Cuando el tren pasa de largo

Resumen

El fútbol, como la vida misma, está lleno de oportunidades perdidas, de ocasiones que unos dejaron pasar por falta de suerte o arrojo, en tanto otros abordaban con la desesperación del viajero impuntual, obligado a perseguir el vagón de cola, aún a costa de dejarse el alma en la carrera. Habría múltiples ejemplos para ilustrarlo
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El fútbol, como la vida misma, está lleno de oportunidades perdidas, de ocasiones que unos dejaron pasar por falta de suerte o arrojo, en tanto otros abordaban con la desesperación del viajero impuntual, obligado a perseguir el vagón de cola, aún a costa de dejarse el alma en la carrera. Habría múltiples ejemplos para ilustrarlo y por eso, precisamente, quizás sea mejor la concreción.

En 1948, cuando España seguía lamiéndose heridas de guerra, entre panaderos sin escrúpulos, habituados a mezclar yeso y serrín con la harina destinada al horno, mientras el tifus se llevaba por delante a centenares de víctimas cada año y la triquinosis causaba estragos, o los niños de Auxilio Social lucían sus cabezas rapadas en cada procesión dominical, como prueba del celo con que el Régimen satisfacía a la infancia, al mismo tiempo que los favorecidos saciaban el hambre inherente a las cartillas de racionamiento flirteando con el mercado negro, cuando Europa, la Europa destrozada por la II Guerra Mundial volvía a ponerse en pie, en parte gracias al Plan Marshall, no pocos muchachos veían en el fútbol, los toros o el boxeo, una buena alternativa a su renegrido panorama. Entre ellos los había timoratos o con descaro, dispuestos a sacrificarse o con la cabeza a pájaros, dotados de condiciones o con más ganas que facultades. Y sólo a unos pocos entre tanta Cenicienta les sería dado transformarse en princesas.

Pudo haber sido príncipe del balón un medio del Arenas guechotarra apellidado Toledo, puesto que sobre él llegaron a las oficinas del Real Madrid informes muy laudatorios. Tanta fue la insistencia del cazatalentos “merengue” por territorio vasco que al fin don Santiago Bernabeu comisionó a un ojeador. Es lástima que no se conserve la identidad de aquel técnico, o al menos resulte desconocida para quien esto escribe, pues su buena pupila contribuyó a hacer más grande la leyenda blanca. Y no precisamente dejándose seducir por las evoluciones de Toledo, sino al percatarse del potencial encerrado en su compañero de ala, un crío de 18 años, menudo, aparentemente frágil, pero capaz de mover la pelota sobre cualquier barrizal como si fuese una pluma. Se llamaba José Mª Zárraga Martín y en las alineaciones del Arenas aparecía como Zárraga II, puesto que en el ataque de los rojinegros formaba otro muchacho de idéntico apellido.

Es fácil imaginar con qué recelo se miraría aquel informe en la casa blanca. “¿No era Toledo el jugador a seguir?”. “Sí, pero ocurre que Zárraga II es buenísimo”. “Habrá tenido su día, hombre; ¿qué pasa con Toledo?”. Sólo al empeño de aquel emisario hubo de agradecer José Mª Zárraga se le volviese a ver, ya con menos atención puesta en su compañero Toledo. Y así, al término de la temporada 48-49, durante la que el joven disputó algunos partidos con el equipo que la Universidad de Deusto tenía federado, puesto que en ella estudiaba Ciencias Políticas y Económicas como alumno oyente, se culminó su traspaso a la entidad madrileña.        

Medio técnico, aguerrido, sobrio, valiente, constante y con calidad, se había iniciado en club Acción Católica de Las Arenas para, tras pasar por el Academia de Algorta y Rabay -club que ostentaba el nombre de la compañía Ybarra, por pertenecer a esa sociedad industrial, aunque transformado desde el revés-, suscribió contrato con el Arenas guechotarra. Como todos los considerados tiernos para la máxima categoría, sería cedido al Plus Ultra, filial “merengue”, durante dos campañas. Porque dos campeonatos de 2ª División le bastaron para debutar en la máxima categoría, contra el Valencia, durante los primeros compases del ejercicio 1951-52. Era de los que pocas veces se equivocaba, de los que sin pujar por el estrellato saben hacerse imprescindibles. Viajó a Venezuela para conquistar su primera Pequeña Copa del Mundo y al regreso tendría ocasión de debutar con la selección española B, frente a Luxemburgo. Internacional absoluto en 6 ocasiones, ante Bélgica, Portugal, Turquía, Escocia, Francia e Irlanda, probablemente hubiese merecido más atención de los seleccionadores nacionales. Además, siendo jugador del Real Madrid también jugó con el Real Valladolid, en condición de cedido y como refuerzo para una gira amistosa. Campeón de Liga las ediciones 1953-54, 54-55, 56-57, 57-58, 1960-61 y 61-62, de la Pequeña Copa del Mundo en 2 oportunidades, de la Copa Latina en una ocasión, de la Copa Europea, actual Champions League, en 1956, 57, 58, 59 y 1960, es decir las cinco ediciones consecutivas que el conjunto blanco acaudillado por un enorme Di Stéfano necesitó para establecer una marca todavía no igualada; de la Copa Intercontinental correspondiente a 1960… Celebró igualmente la consecución de una Copa Latina, un trofeo Villamarín, otro Teresa Herrera y dos Carranza gaditanos, antes de recibir en octubre de 1960 la Medalla de Oro al Mérito Deportivo. Cuando el 12 de setiembre de 1962, con 32 veranos a cuestas creyó llegado el momento de colgar las botas aprovechando un digno partido de despedida ante el Manchester United dirigido por Matt Busby, todo un hombre de leyenda, apenas si quedaba en él nada de la antigua “Cenicienta” rojinegra, como no fuese su bonhomía y humildad. Para entonces apenas si se sabía nada de Toledo, su viejo compañero de ala, que tras permanecer en el conjunto guechotarra hasta 1951, incapaz de convertir en realidad sus sueños de triunfo y consciente de que el tren se la había escapado en la mismísima estación, focalizaría su vida hacia otras prioridades.

José Mª Zárraga, con la camiseta de nuestra selección nacional.

José Mª Zárraga, con la camiseta de nuestra selección nacional.

A partir de 1962 Zárraga se convirtió en adjunto a la gerencia “merengue”, hasta que en 1964, luego de haber obtenido meses antes el título de entrenador nacional con el número uno de su promoción, irrumpiese en el ya extinto Club Deportivo Málaga como máximo responsable, escala previa a su ingreso en el Real Murcia. Quizás porque no se encontrara cómodo lustrando banquillos, dio el paso hacia la gerencia deportiva en el Málaga, Valencia (1972) y Deportivo Alavés (1980). El recuerdo dejado durante tal faceta se antoja unánime: un alto sentido ético, caballerosidad e inteligencia. Coinciden incluso  jugadores con tanta fama de polémicos como el malacitano Mori, quien desde distintas entrevistas no tuvo empacho en defender su gestión, afirmando que a él le bastaba la palabra del vizcaíno y un apretón de manos, en tanto sus sucesores resultaban impredecibles aún con varias firmas y leguleyos de por medio. Hallándose en el club vitoriano fichó a Jorge Valdano, por entonces jovencísimo e ilustre desconocido en nuestro país, así como poco más que aspirante a meritorio en la Argentina rural.

Desde luego supo subirse al tren adecuado, por más que inicialmente careciese de billete. Lo supo hasta ingresar de urgencia en la unidad de vigilancia intensiva de la madrileña clínica Zarzuela durante 1993, a causa de un derrame cerebral. Intervenido quirúrgicamente en 2 ocasiones, pese a ello hubo de contemplar la vida desde una silla de ruedas, con muy precario estado de salud. Entonces volvieron a acordarse de él las gentes del fútbol, dedicándosele, el 25 de abril de 1995, un partido homenaje en el campo vitoriano de Mendizorroza, entre el Deportivo Alavés y el Real Madrid. Casado con Isabel Martín y padre de tres hijas y un hijo, falleció en Madrid el martes 3 de abril de 2012, a los 83 años. Al día siguiente “su” Real Madrid saltó al Santiago Bernabeu con brazaletes negros en señal de duelo y guardó un minuto de silencio como postrer homenaje, antes de dirimir el partido de vuelta correspondiente a Cuartos de Final de la Champions League, contra el Apoel chipriota.

Otros, además de Toledo, también quedaron empantanados en el andén, no por mala suerte, o víctimas de las circunstancias. Lo suyo, en algunos casos, fue mala cabeza, haber nacido cigarra en vez de hormiga laboriosa. Y cierto vizcaíno, a principios de los 60, puede muy bien servirnos de ejemplo.  

La historiografía oficial sobre el guardameta internacional José Ángel Iribar, o su hagiografía, si se prefiere, afirma que fue el antiguo delantero zarauztarra Salvador Echave Aristi (At. Bilbao, Indauchu, Ferrol, Castellón, Cádiz, Plasencia y Vinaroz) quien como entrenador del ya centenario C. D. Basconia confió ciegamente en las condiciones de su paisano, por entonces un mocetón imberbe, sin apenas otro bagaje que el fútbol playero. La realidad, sin embargo, ofrece matices mucho más curiosos.

Iribar supo, gracias a un amigo, que los basconistas estaban probando a jóvenes porteros. ¿Por qué no intentarlo?, le propuso aquel chico, para quien José Ángel debía ser toda una estrella sobre el arenal de Zarauz. Pero Iribar padre prefería otro futuro para su hijo. ¿Quién le ayudaría a él en las faenas, si se iba a trotar por esos campos de Dios?. ¿Qué futuro podía garantizarle el fútbol modesto?. Eso, claro, si no se engolfaba lejos de casa. Desde luego no sería el primero en echarse a perder, y ni muchísimo menos el último. Así que se negó en redondo. Fue necesaria la persuasión familiar, de una hermana, sobre todo, para que finalmente otorgase el sí. Después de todo -convinieron- nada se perdía intentándolo. Si le admitían, siembre habría ocasión de valorar en qué condiciones y con qué seguridades. Resultaba bastante tonto discutir al respecto, sin saber si los sueños del hijo se sustentaban sobre fundamentos sólidos.Iribar efectuó la prueba y pese a su bisoñez no desagradó a los técnicos basauritarras, cuya secretaría técnica, de cualquier modo, parecía decantarse por otro chicarrón apellidado Latorre, más conocido en los ambientes deportivos de Vizcaya bajo el apodo de “Bisagras”. Latorre, tras cinco años bajo los palos del Abanto Club, equipo vizcaíno representativo de Las Carreras, en plena zona minera, parecía a punto de cuajar en magnífico cancerbero. Y es que era buen en verdad, tan bueno en sus mejores tardes vistiendo de corto, como alocado su particular concepto de la vida, alérgico al esfuerzo, la autoridad o el sacrificio, y refractario a toda disciplina. Puesto que la historia del fútbol está cuajada de ovejas negras a las que nunca faltó una nueva oportunidad, el hoy olvidado Latorre, alias “Bisagras”, sería la primera opción del Basconia. “Pero entérate bien -le advirtieron-; no vamos a consentirte nada. Sólo con que amagues descarrilar, te damos la patada”.

Iribar durante sus primeros años en el Athletic. Pocos como él supieron tomar al abordaje el tren de la soñada oportunidad.

Iribar durante sus primeros años en el Athletic. Pocos como él supieron tomar al abordaje el tren de la soñada oportunidad.

Como en la fábula oriental del alacrán y la rana, ciertas cosas son connaturales al individuo. Y Latorre, que tenía en su naturaleza el constante descarrilamiento, ni siquiera fue capaz de aferrarse a la ocasión de debutar en 2ª División: al saltarse los primeros entrenamientos se cerró a cal y canto la puerta del conjunto aurinegro. Entonces, sólo entonces, Iribar, el muchacho tímido con tanta apariencia de formalidad como centímetros de estatura, se convirtió en alternativa. “Bisagras” regresó al Abanto, perdiéndose finalmente en la nada, mientras el futuro internacional asombraba a los técnicos basconistas con su rápida progresión. El tren que pasó de largo ante Latorre era atrapado por José Ángel Iribar sin el más mínimo titubeo. Comenzaba así a fraguarse la leyenda de un mito en San Mamés, del fuera de serie que reinara durante muchos años, sin aspavientos, en el fútbol español.

Su definitiva eclosión tuvo lugar en el triple enfrentamiento copero correspondiente a dieciseisavos de final, con que los muchachos del Basconia dejaron en la cuneta a un conjunto tan potente como entonces era el Atlético de Madrid, campeón de las dos ediciones precedentes y con 9 internacionales en su plantilla. Conste, además, por si alguien pudiera pensar lo contrario, que los “colchoneros” no regalaron nada, como no fuese cierto exceso de confianza durante el choque de vuelta disputado en Basoselay. Sencillamente, José Ángel Iribar Cortajarena (1-III-1943) echó el candado a su portal, como hizo a partir de entonces otras muchas tardes, en la que fue su primera jornada de gloria, allá por la primavera de 1962. Los Griffa, Peiró, Rivilla, Collar, Callejo, Jorge Mendonça, Chuzo, Adelardo Rodríguez, Glaría o Alvarito, entre otros, ya habían mostrado su asombro en el choque de ida, resuelto para los madrleños por 3-0, viendo sacar tantos balones imposibles durante 90 minutos al portero adversario, volando de palo a palo. El choque de vuelta (3-0 a favor del Basconia)  evidenció que Iribar nada tenía ya de promesas, sino que era valladar de absoluta garantía. Los basconistas, empero, tampoco eran un hueso especialmente duro. Si bien en sus filas brillaban además de Iribar su ariete Menchaca y el rubicundo Otiñano, este último con posterioridad extremo e interior del C. D. Málaga durante muchos años, contaban con poco más, como no fuere voluntad y entusiasmo, armas insuficientes para mantenerse en el Grupo Norte de 2ª División. Sin Iribar es muy posible que los 51 goles cosechados en contra durante 30 jornadas, habrían crecido hasta una cifra escandalosa.

Con 3-3 en el global de la eliminatoria, hubo que disputar el desempate en Valladolid, donde se adelantaron los vizcaínos por mediación de Menchaca. Encorajinamos, los “colchoneros” pusieron cerco al portal de Iribar, cuyas virtudes probaron desde todos los ángulos. A falta de 5 minutos para el descanso, Joaquín Peiró, poco más tarde traspasado al fútbol italiano, establecía la igualada. Y dos minutos después, mientras los atléticos tomaban aire, Maguregui III elevaba al marcador el 2-1. La segunda parte se transformó en monólogo. Dominio absoluto de los vigentes campeones, para estrellarse contra el frontón en que Iribar parecía haberse transformado. Hasta siete balones de gol sacó aquella tarde el zarauztarra, según los cronistas. Siete aldabonazos de quien ya entonces parecía no conocer techo en su crecimiento deportivo.

Puesto que toda la prensa se hizo eco de su portentosa actuación, de las muchas virtudes acreditadas durante el Campeonato 1961-62, tras la eliminación “colchonera” los varios clubes que venían siguiendo la evolución del joven cancerbero iniciaron una curiosa puja, en su deseo de contratarlo. Para la directiva basconista se hizo realidad eso de que las penas con pan suelen hacerse más llevaderas, puesto que el desencanto del descenso estuvo mitigado por la certeza de cerrar el ejercicio con un señor traspaso. Escucharon ofertas, se frotaron los ajos para asegurarse de no soñar, y con las cuentas muy claras se dejaron caer por la calle Bertendona, donde entonces tenía su sede el Athletic Club, aún Atlético por imperativo franquista, toda vez que a los propietarios de San Mamés les asistía un derecho de tanteo sobre cualquier jugador de la entidad basauritarra. “¿Qué ofrecen un millón?”, se dice exclamaron a coro el secretario general rojiblanco y quien como tesorero tenía a su cargo las llaves de la caja fuerte. “¡Menudo disparate!”. Y en verdad lo era para la época, con sueldos de 4.000 ptas. mensuales entre empleados de banca y 25.000 anuales como salario base anual para cualquier maestro con dos o tres quinquenios. El Athletic tuvo que rascarse el bolsillo, mientras los socios del San Mamés consideraban desmesurada semejante inversión. “Los del Barcelona pagaron cinco millones por Garay, internacional hecho y derecho, jugador solvente donde los haya, y nosotros soltamos uno sin más ni más, por quien todavía no ha hecho nada”, se quejaban.

Muy cierto. Pero si Iribar aún no había hecho nada, el futuro era suyo.

Un año a la sombra de Carmelo Cedrún fue suficiente para hacerse con la titularidad, convirtiendo en baratísimo el monto de tan discutido traspaso. “El Chopo”, apodo con el que sería conocido, se erigió campeón de Europa de Selecciones, al derrotar a la URSS en el estadio Santiago Bernabeu (1964) y 2 veces campeón de Copa, derrotando en las finales a Elche C. F. y C. D. Castellón, respectivamente. Con 49 actuaciones internacionales -debutó en Sevilla, ante Irlanda- fue el primer futbolista español en superar el récord establecido por “ El Divino” Ricardo Zamora, quien tuvo la delicadeza de asistir al choque donde dejaba de ser el histórico número uno de nuestro fútbol, para intercambiar ante las cámaras de TVE, a la sazón sin competencia, sendas camisetas. Esa cifra, entonces, era realmente alta, puesto que se disputaban muchos menos choques internacionales y nuestra selección difícilmente lograba acudir a las fases finales de los Mundiales, excepción hecha del disputado en Inglaterra durante el verano de 1966. Formó en una selección de la UEFA que en 1970 se enfrentó al Benfica en Lisboa y toda España conocía cierta cancioncilla que desde las gradas de San Mamés atronaban los bilbaínos las tardes irrepetibles. Seguro, sobrio, aunque tratando de parecerlo ejecutara acciones increíbles, muy bien colocado, con autoridad sobre su línea defensiva, solía vestir de negro, el color que desde algunos años atrás habían hecho suyo otros formidables porteros. Fuera del campo, ninguna salida de tono, ningún mal gesto. Su desgracia fue no pasearse por Europa tanto como Betancort, Sadurní, Vicente o Pesudo, entre los nuestros, Gordon Banks, el germano Sepp Maier, Dino Zoff, el checo Viktor o los yugoslavos Kurkovic y Maric, entre los extranjeros. Los rojiblancos de San Mamés, cuya disciplina jamás abandonaría, se dejaban ver de tarde en tarde por las competiciones europeas, y cuando asomaban siempre era en la Recopa o Copa UEFA, competiciones menores al lado de la Copa de Europa, en especial la segunda. Si ya ha quedado entre el trío de mejores en su época, junto a Zoff y Maier, es muy posible que de habérsele visto más a menudo allende nuestras fronteras, si se hubiera adornado con otros títulos, hoy estaría considerado un auténtico gigante del pasado siglo. 

Tras el entierro de Francisco Franco, con la reinstauración democrática, apenas si hubo medio de difusión que no inoculase pimienta a sus entrevistadores. “Es usted partidario del aborto?”, solían soltar ante cualquier famoso, viniera o no a cuento. “¿Cuáles son sus inclinaciones políticas?”. “¿Cómo se siente usted: más vasco que español o viceversa?”. Estas dos últimas preguntas fueron, quizás, las más escuchadas por José Ángel Iribar durante sus últimas campañas en activo, aparte de los consabidos “¿qué espera para el domingo?”; “¿Se clasificarán para la UEFA?”; “¿Hasta cuándo le durará la cuerda?”, o “¿Qué pasara en el Athletic cuando usted lo deje?”. Algunos, más osados o deseosos de dar la nota, intercalaban descaradamente: “¿Qué siente cuando representa a España?”. Y si la respuesta, conforme solía ocurrir, no daba para ningún titular, insistían: “¿No cree que sus paisanos, o algunos de ellos, pueden reprocharle haber defendido tantas veces la portería española?”. Por lo general, “El Chopo” tenía muy bien preparada su batería de respuestas poco comprometedores: “Eso pertenece a la intimidad de cada uno”, o “Creía íbamos a hablar de fútbol”. Pero es que esto, lo de la selección, también pertenece al ámbito del fútbol, insistió un periodista, más incisivo que los demás. E Iribar, ese día, dio una magnífica lección de diplomacia: “Muy bien. ¿De qué partidos quieres preguntarme?. ¿De los del Mundial en Inglaterra?. ¿De la final en Madrid ante la Unión Soviética?”.

Lo cierto era que para entonces nadie era ajeno a su ideología. Sobre todo a raíz del partido liguero entre Athletic y Real Sociedad, donde Ignacio Cortabarría y él mismo, como capitanes de los contendientes, saltaron al campo sosteniendo la ikurriña. Simpatizaba con el movimiento abertzale, con una de sus ramas consideradas radicales. Y eso, pese a su prudencia cuando le tocaba hablar, acabaría pasándole factura. 

Como deportista con trayectoria dilatada, tuvo tiempo de pensar en el futuro, en su futuro cuando volviese a vestir de calle. No queriendo dejar las cosas para el último instante, montó un almacén mayorista de patatas y naranjas mientras defendía el portal de San Mamés. Cosas del marketing, ya se sabe. Dar el paso empresarial cuando aún se está en activo comporta mucha publicidad gratuita, mucho cliente tentado por el oropel o la mitomanía. Las cosas, por supuesto, arrancaron de maravilla y así siguieron hasta su definición ideológica, clara y sin ambages, que se encargaría de amplificar una publicación conectada al entorno de Herri Batasuna, agrupación política, según decidirían los tribunales treinta años después, conectada al universo de ETA. El Ejército, entonces, principal cliente del almacén “Iribar”, ya no volvió a comprarle más patatas, circunstancia que supuso un rejón de muerte para el proyecto empresarial.

Iribar y Arconada, dos formidables cancerberos en el día que el fútbol vasco homenajeaba al primero, con victoria de la Real Sociedad sobre el Athletic.

Iribar y Arconada, dos formidables cancerberos en el día que el fútbol vasco homenajeaba al primero, con victoria de la Real Sociedad sobre el Athletic.

José Ángel Iribar, quizás el mejor portero español en la historia, disputó su último partido de Liga la temporada 1979-80, y antes de despedirse tuvo su bien merecido partido de homenaje. Llegó a decirse entonces que el importe íntegro de la recaudación acabó en manos de organizaciones más o menos conectadas a Herri Batasuna. Rigurosamente falso, puesto que aquel dinero fue destinado a expandir el euskera, como muy bien recordarían los munícipes de Zarauz con casi 30 años de retraso, al brindar a su paisano un muy tardío agradecimiento, medalla incluida.

Inscrito su nombre con letras de oro en el museo del Athletic, así como en muchos corazones rojiblancos, tras su adiós al fútbol activo continuó ligado al club, primero haciéndose cargo del adiestramiento a los porteros y luego como entrenador del Bilbao Athletic, cuando este filial realizó una sensacional temporada en 2ª División, ocupando al final puestos de ascenso -segundo clasificado, tras el Castilla, que como filial “merengue” tampoco pudo dar el salto a la máxima categoría-. Fracasaría, en cambio, al hacerse cargo provisionalmente de la primera plantilla durante el ejercicio 1986-87,  y regresó al fútbol base de Lezama. Hoy, afable como siempre, sencillo, como suelen serlo tantos futbolistas de antaño, agradecido a ese tren que supo atrapar en su día, sigue ejerciendo de relaciones públicas atlético y, siquiera durante unos minutos, no renunció a saltar al césped en los estertores del encuentro con que el Athletic Club y un combinado de jugadores vizcaínos se despidieron para siempre del viejo San Mamés. La ovación del público cuando a punto de cumplir 70 años dio su saltito característico para tocar el larguero, quién sabe si midiendo la portería, aún resuena. Pocos, sin embargo, son conscientes de que un tal Bisagras, apellidado Latorre, tuvo billete para el tren que a Iribar acabaría conduciéndolo a la gloria deportiva. Bisagras, claro está, jamás pudo verse en papel prensa con tipografía gruesa.

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