Raymond Kopa: El fallido relevo de Di Stéfano

Resumen

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Artículo biográfico sobre Raymond Kopa, el “Napoleón del fútbol”, como homenaje tras su reciente fallecimiento.
Abstract

Keywords: Luis Guijarro, Stade Reims, Real Madrid, Kopa, European Cup, History, Spanish Football, Golden Ball, Signings

Biographical article about Raymond Kopa, the ‘Napoleon of football’, as a tribute after his recent death.

Artículo
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El 3 de marzo último falleció Raymond Kopa, buen futbolista, conforme pudo acreditar en el Stade Reims, y sólo con cuentagotas durante sus tres años en un Real Madrid que apabullaba. Por no variar, las necrológicas urdidas a toda prisa, reproduciendo casi al dictado notas de agencia igualmente apresuradas, sabían a poco. Alguna de ellas, además, se excedía en loas al futbolista, sin dedicar un párrafo a la persona, a su despedida de nuestro Campeonato, capitidisminuido y hasta deglutiendo cierto poso de decepción. Buenas razones para acercarnos al personaje, máxime cuando hoy su nombre, como el de tantas otras estrellas envejecidas, semejará nebulosa recóndita para muchos.

Hijo de mineros polacos instalados en Francia, y minero a su vez hasta que lo redimiese el fútbol, Raymond Kopaszewski Wlodzarczyck vino al mundo en Noeux-Les-Mines, el 13 de octubre de 1931. Con 14 años, es decir la temporada 1944-45, formaba ya en el club de su localidad, inmerso en un modestísimo torneo aficionado. Recién cumplidos los 18 saltaría al Angers, endeble equipo de 2ª División, en el por entonces no menos frágil fútbol galo. Dos años después (temporada 1951-52) con 14 goles marcados en 60 partidos ligueros, los técnicos del Stade Reims lo incorporaban a su elenco, luego de satisfacer 1.800.000 francos de la época. Aquel franco viejo, que conste, era moneda débil respecto a nuestra peseta. O sea que lo abonado por su traspaso (180.000, al cambio) nada tuvo de extraordinario.

Durante su primera temporada en la ciudad del champagne lo jugó casi todo (33 partidos de Liga, con 8 dianas), dando la impresión de que podría hacer algo grande. Su siguiente campaña todavía resultó mejor: 13 goles en los mismos partidos, decisivos para la consecución del Campeonato francés. Aún no había cumplido los 22 y ya asomaba al panorama europeo, por más que al fútbol galo siguiera ostentando divisa de pobre.

Una perla semejante no podía pasar desapercibida ante la pupila Luis Guijarro, vendedor de coches e intermediario futbolístico al cincuenta por ciento. Y puesto que ya había colocado en el At. Madrid a las estrellas del Stade Français, con Larbi Ben-Barek a la cabeza, se decidió a ofrecerlo por un precio irrisorio: 250.000 ptas. Muy aceptable inversión, comparada con lo que ya se empezaba a dilapidar en extranjeros, no siempre resolutivos. Puesto que desde la poltrona “colchonera” despachasen la oferta con un escueto “no interesa”, Kopa siguió en Francia, luciendo el azul de internacional y los colores del Stade, a lo largo de 1953-54, 54-55 y 55-56, proclamándose de nuevo campeón galo en 1955 y anotando 27 goles más, en 92 partidos distribuidos durante aquellas tres campañas. Inteligente en el área y con muy buen regate en corto, su fama, cimentada en constantes loas de la prensa transpirenaica, creció por encima de lo que su capacidad anotadora justificaba. Y a ese mismo ritmo iría disparándose su cotización.

Conviene aclarar que durante la primera mitad de los 50, muchas veces se fichaba de oídas. Sin televisión y con escasa capacidad para montar una adecuada infraestructura, los distintos secretarios técnicos descubrían mediante chivatazos o a través de medios informativos, qué futbolista convenía seguir de cerca. Ese “de cerca”, además, quedaba reducido a un simple desplazamiento. Bastaba con verlo jugar una tarde para decidirse a tirar de chequera o convenir que el chico era tan sólo un globo. Ante tal panorama, cualquier pespunte de interés en un grande incitaba a otros clubes con similar potencial, dando lugar a la consiguiente puja. No muy distinto a cuanto hoy sucede, pero con la diferencia de que hace sesenta años se apostaba a ciegas.

Raymond Kopa cuando era estrella en el Stade.

Raymond Kopa cuando era estrella en el Stade.

Por cuanto a Kopa respecta, hubo quien quiso ver en Alfredo Di Stefano al artífice de su ingreso en el Real Madrid. Según los defensores de esa teoría, al acabar el encuentro de Copa de Europa en que los “merengues” se dejaron la piel ante el Stade Reims, en una remontada épica, el argentino habría dicho a su presidente: “Don Santiago, ¡fiche a ese fenómeno ya!”. Bonito cuento, aunque improbable. Primero porque entonces nuestros clubes tenían prohibido contratar extranjeros sin ascendencia española, y Di Stefano se supone tampoco debía estar al corriente sobre la hipotética derogación de la norma. Segundo, y más importante, porque la entidad madrileña llevaba algún tiempo moviendo sus hilos por territorio francés. Así consta, no gracias a nuestros medios de difusión, sino merced a la prensa parisina.

 “Paris Presse” situó a su as, con grandes titulares, en Barcelona. Los azulgrana, supuestamente, habrían ofrecido 60 millones de francos. O sea, 6 millones de ptas. “France-Soir”, por el contrario, reservó su tinta a la negación más categórica: “Kopa no puede jugar en España, por estar su fútbol cerrado a los extranjeros”. Aunque luego, en letra más menuda, ese mismo medio aventuraba la posibilidad de que tal precepto quedase abolido. “L´Equipe”, mejor informado, ofrecía abundantes detalles: “Hemos podido comprobar que la oferta por Kopa no procede de ningún club español, sino del Sr. García, veterano en este tipo de transacciones. Ningún directivo de clubes españoles podría hacer tal cosa, teniendo vetado el fichaje de extranjeros. El Sr. García conoce bien el fútbol francés y ha venido a Reims tratando de conseguir una especie de opción sobre Kopa, ofreciendo 80 millones (8 millones de ptas.*) ante la suposición de que las normas restrictivas de su país serán abolidas”. La misma crónica aclaraba que el Sr. García intervino, tiempo atrás, en el fichaje de Ben-Barek y Marcel Domingo por el At. Madrid. Vamos, que o bien a los franceses les resultaba más fácil convertir el apellido Guijarro en García, o nuestro avezado intermediario se movía por el Norte de Francia utilizando un alias. Aquel García no era otro que el inefable Luis Guijarro.

Brotaba la primavera de 1956 cuando Guijarro, encargado de explorar posibilidades, hacía los deberes. El Milán, aunque algo tarde, quiso enredar. En Reims los directivos jugaron sus bazas con cara de póquer, y tanto a Santiago Bernabéu como a sus asesores, por una vez, les entraron las prisas. Sólo así cabe explicar en qué condiciones acabó luciendo Kopa la camiseta blanca. Pero vayamos por partes, puesto que la cuestión, todavía hoy, sigue envuelta en brumas.

Kopa compartiendo mesa con Di Stéfano en la celebración de una Copa de Europa. Aunque esta imagen parezca desmentirlo, si el francés soportó la tiranía deportiva del argentino fue gracias a su alto sentido del concepto disciplina.

Kopa compartiendo mesa con Di Stéfano en la celebración de una Copa de Europa. Aunque esta imagen parezca desmentirlo, si el francés soportó la tiranía deportiva del argentino fue gracias a su alto sentido del concepto disciplina.

Ni la entidad “merengue” ni Luis Guijarro quisieron entrar nunca en detalles. Normal hasta cierto punto, desde la órbita del club, pero extrañísimo mediando un agente tan dado a presumir de logros. Que hoy se mantengan en secreto aquellos tira y afloja, sólo puede explicarse con lo elevado de las cifras, con que el agente hubiese tenido que garantizar al Real Madrid confidencialidad absoluta, o bien con que Guijarro, por una vez, acostumbrado como estaba a rebajar las pretensiones del vendedor, encajase una derrota. Podrían, incluso, haber concurrido las tres opciones. Según lo poco que diez años después el propio Luis Guijarro contó al respecto, el Milán habría ofrecido al futbolista condiciones superiores a las del Real Madrid. “Pero Kopa era todo un caballero y las rechazó, aduciendo haber empeñado conmigo su palabra”. Si damos crédito a lo publicado en Francia, la oferta milanesa, al menos en lo tocante a traspaso, estuvo por debajo de la española. Así se manifestaba “L´Equipe”: “Kopa saldrá hacia Madrid por 80 millones de francos en tres años (los 8 millones de ptas. antes citados*). El club dirigido por Santiago Bernabéu ofrece una cantidad muy superior a cuanto llega desde clubes italianos”. El Milán, según “France-Soir”, habría ofrecido al Stade 3 millones de ptas., en tanto desde Madrid parece se apalabraron 5.

Enorme galimatías, al barajarse dos conceptos distintos: el traspaso a percibir por el Stade Reims, y la ficha del futbolista. Todo ello sin pasar por alto que a la postre Kopa acabaría comprometiéndose con el Real Madrid, no para 3 temporadas, sino para 4. Y que si como parece apuntarse, su ficha anual no habría bajado de los 2 millones, igualaba el nivel de Alfredo Di Stéfano, sumo pontífice “merengue” no sólo sobre el campo, sino del vestuario. El Madrid estaba dispuesto a introducir en su sede una bomba con espoleta retardada, porque, si se mira bien, tal y como fueron desarrollándose los acontecimientos, tampoco dispuso de un gran margen de maniobra.

La prohibición de fichar extranjeros seguía vigente, recordémoslo. Y para derribarla, nada como estirar la cuerda. Bernabéu tendría más o menos atada la abolición, con el Delegado Nacional de Educación Física y Deportes. Su equipo acababa de quedar campeón de Europa, logro que le permitía sacar pecho ante el Régimen, y saberse oído al exponer que sólo incorporando a los mejores, nuestro fútbol sería capaz de renovar laureles. Una vez en marcha la burocracia estatal, girados los pliegos desde el despacho del Delegado hasta el de ministro, ya no pudo volverse atrás. Si el paso dado en pos de Kopa forzaba a nuestras autoridades hacia una reapertura fronteriza, anunciada la misma se hacía imposible plegar velas. Kopa y el Stade Reims tenían la sartén por el mango y no les tembló la mano al exigir. Ante semejante panorama, parece poco descabellado pensar se “sugiriese” oscurantismo en derredor del elevado importe económico satisfecho. El país no nadaba en divisas, precisamente. Eran autoridades ministeriales quienes concedían o no su pláceme al Banco de España, para satisfacer pagos de esta índole. ¿Cómo hubiese quedado lo de levantar el veto importador, e incurrir al instante en tamaña desmesura?. Si algo estuvo tejiéndose entre bastidores, jamás lo sabremos.

Por fin, hacia las 6 de la tarde del 22 de setiembre de 1956, apenas se hubo abierto el portillo importador, Kopa rubricaba su contrato. Y en octubre hacía su presentación, ante el Sochaux, en el Estadio Santiago Bernabéu. Ni desde el club galo ni por boca del jugador nos resolvieron las incógnitas: “No queremos obstaculizar el traspaso de Raymond Kopa a un club español, si la transacción nos compensase de tan importante pérdida -había manifestado Henri Germain, presidente de la entidad gala-. Sabemos muy bien lo que han pagado por otros extranjeros de primera fila distintos clubes españoles, y no hay razón para que Kopa consiga menos”. El futbolista, por ende, casi asumió un rol institucional: “Ayudo a mi club, el Stade, aceptando un convenio comercial tan ventajoso”. Vamos, que se sacrificaba, aunque el sacrificio lo convirtiese en millonario. Desde Francia, semanas antes, supo, en cambio, mostrarse más convincente: “A mis 25 años no puedo dejar pasar esta oportunidad, porque quién sabe si el futuro llegue a ofrecerme otra”.

Pero Kopa, en efecto, sacrificaba su progresión al enfundarse la camiseta blanca. Ni él ni cuantos acudían al nuevo estadio cada dos semanas, podían imaginarlo aquella lejana tarde. Sin embargo uno y otros irían advirtiéndolo poquito a poco.

Kopa no era, no fue casi en ningún momento, el futbolista que más necesitaba la Casa Blanca. En Francia lo apodaban “Napoleón”, además de definirlo como “meneur de jeu”. Y el equipo del Bernabéu tenía en Alfredo Di Stéfano no sólo a su propio “Napoleón”, sino a un mejor “meneur de jeu”. Como hoy viene sucediendo con varias estrellas fichadas por Florentino Pérez, Raymond Kopa rara vez jugó en su puesto. Recluido en la banda, le resultaba imposible ser algo semejante a lo que fuera con el Stade. Esparcía brillos esporádicos, sí, fogonazos de clase. Pero a su regate le faltaba punta de velocidad y los remates nunca constituyeron para él ni virtud ni un objetivo prioritario. Pocos, como Antonio Valencia, supieron plasmarlo tan acertadamente cuando la salida anticipada del francés se antojaba más que intuición: “Los efectos (de su llegada) se tradujeron en el campo del prestigio y la propaganda, al tratarse del futbolista estelar en un país diestro en resonancias mundiales. El Madrid había accedido al primer plano europeo, pero con la contratación de Kopa potenciaba hasta el máximo ese resultado. Para la prensa francesa, el Real no sólo era campeón europeo, sino, sobre todo, el club de Kopa, y aumentó sus dividendos de popularidad. Con ello quedaba oculto que desde el punto de vista técnico, de las necesidades de juego del club, Kopa hacía bastante menos falta”.

Ninguna, en realidad. Porque si alguien salió ganando con el traspaso fue el jugador: millones, títulos, y un prestigio internacional que, a fuer de sinceros, ni de lejos se ganó enfundado en blanco.

Con aquel Real Madrid imparable, Raymond obtuvo 3 Copas de Europa consecutivas (1957, 58 y 59), dos títulos de Liga (1956-57 y 57-58), y una Copa Latina. Además de un palmarés en el Balón de Oro, henchido de acre sabor a regalo. Porque el trofeo que acababa de crear “France Football”, aun anunciándose como premio al mejor futbolista europeo, tuvo mucho de canto chauvinista.

En 1956, primera edición del Balón, Kopa fue 3º, por detrás de Stanley Matthews (Inglaterra) y Alfredo Di Stéfano. Al año siguiente, nuevo tercer puesto, tras Di Stéfano y Billy Wright (Inglaterra). En 1958, año del Mundial en Suecia, donde Raymond brilló tras una campaña madridista cargada de claroscuros, le otorgaron el trofeo, por delante del germano Helmut Rahn y su compatriota Just Fontaine. Y todavía en 1959 una segunda plaza, tras Di Stefano y delante del galés John Charles. Después, mientras seguía desarrollando su carrera lejos del Real Madrid, la nada más absoluta. Pero eso sí, el paso de Raymond por nuestro fútbol se diría contribuyó a situarnos en el mapa, puesto que mientras duró esa inercia, Luis Suárez Miramontes fue Balón de Oro en la edición del 60, por delante de Puskas y el alemán Uwe Seeler. El mismo Suárez, estrella del Inter milanés, sería 2º en 1961 y 1964, y 3º en 1965. Y Amancio Amaro, 3º en el 64.

Kopa, Di Stefano y Santiago Bernabéu, en una instantánea casi publicitaria. Por mucho que la contratación del francés resultara discutible desde el prisma puramente futbolístico, el club madrileño alcanzó rango internacional, gracias al poder mediático que entonces concentraban “L´Equipe” y “France Football”.

Kopa, Di Stefano y Santiago Bernabéu, en una instantánea casi publicitaria. Por mucho que la contratación del francés resultara discutible desde el prisma puramente futbolístico, el club madrileño alcanzó rango internacional, gracias al poder mediático que entonces concentraban “L´Equipe” y “France Football”.

Pasando por alto si los redactores del medio deportivo francés fueron o no justos concediendo su entorchado a Kopa, en detrimento de Fontaine, auténtica estrella europea de aquel Mundial, resulta incuestionable que el Real Madrid condecoró con largueza a un “Napoleón” empalidecido. Y mientras todo esto ocurría, cuando se hacía evidente que el astro francés jugaba fuera de sitio, sin cuajar del todo, desde la propia órbita “merengue” comenzó a emanar la especie de que a Raymond Kopa, en realidad, debería vérsele como relevo de Alfredo Di Stéfano; el argentino ya había superado la treintena y, quiérase o no, aquellos cinco años de diferencia con respecto al francés por fuerza jugaban en su contra. La “Saeta Rubia”, empero, iba a encargarse de desmentir los cuchicheos, luciendo en el Estadio Bernabéu hasta casi los 38. Y aún disputó dos campañas más con la camiseta del R. C. D. Español, aunque sólo fuera para demostrar a Miguel Muñoz y Santiago Bernabéu que continuaba quedándole cuerda.

El fútbol es un espectáculo curioso, contradictorio a veces, cargado de entresijos. No es raro, por lo tanto, que un gran éxito pueda volverse contra su protagonista. Y eso, ni más ni menos, le ocurrió a Kopa después de brillar en Suecia.

Raymond Kopa en un cromo con su autógrafo, correspondiente al Mundial de Suecia.

Raymond Kopa en un cromo con su autógrafo, correspondiente al Mundial de Suecia.

Ya antes de aquel Campeonato Mundial, no faltaron críticas al Real Madrid por permitirle actuar con la selección gala. Porque entonces, en el caso de futbolistas seleccionados por Federaciones distintas a las del club de pertenencia, esos clubes no estaban obligados, como hoy, a consentir viajes, concentraciones y riesgos de una devolución en mal estado. “Todas las ventajas son para el futbolista -se escribió-. Porque si fracasase, volvería a Madrid un jugador devaluado, resentido en su moral, e incapaz de olvidar que es en Madrid donde han limado, por desuso, sus condiciones de antaño. Si triunfara, en cambio, volvería pisando fuerte, dispuesto a exigir el anhelado puesto de mando que hasta ahora no quisieron otorgarle”. Antonio Valencia, subdirector de “Marca”, dedicaría más adelante una especie de editorial a esta cuestión, luego de que los vaticinios semejaran proféticos: “Quiso sacar tajada de esa “nouvelle vague” de popularidad europea manejada desde Francia. Jugó unos cuantos partidos aceptables y se urdieron rumores sobre una renovación ventajosa, que el Madrid no recogió. Desde entonces Kopa está fuera del equipo, en la práctica. Su matrimonio con el club fue más que nunca de conveniencia, y sólo la disciplina interna y el sentido de funcionario de Kopa alargaron la situación, durante unos meses, sin estrépito ni ruptura”.

Raymond Kopa, en efecto, representaba sólo un tangible de futuro para Santiago Bernabéu y su junta directiva. Revalorizado a raíz del Mundial, tocaba hallarle acomodo. Y a tal fin contribuyeron, sin imaginarlo siquiera, distintas informaciones procedentes de Francia: “Kopa puede renovar por 4 años con el Real Madrid, a cambio de 100 millones de francos”. “Ahora, más que nunca, Raymond Kopa será “Napoleón” en el Madrid”. “Con Kopa los madrileños pueden ser campeones de Europa otros cuatro años más”. Cohetería vana. Máxime si se tiene en cuenta que aquellos teóricos 100 millones de francos viejos (10 millones de ptas.), es decir 2.500.000 por temporada, primas aparte, superaban con largueza los emolumentos de Di Stefano. Y mientras así se escribía, Raimundo Saporta iba tendiendo redes por Europa.

El Stade Reims conservaba un derecho de tanteo sobre su exjugador. Derechos de privilegio, se decía entonces. Los mandatarios “merengues”, por lo tanto, se esforzaron en elevar las ofertas sobre el francés, conscientes de que su todavía futbolista contemplaba como primer objetivo un retorno a Francia. El 30 de junio de 1959, era el propio Saporta quien reconocía haber alcanzado un acuerdo de traspaso con el Anderlecht belga, consistente en 3 millones de ptas. y un partido a disputar en Madrid. Quedaba por ver si el Stade, muy apretado económicamente, sería capaz de igualar la cifra. Pero en todo caso Saporta no pudo mostrase más categórico ante el reportero de “Alfil” en Ámsterdam: “Tengo seguridad plena de que Raymond Kopa dejará de pertenecer al Real Madrid”. El 5 de julio la agencia “Mencheta”, desde Angers, precisaba que Kopa no iba a jugar en Reims la temporada 1959-60, al expirar esa misma noche el plazo concedido desde el club español para ejercer su derecho de tanteo: “El Stade no ha podido obtener tan ansiado crédito y, en consecuencia, la opción que adquirió el club Anderlecht es ya la única que subsiste. El jugador francés recibirá a los dirigentes belgas el lunes o martes próximos, y comenzará a negociar con ellos para firmar”.

Kopa, Puskas, Peiró y Agustín, caricaturizados por Cronos con ocasión de un Madrid-Atlético donde el francés estuvo soberbio. Aquella vez  se encargó Di Stéfano de organizar el juego desde atrás, mientras Raymond Kopa dirigía el ataque en posición de nueve. Aunque el experimento difícilmente hubiese podido salir mejor, no volvería a repetirse.

Kopa, Puskas, Peiró y Agustín, caricaturizados por Cronos con ocasión de un Madrid-Atlético donde el francés estuvo soberbio. Aquella vez se encargó Di Stéfano de organizar el juego desde atrás, mientras Raymond Kopa dirigía el ataque en posición de nueve. Aunque el experimento difícilmente hubiese podido salir mejor, no volvería a repetirse.

El reportero de “Mencheta” olvidaba un hecho fundamental: Tanto la Liga como la Copa belga estaban cerradas a futbolistas extranjeros. Kopa, por lo tanto, sólo podría disputar con el Anderlecht unos cuantos bolos recaudatorios y los escasos partidos de la Copa de Europa. Pocos, estos últimos, porque entonces dicha competición se desarrollaba en eliminatorias directas, a ida y vuelta, y la escasa potencia del conjunto no hacía prever un recorrido largo.

Otra vez la estrella francesa quedaba a merced de lo que un máximo organismo deportivo determinase sobre contratación de extranjeros. Algo contra lo que ya se había vacunado mientras antaño esperase para comprometerse con el Real Madrid. “Mi primera opción sigue pasando por una vuelta al Stade”, manifestó al tener constancia de cuanto se iba cociendo. “¿Y si esa opción belga fuese finalmente la única?”, insistió un anónimo gacetillero. “Quiero jugar, y en el Real Madrid estoy haciéndolo -sentenció Kopa-. Si no pudiese volver a Francia me quedaría aquí”. Desde Reims, para complicar las cosas, los responsables del club dejaron caer que no veían justificación a tanto esfuerzo económico como se les pedía, si transcurrido un año el futbolista pudiera llegarles gratis. Entonces el habilísimo Saporta sugirió a los belgas cubrirse. Desde la Casa Blanca se contaba con aquellos 3 millones para reforzar el equipo, y sería de locos arrojar la toalla con el primer intercambio de golpes.

Los belgas del Anderlecht parece encontraron una fórmula garantista en el vecino campeonato holandés. Si la Federación de Bruselas no se avenía a levantar el veto importador, Kopa jugaría en un club neerlandés de primer rango. Contaban, de cualquier modo, con que los nuevos aires futbolísticos, subsiguientes en buena medida al arranque de una competición europea, acabarían por derribar cualquier muro. Mientras tanto, el futbolista y la plana mayor del Stade ponían el freno de mano; Kopa, porque la alternativa holandesa tampoco le entusiasmaba; la gerencia del Stade porque su reciente excursión a la Unión Soviética había resultado catastrófica.

Finalmente jugador y club francés lograron salirse con la suya. El Stade comprometiendo 3 millones de ptas. ante el Real Madrid -parte de ellos procedentes del propio Anderlecht- disputando un partido en la capital española y dos más por nuestro suelo, amén de otro choque en Bruselas, ante el Anderlecht, para resarcir a esa entidad. Y el futbolista regresando a la patria cuando su negocio de zumos no marchaba bien, hasta el punto de acercarse a una posible quiebra cuya traducción económica, según los medios galos, pudiera rondar los 40 millones de francos (4 millones de ptas.). La salida del ya ex merengue, por cierto, no hubiera podido ser más elegante:

“Estoy contento, porque en Francia tengo a mi familia y mi negocio -confesó el 21 de julio a Gerardo García, para “Marca”-. Esto es mirándolo desde el punto de vista sentimental. Ahora bien, desde el punto de vista deportivo, no puedo decir lo mismo. Aquí no me falta nada a ese respecto, puesto que he tenido las mejores satisfacciones”. Y añadía: “En cuanto al Real Madrid, no se puede decir nada… Como club creo no hay otro igual en el mundo. Y en cuanto a su equipo, tiene bien demostrado ser el mejor de Europa”. Por si fuera poco, tampoco se engañaba con relación al rendimiento aportado: “En España no se me ha visto al completo. Jugando de extremo se recibe mucho menos juego que en el puesto de ariete, sobre todo teniendo en cuenta que el Madrid actúa por el centro, donde tiene a Di Stéfano, que sigue siendo el mejor del mundo; el más completo que he visto. Es natural, pues, que se juegue así. Pero también lo es que yo, de extremo, rinda menos que en el puesto de ariete. Ahora, en el Stade, volveré a actuar como eje de la línea”.

Retrato de un perfecto caballero, en suma.

Santiago Bernabéu, por su parte, buen anfitrión de los Sres. Germain y Morel, presidente y vicepresidente del club galo, resolvió el aluvión de preguntas sobre el futuro con su característica sorna:

“- ¿Cómo piensa cubrir la baja de Kopa en el equipo?. ¿Con Didí?.

- Eso es una incógnita.

- ¿O quizás con Angelillo?.

- Angelillo no. Es socio del Madrid, pero sólo sabe cantar”.

Una de las varias biografías editadas en Francia sobre su gran astro en los 50.

Una de las varias biografías editadas en Francia sobre su gran astro en los 50.

El delantero argentino Angelillo, pieza importante del Inter milanés, acababa de entrevistarse con Samitier, luego de que un agente desbrozase la primera maleza del camino. El 17 de julio, según nota de “Alfil”, se habría desplazado hasta la ciudad condal para disfrutar de sus vacaciones en España. Bernabéu, socarrón, invocaba a Ángel Sampedro Montero (Vallecas 12-I-1908 – Buenos Aires 24-XI-1973), cantante de coplas, fandangos y letras populares, actor de cine ocasional y voz reconocible en las emisoras de radio como “Angelillo”, pese a vivir exiliado desde la Guerra Civil.

Puesto que tanto baile de cifras necesita contextualización, sirvan dos apuntes indicativos del fortunón que llegaba a mover aquel futbol. En julio de 1959 se anunciaban oposiciones para cubrir plazas de oficial en CAMPSA. Sólo podían presentarse varones de entre 18 y 35 años, con título de Bachiller, Maestro, Perito Mercantil o estudiantes de Profesorado Mercantil. La oferta económica consistía en 29.000 ptas. brutas por año; 2.785 brutas al mes, con 2 pagas extraordinarias. O lo que es igual, unas 2.350 netas. Ese mismo verano, el trofeo Carranza pesaba 60 kilos, de los que 56 eran plata, y estaba valorado en 250.000 ptas. Si se prefiere, algo más que lo que para CAMPSA representaba el trabajo anual de 8 oficiales. Di Stéfano venía a ganar en un año lo que 78 empleados con plaza ganada por oposición. Y cuanto se aseguró injustificadamente habría ofrecido a Kopa el Real Madrid, ni más ni menos que el salario de 85 profesionales en el monopolio de gasolina y petróleo.

De inmediato “France-Soir” anticipó que el Real Madrid pensaba en el brasileño Pelé como sustituto de Kopa. Habían oído campanas, aunque identificasen erróneamente la espadaña. Porque aunque entre las incorporaciones “merengues” para el último ejercicio de los 50 contaran Pachín, Pepillo y Canario, la gran estrella iba a ser Didí, campeón mundial y rey de la “folha seca”. Fichaje por cierto, cerrado luego de dos meses de novelón, según palabras del presidente del Botafogo, Paulo Azeredo, y cuando desde Brasil impusieron un ultimátum de 12 horas. Fleitas Solich, futuro entrenador madridista bautizado por nuestra prensa como Don Fleitas, y hasta entonces responsable técnico del Flamengo, recibió por cable los poderes con que cerrar la transacción. Fue su primer servicio al madridismo, por más que la perla negra terminara fracasando.

Kopa, ya en Francia, dio la impresión de haber agotado sus mejores días, pues los 14 goles en 36 partidos de 1959-60, imprescindibles para añadir a su currículo un nuevo campeonato galo, tuvieron mucho de espejismo. Permaneció activo hasta 1967, descendiendo con su Stade a 2ª División, incluso, y contabilizando sólo 19 goles en 208 partidos, durante las siguientes 7 temporadas. Además tuvo serios problemas con su Federación y La Liga.

Kopa charla amigablemente con Pelé. Por más que en Francia diesen a Edson Arantes do Nascimento como sustituto de su ídolo en el Real Madrid, nunca se produjo tal relevo. Llegó Didí, interior del otro lado en la selección campeona de Suecia y Di Stefano, enemistado con la mujer del brasileño, a quien además achacó falta de carácter, puso poco empeño para ahorrarle el fracaso.

Kopa charla amigablemente con Pelé. Por más que en Francia diesen a Edson Arantes do Nascimento como sustituto de su ídolo en el Real Madrid, nunca se produjo tal relevo. Llegó Didí, interior del otro lado en la selección campeona de Suecia y Di Stefano, enemistado con la mujer del brasileño, a quien además achacó falta de carácter, puso poco empeño para ahorrarle el fracaso.

Corría el verano de 1963 cuando la Comisión Jurídica de la Liga Nacional lo condenó a 6 meses de suspensión por “atentar contra el buen nombre de los futbolistas, menospreciar a las instituciones deportivas y perjudicar su propia actividad profesional”. Demasiado fárrago para poco delito, habida cuenta que las pretendidas afrentas provenían de unas memorias recogidas por “France Dimanche”, medio que contradiciendo a su cabecera no aparecía los domingos. En ellas, además de rememorar su paso por el Real Madrid con descalificaciones hacia Di Stefano -cacique, e incapaz de asumir el brillo ajeno- atacaba al estamento arbitral francés, a directivos y miembros de la Federación, con nombre y apellido. En suma ponía en solfa a todo el organigrama galo “por haber hecho de los futbolistas unos esclavos. Pueden venderlos o comprarlos, transferirlos sin pedir su opinión, incluso expatriarlos”. Entendiendo que se erigía en voz de la profesión, aprovechando su notoriedad, le aplicaron el mazazo. Aunque acto seguido, y “atendiendo a los brillantes servicios prestados al futbol francés” se dejaba sin cumplimiento la suspensión, siempre y cuando renunciase al derecho de recurrirla.

Los mandatarios parisinos no hacían sino ponerle una mordaza, justificando con semejante maniobra todas las acusaciones. El futbolista, aunque estuviese bien pagado, no dejaba de ser un títere. Así y todo, tampoco faltaron medios dispuestos a atacarle: “Un futbolista profesional conoce bien a qué se atiene. Todos los franceses podrían quejarse de algunas cosas y nadie les proporciona altavoz”.

Rabioso, a finales de ese mismo año, anunció su renuncia a la internacionalidad francesa. Con 32 inviernos a cuestas, superaba los 40 entorchados. Y además no encajaba con el carácter de George Verriet, seleccionador nacional. Dispuestos a no dejarle pasar una, la Federación lo suspendió por 15 días. Y como siguiera negándose, alegando incompatibilidad con Verriet, otros 15 días más, hasta completar el mesecito descansando. De nuevo dejaba en evidencia que aún sin grilletes en los tobillos, había algo de esclavitud en el fútbol galo.

Acabaría retirándose medio de puntillas, casi como saliera del Madrid, aunque en la capital de España debido al triunfo de Bahamontes en el Tour, cuya hazaña inundó la prensa durante 22 días de carrera y a lo largo de la siguiente semana, dedicada a celebrar la “feliz coincidencia de unir al 18 de julio una gesta como la del Caudillo, y nuestra primera victoria en la Vuelta a Francia” (declaraciones de Elola Olaso, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes).

Ese eterno complejo de inferioridad nacional, tan nuestro, necesitaba un nuevo Viriato, vengador de antiguos y supuestos desdenes, menosprecios, o miraditas por encima del hombro. Kopa, al respecto, jugaba en campo contrario.

En diciembre de 1974 se supo acababa de ser nombrado consejero técnico del Angers, y miembro de su comité directivo. Pura maniobra del presidente angerino Jean Keller, puesto que el equipo ocupaba el farolillo rojo de 1ª División, cuando el año anterior, por esas fechas, encabezaba la tabla. Más adelante publicó unas memorias menos escandalosas que las recogidas por “France Dimanche”. Hubo varias reediciones, circunstancia que contradice su queja de sentirse olvidado en Francia. Lo dijo alto y claro cada vez que vino invitado por la entidad madrileña: “Aquí me paran, para decirme que me vieron jugar. Me recuerdan. En Francia no deben saber quién soy, porque nadie me llama para nada”.

Si es triste envejecer, más duele a los viejos dioses el entierro en vida.

Corría el mes de marzo de 2001 cuando subastó parte de sus trofeos, destinando lo recaudado a asociaciones de lucha contra el cáncer. Esa enfermedad le tenía muy sensibilizado desde que siendo futbolista blanco perdiese a un vástago, arrebatado por la entonces irrefrenable guadaña.

Le faltó suerte. Sin duda le hubiese ido mejor diez años más tarde, con las fronteras del balón abiertas de par en par por casi toda Europa Occidental, y sin Di Stéfano en Madrid. Pero al menos pudo escapar de la mina, el monstruo voraz que a traición y siendo adolescente, le robase una falange.

Descanse en paz el “Napoleón” que entre nosotros estuvo próximo a vivir su propio Waterloo.

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(*) Las aclaraciones entre paréntesis no corresponden al medio citado. Trasladando a pesetas el monto de aquellas cifras, podrá el lector hacerse una idea más cabal sobre lo oneroso de la operación.

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