Un infortunio que marcó época

Resumen

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Artículo en el que se narra el desgraciado incidente que impulsó la creación de la Mutualidad de Futbolistas en España.
Abstract

Keywords: Misfortune, Alfonso, Lerín, Real Murcia, Real Gijón, Betanzos, Mutual, Footballers, Spain

Article that fully depicts the unfortunate incident that led to the creation of the Footballers’ Mutual Society in Spain

Artículo
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La historia del fútbol no sólo es pródiga en futbolistas, equipos, entrenadores o selecciones de época. También hubo acontecimientos que, para lo bueno y lo malo, marcaron un antes y un después. El día que a Chacho se le ocurrió pedir un plus por cada gol marcado, ante un flojo oponente de nuestra selección, nacieron las primas como estímulo cotidiano. Cuando coló por la ancha manga federativa el primer oriundo con partida de nacimiento falsa, sobrevinieron diez o doce años de fraude generalizado. En el momento que un primer directivo se avino a repartir comisiones de fichaje entre quienes ni siquiera representaban a la supuesta estrella contratada, quedó abierta una amplia avenida en el oscuro submundo del balón. Igualmente, en el instante fatídico que Alfonso enterraba sus ilusiones sobre el césped gijonés, florecía un primer germen de cambio, humanidad y lógica, entre las botas de sus compañeros, fueran éstos jugadores profesionales o aficionados. Y ya era hora. Porque hasta entonces, los imprescindibles protagonistas de la fiesta estaban dejados de la mano de Dios.

Alfonso Fernández Rodríguez (Lora del Río, Sevilla, 9-III-1918), era aún muy niño cuando sus padres se avecindaron en la sevillana calle de San Jacinto, corazón del barrio de Triana. Devoto del balón, daría sus primeras patadas medianamente formales con una especie de peña denominada Los Buenos Amigos. Ya un poco más en serio, vistió la camiseta del Castilla sevillano, desde donde, cuando sólo contaba 17 años, llamó la atención de algún cazatalentos Bético. Tras someterse a diversas pruebas, y puesto que aún estaba muy verde, acabaron incluyéndolo en el Calavera, por entonces filial del equipo verdiblanco. En esa época jugaba como medio centro, en el puesto que hoy correspondería a un defensa central adelantado. Su talante aguerrido, fortaleza y contundencia en el choque, unidos al hecho de no volver nunca la cara, parecían predestinarlo a la contención. Sin embargo habría de debutar como bético el jueves 26 de noviembre de 1939, en partido a beneficio del guardameta Jesús, ocupando la demarcación de extremo izquierdo. Aunque hizo cuanto pudo, pegado a la banda se sintió perdido. Si no fuera por lo que para él representaba lucir la camiseta verde y blanca, aquella hubiese sido una tarde merecedora de olvido.

Al término de la temporada 1940-41 y luego de haber disputado 6 partidos de 2ª División con el equipo bético, desde la directiva no quisieron extenderle contrato profesional. Y él, enojado, decidió acompañar a Andrés Aranda, que acababa de fichar por el Jerez como jugador-entrenador. En ese mismo viaje, además, llegarían hasta Jerez de la Frontera los también béticos Pineda y Morera. Su vida iba a experimentar un cambio trascendental en la capital del vino. Porque Aranda comenzó a probarlo de ariete, ante las deficiencias observadas en quienes a priori eran destinatarios a ese puesto. Unos pocos partidos bastaron para convertirlo en revelación. Aun hallándose en las antípodas del atacante exquisito, tanta bravura y acometividad, unidas a la descomunal potencia de su tercio inferior, le permitieron transformarse en goleador de garantía.

Tres campañas comandando el ataque jerezano (desde 1940 hasta el 43), sobraron para convertirlo en pieza codiciada. El propio Betis, bastante desasistido de cara al gol, trató de recuperarlo sin fortuna. Y no porque Alfonso albergara resquemores; sencillamente, desde Murcia le ofrecieron 40.000 ptas. y un proyecto que permitía soñar con el ascenso a 1ª. Imposible adivinar, claro está, que con el once pimentonero iba a vivir días tan trágicos.

Las cosas junto a la huerta, empero, ni en sueños hubiesen podido empezar mejor. Titular indiscutible, pocos zagueros lograban impedirle festejar algún gol. Llevaba 10 en 16 partidos, postulándose como primer rematador en nuestra categoría de plata, cuando el 30 de enero de 1944 saltó al campo gijonés de El Molinón. El terreno estaba embarrado, hacía frío, y colgar balones sobre el marco asturiano se antojaba conceder ventaja al guardameta Lerín, valentísimo siempre, macizo, y  con metro ochenta y cinco de estatura, guarismos que lo convertían en uno de los cancerberos más altos entre los profesionales de 1ª y 2ª. Pero en eso consistía el juego atacante del Real Murcia, en rápidas escapadas por la banda y bombeos a la olla, donde Alfonso acostumbraba a obtener ventaja. Buscando uno de esos centros, ariete y portero chocaron violentamente. Cayeron. Lerín, con sus casi noventa kilos, encima de Alfonso. Y como éste viera el balón suelto, frenado por el barro a pocos metros, trató de levantarse a toda prisa, aún a costa de izar también todo el peso de su contrincante. Los muslos del andaluz eran impresionantes. Casi dos columnas dóricas, fibrosas y de amplio diámetro. Habían realizado proezas semejantes. Sin embargo esa tarde, cedieron.

Los espectadores situados junto a la portería oyeron el grito de Alfonso. Lerín, abalanzándose a por el balón y de nuevo en pie, volvió junto al caído. Sólo necesitó un vistazo para advertir la gravedad del percance. Ni siquiera se habían acercado los defensas gijoneses cuando el cancerbero ya hacía ostensibles gestos reclamando asistencia. Para cuando el atacante fue transportado hasta el vestuario, su pierna derecha, hinchadísima, mostraba un alarmante tono gris. No había rotura ósea, como futbolistas y público temían, sino algo peor, en opinión del galeno que ordenara preparar un traslado urgente al hospital.

En el centro médico se confirmaron los peores presagios. Alfonso sufría una rotura muscular con grave desgarro de la femoral. Era eso lo que había propiciado el encharcamiento interior de la extremidad. “Se confirma el grave estado de Alfonso”, titularon distintas notas de agencia esa misma noche. “Los médicos, expectantes ante su evolución, no descartan intervenirle”. Lerín, en compañía de otros jugadores gijoneses, se dejó caer hasta el hospital, sin que se les permitiera ver al herido. Durante el día siguiente no pareció advertirse ninguna evolución favorable. La directiva gijonesa, puesta a disposición de la pimentonera cuando los visitantes hubieron de emprender el retorno a Murcia, veló al lesionado con el mismo celo que hubiese puesto por uno de sus muchachos. Lerín, muy afectado, volvía una y otra vez al centro sanitario.

Alfonso, con muletas, en uno de los homenajes recaudatorios que le fueron tributados.

Alfonso, con muletas, en uno de los homenajes recaudatorios que le fueron tributados.

El 2 de febrero, advirtiendo incuestionables signos de gangrena, los doctores Hurle y Morán no tuvieron otra opción que amputar la pierna. Si Alfonso decía adiós al fútbol, tocaba confiar en su soberbia naturaleza para que al menos salvara la vida. Lerín, solícito, seguía acudiendo al hospital todos los días, y cuando el ya exfutbolista comenzó a sentirse mejor, contribuyó a levantarle el ánimo anticipándole cuanto estaba preparándose en su beneficio. Porque el suceso, ciertamente, había causado honda conmoción.

Amén del partido homenaje concertado casi de inmediato entre los mandamases de Murcia y Gijón -el término Sporting, como Racing o Athletic había sido abolido por decreto-, desde la Federación Española se decidió imponer un sobreprecio a todas las entradas vendidas en 1ª y 2ª División durante dos jornadas consecutivas (12 y 19 de marzo): Una peseta para localidades de Preferencia, y 50 céntimos en las de General, destinadas a socorrer al infortunado. Murcia y Gijón, además, concluyeron con muy buen criterio no brindar un único choque benéfico, sino dos; en El Molinón y La Condomina respectivamente, como si de una eliminatoria copera, a ida y vuelta, se tratase. Por cierto que los prolegómenos del partido jugado en Murcia tuvieron mucho de reconocimiento desde la afición local hacia el cuadro gijonés, su directiva y el propio Lerín, a quien la prensa retratara como segundo ángel de la guarda de Alfonso.

Lástima que no desde todos los clubes se actuase con la misma generosidad. Algunos racanearon con el suplemento obligatorio, en tanto otros, como Sevilla y Betis, concertaron enviar 6.000 ptas. cada uno, cifra superior a lo que con certeza hubiese supuesto el recargo sobre sus entradas. También hubo aportaciones voluntarias, gestos desprendidos de particulares y clubes modestos. Se ha escrito con alguna reiteración que la mayor cuantía llegó desde el Real Madrid, algo contradicho desde la propia Federación Española, en su detallada memoria. Según ésta, la cifra máxima provenía del encuentro Barcelona – Español (7.233 ptas.), seguida por el Sevilla – At. Aviación (5.840), Valencia – Celta (5.308,50), Oviedo – Valencia (5.048,50) y R. Madrid – Sabadell (5.028). El partido que menos proporcionó entre todos los de 1ª y 2ª fue el Celta – Barcelona disputado en Balaídos: 418 raquíticas y sospechosas pesetas, de las que además 193 correspondían a donaciones.

El desglose de partidas arrojaba el siguiente saldo:

Por recargo en las entradas………………………56.002 ptas.

Procedente de aportaciones voluntarias…………21.180,95

Beneficio del partido organizado en Gijón………36.062,10

Beneficio del organizado en Murcia…………….24.958, 95

Donativo de la Federación Española……………11.796,10

Todo ello ofrecía un total de 150.000 ptas.

Abril de 1947. Alfonso en el homenaje tributado por el Murcia, con ocasión de su ascenso a 1ª División. Habían transcurrido dos meses y medio largos desde su tremendo infortunio.

Abril de 1947. Alfonso en el homenaje tributado por el Murcia, con ocasión de su ascenso a 1ª División. Habían transcurrido dos meses y medio largos desde su tremendo infortunio.

Desde el ente federativo se quiso redondear una bonita cifra, “sin perjuicio de abonar los honorarios del facultativo que efectuó la intervención del jugador”, como hizo constar en la citada memoria.

Durante los meses de marzo, abril, e incluso mayo, menudearon las noticias en torno a Alfonso. Su foto, ya recuperado, asistiendo al campo con muletas, se hizo familiar. También sus declaraciones, su estupor ante unas muestras de afecto que le desbordaban. “Mañana será sometido el jugador a las primeras pruebas con una pierna ortopédica”, llegó a recogerse. O “El presidente me ha ofrecido un puesto en el Murcia, sin concretar en qué consistirá. Aún no sé lo que haré”. Promesas fruto del oportunismo que demasiadas veces acaban enredándose en cualquier viento. Luego, poquito a poco, Alfonso y su drama quedaron en el olvido.

Con parte de aquellas 150.000 ptas., cifra importante cuando los funcionarios liquidaban entre 600 y 800 mensuales, según su rango, el sevillano adquirió una casa en la calle Pagés del Corro, donde habitaba de alquiler. Y allá por setiembre de 1945 sería nombrado vocal en la directiva del Calavera sevillano, club cuya camiseta vistiese con provecho en sus inicios, presidido a la sazón por el antiguo directivo bético Ildefonso Domínguez.

Por cuanto respecta a Lerín, involuntario y pasivo “partenaire” en el drama, continuó jugando al fútbol. Y puesto que el repaso de tan triste hecho quedaría cojo sin glosar su muy destacable biografía, vaya el siguiente apunte.

Natural de Jaurrieta, Navarra (7-XII-1913), Andrés Lerín Bayona ya defendía el marco del Escoriaza con 15 años. Desde dicho cuadro pasó al Español de Zaragoza con 16, al Zaragoza sin cumplir todavía los 18, Español Arrabal frisando los 19 y Real Zaragoza para la temporada 1932-33, con 200 ptas. mensuales de asignación. Allí el entrenador portugués Felipe Dos Santos estuvo a punto de reconvertirlo en medio, queriendo sacar partido a su envergadura, nada habitual para la época. Desistiría pronto, sin embargo, al advertir que su auténtico puesto estaba bajo los palos. Conocido como “El Brozas” entre sus compañeros de vestuario, fue seguro y  firme puntal en el ascenso a 1ª División de un equipo que si en Zaragoza fue rebautizado como “Los Alifantes”, por los campos donde rendían visita solían ser “Los Leñadores”, atendiendo a la enorme dureza, cuando no violencia pura, con que solían emplearse varios de sus componentes. Nada más concluir la campaña 1935-36, solicitó y obtuvo permiso del club para reforzar a Osasuna, junto con Olivares, durante un torneo disputado en Mallorca. De vuelta visitó a su hermano, en Fuenterrabía, justo el 16 de julio de 1936, y allí seguía dos fechas después, al estallar el pronunciamiento militar y con él nuestra Guerra Civil. Cruzar a Francia desde Fuenterrabía sólo le supuso un paseíto de media hora. Y desde el otro lado de la frontera, al igual que cientos de veraneantes, se dispuso a ver en qué paraba toda aquella confusión.

Puesto que el asunto se alargaba más de la semana y media que muchos vaticinaban, decidió hacer tiempo alineándose con el Perpignan, antes de regresar a zona republicana y disputar varios partidos con el Badalona, a lo largo de lo que pudiéramos considerar extraoficial campaña 1936-37. También trató de embarcarse en la gira propagandístico-deportiva del Euskadi, donde sus servicios finalmente no fueron considerados necesarios, al contar la organización vasca con dos porteros de máxima garantía, como eran Gregorio Blasco y Rafael Egusquiza. Decepcionado, quizás, desanduvo el camino hasta Francia para enrolarse otra vez en el Perpignan. Y entre ese club y el campo de concentración francés de Saint Cyprienne pasó la contienda.

Nada más asomar a España fue reclamado por el juzgado de Reus, yendo a parar a la cárcel de dicha población tarraconense durante unos días. Sus dificultades no habían hecho sino empezar, puesto que si en vísperas de la guerra se significara como aguerrido socialista, el voluntario exilio posterior le hizo parecer ante autoridades y buena parte del público zaragozano como rojo y cobarde. 

Sometido al proceso de depuración política, sería descalificado por un periodo de 6 años, reducido luego, conforme ocurriese en otros muchos casos, siempre tras interposición de recurso, a 12 meses de suspensión. Dicho de otro modo, pasó en blanco la temporada 1941-42. Entonces la desafección se consideraba imperdonable. Había demasiada sangre fresca para impedir que la víscera amordazase a la razón. Consecuentemente, al arrancar la temporada 1942-43 gran parte de los espectadores  maños la tomaron con él. “Hasta los niños me llamaban rojo por la calle”, recordaba con amargura muchos años después. Como la situación le resultara insostenible, solicitó la baja y fue a Gijón, perseguido por 30 anónimos franqueados desde la ciudad del Pilar, desaconsejando su fichaje a la directiva gijonesa, ante sus antecedentes políticos. “El Gijón era mi única esperanza -reconoció, ya mayor-. Si me hubiesen dado la espalda también allí, lo habría tenido fatal”. Por eso, necesitando aferrarse al clavo ardiente, acordó no cobrar un céntimo hasta acreditar sus condiciones. Catorce partidos consecutivos con el marco imbatido en El Molinón, disiparon cualquier duda o miedo a represalias junto al Cantábrico.

Ascendido a 1ª con el cuadro gijonés durante aquella campaña, se alineó 18 veces en la siguiente (1944-45), ya entre los grandes. Y lo que son las cosas, protagonizando uno de esos curiosos guiños a que tan acostumbrados nos tiene el fútbol, recaló en Murcia durante el verano del 45, el Murcia del malogrado Alfonso, para disputar 39 partidos de liga en la categoría reina, distribuidos en dos campañas. Luego, como las turbias aguas de posguerra se habían ido calmando* vuelta a Zaragoza. A un Real Zaragoza hundido en 3ª División, donde habría de contribuir a la reconquista de 2ª, tras dos campañas (1947-48 y 48-49) trotando por campos de tierra. Festejado el ascenso a la división de plata, colgó las botas con 36 años.

Andrés Lerín. De repudiado por la afición zaragocista o santo y seña del club maño durante 30 años.

Andrés Lerín. De repudiado por la afición zaragocista a santo y seña del club maño durante 30 años.

Quien tan denostado había sido en la ciudad del Ebro y La Pilarica, supo resarcirse a conciencia, puesto que entrenó al filial zaragocista, a los juveniles, y fue ayudante de Juanito Ruiz, Berkessy, Eguíluz, Balmanya, Paco Brú, Mundo, Juanito Ochoa, Urquiri y Quincoces, en la primera plantilla aragonesa, donde también ejerció como entrenador de porteros, masajista, delegado de campo, jefe de personal y conserje. En posesión del título de entrenador desde 1952, convocatoria en la que salieron igualmente titulados Miguel Muñoz y José Gonzalvo, llegó a asumir puntualmente la dirección del equipo maño el 8 de mayo de 1967, después de que fuera destituido  Daucik, en choque de desempate copero ante el Europa barcelonés, que a la postre significaría el acta de defunción deportiva de los muy añorados “5 Magníficos”. Se jubiló en el Zaragoza durante 1978, no sin haber dirigido antes al Ejea (temporada 1972-73, en 3ª División). Y aún después, por matar el gusanillo, hizo lo propio con el juvenil del CD Helios, allá por 1981-82.

A raíz de su fallecimiento en la capital aragonesa (19 de noviembre de 1998), cierto medio informativo recogió en su obituario una supuesta militancia comunista en tiempos de preguerra. Algo que rápidamente sería contestado por su hija: “Nunca fue comunista; socialista sí, hasta el tuétano”.

Tras la desgracia descrita, con Alfonso como víctima, desde distintos estamentos federativos comenzó a plantearse la necesidad de crear algún organismo de auxilio; algo semejante a un montepío, que garantizase la recuperación física y económica de los futbolistas ante trances desdichados. Porque si los jugadores señeros, los que solían asomar a los medios, pudieran considerarse más o menos a salvo de la indigencia merced a movilizaciones de clubes, compañeros de profesión y público, cualquier modesto con mala suerte tenía todas las papeletas para quedar a la intemperie. Y como muestra baste comparar el percance del delantero murciano con el desastre del Betanzos, acaecido por esas mismas fechas.

El equipo coruñés se desplazaba en tren, cuando a la altura de Torre se produjo un fatal descarrilamiento. Este hecho apenas fue recogido por la prensa, lejos del ámbito gallego. Solía ocurrir con las catástrofes ferroviarias, consecuencia, muchas veces, del lamentable estado de raíles, traviesas y material rodante. Al régimen no le interesaba alarmar a los españoles, y aún menos dejar volar la imaginación de disconformes o republicanos emboscados, listos a presuponer sabotajes del maquis donde sólo mediaba el despiste o la obsolescencia mecánica. En menos palabras, se “recomendaba” no airear desgracias, aunque ello llevase aparejada la comprensible tibieza ante cuestaciones en favor de las víctimas. Baste comparar el monto de lo entregado a Alfonso, con cuanto llegó a reunirse durante la campaña pro damnificados del club Betanzos. Y eso que existieron víctimas mortales entre el puñado de modestos.

Remitido Al Betanzos………………….17.408 ptas.

Envíos a la Federación Gallega………… 1.300

Girado a la Federación Española……….. 8.714,85

Donativo de la Federación Española……50.000

Todo ello arrojaba un saldo de 77.422,85 ptas. Gracias a la meticulosidad de la Nacional, como entonces solía denominarse a la FEF, conocemos cómo fue el reparto, hasta su último decimal. Sírvanse los más curiosos:

Diferentes gastos e indemnizaciones diversas, adquisición de material deportivo e indumentaria para los jugadores del Club, debidamente justificados, supusieron una inversión de 20.005,85 ptas. Las 57.417 restantes se distribuyeron así, a propuesta de la Regional Gallega, refrendada por la Nacional:

Familiares de Moisés Remo, jugador fallecido…………….20.000

Familia de Manuel García, igualmente fallecido……………..20.000

A Enrique Dopico, jugador hospitalizado 120 días………….7.500

A Remigio Pérez, jugador con 56 días de hospitalización…. 3.500

Al Club Betanzos, por perjuicios materiales diversos……… 6.417

No era lo mismo fallecer durante un desplazamiento, si se era modesto, que perder una pierna como profesional de 2ª División. La injusticia resultaba evidente, contemplárase el cuadro desde cualquier ángulo. Había llegado la hora de resolver un problema endémico en nuestro fútbol.  Una omisión hasta cierto punto justificable durante las turbulencias que precedieron a la profesionalización, en 1926, pero sin medio pase cuando en torno al balón empezaban a moverse cifras ya muy respetables.

Este fue el pistoletazo de salida hacia la Mutualidad de Futbolistas, sobre cuyos pormenores se tratará en el próximo número de Cuadernos.

Alfonso vivió el discutible honor de representar un “antes”. El aguerrido atacante que no pudo pasar a la historia por sus virtudes balompédicas, lo hizo, en cambio, y de rebote, por una puerta lateral. Otros muchos, más anónimos, irían empedrando el “después”.

* Ayudó a ello, y no poco, la derrota del Eje en la II Guerra Mundial y el distanciamiento de la Falange protagonizado por Francisco Franco, en favor de la Iglesia. Clara maniobra destinada, si no a congraciarse con los aliados victoriosos, al menos tendente a propiciar el olvido internacional de antiguas veleidades fascistoides.

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Nº 83

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