Una gira hacia el desastre

Resumen

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La desastrosa gira del Racing de Madrid por América en la temporada 1931-1932 con sus anécdotas y vicisitudes.
Abstract

Keywords: Paco Bru, Football, History, Tours, Friendlies, America, Racing Madrid

Events and anecdotes of Racing Madrid's disastrous tour of America during the 1931-32 season.

Artículo
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Van a cumplirse 30 años desde que los torneos veraniegos dejaron de interesar al aficionado. Para entontes había tantos jugadores brasileños, argentinos, uruguayos, magiares, balcánicos, teutones o africanos en el campeonato español, que la presencia de formaciones como Palmeiras, Botafogo, Videoton, Hajduk, Bayern de Múnich, Peñarol o Independiente de Avellaneda, apenas si desataban curiosidad o morbo. Las recaudaciones bajaban, los cada vez más escasos espectadores salían con la sensación de no haber presenciado nada distinto a cuanto les esperaba durante 8 meses de competición, y así, no pocos ayuntamientos, al fin y al cabo sostenedores del invento, concluyeron por dedicar su aportación a otros fines. Mala noticia para intermediarios, negociantes de distinto pelaje y clubes de postín, acostumbrados a hacer caja sin mucho esfuerzo. Pero también más fechas para la puesta a punto en “stages” y pretemporadas por Holanda, Bélgica, Alemania o la Francia septentrional, lugares donde el termómetro hacía más llevadero un intenso trabajo físico.

Transcurrido algún tiempo, otros organizadores de eventos se esforzaron por encajar la vieja fórmula en el nuevo panorama socioeconómico. El fútbol, gracias sobre todo a la televisión, se había universalizado. Asia, América del Norte y Oriente Medio, lo abrazaban con entusiasmo. Y si en el Golfo Pérsico siempre hubo petróleo, Asia Oriental ya no era un continente rojo, cerrado y deprimido, sino factoría de occidente, paraíso financiero y nicho de potenciales consumistas aún por explorar. Consecuentemente, los torneos de puesta a punto saltaron a New Jersey, Los Ángeles, Osaka, Shanghái, Pequín, Doha, Dubái, Hong-Kong, Singapur, Sídney o Camberra.

Hoy los clubes más señeros tendrían difícil equilibrar balances sin esas giras maratonianas, sin vender camisetas desde Ras-Al-Kkayma hasta Cincinnati, Ganzhou, Bahréin, Seúl, Surabaya o Bangkok, pues del rédito de esos bolos dependerá el futuro de tal o cual contratación a un costo exorbitante. Nada nuevo bajo el sol. Porque durante los años 50 del pasado siglo también hubo clubes, y no uno ni dos, empeñados en salir de pobres haciendo las américas. Aventuras a menudo inciertas, aunque nunca tan catastróficas como la del Racing de Madrid, allá por 1931-32. Una historia de película que merced a cuanto contaron Félix Pérez o Gaspar Rubio, ya de vuelta, y a las charlas de Paco Bru con su amigo Ramón Melcón, es posible reconstruir hasta en sus mínimos detalles.

El Racing de Madrid fue club empeñado a codearse de igual a igual con el Real Madrid, y hasta con alguna ventaja respecto al Athletic durante los años 10 y 20, época dorada del fútbol amateur. Constituido en 1914 por fusión del Cardenal Cisneros y el Regional, no habría de inscribirse en la Federación Castellana hasta 1915. Sus inicios difícilmente pudieron haber sido más espectaculares, al proclamarse campeón regional en su debut y repetir título cuatro años más tarde (1919). Su primer terreno de juego, situado en el Paseo del General Martínez Campos, tardó poco en quedar pequeño ante la rápida cosecha de seguidores. Y entonces, midiéndose siempre con Real Madrid y Atlético, la directiva racinguista quiso gozar de unas instalaciones comparables a los estadios Chamartín y Metropolitano, donde ejercían de anfitriones “merengues” y “colchoneros”. Tras adquirir terrenos en Vallecas y endeudarse muy por encima de lo prudente, dieron comienzo las obras tendentes a levantar un estadio con capacidad para 15.000 espectadores. Dicha cifra, que hoy consideraríamos menor, durante la segunda mitad de los locos 20 podía hacer rico a cualquier club capaz de agotar el papel en sus taquillas.

Aquel estadio, huelga decirlo, iba a lastrar extraordinariamente la economía del Racing. Si ya ocurrió algo parecido al Real Madrid con la construcción del Bernabéu en tiempos de incipiente desarrollo, o al Barcelona tras hipotecarlo todo en el Camp Nou, atisbándose ya los resultados de la implosión tecnócrata, el proyecto de los rojinegros, en una España atormentada por sus conflictos, ideológicamente muy dividida, parca en dinero y sin horizonte claro, tenía todos los visos de temeridad. Por otra parte, ese campo inaugurado el 23 de enero de 1930 con el nombre de Estadio Puente de Vallecas, se hallaba no sólo lejos de Chamberí, donde la entidad contaba con su más amplia masa de seguidores, sino, apurando un poco, lejos de todo. La estación de metro de Puente de Vallecas exigía a los espectadores casi un kilómetro de caminata por superficie sin asfaltar, transformada fácilmente por cualquier chubasco en puro lodazal. Todo ello se tradujo en escasas recaudaciones y muy seria amenaza de ruina.

Para mal de males, al instituirse el Campeonato Nacional de Liga quedó englobado el Racing en el grupo “A” de 2ª División. Una Segunda pura, pues para el siguiente ejercicio desaparecería de un plumazo el grupo “B”, creándose la 3ª División. Los rojinegros de Chamberí, con seis victorias y un empate en 18 partidos, acabaron ostentando el farolillo rojo y, consecuentemente, descendiendo a una categoría en la que casi nadie quiso estar. Porque si convulsos fueron los dos años anteriores al advenimiento de la Liga, tampoco resultó plácido el verano de 1929, ante el plante de numerosas instituciones. La Tercera recién nacida ya era vista como categoría ruinosa, exenta de cualquier interés y tumba segura para cuantos en ella compitiesen. El Racing sólo fue uno entre cuantos perdido el pulso ante la Federación, continuaron negándose a ser de 3ª, por más que ello representara descender otro peldaño hasta categoría Regional. En cualquier caso, más dosis de veneno al enfermo.

Hoy se estima en no menos de 800.000 ptas. el desembolso de los chamberileros para construir su campo. Ochocientas mil ptas. de 1927, 28 y 29, cuando muchos trabajadores debían apañárselas con 300 mensuales. Ochocientas mil, obtenidas mayoritariamente a crédito, cuyos intereses sólo podrían devengarse mediante una masiva afluencia al campo. Algo inimaginable si se competía en la humildísima Regional.

Cromo de Chocolates Amatller (1929) con equipación y escudo del Racing. El emblema del diseño fue adoptado un año antes.

Cromo de Chocolates Amatller (1929) con equipación y escudo del Racing. El emblema del diseño fue adoptado un año antes.

Prisioneros en su propia trampa, los directivos del Racing sólo vieron salida en el salto hacia delante. O hacían realidad la apolillada quimera de una excursión transoceánica, sueño urdido durante los gloriosos días fundacionales, o naufragaban como el Titanic.

Para salir al exterior resultaba preceptivo un permiso de la Federación. Y desde ésta, resentidos como estaban ante el plante del club, lo denegaron. No es menos cierto que la desautorización estuvo envuelta en razones logísticas y económicas, en lo arriesgado del propósito, cuando tantos frentes tenía abiertos la entidad por Madrid y sus alrededores. Vano esfuerzo, porque en el seno rector del Racing todos parecían haberse vuelto sordos. Con una jugada de birlibirloque, desde el club se procedió a contratar nuevos futbolistas; jugadores que al no constar federativamente como adscritos al Racing, bien podían partir por su cuenta hacia América, como agrupación de compadres dispuestos a arañar divisas. Algo que no podía colar, puesto que la prensa se hizo puntual e inmediato eco del proyecto. Aquellos jugadores, además, iban a lucir la camiseta del Racing por ultramar. ¿Cabía mayor desafuero que negar lo evidente?.

El encargado de diseñar la gira fue Paco Bru Sanz, su secretario técnico, hombre con sobrada experiencia y dueño de currículo apabullante: Entre 1899 y 1906, jugador del Internacional barcelonés, F. C. Barcelona y Español de la ciudad condal, además de secretario en las tres entidades; federativo desde 1902 hasta 1918, árbitro entre el 17 y el 23, seleccionador nacional en la Olimpiada de Amberes y entrenador del R. C. D. Español desde 1923 al 26. Y sobre todo conocedor de América más en profundidad que cualquier otro, luego de haber ejercido como seleccionador cubano en 1927 y de Perú en 1930, a modo de paréntesis durante su estancia en el Racing. Si alguien podía llevar a buen puerto un proyecto de tal índole, desde luego ese era él.

“En realidad ya había medio organizado esa tournée durante mi estancia en tierras americanas -confesó al también árbitro y periodista Ramón Melcón-. Culminada mi etapa en Perú volví a hacerme cargo del Racing, y tan pronto concluyó la temporada 1930-31 emprendimos viaje. Perú, Cuba, México y los Estados Unidos, nos esperaban. Entonces no podía imaginar que viviría experiencias tan accidentadas”.

Entre los expedicionarios figuraban, al menos, Tena I, Alfonso Martínez, Gómez, Irles, Arturo, Bernabéu -joven que no ha de confundirse con don Santiago-, Valderrama, Urretavizcaya, Félix Pérez, Cosme, Marcial de Miguel, Plattko, Mondragón, Morera y Lolín. En México se les uniría Gaspar Rubio, fugado del Madrid para hacer caja por su cuenta. Y a todos ellos se les anticipó Bru en quince días, con la intención de ir atando los últimos cabos y vivir en solitario el primer sofoco.

“A mis 46 años ya había sido muchas cosas, pero desde luego no un conspirador, que fue en lo que las circunstancias me convirtieron. Era muy amigo de Germán Marquina, antiguo presidente de la Federación Peruana, cesado al abandonar la presidencia de la República el general Sánchez del Cerro. Al general se le negaba la posibilidad de regresar a su país, y él quería entrar a toda costa para presentarse como candidato a unas nuevas elecciones. Pues bien, cierto día, hallándome en el aeródromo barcelonés, llegó desde Madrid el general peruano, a quien me ofrecí para cuanto necesitase en España. Dijo que iba camino de París, confiando hallar apoyo económico para su campaña electoral, y nos despedimos. Poco más tarde yo emprendí viaje hacia América, queriendo el azar que cuando el buque atracó en Vigo subiese mi viejo amigo Germán Marquina. Juntos hicimos la travesía y al unísono desembarcamos en el puerto panameño de Colón, donde el general Sánchez del Cerro le aguardaba. Luego de saludarnos, fuimos a comer los tres”.

Durante la sobremesa, entre evocaciones y proyectos a medio hilvanar, el general preguntó a Bru si tendría inconveniente en llevar hasta Lima tres cartas suyas, explicando sucintamente su contenido. Necesitaba autorización gubernamental para entrar en Perú, y aquellas misivas pretendía provocar revueltas y asonadas, en tanto los gobernantes no accedieran a levantarle la sanción. Uno de los escritos iba dirigido al director de la Escuela de Cadetes de Chorrillo, otro al jefe superior de policía en Lima, y la última epístola al director de la Escuela de Hidroaviación asentada en Ancón. Forzado por su amistad con el antiguo presidente federativo y venciendo temores, Paco Bru otorgó el sí. Días más tarde llegaba al puerto de El Callao, transportando entre los calcetines tan explosivos documentos. Ya en la Aduana, tras una rutinaria revisión del equipaje, observó aterrado que un policía se le acercaba, rogándole hiciese el favor de acompañarle.

“Pensé que todo se había descubierto -rememoró el protagonista bastantes años, después para el diario “Marca”-. Que alguien pudiera habernos visto almorzando en Colón, o quién sabe si incluso fue testigo de cómo las cartas pasaban a mis manos. Pero el miedo, con ser enorme, quedó empequeñecido ante mi alegría al escuchar la pregunta del funcionario, al tiempo de señalar unos paquetes: ¿Qué lleva usted ahí?. Ya tranquilizado respondí que no tenía la menor idea, y él los abrió. Eran dulces confiados por una familia amiga, cuyos parientes, establecidos en Perú, contactarían conmigo. Chasqueado, me ordenó de mal humor que siguiera mi camino”.

Bru entregó las cartas y transcurrido breve intervalo, al levantarse una mañana, supo que las tropas se habían sublevado. Ni oyó siquiera el escaso tiroteo entre amotinados y defensores del orden institucional. Apenas una hora más tarde, el gobierno autorizaba la entrada de Sánchez del Cerro.

“Tan pronto hubo llegado el general a Lima, me invitó a comer, asegurándome que si ganaba las elecciones podía instalarme en Perú con mi familia, sin necesidad de preocuparme de nada durante toda mi vida, pues él, agradecido, se iba a encargar de todo. Le respondía que me daba por satisfecho si no se producía ningún bochinche durante la estancia del Racing en su país, así me lo garantizó y, en efecto, no ocurrió nada hasta que abandonamos el altiplano”.

Equipo más habitual del Racing durante el primer Campeonato Nacional de Liga.

Equipo más habitual del Racing durante el primer Campeonato Nacional de Liga.

Hasta ese momento, nada más, porque las elecciones, celebradas cuando los racinguistas continuaban por Hispanoamérica, resultaron movidas. Sánchez del Cerro derrotó a sus adversarios, y al salir del tedeum con que celebraba su retorno al poder fue víctima de un atentado, resuelto con unas semanas de cama y la detención del magnicida. Pero puesto que sus enemigos no descansaban, al salir del mismo tempo, algún tiempo después, repitieron la intentona, esta vez con trágicas consecuencias. Sánchez del Cerro se convirtió en historia.

Volviendo al fútbol, los reveses del Racing apuntaron casi tan pronto como la expedición puso pie en Lima. Félix Pérez cayó enfermo de cierta gravedad, viéndose obligado a permanecer en la capital con Marcial De Miguel como única compañía, pues ningún delegado del club quiso permanecer junto al enfermo. Por cuanto a su actuación deportiva respecta, los españoles perdieron el choque de presentación ante una selección o combinado “acusando el cansancio y la falta de ritmo, consecuencia de tan largo viaje”, según manifestaron. Luego tocó medirse al Alianza, el club más potente de Perú, cosechando un meritorio empate a uno. Bru siempre se ufanó de su planteamiento: “Había ordenado a medios y defensas no un marcaje en zona, como era habitual, sino al hombre, cuerpo a cuerpo. Surgió entonces lo del marcaje férreo, por imperativo de las circunstancias, pues sabía que el Alianza era superior a nosotros. Contaba aquel equipo con muchos jugadores de color y hasta uno de origen y rasgos chinos, apellidado Sarmiento”.

El público, dando la victoria peruana por descontada, gritaba al ver a sus futbolistas sin dar una a derechas, entre tanto acoso: “¡Don Paco, eso es tongo, tongo, tongo!. ¡Ha comprado a los negros!”. A tal punto llegó su enojo, que cuando los peruanos abandonaban el estadio fueron perseguidos por las calles. La directiva del Alianza, entonces, se negó a disputar el otro choque comprometido, con la justificación de que una derrota podría acarrear graves consecuencias, ante la convicción popular de que se habrían dejado vencer a propósito. Así que en vez de al Alianza, el Racing se enfrentó a una selección de El Callao en lo que sería su tercera y última comparecencia peruana. Luego partieron hacia La Habana, dejando en Lima a De Miguel y el enfermo Félix Pérez.

Al llegar a Cuba se encontraron con otra revolución. Machado consumía su permanencia en la poltrona gubernamental. Sonaban disparos por todas partes. La sensación de inseguridad era intensísima. Para llegar al campo donde debían jugar, situado a las afueras de La Habana, hacía falta salvoconducto. Inmensa contrariedad, cuya traducción práctica consistió en una afluencia discreta. No obstante, según Bru sacaron 500 dólares en el primer partido contra el Iberia, vencedor por 3-1. La taquilla resultaba determinante, puesto que era el Racing quien lo organizaba todo, no contando con respaldo de ningún empresario.

El Iberia, según nuestros expedicionarios por miedo a perder, -aunque quién sabe si amedrentado por las circunstancias que vivía el país- hizo amago de no jugar más. Paco Bru, entonces, diligenció una demanda judicial, esgrimiendo su contrato. La polémica concluyó con una escisión federativa y disputa a regañadientes del segundo encuentro, donde el Racing salió victorioso. El tercer choque contratado jamás llegaría a celebrarse. Y ahí empezaron las penurias.

“Estábamos sin dinero, pues desde Madrid no lo enviaban conforme a lo prometido. Luego, a nuestra vuelta, supimos los motivos. Pero por de pronto aquello era quedarse a la buena de Dios”. Paco Bru no tuvo más remedio que vender por 3.500 dólares 5 de los 7 partidos contratados en el país azteca. “Lo necesario para desplazarnos a México y pagar la estancia allí durante un mes. Pensaba resarcirme con el ingreso de los otros 2 partidos, pues sabía que el taquillaje iba a ser crecido”. Pero una vez más, el cuento de la lechera iba a tener epílogo lacrimógeno por la leche derramada. “Lástima que mientras los cinco encuentros vendidos arrojaron un capital en taquilla, antes de los otros dos e incluso durante los mismos, justo los más importantes, lloviese. Los campos estuvieron semivacíos, y para mayor desdicha hubo que abonar primas a los jugadores, puesto que por no perder la costumbre ganaban siempre”.

El último choque del Racing en México lo enfrentó al Atlante, conjunto formado sólo por mexicanos y con fama de áspero, turbio y leñero. Paco Bru, pensando en futuras actuaciones por Nueva York, aconsejó a sus jugadores temple y prudencia, evitando lesiones. El Atlante, empleándose con tanta dureza como denuedo, llegó a disponer de ventaja por 3 a 1. Entonces los madrileños comenzaron a achicar balones, lanzándolos descaradamente fuera del estadio. Toda una desconsideración, al sentir del público, si no una burla deliberada. Justo cuanto hacía falta para armar la marimorena.

“Parte de los espectadores saltaron las alambradas, se echaron al campo y nos agredieron. A Gaspar Rubio, incorporado al equipo en México, le dieron una pedrada por la que manaba abundante sangre”. Bru saltó al campo, llevándose al herido sin encontrar oposición, probablemente porque una herida abierta siempre resulta escandalosa. Sin embargo parte de los demás futbolistas recibió su buena dosis de puñetazos, pedradas, puntapiés, arañazos y zancadillas. Pese al buen propósito inicial, todos sufrieron alguna lesión, de más o menos importancia. La tardía irrupción policial se saldó con todos los españoles detenidos, por alteración de orden público. Y puesto que el choque tuvo lugar por la mañana, al hallarse el comisario en los toros, Bru hizo alarde de artes negociadoras, consiguiendo se les permitiera ir al hotel, para comer. Antes, de cualquier modo, los policías fueron olfateando el aliento de cada jugador, uno por uno, cerciorándose de que, en efecto, no habían comido.

Al día siguiente, mientras Paco Bru liquidaba para poner rumbo a Nueva York, recibió una llamada telefónica advirtiéndole que una porción de hinchas mexicanos pretendía asaltar el hotel donde aguardaban los jugadores. “Corrí para allá, comprobando que los guardias tenían acordonado el recinto y se habían llevado a los futbolistas. Llamé al jefe de policía y éste me dijo: “Venga, no más…” A verle fui. Y en cuanto llegue me soltó a bocajarro: ¡Queda usted detenido!”.

Afortunadamente, el dueño del hotel donde se hospedaban era abogado y acudió en su defensa. O mejor dicho, en defensa de todo el equipo, pues la expedición al completo se hallaba en los calabozos. Para entonces, el embajador español, Álvarez del Vayo, con quien el propio Bru había estado en el último partido, se negó a intervenir, pese a ser insistentemente requerido. Sólo gracias al interés del abogado-hostelero, todos fueron puestos en libertad, excepto Valderrama, como capitán, y Bru, en su calidad de responsable absoluto. Dos policías acompañaron horas más tarde a ambos, mientras cenaban fuera de comisaría. Y únicamente serían puestos en libertad después de que el abogado amenazase con una demanda al ministro de Gobernación, tan pronto amaneciese, pues escapaba de cualquier lógica transformar una agresión en presunta alteración del orden. Las sorpresas, empero, no habían terminado aún, si damos por bueno el testimonio de don Paco:

“De buena mañana me reclamaron para arreglar el asunto. Mil pesos por jugador; es decir, 11.000 en total. No tengo dinero, respondí. Volvió a interceder el abogado y la multa se redujo a 10 pesos por cabeza. Pero cuando iba a pagar los 110 pesos, el encargado de recaudación me dijo que esperase a la tarde, pues era ya casi la una y él debía ir a comer. Aceptamos. Y luego, al volver, nos exigieron un recargo del 20 %, por no haber pagado antes de la una. No hubo más remedio que abonar la multa y el recargo. Esa noche emprendimos viaje a Nueva York”.

Humillados, es de suponer, sintiéndose víctimas de una vil y bien orquestada mordida. Pero al menos libres.

Aunque Ricardo Zamora nunca tuvo ficha del Racing, sí lo reforzó puntualmente, para algún bolo. En la imagen junto al capitán racinguista y el herculano Jordá.

Aunque Ricardo Zamora nunca tuvo ficha del Racing, sí lo reforzó puntualmente, para algún bolo. En la imagen junto al capitán racinguista y el herculano Jordá.

El viaje, después de tanto sobresalto, resultó relajante. Cuatro noches y cinco días en vagón de primera, con salón panorámico, comedor, barbero japonés… Lujo propio de millonarios, que hizo renacer el optimismo. Desde el mismo tren se concertaron cuatro partidos en la Gran Manzana, resueltos con derrota por 3-1 en el primero “a causa de la desdichada actuación de Plattko, a quien hubo de sustituir Alfonso Martínez, y a un árbitro parcialísimo en nuestra contra. Para tanto fue lo del “referee”, que el público lo hubiese linchado si nosotros no llegamos a impedirlo”. Fisher, secretario de la FIFA y espectador del encuentro, felicitó a nuestros compatriotas por su caballerosidad. Luego vencieron al Hakoa, a los Portugueses y al Hispania. Y como los fondos no llegaban para regresar a Madrid, hubo que seguir contratando partidos y más partidos. “Jugamos en instalaciones con capacidad para albergar a 120.000 espectadores, y en solares sin graderío”, aseguraron distintos componentes de la expedición. “Fue una odisea, de la que salimos, al fin, con posibilidad de emprender el regreso”, sintetizó Bru.

Odisea mayúscula, en un New York mortecino, víctima de la terrible crisis subsiguiente al crac bursátil de 1929,escenario de quiebras y desahucios, entre colas allá donde sirviesen cucharones de sopa gratuita. Tumba de sueños y paraíso de gánsteres, destiladores clandestinos, prostitutas o sinvergüenzas aclamados como héroes. Cloaca de corrupción generalizada y dinero a raudales bajo mano, producto de una Ley Seca útil sólo para acentuar el alcoholismo y convertir en grandes mafiosos a antiguos delincuentes de pacotilla. Porque la Ley Volstead, no lo olvidemos, como los “Intocables” de Elliot Ness, eran actualidad viva a finales de 1931 e inicio del 32.

Vigente desde el 17 de enero de 1920 hasta su derogación con la XXI Enmienda, el 5 de diciembre de 1933, la Ley Volstead -denominada así en honor al presidente del Comité Judicial de la Casa Blanca, Andrew Volstead-, fondo de tantas novelas y películas, prohibía el consumo de alcoholes en cualquier estado de la Unión. A decir verdad, fue una ley absurda, cuajada de contrasentidos, pues si convertía en ilegal la producción de vino, nunca puso impedimentos, por ejemplo, a la comercialización de zumos de uva en forma de bricks semisólidos, con los que fácilmente se podía elaborar vino casero. Cierto que los envases advertían sobre la prohibición de fermentar esos jugos. Pero a nadie escapaba que semejante producto tenía como único fin la fermentación clandestina. Al Capone, Frank Nitti, Joe Masseria, Frank Costello, Lucky Luciano, Joe Bonano, Vito Genovese o Joe Valachi, entre otros muchos, infringieron todos los códigos para dar de beber en garitos a una población obsesionada por vivir de prisa y no pensar en todo cuanto a su alrededor se derrumbaba. Saltarse la ley se convirtió poco menos que en deporte sin excesivo riesgo. Y contar cómo se había escapado a una redada por la puerta de atrás, aprovechando el tumulto, en magnífico tema de conversación. El embrujo del swing, las roncas voces negras arrancadas del blues, el electrizante jazz de Ben Pollack, Benny Goodman, Cab Calloway o Jack Teagarden, las noches en el “Savoy” o “Cotton Club”, con sus trompetistas llegados desde Nueva Orleans, enfebrecían a quienes, sin saberlo, iban a caer por el tobogán hacia nuevas guerras: la II Mundial por cuanto tocaba a los estadounidense, y la Civil, o incivil, en el caso de Bru y sus muchachos. Porque sí, parte de los expedicionarios también jugaron a embebecerse en aquella doctrina lúdica.

Con ocasión de los partidos en Nueva York, conocieron a gente de muy distintos orígenes y estratos. Italianos, portugueses, compatriotas que decían haber trabajado en Hollywood o ir camino de la meca del celuloide, emigrantes a quienes costaba salir adelante, aventureros… Entre estos, a Juan López, residente a caballo entre Brooklyn, Manhattan y el Bronx, cuyo oficio, según comentara, era el de contragángster. Esto es, dedicado a despojar a otros gánsteres de sus rapiñas o existencias de licor, mediante el expeditivo lenguaje de las armas. Una noche, Juan López se llevó de cena y francachela a Mondragón, Tena, Lolín y Alfonso Martínez, con la mala suerte de vérselas ante pistoleros empeñados en ajustar cuentas. Sólo después de muchas vueltas, giros y regates por calles a oscuras, medio desiertas, lograron despistarlos. La misma titularidad del vehículo empleado en su huida estaba un tanto en entredicho. Cuando los cuatro futbolistas regresaron al hotel, sudaban por cada poro.

Paco Bru, entrenador del Racing y hombre fundamental en la gira.

Paco Bru, entrenador del Racing y hombre fundamental en la gira.

Al cabo tuvieron noticias de que López había acabado del único modo posible: hecho un colador, bajo el plomo de competidores burlados.

Ya en España, los protagonistas de esta aventura entendieron por qué nadie les giró dinero en momentos de máxima dificultad. El Racing se hallaba virtualmente en ruinas. Resulta dudoso que la Federación Centro contribuyese decididamente a repatriarlos, como se aseguró alguna vez, puesto que Paco Bru nunca quiso reconocerlo. Y naturalmente, motivos tenía para estar bien informado. Lo que sí hicieron los federativos fue imponer una multa al club, por desacato -recordemos su prohibición a partir de gira-, y corroborar el descenso decretado con anterioridad. La directiva racinguista se avino a la sanción económica, pero de ningún modo al descenso. Y para manifestar su firmeza retiró al equipo de la competición. Mientras buena parte de su plantilla se desperdigaba, unos cuantos continuaron disputando amistosos por distintos  enclaves peninsulares. Parte de la afición, descorazonada, acabaría uniéndose a la Unión Balompédica Chamberí, fundada en 1927.

Para saldar su deuda con la Federación y ante la imposibilidad de atender el vencimiento de intereses, los mandatarios del Racing no tuvieron más remedio que malvender su flamante estadio. El 4 de febrero de 1932, Fernando de Bernardos, todo un osado, era aupado a la presidencia. Entre sus intenciones, recuperar a la entidad, solicitar el reingreso en la primera categoría del fútbol madrileño, y equipararse al Madrid Football Club y Athletic Club de Madrid. Como quiera que desde la federación se mostrasen inflexibles respecto a la categoría, el club rojinegro se volatiliza virtualmente. Ya no cabía hablar del Racing, sino del Castilla, resultado de agrupar con  la Unión Sporting algún resto del naufragio.

Otros despojos y girones de historia fueron a parar a la Unión Balompédica Chamberí, surgida de fusionar la Asociación Deportiva Chamberí con el C. D. Chamberí. Militaba en 3ª Categoría cuando las fatídicas vacaciones de 1936 estallaron en sangre, pólvora y lágrimas. Tras la derrota republicana, este equipo volvería a la palestra como Racing Club de Chamberí, hasta adoptar en 1941 la denominación de Agrupación Recreativa Chamberí, y reivindicar derechos inherentes al Racing, como presunto heredero legítimo. La Federación, empero, nunca admitió su solicitud de ingresar en 3ª, alegando no disponer de campo propio y contar otras entidades con más derechos. Si hubo maniobras para recabar el apoyo de clubes prestigiosos, como parece, estas gozaron de mínimo recorrido. De poco sirvió a la Agrupación Recreativa atesorar en su vitrina los trofeos del viejo Racing. La solidaridad y el “fair-play” parecían haber ido a pique, como tantas otras cosas, durante aquellos tres años de guerra.

La Agrupación Recreativa Chamberí, superados múltiples avatares por campos de tierra, concluyó disolviéndose la temporada 1976-77. Para entonces pocos sabían algo acerca de una gira tan desesperada como catastrófica. Real Madrid y Atlético, antaño competidores directos del Racing, ya habían ganado títulos de Liga y Copa, asomado a finales europeas e intercontinentales, mudado de campo y contabilizado en varias decenas de miles a su feligresía dominical. Perdido cualquier vestigio de romanticismo, al fútbol sólo se llegaba para corear cantos triunfales e izar trofeos. Pues bien, hubo una vez un mediano que ansioso de convertirse en grande midió muy mal su verdadera fuerza, hizo todo lo posible por aferrarse a la vida e incluso se embarcó en una aventura propia del Siglo de Oro. Todo le salió mal, de acuerdo. Pero, ¿acaso importa?.

La épica no está en el triunfo, sino en la voluntad y el empuje puesto para perseguirlo.

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