir contrato en Altabix, los milaneses le hicieron llegar su propuesta firme. Siempre le quedó la duda de cuál habría sido el rumbo de su existencia si se hubiera trasladado a Milán.

 

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