Historia de la Eurocopa (III). Italia 1968.

Resumen

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Dentro de la serie de artículos sobre la historia de los Campeonatos de Europa de naciones llegamos a la edición de 1968 ganada por Italia.
Abstract

Keywords: 1968 European Nations’ Cup, Italy, Yugoslavia, UEFA

In our ongoing series about the European Nations’ Cup history we reach the 1968 edition, held in Italy, and won by the host Nation.

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Italia6801Para la tercera edición de la Copa de Europa de Selecciones Nacionales, la UEFA decidió un cambio en el formato de la competición. De las 33 federaciones adscritas, sólo Islandia había renunciado a participar, lo que obligó a la formación de ocho grupos de cuatro equipos, a modo de una fase previa. Los ocho campeones, pasarían a cuartos de final. Una vez más, concretados los cuatro semifinalistas, se designaría la sede para la fase final.

En el Grupo 1, formado por Checoslovaquia, Turquía, Irlanda y la campeona España, se produjo una gran sorpresa final. Con todo a su favor para clasificarse, con dos partidos pendientes aún, los checos tiraron por la borda todas sus opciones. Necesitaban dos puntos y debían visitar Turquía y recibir a la República de Irlanda. Un empate sin goles en Ankara y una sorprendente derrota en Praga, con un gol de O’Connor a falta de cuatro minutos, les dejaban en la cuneta y metían a los españoles en el bombo de los cuartos de final.

Otra gran sorpresa se daba en el Grupo 2. Bulgaria, Portugal, Suecia y Noruega se disputaron la clasificación, con todas las papeletas a favor de los lusos. Su extraordinario tercer puesto en el Mundial de Inglaterra, su gran equipo y, sobre todo, su inigualable delantero centro, Eusebio Da Silva, ya considerado uno de los mejores jugadores del planeta, así lo presagiaban. Pero sólo dos victorias en seis partidos, unidas a una notable fiabilidad de Bulgaria, invicta en el grupo, terminaban con la aventura portuguesa en el campeonato.

En el Grupo 3, la Unión Soviética seguía demostrando encontrarse en su salsa en el torneo europeo. No encontró rival en Austria, Grecia ni Finlandia y con cinco victorias y una única derrota, en Viena, con todo el pescado vendido ya, se presentaba, de nuevo, como uno de los cocos para el sorteo de cuartos.

Alemania Federal y Yugoslavia, se disputaron la clasificación en el Grupo 4. Con las selecciones de Albania y Malta completando el cuadrangular, era fácil adivinar. Más aún, después de la retirada de los malteses. Todo quedaba pendiente del doble enfrentamiento entre los dos favoritos. En mayo de 1967, un solitario tanto de Skoblar en Belgrado, ponía en ventaja a los balcánicos. Pero cinco meses más tarde en Hamburgo, los teutones se desquitaban con un claro 3-1, para ponerse líderes del grupo. Venciendo en Tirana, estarían en la siguiente fase. Pero inesperadamente, el seleccionador germano Helmut Schön decidió dar descanso a los jugadores del Bayern, que ya formaban la base del equipo que dominaría el fútbol mundial a comienzos de la siguiente década, y lo pagó con creces. El empate a cero goles al final del partido, se celebró en Yugoslavia casi como el título.

En el Grupo 5 Hungría pasaba por delante de Alemania Oriental, Holanda y Dinamarca. Una única derrota, en Leipzig, cuando ya estaban clasificados, catapultaba a los húngaros a los cuartos de final. Seguían contando con un magnífico conjunto, en el que destacaba sobre todos Florian Albert, flamante Balón de Oro de la temporada. Un Florian Albert, por cierto, que era el ídolo de un chico que empezaba a despuntar, y de qué forma, en el equipo tulipán. Contaba con 19 años, era flaco, espigado, hiperactivo y absolutamente descarado, casi insolente. Respondía al nombre de Johan Cruijff (Cruyff) y el resto de su historia es de sobra conocida.

En el Grupo 6 Italia, eliminada del Mundial de Inglaterra insólitamente en primera fase por Corea del Norte, no se permitió más sobresaltos. Con Rumanía, Suiza y Chipre en su camino, pasó con cinco triunfos, un empate, diecisiete goles a favor y sólo tres en contra. Gigi Riva, con seis tantos y Sandro Mazzola, con cinco, ya lucían galones.

El Grupo 7 resultó de los más parejos. Compuesto por Francia, Bélgica, Polonia y Luxemburgo, tan sólo los luxemburgueses carecieron de opciones desde el principio, quedando un emocionante triangular entre el resto. El más regular se llevaría el gato al agua y este premio correspondió finalmente a los franceses. En el decisivo duelo, jugado en Nantes ante Bélgica, un punto era suficiente para lograr el pase. Vencía Bélgica a falta de un suspiro, cuando Herbin lograba la igualada, el delirio en el estadio y el pasaporte para la siguiente ronda.

El Grupo 8, formado por cuatro selecciones británicas, también ofreció momentos memorables. Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte disputaron un viejo Campeonato Británico recuperado para la ocasión. No sin problemas, pasaron los ingleses, después de una derrota histórica en Wembley ante los escoceses (2-3), suavizada en el último duelo con un empate en Hampden Park, en el partido con más asistencia de público de la historia del torneo (134.000 espectadores). Los resultados con los otros dos rivales del grupo, en los que Inglaterra no se dejó ningún punto, mientras Escocia perdía en Belfast y empataba en Cardiff, terminaron siendo decisivos.

Los cuartos de final estaban servidos y, seguramente, la eliminatoria más llamativa de las cuatro, la protagonizaba el cruce entre Inglaterra, campeona del mundo y España, campeona de Europa. Y resultó ser de lo más igualada. En el partido de ida, jugado en Wembley, una defensiva selección española anduvo muy cerca de sacar petróleo del coliseo londinense. Pero Bobby Charlton, con un disparo cruzado desde fuera del área, conseguía poner en ventaja a los pross cinco minutos antes de que el suizo Droz pitara el final del encuentro. Un mes más tarde, en Madrid, con el Bernabéu a rebosar y las espadas en todo lo alto, el empate a cero campeaba en el marcador al término de la primera mitad. Nada más iniciarse la segunda parte, Amancio, a la media vuelta, aprovechando un rechace, igualaba la serie y llevaba la locura al recinto madridista. Un jolgorio y una algarabía que apenas duraron 8 minutos. Lo que tardó Martin Peters en empatar el partido y poner de nuevo la eliminatoria a favor de su equipo. Con un jugador menos por lesión de Gallego y ante un equipo técnicamente superior, las opciones españolas  se desvanecían y, en las postrimerías, en una contra perfectamente ejecutada por los visitantes, Hunter daba la puntilla a la campeona de Europa y metía a su selección en las semifinales del torneo.

Unas semifinales para las que también se clasificaron los yugoslavos, pero con mucha más holgura. Tras empatar en Marsella a un tanto ante el conjunto galo, se exhibieron en el encuentro de vuelta. A los 20 minutos ya vencían 4-0, para terminar imponiéndose finalmente con un concluyente 5-1.

El cruce entre Bulgaria e Italia tuvo algo más de suspense. En Sofia, vencían los locales 3-1 a poco para el final. Un resultado complicado para la Azzurra de cara a la vuelta. Pero como Italia nunca se rinde, Pierino Prati, a los 83 minutos, lograba un tanto de oro que mantenía con vida a su selección. La devolución de visita, en Nápoles, no tuvo color y de nuevo Prati y Domenghini, terminaron de rubricar la clasificación italiana para la fase final.

La última eliminatoria de los cuartos de final resultó espectacular, entre dos de las grandes selecciones europeas. Hungría y la Unión Soviética ofrecieron un emparejamiento apasionante, que se decantó del lado soviético por un solo gol de ventaja. En Budapest, el conjunto magiar (sin Florian Albert), lograba una sólida ventaja de dos goles a cero, para afrontar la visita al estadio Lenin con cierta comodidad. Pero una semana más tarde, en Moscú, Solymosi en propia puerta y Kurshilava, a la hora de juego, ya habían igualado la eliminatoria. La media hora restante, plena de emoción, demostró que cualquiera de las dos escuadras estaba preparada para disputar la fase final. A los 73 minutos, Byshovets, firmaba el 3-0 y certificaba definitivamente el pase de la URSS a las semifinales por tercera edición consecutiva.

Con Italia, URSS, Yugoslavia e Inglaterra clasificados, la UEFA concedía la fase final al país transalpino y el 5 de junio de 1968 tenían lugar los dos partidos de las semifinales. En Nápoles, Italia y la Unión Soviética peleaban por uno de los puestos de la final. El equipo ruso, en concreto,  por su tercera final sucesiva. Pero ambos contendientes decepcionaron por completo al entusiasmado público del San Paolo. Jugando a no perder normalmente no se suele ganar. Y si los dos conjuntos en litigio siguen la misma táctica, el resultado  es desolador. El 0-0 inicial se mantuvo a lo largo de los tediosos 90 minutos reglamentarios y los 30 del tiempo suplementario. Como aún no se había instaurado la tanda de penaltis para deshacer la igualada, el alemán Kurt Tschenscher procedió, sin titubear, al sorteo con moneda. Fiesta en Nápoles y en toda Italia. El equipo local resultó agraciado, colándose en la final sin haber hecho ni un sólo mérito más que su oponente.

En Florencia, dos horas más tarde, un durísimo e intenso choque entre Inglaterra y Yugoslavia se resolvía favorablemente para los balcánicos gracias a un gran tanto de Dragan Dzajic cuando el encuentro expiraba. Yugoslavia pasaba a su segunda final, mientras los ingleses, los grandes favoritos, con un Bobby Charlton maniatado por el entramado defensivo plavi, debían conformarse con el partido de consolación.

El 8 de junio se producía en Roma el desenlace final. En el partido por la tercera plaza, los goles de Charlton y Hurst daban a Inglaterra el mejor consuelo posible ante la URSS. La gran generación del fútbol inglés sumaba, de esta forma, un bronce al oro logrado en su Mundial dos años antes.

Después de organizar el Campeonato del Mundo en 1934, en el que los locales se hicieron con el título, entre otras cosas, favorecidos por desvergonzadas prebendas arbitrales, Italia acogía su segunda gran cita futbolística con esta Eurocopa-68. Y el resultado final resultó ser muy similar. Italia logrará el título, arropada por su apasionado público, apoyada en su sólido conjunto y ayudada por ciertos privilegios arbitrales cuando la cosa se complicaba. El estadio Olímpico de Roma recibía a las formaciones de Italia, Yugoslavia (curiosamente, menos de una hora después de concluido el Inglaterra-URSS en el mismo escenario) y al colegiado suizo Gottfried Dienst, el mismo que dos años atrás había concedido el gol fantasma de Hurst a Alemania, en la final de Wembley. Y su tendencia casera tampoco faltará a la cita en esta ocasión, para desesperación balcánica y alivio transalpino. La actuación del suizo terminará avergonzando a los propios tifosis, que habían colmado el recinto romano. El juego superior de Yugoslavia, su fútbol trenzado, de mayor talento y dominio de la situación, tenía premio antes del descanso con el segundo gol en el campeonato de Dzajic, el futbolista más destacado de toda la fase final. Pero Dienst se sacaba de la nada una falta inexistente (otra más) en la frontal del área, a diez minutos del final, para que Domenghini lograra una inmerecida igualada. Empate que se prolongaría durante los 30 minutos de la prórroga, en los que el equipo yugoslavo seguía demostrando una rotunda superioridad, mientras el colegiado suizo trataba, indisimuladamente, de equilibrar las fuerzas. Con el resultado final de 1-1 terminaba el partido y todo quedaba pendiente de un encuentro de desempate. La primera (y única) vez, en la historia de la competición, que se ha necesitado repetir la final de la Eurocopa.

El 10 de junio, también en el Olímpico, pero con mucho menos público, las mismas escuadras se preparaban para el partido de desempate. Con el arbitraje del español José María Ortiz de Mendíbil, Italia (con cinco caras nuevas respecto al primer duelo) y Yugoslavia (con un solo cambio), disputaban una final bien distinta. Con medio equipo renovado y, por lo tanto, considerablemente más fresco, los locales no darán muchas opciones a los balcánicos en esta ocasión. Riva a los 11 minutos y Anastasi, a los 32, dejaban resuelta la papeleta y el primer título continental para los azzurri. Después de pasar a la finalísima, gracias a capricho de una moneda y de tenerla prácticamente perdida a diez minutos del final, el conjunto transalpino, fiel a su propia historia, añadía a sus dos Copas Jules Rimet el título de campeón de Europa.

FASE FINAL ITALIA 1968

SEMIFINALES

YUGOSLAVIA  1 – INGLATERRA  0

Dzajic (86’).

ITALIA  0 – UNIÓN SOVIÉTICA  0

(Clasificada Italia por sorteo).

TERCER Y CUARTO PUESTO

INGLATERRA  2 – UNIÓN SOVIÉTICA   0

B. Charlton (39’) y Hurst (63’).

FINAL

Roma (Stadio Olimpico), 8 de junio de 1968.

ITALIA      1 – YUGOSLAVIA      1

Domenghini (81’) / Dzajic (39’).

ITALIA: Zoff; Burgnich, Castano, Guarneri, Facchetti; Ferrini, Juliano, Lodetti; Domenghini, Anastasi y Prati.

YUGOSLAVIA: Pantelic; Fazlagic, Paunovic, Damjanovic, Pavlovic; Holcer, Trivic, Acimovic; Petkovic, Musemic y Dzajic.

ÁRBITRO: Gottfried Dienst (Suiza).

(Al concluir con empate el tiempo reglamentario y la prórroga, hubo de disputarse un partido de desempate dos días después).

Roma (Stadio Olimpico), 10 de junio de 1968.

ITALIA      2 – YUGOSLAVIA      0

Riva (11’) y Anastasi (32’)

ITALIA: Zoff; Burgnich, Rosato, Guarneri, Facchetti; Salvadore, De Sisti, Mazzola; Domenghini, Anastasi y Riva.

YUGOSLAVIA: Pantelic; Fazlagic, Paunovic, Damjanovic, Pavlovic; Holcer, Trivic, Acimovic; Hosic, Musemic y Dzajic.

ÁRBITRO: José María Ortiz de Mendíbil (España).

GOLEADORES FASE FINAL

2

Dzajic (Yugoslavia).

1

Charlton (B) y Hurst (Inglaterra) y Anastasi, Domenghini y Riva (Italia).

EL PAPEL DE ESPAÑA

Como campeón vigente del torneo continental y una vez consumado otro histórico revolcón en la primera fase del Mundial de Inglaterra, el equipo nacional español afrontaba la fase previa de la tercera edición del Campeonato de Europa. Con el catalán Domingo Balmanya en el puesto del andaluz José Villalonga, el sorteo le había mandado al Grupo 1 junto a las selecciones de Checoslovaquia, Turquía y la República de Irlanda, contra las que debía disputar una liguilla previa en la que sólo el campeón pasaría a los cuartos de final.

Y el estreno, en octubre de 1966, contra Irlanda en Dublín, resultaba absolutamente desalentador. Balmanya había perseguido, sin disimulo, el empate sin goles, con Vavá y Ansola solos en punta, y terminaría lográndolo después de un paupérrimo partido de los nuestros, con dominio infructuoso y contadísimas ocasiones de gol. El punto logrado podría satisfacer los planes del seleccionador, pero la imagen que se acababa de dar había sido absolutamente lamentable. Impropia de todo un campeón de Europa.

Dos meses más tarde, Eire nos devolvía la visita en un campo de Mestalla abarrotado. Los debutantes Jara y José María acompañaban en la línea de ataque a Ansola, con la idea de mejorar la mordiente del equipo. El plan resultará…a medias. España lograba su primera victoria y dos nuevos puntos para su casillero, pero el juego practicado continuaba siendo desastroso. José María y Pirri ponían tierra de por medio ya a la primera media hora, pero todo lo bueno terminaba ahí. La pasividad española y la incapacidad irlandesa ponían la guinda a otro partido para olvidar.

Con tres puntos y líderes provisionales del grupo, los chicos de Balmanya desembarcaban en Estambul para disputar la tercera jornada de la liguilla, ya en febrero de 1967. De nuevo, alineación medrosa de don Domingo, que facilitaba otro empate sin goles y otro chaparrón de críticas al fútbol insulso realizado por el combinado español.

En el mes de mayo, los turcos visitaban San Mamés con la idea de intentar mantener vivas sus escasas posibilidades de clasificación. La ligera mejoría en el juego de España les dejará sin opciones. Los goles de Grosso y Gento descartaban a los otomanos y mantenían a la Selección española en lo alto de la tabla a falta de dos partidos para concluir esta liguilla previa. Dos partidos pendientes frente a Checoslovaquia, el rival más peliagudo del grupo.

El 1 de octubre se jugaba en la capital checa el primero de esos dos trascendentales compromisos. Balmanya volvía a pergeñar una alineación ultradefensiva, buscando sin rubor el empate a cero. Por primera vez en la competición, la táctica del miedo no le dará resultado. Ni Checoslovaquia ni España merecieron ganar. Tampoco hicieron méritos como para perder. Pero un disparo lejano de Horvath que sorprendía a Iríbar, un gol fantasma no concedido a José María y esa incapacidad manifiesta de los chicos de Balmanya para hacer goles a domicilio, decidían el partido a favor de los locales. La interpretación por error del Himno de Riego, en los prolegómenos, ante el estupor de nuestros representantes y directivos, podría considerarse el momento más destacado de todo el partido.

Tres semanas después, en el Santiago Bernabéu, se cerraba la fase clasificatoria para los nuestros. Seguramente en la mejor hora de juego de todo el torneo, con los tantos de Pirri y Gárate de dos espléndidos cabezazos, España  subía al marcador un tranquilizador 2-0… que a punto estuvo de no saber administrar. Como era de esperar, el equipo de Balmanya se echaba atrás en los últimos minutos y casi termina dando el gran disgusto a una afición al borde del infarto. Kuna acortaba distancias a los 75 minutos y, con el agua al cuello, agobiados y achuchados por un conjunto checo que mereció más al final, los chicos de Balmanya lograban alcanzar la orilla sanos y salvos.

Con ocho puntos de doce posibles, concluía esta fase previa para España. La pelota estaba ahora en el tejado de Checoslovaquia, que tenía seis puntos y nos superaba en el golaverage general y también en el particular. Además, aún debía visitar Turquía y recibir a Irlanda. Es decir, con dos simples empates, el equipo checo estaría clasificado. La eliminación española, pues, era cuestión de días y Domingo Balmanya presentaba su dimisión. Pero ocurriría lo inesperado. Checoslovaquia no pasaba del empate en Ankara y, con todo a favor, terminaba claudicando ante Irlanda en Praga, cuando faltaban cuatro minutos para celebrar la clasificación. Una clasificación que correspondía ahora a España, de manera sorprendente y repentina. Balmanya tenía que rectificar y volver a enfundarse el chándal de seleccionador. Había que preparar al equipo para los cuartos de final.

Cuartos de final para los que el bombo nos tenía preparado una bomba. Nada menos que Inglaterra, la gran Inglaterra de los hermanos Charlton, de Banks, de Hurst, de Greaves, de Peters, de Bobby Moore… la Inglaterra campeona mundial, sería el rival con el que nos jugaríamos el pase a las semifinales. La noticia futbolística estaba servida: el campeón del mundo contra el campeón de Europa, frente a frente.

Si para jugar en Dublín, Estambul y Praga, Balmanya había alineado un once con marcado acento defensivo, con una táctica apocada que casi se olvidaba de la portería contraria, para saltar al imponente estadio de Wembley, donde nunca habíamos ganado y siempre habíamos jugado con un elocuente complejo de inferioridad, el técnico gerundense no se andaba por las ramas. No se esperaba menos de él. De nuevo, muro de contención, marcaje al hombre, dos islotes arriba y a rezar. Para intentar frenar las acometidas locales, el 3 de abril de 1968, el seleccionador español formaba con Sadurní; Sáez, Gallego, Zoco, Canós; Pirri, Poli, Claramunt, Grosso; Amancio y Ansola. Sir Alf Ramsey, por su parte, alineaba a Banks; Knowles, Jackie Charlton, Moore, Wilson; Mullery, Bobby Charlton; Ball, Hunt, Summerbee y Peters.Y el plan casi le resulta al catalán. Un tanto de Bobby Charlton, a los 85 minutos, derribaba el muro visitante y dejaba todo pendiente para el choque de vuelta. La derrota por la mínima se contemplaba en la delegación española como un extraordinario resultado, que, con las reservas lógicas teniendo en cuenta la categoría del rival, se consideraba, desde un moderado optimismo, perfectamente superable.

El 8 de mayo el Santiago Bernabéu presentaba un aspecto inmejorable, propio de las grandes citas y las grandes noches europeas del Real Madrid. El público, entregado con su selección y confiado en la remontada, no dejará de animar en ningún momento. Don Domingo, sustituía a Poli, Claramunt y Ansola, respectivamente, por Rifé, Velázquez y Gento, con respecto al once de la ida. Pretendía más velocidad, chispa y talento para alcanzar las semifinales. Ramsey también realizaba cambios: Bonetti, Newton, Labone y Hunter, ocupaban los puestos respectivos de Banks, Knowles, Jackie Charlton y Summerbee. Gran ambiente, partidazo a la vista y un objetivo tentador: disputar unas semifinales del Campeonato de Europa. España empezaba bien. Controlando la pelota y merodeando con frecuencia el área de Bonetti, aunque sin ocasionarle problemas serios. Inglaterra, parapetada, esperaba su ocasión. Con este tanteo entre ambos púgiles, sin llegar a más, concluía la primera mitad. Tras el intermedio, España se topará con la mala fortuna. Paco Gallego caía lesionado y, sin posibilidades de sustituirlo, Balmanya lo mandaba para adelante en busca del gol del cojo. Jugar con diez jugadores y medio frente a uno de los mejores conjuntos del mundo, le pasará una factura carísima al equipo español. Pero su fe y entrega tendrán premio. A los tres minutos, Amancio adelantaba a España, igualaba la eliminatoria y provocaba un estallido de júbilo en todo el estadio, con un puñado de seguidores, incluso, que saltaban al terreno de juego para abrazarse y agasajar al goleador. La enorme alegría del aficionado español, empero, no durará mucho. Inglaterra tomaba las riendas, consciente de encontrarse ante un rival envalentonado pero también diezmado y, poco a poco, irá acorralándolo. Martin Peters, de cabeza a la salida de un córner y Norman Hunter, aprovechando un pase atrás de Alan Ball, colocaban el 1-2 en el marcador y una losa insalvable para un correoso pero impotente equipo español. Inglaterra seguía adelante y la Selección española era desposeída de su cetro continental. Un cetro que tardará cuarenta largos y frustrantes años en volver a recuperar.

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Nº 68

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