¿Salvadores o puntilleros?

Resumen

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Estudio histórico sobre algunos de los más peculiares presidentes de clubs del fútbol español
Abstract

Keywords: Presidents, Directive, Clubs, Spanish Football, History

A historical account of some of the most peculiar clubs' presidents in Spanish Football

Artículo
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Repasar la historia de nuestros clubes a través de sus presidentes, tendría algo de estudio sociológico. Afinando más, cabría concluir que el daguerrotipo resultante iba a ofrecérsenos empapado en tintes berlanguianos, tipo “Bienvenido Míster Marshall” o “La Escopeta Nacional”.

A finales del siglo XIX y durante los albores del XX, cuando muchas entidades de “foot-ball” -incluidas las hoy señeras de 1ª División- contaban tan sólo con veinticinco o treinta socios y hacían de su improbable viabilidad simple cuestión de fe, la presidencia acostumbraba a ostentarla el “sportman” más voluntarioso, si no el menos ocupado. Poquito a poco, a medida que las tribunas de madera iban poblándose de espectadores y hasta el graderío -a menudo simples ribazos de tierra apisonada- semejaba un océano de cabezas cada tarde de “match”, comenzó a subir la cotización de muchos sillones presidenciales. Sus ocupantes, por ejemplo, acababan tratándose de tú a tú con altos representantes del poder civil y militar. Podían verse en el mal papel de los diarios, no sólo mediante caracteres de cuerpo medio, sino retratados a plumilla. Si asomaban por cualquier tertulia, fuere ésta de casino, café, o respetable mancebía, pues la prostitución gozaba de sustento legal, eran inmediatamente reconocidos y adulados. Puertas hasta entonces entornadas, comenzaron a abrírseles, si no de par en par, al menos con hueco suficiente para permitirles el paso. Y hasta el oscuro mundo del funcionariado municipal o estatal, tanto temido por su lentitud e ineficacia, enterraba ante ellos una negligencia endémica, agilizando expedientes o resolviendo en tiempo récord cualquier trámite. Se pensó, entonces, que si la poltrona confería trato de favor a su inquilino, éste debía actuar a la recíproca con el club, unas veces proporcionándole lustre, otras avalándola, y a la postre equilibrando balances con su propio peculio, aún a sabiendas de que esos préstamos corrían el riesgo de convertirse en donación altruista. Para ser presidente ya no bastaba el voluntarismo y la disponibilidad de tiempo libre. Hacía falta pedigrí, solvencia económica y alguna influencia, además de cierta afición.

Aunque en ese momento nadie pareciese advertirlo, quedó inaugurado el tiempo de los ambiciosos, el de quienes aspiraban a seguir haciendo negocios desde el púlpito que prestaba el fútbol.

La sustanciación del profesionalismo a partir de 1926, apuntaló aquel terrizo cimiento. Para presenciar partidos importantes llegaban a congregarse 10.000 almas. Diez mil pares de ojos que acababan mirando durante unos segundos hacia el centro de la tribuna, justo al sitio donde más humeaban los puros, más altos parecían los sombreros y más espléndidos lucían los gabanes. El palco era, o podía ser, un magnífico escaparate. Y su llave estaba en manos del señor presidente. A la par, vencer al adversario en choques de rivalidad, y no digamos nada la obtención de títulos, confería a los presidentes mayor cuota de dignidad y señorío. Por lo tanto, había que ganar. Deportivamente o sobrepasando límites reglamentarios. Enterrando el “fair-play”, sacando de farra a la estrella adversaria en vísperas del partido, si se terciaba, o haciéndose con los mejores futbolistas a golpe de talonario. El Madrid inyectaba 60.000 ptas. en las arcas del Deportivo Alavés (el salario anual de 20 trabajadores especializados) por los defensas Ciriaco y Quincoces, y el atacante Olivares. Ricardo Zamora ponía rumbo hacia el mismo club desde la ciudad condal, mediante abono de 100.000 ptas., el traspaso más alto satisfecho hasta ese instante en todo el orbe. La vanidad tenía un precio y muchos mandamases del balón se apresuraban a pagarlo, pudiesen o no cuadrar después el libro mayor.

El coronel Gabriel Prieto Madassú, personaje clave en la mayoría de edad del Alcoyano, tras la Guerra Civil. En 1949 sería nombrado gobernador militar de Cáceres. Falleció en Granada, como general de brigada, el 18 de abril de 1953.

El coronel Gabriel Prieto Madassú, personaje clave en la mayoría de edad del Alcoyano, tras la Guerra Civil. En 1949 sería nombrado gobernador militar de Cáceres. Falleció en Granada, como general de brigada, el 18 de abril de 1953.

Tras la Guerra Civil hubo cosas que no variaron, por más que algunos prohombres del régimen aventurasen lo contrario: “En adelante, los jugadores tendrán otra ocupación, además del fútbol. Y se acabaron los días en que cada cual campaba a su antojo. Ni se pagarán los traspasos de antes, ni los clubes podrán actuar sin vigilancia”. Buenos propósitos condenados al fracaso inmediato, puesto que en 1940, entre cartillas de racionamiento incapaces de aplacar hambres, cortes de luz, desabastecimiento de gasolina y frío royendo las entrañas, Guillermo Gorostiza pasaba del At Bilbao al Valencia C. F., a cambio de 55.000 ptas. Un maestro con plaza ganada por oposición ingresaba 5.000 redondas a lo largo de ese mismo año. Los estraperlistas con suerte, o los chatarreros, bastante más. Por eso unos y otros podían darse el lujo de acudir al fútbol, purazo en ristre, cuando muchos campos arrojaban afluencias miserables.

A otras cuestiones, en cambio, se les dio la vuelta a partir de 1939. Para ser directivo, incluso vocal en club de barrio, había que pasar por el cedazo de afección al régimen. Durante los años más crudos, sobre todo, no era raro acceder al cargo por designación de la autoridad, circunstancia que justifica tanta abundancia de militares en muchas directivas. Y aunque a menudo se haya definido esa época como de “fútbol tomado por las armas”, no es menos cierto que parte de aquellos militares desarrollaron una fecunda labor. Los hermanos Troncoso ya eran “gente del deporte” antes del estallido bélico, por ejemplo. Recuérdese, igualmente, la intervención de los militares-directivos alavesistas, en favor de Marcial Arbiza, conforme se viera en esta misma publicación. O la no menos decisiva figura de Gabriel Prieto Madassú, coronel de Infantería en el Regimiento Vizcaya Nº 21, acuartelado en Alcoy. Prieto Madassú  prestó soldados para el desmonte del campo del Collao y activó a los empresarios de la industriosa población alicantina, posibilitando el salto de gigante que iba a dar el Alcoyano en apenas 4 años.

Pronto, sin embargo, los nuevos burgueses, que no dejaban de ser sino los de siempre, viejos monárquicos, nobles con buen ojo inversor, terratenientes, patrocinadores del levantamiento, o industriales de la hilatura, el agro, la minería y los alcoholes, a los que se arrimaban oportunistas con buenos contactos, irían tomando el relevo al interinato castrense.

Sabino Barinaga Alberdi, ya entrenador. Aunque se hiciera futbolista en Inglaterra, aprendió pronto a desenvolverse en la España de posguerra. De ahí que durante su última temporada en activo (1954-55), viendo entrar en el vestuario bético a un militar con estrellas, se cuadrase y dijera: “¡Mi general, aquí estamos para hacer que el Betis suba a 1ª!”.

Sabino Barinaga Alberdi, ya entrenador. Aunque se hiciera futbolista en Inglaterra, aprendió pronto a desenvolverse en la España de posguerra. De ahí que durante su última temporada en activo (1954-55), viendo entrar en el vestuario bético a un militar con estrellas, se cuadrase y dijera: “¡Mi general, aquí estamos para hacer que el Betis suba a 1ª!”.

Debe constar, también, que varios gobernadores civiles evitaron la desaparición de unos cuantos clubes a lo largo de los años 40 y 50. Si no había con qué pagar las fichas, o si la Federación se negaba a tramitarlas en tanto no se pusieran al día con el organismo, convocaban a la flor y nata en sede gubernamental y de allí no salía nadie sin repartir cargos y aflojar la faltriquera. Corrían malos tiempos para negarle algo a todo un señor gobernador. Por menos que eso se acababa perdiendo contratos con el Estado, o se asumía el revoloteo de inspectores de abastos, fisco y trabajo, a manera de revancha. Los clubes en apuros, merced a la potente nueva directiva impulsada desde Gobernación, esquivaban su finiquito. Y el preboste, además de ahorrase el descontento ciudadano, añadía méritos a su hoja de servicios. Porque ejercer ese cargo en un capital de provincia sin equipo encuadrado como mínimo en 3ª, podía compararse a ser notario de cualquier plaza sin viñas, naranjos, o pegujales dignos de transmisión testamentaria.

Ya en los 60 fueron llegando vientos nuevos. Aquel régimen tan alérgico a las urnas consentía juntas directivas a elección de los socios. A elección matizada, entiéndase, puesto que desde 1948 -aunque muchas federaciones no se aviniesen a la norma hasta el arranque de los 50- la Delegación Nacional de Deportes avalaba el nombramiento de presidentes en juntas o asambleas de compromisarios, si bien seguía quedando a criterio de cada Federación aceptar o no la voluntad de los socios. Consecuentemente, las planchas seguían siendo analizadas al trasluz desde las delegaciones del gobierno. El franquismo de esos años sabía muy bien cómo abrir la mano sin dejar de cerrar el puño. Pero aún con todo, se empezó a vislumbrar una nueva especie de presidentes. Porque junto a quienes ya habían triunfado en lo económico, entremezclados con aspirantes a licencias de importación, merma de aranceles o concesiones varias, germinó el matojo de los especuladores con suelo y ladrillo; individuos que tras asomarse al palco buscaban recalificaciones, el visto bueno del Ministerio de la Vivienda para la ansiada subvención, y una rúbrica del alcalde, salvoconductos con los que poblar el horizonte de grúas y atiborrar su hucha.

El campo llevaba años huyendo a las ciudades, infestando su periferia de chabolas levantadas por la noche, que tras el canto del gallo ya nadie podía demoler. Mal ejemplo para la España surgida del 18 de julio. Realidad fea en un país que aspiraba a convertirse en meca del turismo. Injusticia denunciada por curas jóvenes poco amigos de palios y soflamas, a los que pronto se iba a tildar de “comunistas”. Afrenta que el régimen se apresuró a subsanar en cuanto obtuvo divisas y cemento, para gloria del No-Do y sus solemnes inauguraciones, a la par que enriquecimiento de quienes armaban el hormigón no con varilla metálica, sino mediante cables de freno para moto atirantados a la buena de Dios. Burgos no sólo amplió horizontes, sino que gozó de un Polo de Promoción Industrial. Vitoria también se estiró por la llanada, algo más tarde. Y ambas capitales, al igual que Logroño, por no eternizarnos con el ejemplo, tuvieron en sus clubes más representativos a enladrilladores del páramo. El castellano naufragó una tarde en El Plantío, cuando saltó al campo para leer la cartilla, o algo peor, a un árbitro poco inspirado. El alavés, cuya constructora-inmobiliaria permitió fichajes de tronío, tuvo la desgracia de no completar la reconquista de una 1ª División perdida en los 50. Y el riojano Cesáreo Remón, antiguo futbolista del disuelto C. D. Logroñés, mucho más pragmático, hasta vendía sus pisos a alguno de los futbolistas que contrataba, conforme afirmara el buen medio Jesús Mª Irízar: “Llegué a Logroño en 1972, cedido por el Betis, aunque en seguida me ficharon por 500.000 ptas. Pague 300.000 por uno de los pisos que levantaba el presidente y después de escriturarlo todavía me sobraron 150.000. Una operación fantástica”.

Esos pisos por fuerza debían ser pequeños, con la cocina sin montar y luciendo una brillante placa de Protección Oficial en la fachada, pues la vivienda libre superaba con creces el medio millón, allá por 1972.

Remón, vaya por delante, constituyó anomalía entre la tormentosa nube de dirigentes constructores, llegados al deporte rey por estricto oportunismo. Sin sus desvelos y terquedad deportiva, el club de Las Gaunas hubiese perecido mucho antes, sin degustar una máxima categoría que a la postre, como a tantos otros modestos, acabaría desangrándole.

José Luis Orbegozo. Puso el cemento para que los Arconada, Górriz, Zamora, Alonso, López Ufarte, Bakero y Satrústegui, convirtiesen a la Real Sociedad en bicampeona.

José Luis Orbegozo. Puso el cemento para que los Arconada, Górriz, Zamora, Alonso, López Ufarte, Bakero y Satrústegui, convirtiesen a la Real Sociedad en bicampeona.

Tampoco todos los clubes cayeron en manos oportunistas, puesto que hubo dirigentes excelsos. Ángel Pérez Soler, Benito Villamarín, Jaime de Olaso, Santiago Bernabeu, Félix Oraá, Eguidazu, Fermín Ezcurra, Orbegozo, e incluso los cinco presidentes de las más significadas entidades gran canarias que un día, desechando egos poniendo colofón a los 40, decidieron fusionarlas para representar con dignidad al balompié insular en el Campeonato Nacional de Liga, pueden servirnos de avanzadilla. Pérez Soler, con la ayuda de unos directivos excelsos, amén del citado coronel Gabriel Prieto, profesionalizó al Alcoyano, equipito que desde Regional, y en un santiamén, se las vio midiéndose al Real Madrid, Valencia, Sevilla, los dos Atléticos o C. F. Barcelona. Benito Villamarín supo enderezar a una entidad campeona de preguerra y repentinamente hundida en 3ª. Olaso convirtió a su Indauchu, formación de amigos, no ya en club de 2ª División, sino en escaparate de soberbios futbolistas. Bernabeu construyó un campo inmenso en tiempos de máxima dificultad y lo llenó después, bien es cierto que con la ayuda del todopoderoso Di Stéfano. Oraá tuvo que llevar a cabo una de las más arriesgadas renovaciones en el Athletic (todavía Atlético), no ya por cuanto a la primera plantilla rojiblanca respecta, sino al apostar por el vivero de Lezama. Eguidazu hubo de enfrentarse desde el mismo club con el estamento federativo, sus compañeros de Asamblea General y el entramado de corrupción esdrújula que en lo deportivo caracterizó a los primeros 70, para aflorar el escándalo de los falsos oriundos. Su vecino y coetáneo Orbegozo trazó el rumbo que situaría en mar abierto a una Real Sociedad acostumbrada al cabotaje, convirtiéndola en bicampeona de Liga. Y el discreto Ezcurra, pasito a paso, sin perder la perspectiva cuando tantos colegas se volvían locos en el pespunte de una España entregada al “pelotazo”, convirtió a su Osasuna en el único club de 1ª sin necesidad de rescate estatal, antes de ser anfitriones en el Mundial de “Naranjito”, con Sandro Pertini alborozado en el palco y Paolo Rossi otorgando otro título a los “azurri”. Antes de ese 1982, otro magnífico presidente hizo ver a su junta directiva que el futuro del Sporting gijonés pasaba por destinar al centro formativo de Mareo los millones abonados desde Bilbao, cuando el Athletic incorporó a Churruca. Sin aquella inversión y los frutos posteriores, probablemente habrían soplado muy malos vientos en torno al histórico Molinón.

Pero aquel multimillonario rescate premundialista, unido al paupérrimo balance de nuestra selección nacional en el campeonato, prontamente eliminada, tuvo sus consecuencias para el fútbol. Primero hubo críticas por demás justas. “Es inadmisible que el erario público sirva para rescatar a millonarios. Esto no ocurre en otros países, donde los clubes son Sociedades Anónimas. Así, ante cualquier caso de mala gestión, son los accionistas quienes se rascan el bolsillo, no la inocente ciudadanía”. Y a renglón seguido tanta improvisación como populismo. Porque mecidos en la Ley de Sociedades Anónimas, contribuyentes y clase política dieron por resuelto el problema. Se abrazó la fórmula, aunque no sin incurrir en algo parecido a una trampa. Porque las nuevas S. A. Deportivas quedaban al margen de cotización bursátil y eran declaradas “sin ánimo lucrativo”. Podían mover bastante más dinero que cualquier empresa cotizada en corros, sin reparto de hipotéticos dividendos ni apenas control. Polvorín huérfano de centinela, por el que pronto comenzaron a interesarse dinamiteros con mecha corta.

Jesús Gil y Gil fue tan sólo uno de ellos, abanderado en el arte de saltar desde el fútbol al escenario político. Quizás, también, pionero entre nosotros en un nuevo birlibirloque: fichar “futbolistas” como mínimo desconocidos, si no harto sospechosos, a través de sociedades participadas, o dicho de otro modo, hacer que el dinero del club -siquiera una parte de él- acabara en sociedades gestionadas por testaferros. “Sin el Atlético de Madrid yo no hubiera podido hacer nada en política”, confesó, añadiendo: “El fútbol lo puede todo”.

Lo parecía, al menos. Porque de buenas a primeras, algo sí había logrado la nueva Ley: Hurtar la representatividad de los socios; convertir en papel mojado los carnets. Y desandar los anteriores 40 años, puesto que de directivas designadas a dedo se pasaba a alianzas accionariales, si el papel se concentraba en tres o cuatro carteras minoritarias, o a la inmisericorde apisonadora, cada vez que alguien controlase la mayoría. Por cuanto a responder sobre pérdidas, pronto quedó de manifiesto la facilidad de allanarse ante imprescindibles ampliaciones de capital, y sobre todo el abrazo sistemático a una Ley Concursal embebida en aroma a estafa económico-deportiva. Todo ello sin olvidar otro atajo, pues llegado el caso una quiebra podía tornarse utilísima escalera de incendios. ¿Acaso importaba si miles de socios y abonados se achicharraban entre rescoldos de historia centenaria?.

A caballo de las Sociedades Anónimas Deportivas, se agigantó la insolvencia en nuestro fútbol, escapando solo unas pocas entidades más bien modestas, y por eso mismo ejemplares. Cualquiera diría que comiendo pan, se eructara jamón.

El C. D. Badajoz sobrevivió a una guerra, a la hambruna autárquica, la masiva emigración extremeña y el fracaso del Plan Badajoz, pero acabaría sucumbiendo a la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas.

El C. D. Badajoz sobrevivió a una guerra, a la hambruna autárquica, la masiva emigración extremeña y el fracaso del Plan Badajoz, pero acabaría sucumbiendo a la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas.

En pleno imperio de la Ley de S. A. D., Málaga C. F., Real Oviedo, Valencia, At. Madrid, Real Zaragoza, Compostela, Granada, Betis, Elche, Mallorca, Xerez, U. D. Las Palmas, Deportivo Alavés, Palencia, Racing de Santander, C. D. Badajoz, U. D. Salamanca, Real Sociedad de San Sebastián, Real Murcia, Sporting Mahonés, Hércules, Alicante, La Muela, Ciudad de Murcia y un largo etcétera, viven o han vivido situaciones tan críticas que ni pasando por la UVI pudieron solventar en algún caso. Todo ello mientras se asistía al desembarco en las poltronas de trileros y advenedizos, sustituyendo a los oportunistas de antaño. Valgan para muestra un par de botones.

Justo en el tránsito del siglo XX al XXI, el Club Deportivo Badajoz parecía asentado en 2ª División, aún con penurias. Sus dirigentes se quejaban del escaso apoyo ciudadano, y quienes como pacenses de pro deberían haber sentido algo por la camiseta blanquinegra, se confesaban más seguidores del Real Madrid o Barcelona, cuando no escondían su deserción amparándose en la incomodidad de una instalaciones tiempo ha periclitadas. Como tantas veces ocurre, desde las distintas Administraciones se hizo un esfuerzo considerable, hubo música, discursos, corte de cinta y bendición de un nuevo campo, tan sólo para que domingo tras domingo buena parte del graderío continuara despoblado. Lógicamente, así no había modo de cuadrar balances. La deuda crecía, sin visos de que mejora. Tratando de recortar gastos, a los futbolistas dejó de servírseles vacuno en las comidas, reemplazado por pavo y pollo, más baratos. Daba igual si el equipo se desplazaba a Galicia, Cataluña, la región levantina, Euskadi o Andalucía: siempre pavo y pollo, con guarnición o sin ella. Pero la deuda, en parte por mor de intereses acumulados, no dejaba de crecer. Entonces surgieron los salvadores. Una empresa argentina, abanderada por Marcelo Tinelli (1998), y otra portuguesa, con Antonio Barradas como estandarte (2002), por riguroso orden, aunque vistos los resultados pudiéramos entonar el tanto monta, monta tanto. Ni uno ni otro hallaron dificultad para hacerse con una parte del accionariado, apostando a la baja, puesto desde todos los ámbitos se quiso ver en ambos a un par de angelotes con alas de seda blanca.

Al menos así fueron acogidos de entrada.

Pero ni el sudamericano ni el luso hicieron mucho por la entidad. Con ligeros matices diferenciadores volvía a repetirse la nefasta experiencia del Atlético Marbella cuando, en 1994, desembarcara Slobodan Petrovic, otro encantador de serpientes con lengua bífida. A lo peor ninguno de los dos se planteó siguiera reflotar la sociedad. Y en vista de que el dinero institucional no colmaba sus expectativas -entonces Ayuntamientos, Diputaciones y Comunidades Autonómicas subvencionaban al deporte, fuese con aportaciones directas o mediante esponsorizaciones-, pusieron pies en polvorosa.

El C. D. Badajoz, después de sobrevivir a numerosas crisis tanto en tiempos duros como de relativa abundancia, se encontró en 2ª División B, primero, y en 3ª después, con un campo nuevo y vacío, y sin el aliento de una afición resignada a lo peor. Expiró tras larga agonía, por más que otros entes locales de nuevo cuño compitieran en el arrogo de una antigüedad y unos laureles del todo ajenos. Sobrevivir a una Guerra Civil, a la emigración extremeña, el fiasco del Plan Badajoz, el hundimiento bursátil de los 70, la asfixiante inflación de los primeros 80, el fútbol de tronío televisado en color y distintas restructuraciones federativas, para yacer en la cuneta de la Sociedad Anónima. Viaje absurdo, a la par que invento tóxico.

Pero más espectacular todavía fue el desplome del Leganés, cuando sobrevoló su nido un empresario argentino del espectáculo llamado Daniel Grinbank. Las cosas ocurrieron de este modo.

Grinbank, empresario futbolístico a la fuga. Todo su prestigio como organizador de espectáculos musicales, lo perdió durante sus cuatro meses la poltrona del Leganés.

Grinbank, empresario futbolístico a la fuga. Todo su prestigio como organizador de espectáculos musicales, lo perdió durante sus cuatro meses la poltrona del Leganés.

Durante el verano de 2003, Grinbank contactó con Jesús Polo, presidente del club madrileño en los últimos 27 años, para adquirir el 86 % de las acciones. Los blanquiazules acababan de salvar la categoría en los despachos, luego de haberla perdido sobre el césped, ocupando la plaza de un Compostela descendido por impagos a su plantilla. Claro que el Leganés no fue sino alternativa de urgencia para el argentino, puesto que previamente había llamado a la puerta del Real Valladolid. Quería entrar en el fútbol español, sin que importase mucho a qué entidad y bajo qué colores. Por fin, el 11 de agosto cristalizaba el acuerdo, quedando Polo como presidente de honor, en tanto Grinbank y su gente de confianza gestionaba tanto el área económica como la deportiva.

Al menos por cuanto respecta a lo deportivo, el nuevo propietario sí parecía haber hecho los deberes, contratando a José Pekerman como responsable técnico y a Carlos Aimar para el banquillo. Pekerman lo había sido todo en el fútbol base de su país: campeón mundial, tirano en los torneos de la Confederación Americana, hombre que semejaba estar hecho para la corona de laurel. Y Aimar era conocidísimo por nuestros pagos, luego de fajarse con éxito en el C. D. Logroñés del bodeguero Eguizábal, y popularizar un señor palmetazo en el pecho de sus futbolistas a medida que iban saltando al campo.

El reto, de cualquier modo, se antojaba dificultoso. Una cosa era que Grinbank fuese hombre con buena fama, “capaz de montar conciertos de los Rolling Stones en cualquier continente”, según se aseveraba desde Buenos Aires, y otra que en los 20 días previos al primer choque liguero pudiera cerrarse una plantilla no sólo digna, sino capaz de situar al “Lega” entre los grandes. Lógicamente, en plena revolución no se contaba con casi ningún futbolista del equipo anterior. “Si no fueron capaces de agarrarse a 2ª, ¿cómo van a impulsarnos a 1ª?”, parece  se aseguró desde el área deportiva.

Pekerman y Aimar tiraron de contactos, recibiendo varias negativas y 16 plácemes; quince argentinos y un chileno, distribuidos de este modo:

Pekerman fue otro engañado por el visionario Grinbank. Pese a saberlo todo sobre el balón y su mundo, las prisas le impidieron conformar un equipo consistente.

Pekerman fue otro engañado por el visionario Grinbank. Pese a saberlo todo sobre el balón y su mundo, las prisas le impidieron conformar un equipo consistente.

Bernardo Leyenda, portero. Vitali, Alessandria, Mustafá, Mauro Esteban Navas, Federico Hernán Domínguez y José Antonio Chamot, todos ellos argentinos, defensas. Para la zona ancha los también argentinos Nicolás Medina, Pablo Rodríguez, Pietravallo y Marini, y el chileno Arrué. Encargados de anotar goles Pablo Ignacio Calandria, Claudio Marcelo Enría, Santiago Jorge Kuhl y Mario Héctor Turdó. De ellos, 8 con experiencia en 1ª División y alguno tras haber sufrido lesiones muy serias, de las que según pudo apreciarse pronto conservaba secuelas. Un ramillete que, salvo excepciones, decepcionó bastante.

A medida que los resultados sumergían al Leganés en un baño de realidad, Grinbank daba la impresión de distanciarse. Como niño caprichoso, fue cansándose del juguete, hasta acabar arrinconándolo. Jesús Polo, por pura vergüenza torera, abonó de su bolsillo las nóminas correspondientes a noviembre y diciembre, así como los billetes aéreos para que esos 15 argentinos y el chileno pudiesen pasar la Navidad en familia. Llegó Año Nuevo, los Reyes Magos desfilaron en cabalgata y al pasar por Leganés vaciaron de carbón las alforjas. Porque el jueves 8 de enero, cuando los abetos de plástico, ya sin luces ni villancicos comenzaban a desmontarse, en las instalaciones del club se vivían instantes de conmoción. Daniel Grinbank, el empresario honesto, el vendedor de humo, confesaba a sus jugadores durante cinco escasos minutos no hallarse en disposición de cubrir los seis millones y medio de euros presupuestados, subía a un coche en dirección Barajas, tomaba un vuelo a Londres donde “Le Cirque du Soleil” iniciaba una nueva gira, y decía adiós al sueño que jamás llegó a convertir en proyecto. Una fuga en toda regla, poco menos que en plan golfo.

“El proyecto tenía que ver más con lo humano y lo deportivo que con lo económico”, aseguró Pekerman, tan anonadado como incrédulo. Un futbolista reconocía que “si bien últimamente nos rondaba el miedo a que pasara algo, jamás pensamos pudiese dejarnos tirados”. Carlos Aimar, entre tanto, anunciaba que los jugadores eran libres para continuar o no en el club, y hasta para permanecer en Madrid o desplazarse a Algeciras, donde debían disputar el siguiente partido. Viajaron los convocados y dando una lección de honradez se impusieron por 1-2. El futuro, sin embargo, no es que fuese sombrío, sino tétrico.

Rosario Peña, concejala de deportes del Ayuntamiento de Leganés por el PSOE, se deshacía en buenas palabras, procurando no mojarse, “porque como saben, el Leganés Sociedad Anónima Deportiva es una entidad privada”. Aimar sangraba por su herida ante la prensa: “El terremoto nos sorprendió desagradablemente. Es una catástrofe que no sabemos cómo afrontar. El futuro de muchas familias ha saltado hecho pedazos”. Parecía que sólo contara eso, la realidad inmediata de treinta y tantos profesionales. ¿Y qué ocurría con la afición?. Con los abonados. Con algún aislado pequeño accionista. Con la ilusión entregada gratuitamente durante lustros. ¿Acaso el impulso popular que situó al fútbol en la cúspide, ya no contaba?. ¿Alguien pensaba, en serio, que el fútbol-negocio, negocio no siempre limpio, que conste, surgido de las S. A. D., era posible sin el aliento del aficionado?.

Las semanas siguientes resultaron muy movidas, puesto que nada más aflorar el escándalo faltaron jofainas para tanto remedo de Pilatos. Ni el fugitivo empresario ni el antiguo presidente Jesús Polo, habían solicitado al Consejo Superior de Deportes la preceptiva autorización, tal y como exigía el real decreto sobre Sociedades Anónimas Deportivas si iba a cambiar de manos un capital mínimo del 25 %. Y además dicha venta tampoco se formalizó ante la Liga de Fútbol Profesional. Portavoces del C.S.D., en perfecta maniobra, manifestaron que “cualquier transacción en semejantes condiciones, suponiendo se hubiera producido alguna, resultaba nula de pleno derecho”.

Diez años le costó al C. D. Leganés recuperar la 2ª División. Duro castigo para sus seguidores y masa social.

Diez años le costó al C. D. Leganés recuperar la 2ª División. Duro castigo para sus seguidores y masa social.

Curioso, muy curioso todo. La prensa se había hecho eco, pormenorizada y ampliamente, de cuanto ocurría en agosto alrededor del Leganés. ¿Cómo es que C.S.D. y L.F. P. no se dieran por enterados?. ¿Acaso los puntos de retiro estival permanecían fuera de onda, sin diarios, radio y televisión?. ¿O es que en vacaciones se detenía el latido universal?. El alcalde de Leganés por el PSOE, José Luis Pérez, tuvo más difícil lo de lavarse las manos, puesto que el 11 de agosto de 2003, cuando Grinbank parecía dispuesto a regar con maná el secarral sur madrileño, no quiso faltar a la materialización del traspaso. Una foto siempre es una foto, y aquella parecía de primera.  Pues así y todo, como queda dicho hubo de ser la concejala quien en medio del desaguisado lanzase balones fuera.

Carlos Aimar no acabó la campaña 2003-04. Y el Leganés, lejos de ascender a 1ª, según los planes, concluyó descendiendo a 2ª B. Iba a llevarle 10 años reconquistar la categoría perdida. Diez años lamiendo llagas, sobreviviendo con estrecheces, arrepintiéndose de haber confiado en quien no debía.

Lamentablemente, aquel fiasco pareció no inspirar moraleja. Años más tarde otros abigeos siguieron merodeando en derredor de nuestra Liga. Unos se fueron con viento fresco, otros echarían el ancla entre alardes de rico manirroto, prometiéndolo todo y volviendo a hacer el petate cuando las distintas Administraciones invocaron la ley abstracta, las ordenanzas de urbanismo o los Planes Generales de Ordenación Territorial, para embridar ingentes proyectos de cemento y ladrillo. Por Santander y Vitoria cayó Piterman, como plaga de langosta. Y puesto que los males no suelen llegar solos, en Cantabria volvieron a tropezar con otro bluf superlativo, al parecer residente en el Golfo Pérsico y luego reclamado por Interpol. Durante un año, la afición del Málaga C. F. coreaba vivas en la Rosaleda a su particular míster Marshall árabe. Luego, ya en plena liquidación de efectivos, resucitaron los miedos desde una tumba con lápida en honor del Club Deportivo Málaga. El Granada fue adquirido por negociantes del balón transalpino, dueños del Udinese y el Watford inglés. ¿Acaso no importaba a nadie que un día pudieran enfrentarse en la Europa League Udinese y Granada, por ejemplo, o Watford y Udinese?. Y entonces, ¿cómo evitar adulteraciones, chanchullos y hasta tocomochos en el mundillo de las apuestas on-line?. El Mallorca, estrangulado por sus deudas, recibió una inyección germana. A su presidente, Utz Claassen, ex alto cargo financiero de SEAT, con 23 cambios de domicilio por mor de su profesión, le sobraban tablas empresariales. Pero claro, el fútbol es fútbol, según perogrullada de Bujadin Boskov. O sea poco tiene que ver la gestión empresarial para que las estrellas no se lesionen, el entrenador se lleve bien con sus pupilos, los árbitros acierten y la pelota quiera entrar.

Hoy se teme a las arenas movedizas en la tercera ciudad de España por población, imagen internacional y pujanza económica. El viento no favorecen al Valencia del derroche superlativo, los números rojos escandalosos y un campo nuevo parado a medio construir desde ni se sabe cuánto tiempo. Se diría que la brújula tampoco aparece en las arcas del representante futbolístico mejor relacionado a día de hoy, ni en un banquillo demasiado dado a la aventura, y aún menos entre los millones del propietario, otro multimillonario asiático. Veremos si esta aventura no concluye en la isla de Robinson Crusoe. Más aún, ¿habrá llegado también, o estará a punto de llegar a nuestro campeonato la fórmula trasladada desde fondos de inversión y capital-riego a la Premier británica, consistente en contabilizar como préstamo lo desembolsado en adquisición de acciones?. Poco debería extrañarnos que ante el primer síntoma de gripe cualquier club atraviese muy duros trances. Pero alivia reconocer otro tipo de gestión, otras fórmulas menos reñidas con la tradicional ortodoxia, aun bajo el manto de la ley de S.A.D., con Eibar, Numancia y Huesca a la cabeza. O siguiendo el ejemplo de un Real Zaragoza todavía vivo, gracias a la bendita cabezonería de quienes como José Antonio Martín Otín “Petón” y un puñado e románticos, contagiaron ilusión entre el empresariado maño, evitando, de paso, la puntilla a una entidad con trofeos de Copa española y europea en sus vitrinas. Y que conste, la enfermedad provenía de gestiones sometidas a la ley de Sociedades Anónimas Deportivas,  en tanto la transfusión salvadora era consecuencia del fervor y el entusiasmo característicos de otra época.

Perfecto círculo vicioso. Creamos una figura jurídica para evitar lo desmanes, comprobando al cabo, y según parece sin gran propósito de enmienda, que dicha fórmula sólo multiplica impagos o va llenando de cruces el cementerio deportivo, justo cuando más dinero se mueve alrededor del balón.

En el siguiente número se abordará, Dios mediante, la siniestra figura de Dimitri Piterman, el hombre que a punto estuvo de trazar dos muescas en su culata, para vergüenza de nuestro fútbol. Puro aguafuerte tremendista, contra el que ni la Liga de Fútbol Profesional ni el Consejo Superior de Deportes parecen haberse vacunado. Pero entre tanto viene a mi memoria cierto señor al que conocí durante algunos veranos de infancia, cuya mujer se hallaba enferma. Los vecinos solían interesarse, solícitos, por la evolución del mal y la paciente. Y él contestaba con aplastante resignación: “Miren ustedes, ¡a peor la mejoría!”.

Pues eso. También sobre este particular parece que ha ido a peor la mejoría.

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