Benito Villamarín. Luces y sombras

Resumen

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Artículo sobre Benito Villamarín con ocasión del centenario de su nacimiento y el cincuenta aniversario de su deceso
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Keywords: Benito Villamarín, Betis, Chairmen, Football, History

Article about Benito Villamarín on the occasion of the centenary of his birth and the 50th anniversary of his decease.

Artículo
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BenitoVillamarin01En el pasado mes de agosto se han producido dos efemérides relacionadas con Benito Villamarín: el centenario de su nacimiento, acaecido en la localidad orensana de Puga el 21 de agosto de 1916, y el cincuentenario de su fallecimiento, que tuvo lugar en Sevilla el 15 de agosto de 1966.

Motivo más que suficiente para hacer un balance de su figura como presidente del Real Betis Balompié y del legado que su trayectoria dejó en el club. Que haya pasado ya medio siglo de su etapa nos permite una perspectiva histórica para ponderar su gestión.

Su temprana muerte, así como la bonanza del recuerdo de una época pasada frente al  presente en que se rememoraba, condujeron a una idealización de su década de presidencia, una época idílica en la que todo fueron triunfos y éxitos. ¿Se corresponde eso con la realidad? ¿Qué balance se puede hacer de su gestión? ¿Cuál fue su legado?

Su mandato, que se extendió por espacio de 10 años, en un momento crucial en la historia de la sociedad verdiblanca, se inició el 21 de mayo de 1955, cuando fue elegido presidente por la asamblea del club, y  finalizó el 7 de diciembre de 1965, cuando presentó su dimisión ante la grave enfermedad que padecía desde 1961 y que nueve meses después acabaría con su vida

Cuando Villamarín accede a la presidencia lo hace sustituyendo al coriano Manuel Ruiz, otro hombre providencial que accedió al cargo en 1952, con el club en su quinta temporada consecutiva en la Tercera División. El Betis, reforzada su plantilla tras una fuerte inversión de un millón de pesetas de la época (Marca 1-6-1954), consigue el ascenso en 1954, tras 7 años en la categoría. Son tiempos muy duros para los de Heliópolis, pero en los que se forjó una generación de aficionados que, bajo el lema del Manquepierda, resisten las adversidades deportivas, económicas y sociales, y consiguen devolver al club a la categoría de plata perdida en 1947.

El objetivo inmediato no es otro que volver a la Primera División, un anhelo frecuentemente expresado en todos los documentos de la época. El fracaso en este objetivo en la temporada 1954-55, aunque el equipo se clasifica en un decoroso quinto puesto, y el estado de salud de Manuel Ruiz, que fallecerá al año siguiente, lleva al relevo en la presidencia verdiblanca. En este contexto  llega al club Benito Villamarín, un gallego afincado en Sevilla tras la guerra civil, donde acudeatraído por la presencia en la ciudad andaluza de familiares suyos ya establecidos. Se repite así el proceso migrante que es frecuente a lo largo del tiempo: la presencia de familiares y paisanos que atraen y ayudan al establecimiento del recién llegado.

Benito Villamarín está ligado profesionalmente a la comercialización y exportación de aceitunas, un negocio floreciente en la Sevilla de la época, que mantiene todavía una fuerte importancia del sector primario agrícola y de exportación de materias primas. Su vinculación a este mundo se inició por el negocio familiar que su tío Andrés Villamarín ya poseía, junto a uno de sus hermanos, en Lora del Río. Su boda con Angeles Guillén, natural de este municipio sevillano, lo ancló definitivamente a Sevilla y no marchó a Argentina, donde otro hermano suyo ya estaba instalado.

Sus relaciones comerciales le ponen en contacto con personas importantes del entorno bético, como el ex presidente Francisco de la Cerda, un industrial de origen cordobés dedicado también a la comercialización de aceites y jabones, y que había presidido el club en la temporada 1951-52. Y es también muy decisivo el contacto con Eduardo Sáenz de Buruaga, militar franquista con gran influencia en el club desde comienzos de la década de los 50, del que llegó  a ser presidente honorario.

Cuando en 1955 llega a la presidencia bética el aficionado ve en Villamarínla posibilidad de un respaldo económico importante para el club. Porque no olvidemos que aún estamos en una época en la que los directivos, en el mejor de los casos para ellos, tienen que avalar las inversiones que los clubs realizan, mientras que en otras ocasiones aportan cantidades a fondo perdido. Las ventas de abonos a los socios y de entradas al público en general son prácticamente la única vía de ingreso de los clubs, mientras que la profesionalización de los jugadores y la creciente competencia entre clubs elevan los gastos año tras año.

Así el Betis en el verano de 1955 refuerza el equipo con numerosos fichajes con el único objetivo de ascender a Primera. Se clasifica segundo del Grupo II en la liga regular, participando en la liguilla final de ascenso, pero en ella se vuelve a fracasar.

Una de las características de Villamarín fue la profunda renovación en la dirección del club; de su primera junta directiva son nuevos en el cargo un total de 12  directivos sobre 19. Muchos de ellos repetirán a lo largo de la década en la que Villamarín preside el club, creando así una nueva clase dirigente. Aunque también hay que reconocer que supo integrar también elementos muy válidos de épocas anteriores, como Pascual Aparicio (presidente entre 1949 y 1952), Eduardo Benjumea (presidente de 1944 a 1946), José María Domenech (directivo en los años 30 y 40) o Antonio Ruiz  (directivo en los años 40 y 50).

Pero no hay que negar la existencia en estos primeros años de una oposición a la gestión de Villamarín. Una oposición que duda de la gestión económica, basada en fichajes de alto valor económico, con el único objetivo de recuperar la Primera División. Será conocida como el Mau-Mau, en relación con la organización anticolonialista que en Kenia por esos años se oponía al Imperio Británico. Y se manifiesta abiertamente en junio de 1957 solicitando una junta extraordinaria con 3 puntos muy concretos: la elaboración de unos nuevos estatutos, que fijen claramente derechos y obligaciones, información sobre la marcha económica del club y proyectos para la próxima temporada. Villamarín maneja el asunto con habilidad, asumiendo las peticiones y en la asamblea de julio de 1957 sale reforzado.

El ascenso por fin se logra en la temporada 1957-58 tras una nueva y fuerte inversión en jugadores, incluso  con experiencia en Primera División (Esteban Areta, José Seguer, Heliodoro Castaño,  Jorge Vila, etc) y con un entrenador con una amplia carrera en los banquillos de Primera División como Antonio Barrios.

 Es en estos años finales de la década de los 50 y comienzos de los 60 cuando el mandato de Villamarín va a dar sus mejores frutos. El Betis sube a Primera División y se consolida con facilidad en la máxima categoría, los resultados deportivos y la ilusión renovada propician un auge del Beticismo (entre 1956 y 1960 se fundan 13 peñas béticas, cuando hasta entonces existían 2), la economía del club en eso años marcha sin grandes dificultades y con balances económicos en positivo…

Una de las aspiraciones del club, hacerse en propiedad con el Estadio Municipal de Heliópolis, del que el Betis es arrendatario desde 1936 tras un acuerdo con la última corporación municipal republicana, se consigue en 1961, mediante la compra al Ayuntamiento de Sevilla del estadio por un importe de 14 millones de pesetas. En la asamblea de socios celebrada en agosto  se determina bautizar al recién adquirido estadio con el nombre de Benito Villamarín, que avala personalmente la operación de compra. Es la primera vez que la sociedad verdiblanca cuenta con la titularidad del recinto en el que juega habitualmente.

Ya en enero de 1957 el club había trasladado sus oficinas a un suntuoso edificio en el centro de la ciudad, en la calle Alemanes, frente a la Giralda.

Otro aspecto a destacar de su mandato está en la reivindicación de la memoria histórica del club. Así en 1957 se conmemora el 25 aniversario del primer ascenso a la Primera División, ese mismo año se homenajea la figura de Ignacio Sánchez Mejías, el gran presidente y famoso torero de finales de los años 20, en 1960 se celebra el 25 aniversario del título de Liga brillantemente obtenido n 1935, se reconoce la figura de Eduardo Benjumea, el presidente que en 1946 resistió con valentía los embates federativos en el llamado caso Antúnez, y se celebran con esplendor las Bodas de Oro en 1958, haciéndolas coincidir con el reestreno en la Primera División.

Otro logro a destacar es el apoyo que recibe la cantera verdiblanca. Desde la base del Juventud Balompié que a comienzos de los años 50 comienza a surtir de jugadores al primer equipo, se va constituyendo una estructura de equipos filiales y de cantera que tendrá su mejor exponente en la formación del Triana Balompié, que en 1964 consigue el ascenso a la categoría nacional en Tercera División, y que durante toda una década nutrirá las filas béticas. Durante el mandato de Villamarín hombres como Andrés Aranda, Santiago Tejera, Ernesto Pons, o José María de la Concha forman parte de la estructura técnica del club y serán fundamentales en este apartado.

Y en la línea ya expresada por la sociedad desde su origen, según rezaba el artículo número 1 de los estatutos del club de enero de 1909 (“La sociedad denominada Sevilla Balompié tiene por objeto cultivar los deportes, especialmente el que lleva por título”), se potencian diversas secciones deportivas, de modo que, además del fútbol, en esta época las hay dedicadas al atletismo, baloncesto, balonmano, boxeo,  remo, rugby  y tenis de mesa.

La venta de la máxima figura bética, Luis Del Sol, en 1960 al Real Madrid supuso una ruptura sentimental para gran parte de la afición, pero el equipo no se resintió deportivamente y su venta sirvió para cuadrar el balance económico y reforzar el equipo con jugadores jóvenes y con proyección. No fue así con los traspasos de Colo, Luis y Martínez en 1964 al Atlético de Madrid. El equipo que brillantemente se había clasificado en la tercera posición liguera, la mejor posición desde el título liguero de 1935, no acertó con la renovación ni en el terreno de juego ni en el banquillo, donde Luis Hon suplió a Domingo Balmanya, que prefirió dejar el club con el buen recuerdo de la gran campaña finalizada.

 Agosto de 1964, con la conquista del  Carranza, cuando este trofeo era todo un acontecimiento deportivo mundial, fue el último coletazo deportivo de una época feliz. Al mes siguiente finalizaba la trayectoria bética en la Copa de Ferias, cayendo en la ronda inicial frente al StadeFrançais parisino, en la primera  aparición bética  en competición oficial en Europa.

La temporada 1964-65 se salvó a duras penas, con hasta 4 entrenadores en el banquillo, y un empate agónico en la última jornada en el Nou Camp que libraba al club de la lucha por la promoción. En diciembre de 1965 Villamarín presentaba su dimisión ante sus graves problemas de salud y al final de esa campaña, abril de 1966, el Betis descendía con un gol del Málaga en La Rosaleda en el último minuto del partido.

La figura de Villamarín responde al papel del dirigente de la época, una persona con potencial económico y una incipiente visión empresarial del mundo del fútbol, además de una gestión personalista. Así, aun viéndose rodeado de un buen equipo directivo y técnico, en los últimos años de su mandato sus frecuentes ausencias, por evidentes motivos de salud, condujeron a una cierta parálisis en el gobierno del club y a una gran lentitud en la toma de decisiones.

Esta gestión personalista es la principal sombra en su gestión y, desgraciadamente, será un gran problema en el Betis posterior de la segunda mitad de los años 60. A lo largo del año 1965 Villamarín busca desesperadamente a alguien que sea capaz de jugar el mismo rol que durante años ha desempeñado, pero nadie da el paso de forma definitiva. Tras su dimisión en diciembre de 1965 hasta 4 presidentes pasan por el cargo en el plazo de un año: su hermano Avelino Villamarín hasta mayo de 1966, Andrés Gaviño hasta septiembre, José María Domenech hasta enero de 1967 y Julio de la Puerta desde esa fecha. Toda esa inestabilidad institucional se verá reflejada en el terreno deportivo, con ascensos y descensos deportivos continuos, y con una economía que comienza a deslizarse peligrosamente por la senda del déficit permanente.

Será a partir de la presidencia de José Núñez Naranjo cuando el club comienza a normalizar su situación,  tomando medidas de reajuste económico que permitirán entrar paulatinamente en una fase de asentamiento social, económico y deportivo, que pondrá las bases del club de los años 70.

Villamarín murió joven, y el recuerdo que dejó en el Beticismo y en su subconsciente histórico fue el de una época brillante del club. Y el balance que hemos de hacer coincide en gran medida con ese recuerdo: el Betis de su época vuelve al primer plano deportivo, crece socialmente, tiene una economía saneada, recupera la memoria de tiempos gloriosos para la institución, renueva la estructura dirigente, desarrolla la cantera y las secciones deportivas, se dota de un patrimonio propio y se sientan las bases del Betis moderno.

Pero esa buena situación duró hasta 1964. Desde finales de ese año el club se vio sometido a una situación de inestabilidad institucional, consecuencia de la falta de dirección por la situación personal de Villamarín y  la no continuidad entre sus dirigentes. Todo ese proceso se dejará sentir durante los años posteriores a la finalización de su mandato. Tras su retirada el club permanece en un estado de aletargamiento social, institucionalmente muy inestable y con una economía en retroceso,  que  influirá en el rendimiento deportivo del club en los años venideros.

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Nº 80

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