Césped con crespón negro

Resumen

Erróneamente suele citarse a Pedro Berruezo como primer futbolista español en morir sobre un campo de fútbol. Desde estas mismas páginas, Julio Jareño, al tratar el fatídico suceso del Pasarón pontevedrés, matizaba describiéndolo como primer futbolista profesional español fallecido en un terreno de juego. Hubiese quedado perfecto consignando, simplemente, “en uno de nuestros terrenos de
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Erróneamente suele citarse a Pedro Berruezo como primer futbolista español en morir sobre un campo de fútbol. Desde estas mismas páginas, Julio Jareño, al tratar el fatídico suceso del Pasarón pontevedrés, matizaba describiéndolo como primer futbolista profesional español fallecido en un terreno de juego. Hubiese quedado perfecto consignando, simplemente, “en uno de nuestros terrenos de juego”. Porque lo cierto es que treinta años antes, otro profesional español dejaba de existir sobre una camilla con olor a linimento, en la vecina Francia.

El infortunado Pedro Berruezo. Aunque a menudo se afirme lo contrario, no fue nuestro primer futbolista en fallecer sobre un terreno de juego.

El infortunado Pedro Berruezo. Aunque a menudo se afirme lo contrario, no fue nuestro primer futbolista en fallecer sobre un terreno de juego.

Se trató de Esteban Cifuentes, jugador del Español barcelonés antes de la Guerra Civil, que optó por huir de la contienda cruzando la frontera pirenaica. Una vez al otro lado ingresaría en el Nimes, convirtiendo su aventura en una apuesta semejante a la de otros muchos compatriotas, cuya condición de futbolistas en buena medida les resolvía la integración. Aquel fue, empero, un viaje sin retorno, puesto que el 30 de octubre de 1938, tras haberse enfrentado al Arras, se desplomó en el vestuario sin que sirviesen de nada los intentos por reanimarlo mediante respiración artificial. Llegó agonizante a un centro médico, para fallecer dos horas más tarde, en opinión de los galenos víctima de un infarto.

Al margen de Cifuentes, nuestro fútbol se cubrió de luto varias veces, antes de que Berruezo pusiera al balón un crespón negro. Repasemos, siquiera a vuelapluma, algunos de esos tristes momentos.

El 19 de marzo de 1947, Felipe Agra, “Felipín” para el fútbol, extremo derecho del Arosa, se sintió indispuesto a la media hora del partido en que los arosanos visitaban al Club Santiago. Tras retirarse al vestuario en el campo de Santa Isabel sufrió una parada cardiaca, de la que no lograría recuperarse.

Dos años después, el lunes 6 de octubre de 1949, Juan Roura Altimira, del C. D. Mataró, expiraba tras sufrir un fuerte encontronazo con el extremo derecho del C. D. Manacor, mientras ambos equipos dirimían el primer enfrentamiento liguero de la temporada.

Aquel partido, curiosamente, se había iniciado entre el más puro ambiente festivo. Y no faltaban motivos, puesto que para ambos contendientes representaba su histórico debut en 3ª División. Si sobre el papel podía considerarse superiores a los mataroneses, el entusiasmo de los mallorquines fue igualando las cosas, a medida que transcurría el tiempo. A los veinte minutos de la segunda mitad, cuando el C. D. Mataró parecía cómodo con el empate, su defensa Roura tuvo que cortar el avance del extremo derecho local, aún a costa de llevar la peor parte. Bastó una simple mirada del masajista para ordenar la retirada a vestuarios del lesionado, y una vez en él, ante el mal aspecto que presentaba, se optó por trasladado hasta el hospital de Palma. Allí apreciaron fractura muscular, con desgarro de los gemelos por la región tibial interior. Si bien la pierna era insalvable, para amputarla debían estabilizar al herido, sumamente débil tras la brutal pérdida de sangre. Ni siquiera las varias transfusiones sanguíneas practicadas resultaron suficientes, y Roura, un modesto formado entre los infantiles del Horta barcelonés, que luego de pasar a su primer equipo habría de fichar por los gualdinegros de Mataró tres temporadas atrás, expiraba hacia el atardecer del día 6.

La directiva manacorí se volcó en atenciones con el conjunto catalán. Era cuanto podía hacerse ya: agilizar trámites para que el cadáver llegase a Barcelona el miércoles 8 a bordo del vapor-correo de Palma, y pudiera recibir honras fúnebres en Horta ese mismo día por la tarde.

El dolor une a las gentes del fútbol. Siempre ha sido así. Y apenas un mes más tarde, cundo C. D. Tortosa y C. D. Mataró coincidieron en otro desplazamiento a Palma para enfrentarse respectivamente al Constancia de Inca y Atlético Baleares, la directiva tortosina se comprometió a disputar un partido en Mataró, completamente gratis, a beneficio de los familiares del infortunado. Sintiéndose en deuda, los mandatarios del Mataró corresponderían desplazando a su equipo hasta Tortosa en julio de 1950, para el homenaje a Casiano, uno de los primeros mitos deportivos en el delta del Ebro.

Rafael Galayo Sánchez, vástago de una conocida familia santanderina, simultaneaba la práctica de fútbol y baloncesto, actividad esta última con la que representó a la selección española juvenil formada por el Frente de Juventudes para competir en Ostende. El domingo 20 de setiembre de 1953 guardó una vez más el marco del Real Santander Amateur -Franco había prohibido el empleo de términos extranjeros, como Racing, Sporting o Athletic-, ante el Laredo, en choque correspondiente al campeonato de Primera Regional. Tratando de interceptar un avance adversario chocó contra el delantero centro, resultando ligeramente conmocionado. Como aparentara reponerse, continuó jugando sin problemas visibles. Por la tarde asistiría al encuentro de 1ª División Santander – Valencia, y ya durante la noche, al sufrir fuertes dolores de cabeza, fue conducido con urgencia al hospital de Valdecilla. Allí le fue practicada una trepanación, sin lograr salvarle la vida. Falleció a primeras horas de la tarde del martes 22, a causa del coágulo sanguíneo en su cerebro.

Y aún hubo más víctimas. Como Pedrito, Cuchu, Amadeo, y estirando un poco la interpretación, hasta el murciano José Antonio Romero.

La filiación real de Pedrito correspondía a Pedro López Castro, jugador del Coya la temporada 1954-55 y esperanza del fútbol vigués. Al hallarse cumpliendo el servicio militar, disputó un partido amistoso con sus compañeros, marineros de la Escuela de Transmisiones de la Armada. Víctima de otro encontronazo sería retirado del campo con fuerte conmoción cerebral, dando luego impresión de recuperarse. Su estado, sin embargo, comenzó a empeorar hasta el punto de no recuperarse del coma. Falleció el martes 2 de octubre de 1956, a los 20 años.

El alavés José Luis Zuaza Fernández, “Cuchu”, simultaneaba a sus 21 años la actividad deportiva con el trabajo en los talleres vitorianos de Esmaltaciones San Ignacio. Muchos pensaban acabaría colgando el mono, redimido por el fútbol, pues antes de que echase a rodar el cuero la temporada 1959-60, su tercera campaña en el Club Deportivo Vitoria, había gustado a los técnicos del Orense en la prueba a que lo sometieron. Entre que la oferta económica se le antojó insuficiente para abandonar el hogar paterno, y que meses más tarde debía incorporarse a filas, prefirió seguir vistiendo la camiseta del Vitoria, en 3ª División. Desgraciadamente, durante la disputa del partido liguero ante el Villafranca guipuzcoano en Mendizorroza, cayó desplomado tras pelear al portero un balón alto. Fue el propio guardameta quien reclamó con gesto imperioso la entrada del masajista y practicante, viendo inmóvil a su adversario. Pero aunque éstos apenas perdieron tiempo en saltar al césped, nada se pudo hacer. Esa misma tarde, concluido ya el partido, comenzó a esparcirse la suposición de que el cancerbero guipuzcoano había propinado un golpe fortísimo a Cuchu en el corazón. Justo cuanto necesitaba el guardameta para abatirse más, puesto que el delantero del Vitoria, aún habiendo contando con los cuidados de algún doctor y varios practicantes en los vestuarios de Mendizorroza, fallecía aquel funesto 27 de setiembre del 59. Las conclusiones de la autopsia, atribuyendo la defunción a un infarto consecuencia del sobreesfuerzo físico, casi pusieron las cosas en su sitio. Ya sólo faltaba un gesto. Y la directiva del Vitoria no quiso parecer cicatera, imponiendo al portero del Villafranca su insignia de plata, a modo de consuelo y desagravio. Al no existir todavía una Federación Alavesa, la Guipuzcoana, de la que dependía el balompié babazorro, tuvo a bien correr con los gastos del sepelio. Desde la prensa se cifraría en 20.000 ptas. la indemnización de la Mutualidad a la familia del finado, si bien voces de este organismo se encargaron de elevar dicha cuantía hasta las 1000.00, consuelo muy relativo, por más que Cuchu rondara las 3.000 mensuales en Esmaltaciones. Y a partir de ahí el silencio, un tupido manto de olvido hasta que en el camino del sevillano Emilio Amadeo también se emboscara la fatalidad dos años más tarde.

Guardaba el marco del C. D. Moravia, militante en la liga local sevillana, la temporada 1961-62, cuando se llevó la peor parte el domingo 8 de octubre de 1961, en otro choque con José Carlos Silva, delantero del C. D. Corral. Tampoco le faltaron cuidados, primero en el campo de la Residencia y posteriormente en el hospital Virgen de los Reyes. Pero no hubo remedio. El golpe de rodilla contra su cráneo había producido gravísimos daños en el encéfalo, causantes del óbito el martes 10. Con sólo 19 años, Emilio Amadeo Herrera se convertía en nuevo expediente de la Mutualidad, desde cuyos despachos, meses después, se expediría cheque a la familia por 85.000 ptas. Sus compañeros, movilizados desde el primer instante, habían conseguido reunir para entonces otras 12.000, fruto de múltiples recaudaciones e iniciativas.

El deceso más enrevesado, sin embargo, en el que concurrieron mayores dosis de inoportunidad e irregularidades reglamentarias, tuvo como protagonista activo al Samboyano en 1951, cuando los de la ribera del Llobregat competían en Primera Regional. Les tocaba disputar en campo tarraconense un partido intrascendente para la clasificación, y sólo pudieron presentarse con 10 efectivos ante la plaga de lesiones que los asolaba. Poco antes de saltar al césped, Farrés, una especie de hombre para todo en el club, si bien su labor específica consistía en ayudar al utillero, se ofreció a completar el once suplantando a cualquiera de los lesionados. El fútbol no le era ajeno, puesto que había  actuado como guardameta en ese mismo club años atrás. Garantía o razón suficiente -así debieron pensar al menos entrenador y directivos- para arriesgarse a la suplantación. Farrés saltó al campo como Martínez, uno de los lesionados, ocupando la demarcación de atacante, y a falta de escasos minutos para la conclusión se desplomó ante el espanto general, víctima de fulminante ataque cardiaco. Tuvo que ser Francisco Suriol, capitán y entrenador de aquel Samboyano, quien explicase al árbitro que el fallecido no era Martínez, sino Farrés, que Martínez ni siquiera se había desplazado, y que el difunto, por ende, carecía de ficha federativa. Tras la redacción del acta, el delegado tarraconense contactó con la autoridad gubernativa, recibiendo instrucciones concretas respecto al levantamiento del cadáver. Suriol, sin embargo, volviendo a pensar por su cuenta, se las ingenió para sacar al difunto de los vestuarios y llevarlo hasta Sant Boi.

Naturalmente, días después fue convocado por el gobernador para dar explicaciones. Aquellos no eran tiempos contemporizadores con la desobediencia o cualquier burla a la legalidad. Si la alineación indebida ya estaba francamente mal, su actuación con el cadáver sobrepasaba todos los límites. Así que  Francisco Suriol, inteligente o muy bien aconsejado, visitó primero al presidente de la Federación Catalana, pidiéndole mil perdones, justificando su desobediencia al gobernador en el estado de confusión que tan inesperado óbito le había producido, jurando que acataría sin rechistar la sanción que se le impusiera. El presidente, compadecido, acabaría ofreciéndose a charlar con el gobernador para que tan grave asunto se diluyera.

Lo que ni Suriol, ni el gobernador de Tarragona o el presidente de la Catalana pudieron, fue mitigar económicamente la mala situación en que quedaban los deudos del difunto. Sin ficha, no había cobertura de la Mutualidad Deportiva. Y sin cobertura, el benéfico organismo no soltaba una peseta. El gesto desprendido de Farrés concluía catastróficamente.

La lista aún podría ser más amplia, pero probablemente convenga cerrarla con el murciano José Antonio Romero Sánchez, interior y delantero centro del Novelda la temporada 1961-62, en 3ª División. Al ser destinado a Ceuta para cumplir el servicio militar obligatorio como soldado de Ingenieros afecto a esa Comandancia, se enroló en el Riffien de cara al ejercicio 1962-63. Y con la expedición ceutí viajó a Málaga para enfrentarse al Atlético Malagueño, cuando dos horas antes del choque fue encontrado muerto en su habitación del hotel, un aciago 29 de noviembre de 1962. Por un operario que sustituía en el pasillo alguna bombilla fundida, se supo que el joven había salido del dormitorio un rato antes, quejándose de un fuerte dolor de cabeza. Volvió a tumbarse en el lecho y todo lo de más no fueron sino conjeturas. Por increíble que se nos antoje, el partido Atlético Malagueño – Riffien, del Grupo Andaluz de 3ª División, se disputó a su hora. A nadie pareció conmover la estupefacción y abatimiento de sus compañeros. Pero eso sí, caritativos con quien muy bien pudo haberse desplomado sobre el césped de la capital costasoleña, antes del pitido inicial se guardó un minuto de silencio.

Todos éstos fueron algunos desgraciados decesos, sin apenas cabida en los medios de difusión. Los más llamativos, quizás. Los más impactantes. Aunque también cayeron virtualmente sobre el césped los fallecidos “in itinere”, quienes encontraron la muerte en un desplazamiento del equipo, al doblar una curva en cualquier carretera o estrellarse contra un camión regresando del entrenamiento. En suma, aquellos casos que serían catalogados como accidente laboral si el futbolista hubiera merecido la consideración de trabajador por cuenta ajena, circunstancia, por cierto, sólo reconocida hace apenas 30 años.

Con respecto a este capítulo, probablemente el suceso más recordado sea el correspondiente al Francisco Mamblona Valverde, delantero valenciano nacido en el barrio del Cabanyal, que tras pasar por el Levante, Jumilla, Hércules, Alicante y Castellón, encaró con enorme brío la temporada 1950-51 en un Melilla de 2ª División muy bien cuajado. Durante la campaña anterior, en febrero de 1950, sería dado de baja, junto con Hernández, al contender ambos con algunos directivos de la Plana. Los blanquinegros notaron extraordinariamente la ausencia de su goleador (había marcado 23 tantos en 23 partidos durante la campaña 1948-49, en 2ª División), hasta el punto de acabar descendiendo a 3ª. Poderoso y valiente, su constante brega y la facilidad con que remataba cuanto le pusieran en el área se veían mermadas por una personalidad  cuanto menos curiosa. No le gustaba estrechar la mano en el saludo, por ejemplo, y, precavido, para las ocasiones en que le resultara imposible evitar tan simple cortesía portaba en el bolsillo un frasquito de alcohol, con cuyo contenido se desinfectaba, restregándoselo más o menos disimuladamente. Pues bien, este hombre ocupaba un asiento del autobús que desplazaba al Melilla para disputar su choque ante el Granada cuando, en las inmediaciones de Loja, un fatídico 26 de enero de 1951, se produjo el accidente. Mamblona resultaría muerto en el acto, al igual que su compañero Juan Martín López y el utillero, en tanto Llopis, Valle y García presentaban heridos de gravedad. Si bien el sepelio sería celebrado en Granada, sus restos acabaron reposando en Valencia. La gran burla, suponiendo que un accidente tonto no constituya bastante burla de por sí, es que gracias a sus brillantes actuaciones era seguido por las secretarías técnicas de varios clubes de 1ª y se daba por descontado que al fin, durante 1952, lograría vestirse de corto en la máxima categoría.

El 16 de octubre de 1955 también se tiñó de luto el fútbol, cuando después de disputar un partido, el coche en que regresaba desde Falces (Navarra) parte del elenco sangüesino, volcó a medio kilómetro escaso de Sangüesa. El interior Félix San Martín, el medio José Mª San Miguel e Ignacio Huarte, uno de los guardametas, resultaron gravemente heridos. Peor suerte tuvo Saturnino Goñi, el otro portero, pues nada pudo hacerse por salvar su vida.

Algo muy semejante acaeció 3 años después por tierras aragonesas, cuando el 3 de agosto de 1958 los jugadores del Fraga regresaban a Zaragoza en una furgoneta “DKW”, tras el correspondiente entrenamiento. A la altura de Candasnos, sin que se sepa bien cómo, el vehículo chocó frontalmente con un camión “Mercedes”, incendiándose de inmediato al estallar el depósito de gasolina. El conductor del camión, con lesiones menores, se jugó literalmente el tipo rescatando de las llamas a cuantos pudo. Pese a ello, las heridas de algunos jóvenes futbolistas resultaron tan tremendas como para expirar en la clínica de Fraga, poco después de ser conducidos. Fueron los casos del extremo Manuel Castejón y el delantero centro Julián Vidal, quien por cierto se hallaba a prueba y por lo tanto aún carente de ficha. A ellos han de añadirse quienes sucumbieron en la cuneta, víctimas del impacto: el conductor de la “DKV”, el entrenador del Fraga, Fermín Pousa, antiguo árbitro que se había centrado en los banquillos tras ser Nº 1 de su promoción en los exámenes para entrenador regional dos temporadas antes, y el delantero de Utebo Fructuoso Bona, “Fortu” para el fútbol. Julián Vidal, trotamundos de bronce, había jugado con el C. D. Cacereño la temporada anterior, festejando 8 goles. Y también, sí, también aquella vez, el destino pareció complacerse trazando uno de sus desconcertantes círculos concéntricos, puesto que el camión era propiedad de Epi, antiguo extremo de la Real Sociedad de San Sebastián y Valencia C. F., convertido en  transportista apenas hubo colgado las botas.

Todo quedaba entre gentes del fútbol, pena incluida.

No menos penoso y absurdo resultó el accidente que cortase de cuajo la existencia del castellonense Vicente Balaguer Arnau, “Rabasa” para el mundo del balón, en la por lo general soleada Tarragona. Tras forjarse bajo el marco del Castellón Amateur y debutar con el primer equipo de La Plana, guardó el portal del Amposta (temporadas 1959-60 y 60-61), Badalona (61-62, 62-63 y 63-64) y Sans de Barcelona (1964-65). Precisamente aquel sería su gran campeonato, hasta el punto de ser distinguido por el diario barcelonés “El Mundo Deportivo” como guardameta menos goleado en el grupo catalán de 3ª División. Este tipo de galardones siempre ayudan a obtener mejores contratos y su caso distó mucho de constituir excepción, puesto que el Reus Deportivo se aprestó a contratarlo para el ejercicio 1965-66, pese al esfuerzo económico que ello conllevaba. Así las cosas, el lluvioso 10 de setiembre de 1965, cuando con su compañero de equipo Revert se dirigía en moto a Reus desde Amposta, su lugar de residencia, el vehículo pilotado por Revert chocó contra un automóvil frente al camping de Montroig, en plena curva. Un infortunado derrape, según las primeras investigaciones, por culpa del mojado asfalto. Rabasa, que seguía a Revert en otra motocicleta, no lograría evitar el trompazo contra los dos vehículos siniestrados. De poco sirvió que el turismo estuviese conducido por un médico castellonense, puesto que el buen guardameta falleció en el acto. Tenía 24 años y estaba casado desde hacía poco. Corría el 9 de setiembre de 1965.

El bravo central guipuzcoano Andoni Sarasola encontró la muerte cuando el triunfo deportivo llamaba a su puerta.

El bravo central guipuzcoano Andoni Sarasola encontró la muerte cuando el triunfo deportivo llamaba a su puerta.

Como tampoco es cuestión de convertir este espacio en un monótono catálogo, quede como punto final el suceso que se llevó por delante a Andoni Sarasola Celaichiqui, fornido mocetón de Amézqueta y probablemente el defensa central con más porvenir cuando el decenio del 60 tocaba a su fin.

Las buenas actuaciones de Sarasola durante las dos campañas en la S. D. Beasáin (1963-64 y 64-65), lo catapultaron a un Deportivo Alavés de 3ª División, pero con fundadas aspiraciones al ascenso, meta finalmente lograda en 1967-68. La campaña siguiente pareció bordarlo en 2ª, convirtiéndose en eje de una línea destructiva aún recordada: el mutrikotarra Bernardo bajo los palos, Ezquerra en el lateral derecho, Ayerbe en el izquierdo y él imponiendo respeto con el 5 a la espalda. Durante toda la segunda vuelta fueron muchas las informaciones que lo situaron, junto a Bernardo, en distintos clubes de 1ª División. A él especialmente, la estrella del conjunto “babazorro”. Quien más pujó, el que más dinero estuvo en condiciones de ofrecer al guipuzcoano, fue el Real Club Deportivo Español barcelonés. Ya se había apalabrado el traspaso desde las tres partes para el venidero ejercicio 1969-70, cuando con la temporada prácticamente concluida, a expensas sólo de disputar una promoción donde los vitorianos iban a jugarse la permanencia ante el Bilbao Atlético (recuérdese que Franco prohibió denominaciones extranjeras, como Athletic, Racing o Sporting), la muerte le tendió otra emboscada.

Fue en el término Alavés de Eguino, el 13 de junio de 1969, al estrellarse su débil utilitario contra un camión. La noticia, además, llegó a las oficinas blanquiazules por boca de otro compañero, que cuando acudía a entrenar por esa misma carretera pudo ver en la cuneta, destrozado, el coche de su defensa central. La fuerte naturaleza de Sarasola tan sólo pudo resistir dos días, ante la gravedad de unas lesiones consideradas desde el primer examen incompatibles con la vida. En esa lamentable situación anímica, los jugadores del Deportivo Alavés hubieron de afrontar los dos partidos de promoción. No faltaron llamamientos a la hermandad, a mantener la categoría como póstumo homenaje al compañero caído, por más que psicológicamente estuvieran desfondados. Y el estado anímico, hoy nadie lo duda, siempre acaba pasando factura.

Sobre el césped, especialmente durante los 90 minutos de San Mamés, los alaveses fueron una sombra de sí mismo. Aunque querían, les resultaba imposible dar más, circunstancia aprovechada por unos cachorros hambrientos de gloria. Los blanquiazules de Vitoria encararían el Campeonato 1969-70 en 3ª, ya sin Bernardo, su otra estrella, traspasado al por entonces económicamente poderoso Calvo Sotelo de Puertollano. Obviamente, la defunción de Sarasola supuso para la entidad de Vitoria un serio estoconazo económico, al esfumarse el ya cerrado traspaso al Español. Pero aún así, nadie, en la entidad, tuvo el mal gesto de recordarlo, quién sabe si porque entonces, aun sometido a la tiranía de los balances, el fútbol no había olvidado su dimensión humana o hasta si se quiere sentimental.

Sirvan estas líneas como tardío homenaje no ya a los citados, sino a cuantos modestos del cuero pusieron un día, sólo durante unas horas, crespón negro al césped, antes que Pedro Berruezo, considerado por tantas voces primer futbolista español en caer con las botas puestas.

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