Luis Guijarro: claroscuros de la intermediación futbolística

Resumen

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Recorrido por la trayectoria profesional de Luis Guijarro, uno de los más reconocidos intermediarios futbolísticos de la historia del fútbol español.
Abstract

Keywords: Luis Guijarro, Intermediaries, History, Spanish Football, Signings, Summer Tournaments

A journey through the profesional career of Luis Guijarro, one of the most renowned football intermediaries in Spanish football.

Artículo
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En junio de 2010 ya se ocupó “Cuadernos” de esa antigua y lucrativa actividad bautizada como intermediación, o representación futbolística. El artículo, titulado “Intermediarios: un negocio viejo”, fue presunta y parcialmente plagiado por Miguel Ángel Vasco para “As” (8-IV-2016), no ya por cuanto a estructura del mismo, sino “fusilando” párrafos completos ayunos de entrecomillado y -total para qué- omitiendo su fuente. Como el desconocimiento sobre cuanto se escribe suele inducir a errores, aquel breve escrito de “As” registraba dos de bulto. Por lo tanto, con intención de no caer en reiteraciones y, sobre todo hurtando la posibilidad de que alguien piense es “Cuadernos” quien “homenajea” al Sr. Miguel Ángel Vasco, remito hacia nuestro número de 2010 a cuantos lectores necesitaran bucear en la prehistoria de la intermediación, hasta que Luis Guijarro hiciese de ella una industria excepcionalmente rentable.

Madrileño de Chamberí, el inquieto y por demás despierto Guijarro pasó ocho años en Francia, durante los que tuvo ocasión de conocer a fondo el fútbol galo. Listo como un lazarillo del Siglo de Oro y con muy buen don de gentes, a su vuelta se le ocurrió ofrecer a Cesáreo Galíndez un par de perlas del Stade Français: el franco-marroquí Ben Barek y el hispano-francés Marcel Domingo. La transacción, según narró él mismo más de una vez, se habría cerrado en el exclusivo cabaret Pasapoga, toda una referencia en el Madrid noctámbulo de los 40 y 50. Cuando el At. Madrid le hizo entrega de la cantidad pactada, ya no tuvo dudas. Junto al balón cacareaba la gallina de los huevos de oro.

Poco más tarde traería también desde Francia al menudo, aunque fibroso sueco Carlsson, y a Mathiesen, además de al argentino Helenio Herrera, forjado entre el Norte de África y las planicies galas. A éste lo había conocido en París, cuando aún actuaba como defensa en el Red Star, justo por la época en que según “El Mago”, o don H. H., estaba “inventando el cerrojo”. De esto y muchas cosas más habló distendida y asiduamente con Juan Hernández Petit, cuyas entrevistas irían apareciendo en “ABC”, “As” y “Deporte 2000” durante los años 60 del pasado siglo, parte de ellas reeditadas por Compte en lujoso volumen, la ya lejana primavera de 1972. Y gracias a esas confesiones, un hombre a veces definido como distante, si no hermético, supo dejarnos su mejor rostro. Mérito de Hernández Petit, sin duda, ante quien tal vez por compartir amigos comunes -Juan Padilla, sin ir más lejos, quien fuere, a su vez, íntimo del “monstruo” taurino Manolete- siempre se sintió cómodo. Aunque puede que influyese, igualmente, verle no como a un periodista, sino como a otro colega en excedencia, pues Hernández Petit había ejercido la representación artística en favor del humorista Miguel Gila o la cantante María Dolores Pradera.

Como es lógico, una vez descubierto el filón se le antojó de pobres concentrarse tan sólo en el At. Madrid. La entidad “merengue” de Santiago Bernabéu estaba demasiado próxima para hacerle ascos, amén de que allí, sin la menor duda, podría sacar mucho más. Sobre todo durante la etapa del antiguo portero Hernández Coronado al mando de la secretaría técnica blanca, hizo que lucieran su escudo los franceses Louis Hon y Jean Luciano, el húngaro Nemes, procedente del Santander, Joseíto, destapado igualmente junto al Cantábrico, o Paco Gento, sin olvidar a Sergio Rodríguez, Marquitos, Becerril, al argentino de ascendencia española Domínguez y, por supuesto a Raymond Kopa, uno de los jugadores más capaces y elegantes de firmamento europeo al declinar los años 50. Kopa, primero, fue ofrecido al At. Madrid por 250.000 ptas., sin que los “colchoneros” mostrasen interés. Varios meses más tarde su cotización subía como la espuma, hasta el punto de suponer un gran reto financiero para Santiago Bernabéu y su junta. Paco Gento, en cambio, habría llegado a Chamartín “baratísimo; su padre me dio la conformidad por una cifra ínfima. Recuerdo que yo firmé sobre la espalda del propio jugador”.

Luis Guijarro al declinar de los 60. Para él días de vino y rosas.

Luis Guijarro al declinar de los 60. Para él días de vino y rosas.

Cargado de lógica, Hernández Petit se interesó, también, por las cualidades que veía imprescindibles en su profesión. Y Luis Guijarro, al responder, ni siquiera ocultaba hasta qué punto se sentía satisfecho de sí mismo: “Sicología y mundología. Ambas me las dio Dios. Vender un futbolista es como vender una casa, o cualquier otra cosa capaz de ser negociada. Naturalmente hay que maniobrar con prudencia, con tacto. Pero lo esencial es la rectitud. Si tuviera que aconsejar a alguien le diría: Ten en cuenta que sólo se engaña una vez. ¿Mi norma? La verdad por delante”.

Curioso modo de cosificar al futbolista, al “producto” que le daba de comer. Tan curioso, aunque tristemente en no pocos casos respondiese a la realidad, como el concepto en que tenía a su “matera prima”, según dejó claro al pedírsele definiera al jugador: “Los hay inteligentes y bien orientados. Otros piensan con lo que juegan; con los pies. Con uno de ellos me puse de acuerdo para pedir 500.000 ptas. Aceptaron, y cuando entró el jugador, al preguntarle cuánto quería contestó 300.000. Inmediatamente le obligué a decir la verdad sobre lo hablado, para que nadie pensase me quería quedar con la diferencia”. Para Kopa, en cambio, siempre tuvo palabras de elogio: “Vivió al detalle su traspaso, y cuando el Milán, en contacto con el Stade Reims le hizo una tentadora oferta, contestó: Respeto la palabra dada al Sr. Guijarro”.

Su acercamiento al Real Madrid no supuso para él ningún cierre de puertas por otros campos. Si acaso le abrirían de par en par todos los estadios. A través de su mediación el At. Madrid siguió haciéndose, por ejemplo, con Luis Aragonés, Colo, el entrenador brasileño Otto Bumbel, Iselín Santos Ovejero y, por no hacer interminable la lista, el infortunado Martínez, víctima de un padecimiento no muy bien diagnosticado -derrame cerebral, quizás- apenas se hubo enfundado la camiseta rojiblanca. Al Valencia llegaron Paquito y Sánchez Lage, columna vertebral, junto con José María, de un Real Oviedo fantástico. Y cuando Gallego, defensa sevillista recaló en el Barcelona, faltó poco para que en el Camp Nou le pusieran alfombra roja. Así narró, a cuantos quisieron oírle, aquel desembarco tras largo tira y afloja:

“Gallego llegó al Barça por casi la mitad de lo que les habían pedido. Cuando le anticipé a Llaudet telefónicamente cómo quedarían las cosas, no podía creerme, así que apostamos una botella de whisky. Ese mismo día, a las nueve de la noche, entré en su despacho con el futbolista. Firmamos en 6.500.000 ptas. y me compensó con creces, porque reunió a la prensa y dijo a los asistentes, señalándome: Señores informadores, permítanme presentarles a todo un señor”.

Los medios catalanes, aun recogiendo la reunión y rubricando la cuantía de aquel traspaso, ofrecieron otra versión bastante menos floreada. Puede, después de todo, que en su respuesta a Hernández Petit omitiera otra condición imprescindible para ejercer la actividad: el autobombo.

Porque el caso es que Guijarro, justo es reconocérselo, sabía allanar caminos mejor que nadie. Y puesto que entonces el pago de la comisión o cifra prefijada corría a cargo del club comprador, él procuraba huir de porcentajes. Si rebajaba costos notablemente, al menos no tendría la sensación de haber hecho el primo. Por ende, derramaba aromas de honestidad a toda prueba. Podía, entonces, estrujar al vendedor hasta extremos insospechados, sin perder un céntimo. Cuando intervino en la negociación del difunto guipuzcoano Ansola, desde su club habían solicitado 10 millones, que acabó reduciendo a cuatro. Por los ya citados Paquito y Sánchez Lage, los ovetenses pidieron 7 millones. El Valencia contra ofertó 5, y cuando el persuasor tomó un tren rumbo a la capital asturiana, la cosa se cerró en tres y medio. ¿Su método? “El único secreto consiste en saber con quién tratas”, argumentaba. Y era cierto, ya que durante los años 50, y sobre todo a partir de los 60, solían ser los directivos de no pocos clubes quienes, adelantando dinero propio, evitaban debacles financieras. Lógicamente, esos mandatarios anteponían a cualquier objetivo la recuperación de su peculio. Y si para ello debían traspasar a las mejores perlas, tampoco era cosa de mostrarse quisquillosos. Guijarro acostumbraba ser la última opción, y obtenía provecho de la necesidad ajena.

Valga como apunte de su capacidad negociadora que incluso alguien tan hábil como Raimundo Saporta quedó rendido a la evidencia. Interesados en contratar a Sergio Rodríguez y Becerril, los “merengues” como máximo estaban dispuestos a pagar 2 millones por ambos. Sobraron 1.300.000 ptas. Cuando Saporta supo que sólo debería aflojar 700.000, quedó atónito.

Entre una cosa y otra, su trabajo oficial, regentando junto a un hermano el negocio de venta de coches compartido, fue quedando muy en segundo plano. Los jugadores, incluso aquellos que “pensaban con lo que jugaban”, decían tenerlo en alta estima. No faltaban quienes, descontentos con su situación, al no contar para el entrenador o sentirse damnificados económicamente, caían por su despacho rogando les tuviese en cuenta al acabar la temporada. Despacho que hoy sería museo balompédico, tan cargado como estaba de banderines lujosos, placas de plata, fotos suyas junto a presidentes, federativos o estrellas nacionales y extranjeras, siempre con cariñosísimas dedicatorias. Esa gratitud turbia, surgida a veces del puro interés o la necesidad. Porque ya durante sus años de gloria, hubo a quien no engañaba. Francisco Cortés, autoridad futbolística y memoria de tantos acontecimientos a partir de los 60, llegó a definirlo como “un granuja la mar de simpático”.

A medida que prosperaba, la piel de toro se le fue quedando pequeña y apuntó más lejos, más alto, al otro lado del Mediterráneo e incluso allende el Atlántico. En Italia pudo colocar por 13 millones a Seminario, del Real Zaragoza, para gozo del entonces presidente maño Waldo Marco. El peruano, que venía de golear en La Romareda, no supo adaptarse al “Calcio” en Florencia y, al cabo, volvería de retorno bastante devaluado. Como tampoco encajase con la camiseta azulgrana, acabó en el Sabadell, antes de replegarse hasta su Perú natal. Para entonces, que triunfasen o no los jugadores en cuyos traspasos participaba, tampoco es que le quitase el sueño. Desde Sudamérica, de Uruguay, Brasil y Argentina, fundamentalmente, comenzó a traer un sinfín de equipos con los que alimentar torneos veraniegos. Ganar dinero por esa vía resultaba más fácil y agradecido.

Cuando el Carranza era prestigioso cuadrangular internacional, nuestro hombre se convirtió en principal suministrador. De pronto, aquel flautista de Hamelín se veía negociando con los mandamases del Palmeiras, Botafogo, Santos, Fluminense, Estudiantes, Peñarol, Boca Juniors, Nacional, San Lorenzo de Almagro… Y esos jerarcas, necesitados de dólares o pesetas convertibles, pero sobre todo de hacer caja vendiendo a quienes destacaran en los “bolos”, se movían a su alrededor, obsequiosos. Acababa de dar un gigantesco salto de calidad. O de ambición. Y su ego crecía al mismo ritmo que la cuenta corriente. Porque el nuevo Luis Guijarro, el rey Midas de cada pretemporada, no traía a ningún conjunto para dos o tres partidos, sino para pasearlo al menos de Norte a Sur durante tres semanas. Así los costos de ida y vuelta, francamente onerosos, repercutían mínimamente al ser divididos entre 8, 10, o hasta 12 comparecencias. Y claro, los márgenes aumentaban.

De la consideración, e incluso importancia que este personaje tuvo en América del Sur, da buena cuenta el siguiente hecho, acaecido al finalizar un partido del Milán en Argentina. Entre las distintas versiones que circularon se antoja más plausible la facilitada a Hernández Petit.

Tras monumental escándalo, el delantero centro Combín fue detenido por la policía. Con buen criterio, el presidente milanés Franco Carraro quiso evitar males mayores, tomando las de Villadiego. Pero al subir al coche se produjo un rifirrafe, intervinieron agentes uniformados, y hubo palabras fuertes, gritos, y hasta porrazos. Una de las vergas impactó en Guijarro, por no variar perejil en tan consistente salsa, sufriendo fisura de cráneo. Durante su convalecencia pasaron junto al lecho el propio Franco Carraro, el hijo del presidente “colchonero” Vicente Calderón, jerarcas de la AFA y Confederación Iberoamericana, políticos, futbolistas con la secreta esperanza de dar el gran salto a Europa… Una variopinta y singular cohorte, presentando sus respetos al “capo”.

Raymond Kopa, estrella gala de los 50, una de las grandes mediaciones de Luis Guijarro.

Raymond Kopa, estrella gala de los 50, una de las grandes mediaciones de Luis Guijarro.

Porque para cuando quedaban atrás los 60 podía vérsele de ese modo. Nadie gozaba de tantos contactos como él. No era el único intermediario español, como alguna vez escribió Gilera, pero sí el más grande. En todo el mundo sólo había 14 agentes reconocidos. Trece y él. ¿Cómo no iba a caer en la tentación de presumir con su aval de la UEFA? “Conseguirlo no es fácil. Hay que acreditar acrisolada formalidad, seriedad en los contratos y honradez profesional. Un simple desliz puede privarte de la acreditación que autoriza, con todas las de la ley, a contratar futbolistas y organizar torneos”. A decir verdad, no con todas las de la ley, conforme en seguida veremos.

Nuestro hombre empezó a considerarse intocable. Si algo lamentaba es que la F.E.F. hubiese puesto un candado a la incorporación de extranjeros. ¡Cuántos negocios hubiese podido hacer, sin aquella barrera! Por eso, quizás, decidió probar suerte haciéndose con los derechos federativos de cuantos jóvenes con teórica proyección se le pusieran a tiro. Antes de que echase a rodar el balón la temporada 1969-70, obtuvo de Jaime Planas, por ejemplo, mandatario saliente del Atlético Baleares, los derechos de Sancho, Parma, Tauler, Tomás y Taberner. Otra vez, un presidente con necesidad de hacer caja y cobrarse antiguos préstamos, antes de plegar velas. Los cuatro primeros acabaría traspasándolos al Deportivo de La Coruña -por más que varios no pasaran del aprendizaje en su filial- y Taberner al Celta. Como además los baleáricos habían quedado en cuadro, introdujo su propia mercancía de tercer o cuarto rango.

Más o menos por esa época, Francisco Cortés fue testigo de un hecho que rememoraría mucho más tarde para el malacitano diario “Sur”. Durante una cena con el matrimonio Barinaga, a la que también asistía Guijarro, éste, medio entre bromas, llegó a alardear de haber adquirido una granja porcina, bautizando a los animales con el nombre de directivos que le habían chafado distintos negocios.

Pocas razones tenía para hacerse el mártir, pues no debieron ser muchos sus fiascos. En todo caso supo resarcirse tan pronto fue historia (1973) el veto importador. Por cuanto al volumen de facturación obtenido con los torneos, valga el siguiente dato: Durante el verano de 1972, es decir un año antes que nuestros clubes de 1ª y 2ª División quedasen autorizados a apalabrar un máximo de dos extranjeros, montó nada menos que 14: Ibérico de Badajoz (del 26 al 28 de junio); Teresa Herrera de La Coruña (a primeros de agosto); Ciudad de La Línea, a pie del peñón gibraltareño (4 al 6 de agosto); Naranja valenciano (9 al 12 de agosto); Costa Brava en Gerona (12 y 13 de agosto); Costa del Sol, malagueño (13 al 15 de agosto); Conde de Fenosa, en La Coruña (12 y 20 de agosto); Joan Gámper, barcelonés (22 y 23 de agosto); Villa de Madrid (mismas fechas); Ramón de Carranza gaditano (26 y 27 de agosto); Ciudad de Vigo y Festa D´Ellig, en Elche (idénticas fechas que el Carranza); Ciudad de Santander y Villa de Bilbao. Por si fuera poco, tuvo también a su cargo la gira recaudatoria del Real Madrid.

Fue en lo tocante a contratar, o intermediar entre futbolistas y clubes, donde comenzó a tener problemas. Primero porque, acostumbrado a hacer cuanto le venía en gana, empezó a pecar de altanería y descuido. Y segundo porque su aval de la UEFA, aquel que supuestamente le permitía “con todas las de la ley contratar futbolistas”, tampoco daba para tanto.

Las cosas ya habían comenzado a torcérsele en 1971, aunque entonces nadie, y mucho menos él mismo, pareciese advertirlo. Ese año, las secuelas de un suceso tan terrible como el asesinato a puñaladas de Antonio Rodríguez López, presidente del ya extinto Club Deportivo Málaga, situaron al muy activo intermediario bajo los focos. Y no porque tuviese algo que ver con el crimen, sino porque conforme algunas hipótesis apuntaron, pudo ser utilizado para vaciar la tesorería malagueña.

Cuestiones de esta índole suelen añadir plomo a unos pasos obligatoriamente sigilosos.

Pese a todo siguió colocando futbolistas, ajeno a la percepción de cambios claramente siluetados. Si ya con el traspaso de Lorenzo desde el Real Valladolid al Granada, surgió alguna arista, después, cuando intervino en la venta de Rubén Cano (Elche C.F.) al At. Madrid, los ilicitanos echaron a faltar 2 millones de ptas. en la liquidación definitiva. Protestaron, sí, aunque sin interponer denuncias. La “omertà” del balón funcionaba aún.

¿Acaso Luis Guijarro empezaba a cobrar comisiones a la parte vendedora, como otros harían bastante más tarde, bajo mano y mediante sociedades interpuestas? Pues no. El descuadre respondía a una razón más simple.

Desde principios de los 70, España se embarcó en una desaforada carrera inflacionista. La subida del petróleo tuvo parte de culpa, como el turismo, cuyo crecimiento imparable y tantas veces carente de ordenación, propiciaba bolsas de rentas opacas a un fisco dotado de escasos medios. Pero también la tuvo otra devaluación monetaria, la enésima, empeñada en hacer competitivos los productos de un país donde los sueldos ascendían hasta lo nunca visto. El fútbol tampoco fue ajeno a esa inflación. Cada vez se pagaba más al fichar primeras figuras y éstas, conscientes de que el derecho de retención podía jugarles luego una mala pasada, exigían enormes emolumentos. Si a eso añadimos que casi todos los clubes vivían al borde del precipicio, con serias dificultades para atender gastos corrientes como luz, desplazamientos o material deportivo, tendremos la ecuación completa. Fichar no al contado, sino a plazos, fue adquiriendo carácter de costumbre. Y ahí surgían los problemas.

Puesto que muchos clubes seguían exigiendo el pago a tocateja, urgidos por la necesidad de emplear siquiera una parte en sustituir al traspasado, Guijarro se ofrecía a comprar las letras emitidas por el comprador, presentarlas al descuento en su banco y hacer entrega del importe al club vendedor. De parte del dinero acordado, en realidad, pues descontaba por sistema los gastos bancarios, aunque este punto nunca hubiese asomado durante la negociación. Con tipos de interés altos, conforme correspondían a un I.P.C. superior al 10%, los clubes, modestos o no, se encontraban sin estrella y sin ese millón y medio o dos millones que tanta falta les hacía. El Elche C.F. prefirió callar, quién sabe si ante la perspectiva de que otros analizaran sus propias contrataciones de sudamericanos, a menudo envueltas en profundos misterios. En cambio otros, como el Real Valladolid, no lo hicieron.

Convencidos de que si alguien debía correr con algún gasto en el traspaso de Díez al At. Madrid, no eran ellos, sin los mandamases del Atlético, desde Valladolid elevaron su queja ante la F.E.F. Y como nadie moviese ficha en este ente, su denuncia llegó hasta la U.E.F.A. En enero de 1978, el máximo organismo europeo daría por visto tan pintoresco rompecabezas. Guijarro, utilizado por los madrileños para intermediar, a cambio de un 10 % sobre el importe del fichaje, con tope en medio millón de ptas., percibió sus honorarios al sustanciarse la operación. Luego, contraviniendo cualquier lógica, los costos del crédito bancario precisado por el At. Madrid -pues crédito son y eran, en el fondo, las letras al descuento- se habían cargado al club de Pucela. Y no era aquella su primera fechoría. Justo un año antes la U.E.F.A. ya le había apercibido, luego de recibir otra denuncia desde el Sabadell por chanchullos semejantes cuando incorporaron al balcánico Djordjevic.

A primeros de febrero, “El País” destapaba los vínculos que ataban a presidente y vicepresidente “colchoneros”, con el inefable Guijarro: los tres eran socios en una industria dedicada a la elaboración de zumos.

Como las desgracias suelen llegar encadenadas, el presidente de Boca Juniors sumó su propia denuncia por no abonársele lo acordado al colocar a Trobbiani (Elche C. F.) y fichar del At. Madrid al infortunado brasileño Bezerra, que por cierto, cuando entró en España, tiempo atrás, lo hizo como falso oriundo y además argentino, apellidándose Becerra. Ante tal cúmulo de quejas bien fundadas, el hombre que pocos meses antes pretendía llevar hasta el torneo Costa del Sol nada menos que al Cosmos de Pelé y Beckenbauer, si el mito brasileño continuaba con los neoyorquinos, comenzó a sentirse bajo la espada de Damocles.

Bezerra al remate, con el At Madrid, cuando todavía era Becerra. La mediación de Guijarro en su salida del club “colchonero” señaló el principio del fin para el brillante intermediario.

Bezerra al remate, con el At Madrid, cuando todavía era Becerra. La mediación de Guijarro en su salida del club “colchonero” señaló el principio del fin para el brillante intermediario.

¿Qué había sido de la “acrisolada formalidad, seriedad en los contratos y honradez profesional”?. Quien “si debiera aconsejar a alguien le diría: Ten en cuenta que sólo se engaña una vez”, parecía haber olvidado su propia norma: “La verdad por delante”. El nuevo Guijarro poco tenía que ver con aquel a quien entrevistase Hernández Petit, ocho años antes. De la complacencia en sí mismo, dejándose mecer en una fama concienzudamente ganada a través de miles y miles de kilómetros, descendía al bochorno de ver cómo se le retiraba la acreditación. Porque el 24 de mayo de 1978, reunido el Comité de Concesión de Licencias Agentes U.E.F.A. en Estambul, se acordó anular la suya. El texto de la notificación recibida cuando mayo declinaba, firmado por el secretario general de la U.E.F.A., Hans Bangerter, fundamentaba esa decisión “al quedar comprobada su intervención en el traspaso de jugadores”.

Tal cual.

Porque resulta que ni aquel carné, ni los estatutos de la F.E.F., tan al día ambos como el hacha de piedra, facultaban para contratar futbolistas.

Así rezaba el Artículo 118 del Reglamento de Jugadores entonces vigente para nuestra Federación: “Se prohíbe en los cambios de clubs de jugadores, la intervención de agentes o intermediarios que no sean directivos o funcionarios de los clubes interesados. La infracción de esta disposición será sancionada con multa al club de 1.000 a 5.000 ptas. Si se probasen las irregularidades, el club no podrá inscribir al futbolista durante los siguientes 2 años, y los directivos implicados sancionados con suspensión de entre 2 y 5 años”. Los intermediarios salían de rositas, al carecer de reconocimiento federativo.

Fantástico. El más activo, prestigioso y rico intermediario desde el despunte de los 50 hasta 1978, había actuado ilegalmente durante toda su carrera, cabalgando sobre la complacencia de Federación Española, A.F.A. y U.E.F.A. ¿Acaso estos organismos vivían en una burbuja? ¿Ni un solo miembro de aquella Federación sita en Alberto Bosch, se acercaba al kiosco, sintonizaba la radio o se dejaba embelesar por las primeras pantallas en blanco y negro? En la colección de quien suscribe figuran 93 referencias a Luis Guijarro, procedentes de medios impresos. Y esas 93 citas, noticias o documentos, probablemente no representarán ni un 5 % del total. Muestras, por otro lado, absolutamente diáfanas:

“Madrid.- Salió por el aeropuerto internacional Madrid-Barajas, hacia Roma, Luis Guijarro. Su marcha a Italia está relacionada con la posible adquisición de los servicios de Helenio Herrera para un club español”.

(”La Vanguardia”, 22-IV-1971)

“Buenos Aires, 2.- Las autoridades del club de fútbol local Chacarita Juniors no han definido aún la situación del jugador García Cambón, pretendido por los clubes españoles Madrid y Barcelona. Anoche vencía la opción otorgada al empresario Luis Guijarro, para que el Madrid decidiese sobre la cuestión”.

(Nota de Alfil, 3-VII-1971)

“Pasó por Madrid, camino de Oviedo, el jugador yugoslavo Milan Djoric, último fichaje hasta el momento del club asturiano. Según la cantidad abonada, millón y medio, se trataría de “uno de los fichajes más rentables realizados por un equipo español con jugadores extranjeros”. Djoric, que ha jugado hasta ahora como defensa derecho en el Estrella Roja de Belgrado, y ha sido catorce veces internacional con su país, tiene 28 años, está casado y según noticias oficiosas percibirá 600.000 ptas. en concepto de sueldo y primas anuales. Su traspaso se llevó a cabo en Madrid a primeros de este mes, por mediación del conocido agente Luis Guijarro, después de que su equipo interviniera en el Trofeo Ibérico”.

(Nota de agencia, 27-VII-1973)

“Madrid 10.- Carnevali, adscrito a la Unión Deportiva Las Palmas, llegó ayer a Barajas acompañado de su esposa e hijo. Por su parte, Hugo Lizárraga, que hasta ahora perteneció al Quilmes de Argentina, llega a Madrid para ponerse en contacto con Luis Guijarro, quien al parecer le tiene buscado puesto en un equipo de primera división francés”.

(Alfil, 11-X-1973)

“Málaga, 6.- Esta mañana ha circulado insistentemente por los medios futbolísticos malagueños el rumor de que la baja del jugador Vilanova, de nacionalidad argentina, había sido vendida al intermediario Luis Guijarro, desde el C. D. Málaga, en 14 millones de ptas., para que él pueda transferirlo al equipo que crea conveniente. El rumor se completa con el detalle de que el Sr. Guijarro habría entregado en Madrid millón y medio como anticipo al presidente del Málaga don Rafael Serrano Carvajal, para hacer frente al pago de nóminas a los jugadores correspondientes al mes de mayo. Al parecer, es el Hércules C. F. quien fichará a Vilanova”.

(Nota de agencia recogida por casi todos los diarios, 7-VI-1975)

Rodolfo Vilanova, que conste, nunca ingresaría en el Hércules. Cumplió durante ocho temporadas con el uniforme albiazul de La Rosaleda, hasta hacer el viaje de vuelta a Huracán, su club de origen. Que el Málaga adeudaba dinero a la plantilla es rigurosamente cierto.

La reacción de Guijarro ante su caída a los infiernos, fue inmediata: “Apelaré. Y confío recapaciten sobre la injusticia que conmigo se está cometiendo”. Aquella apelación, entendida de antemano como inútil, incluía sendos escritos de At. Madrid y Elche C. F., manifestando haber realizado los traspasos de Bezerra y Trobbiani de forma directa, sin intervención de ningún intermediario.

Al menos Guijarro podía contar con 20.000 francos suizos en su cuenta corriente. Los que entregara como depósito al obtener la certificación de U.E.F.A., pues una vez perdida tendrían que devolvérselos. Además, ¿quién iba a impedirle seguir ejerciendo? No sería el único en trapichear sin carné. Prudente, en cambio, y dado que muchos de “sus” torneos eran posibles gracias al dinero de ayuntamientos y diputaciones, hizo creer que las riendas del negocio pasaban a su hermano Enrique.

Pero si los torneos empezaban a dar muestras de agotamiento, su crédito personal tampoco es que cotizase como antaño. Entre la jungla de comisionistas emergentes, no faltaban súbditos del señor Monipodio, tipos de mala ralea, capaces de vender a cualquiera por un plato de lentejas. Y él tuvo algún pirata como colaborador de cabecera, que acabó poniéndole en evidencia.

Iba a empezar la campaña 1978-79, cuando el C.D. Málaga pretendía completar su plantilla con el yugoslavo Petkovic, recomendado por un Guijarro ya sin titulación. Gestionaría todos los trámites con el O.F. Belgrado y la Federación balcánica cierto colaborador suyo por aquella zona, llamado Toni Markovic, el mismo que le proporcionase otras transferencias anteriores. Desde Málaga partió Manuel García Campos hacia el Hotel Yugoslavia, comisionado por el presidente andaluz. Pero pasaba el tiempo y a Petkovic parecía habérselo tragado la tierra. El propio presidente albiazul, Serrano Carvajal, justificó el plante tras charlar con Guijarro: Ese chico vivía una espantosa tragedia familiar. El domingo, víctimas de accidente, fallecieron su madre y una hermana. El páter familia, desesperado, acababa de ahorcarse. Y Petkovic, en pleno ataque depresivo, había ingerido un tubo de barbitúricos y se hallaba en coma. Bonito cuento de terror, porque mientras García Campos paseaba nervioso por el vestíbulo de su hotel, contrato en mano, quien debería firmarlo se hallaba en Francia, rebosante de salud, suscribiendo su compromiso con el Troyes. “L´Equipe” lo recogía al día siguiente, en primera plana.

Si Luis Guijarro no estaba ya fuera de onda, lo parecía.

Entre quienes se disputaron su cetro, hubo casi de todo. Fernando Torcal, hombrecito grueso y rechoncho, a sus 39 años y con metro y medio de estatura, creció antes que los demás, organizando torneos, giras amistosas y partidos diversos, casi con la credencial de U.E.F.A. prendida en la solapa. Otros no le anduvieron muy a la zaga. Minguella, Zoran Veckic, Santos… Un mundo de tiburones, como pudieron comprobar este último y el bueno de Chus Pereda. Santos cuando tras cruzar caminos con un compañero de actividad, lo invitó a su casa navarra. Por la mañana tuvo ocasión de sorprenderlo revolviéndole los papeles del despacho. Pereda, el interior que marcase a la URSS en la Eurocopa del 64 y diera el pase del segundo tanto a Marcelino, procuraba rebajar el precio de dos brasileños cuando escuchó a quien actuaba a favor del F. C. Barcelona una lapidaria reconvención “¡Chusín, el precio lo pongo yo!”. Precio al alza, no nos engañemos, según se dijo y escribió. Ambos costaron un disparate y fracasaron; sobre todo uno de ellos. Incluso Nuria Bermúdez, títere de la televisión más alienante y hedionda todavía no hace tanto, quiso ser, y fue, representante de jugadores. Al menos tuvo por pupilo a Dani Güiza mientras ambos compartieron relación sentimental.

El New York Cosmos nunca fue un gran equipo, pero el brillo de sus gastadas estrellas, con Pelé a la cabeza, hizo de él pieza codiciada para los torneos veraniegos que organizaba Guijarro. No se decidió a contratarlo cuando el delantero brasileño anunció su retirada. Sin él perdían los neoyorquinos toda su capacidad de arrastre.

El New York Cosmos nunca fue un gran equipo, pero el brillo de sus gastadas estrellas, con Pelé a la cabeza, hizo de él pieza codiciada para los torneos veraniegos que organizaba Guijarro. No se decidió a contratarlo cuando el delantero brasileño anunció su retirada. Sin él perdían los neoyorquinos toda su capacidad de arrastre.

Poco se supo de Guijarro, o de los Guijarro, incluyendo al hermano, desde que Luis se retirase a burladeros. En Junio de 1980 sonó como improbable candidato a la presidencia del At. Madrid, junto al joyero Enrique Busián y el entonces político de UCD Enrique Mata. Los 28.000 socios de la entidad parecían aguardar a otros valientes, y parte de la prensa sintetizaba las posibilidades del ya antiguo agente con un “parece que se le ha pasado la hora”. Sólo el veteranísimo Gilera en su Meridiano Deportivo, columna no menos veterana de “ABC”, solía evocarlo de cuando en cuando, allá por los 90. El 12 de julio de 1996, tiempo, como verano que era, de grandes torneos en el pretérito, llegó a escribir: “La F.E.F. debió concederle una medalla especial al Mérito Futbolístico-Económico, porque condujo a la construcción de un puente de verano en el que los clubes se inspeccionaban a sí mismos, revisaban su plantilla de jugadores y preparaban el equipo”.

Guijarro disfrutó de una jubilación dorada desde la terraza del Ulía, frente a la playa de Poniente, en Benidorm. De cuando en cuando se dejaba caer por el hotel que regentara Osterreicher, a quien venían a ver, de tarde en tarde, los que como Puskas habían coincido con él por mor del fútbol. Pero seguro que echó a faltar el abrazo de cuantos tras sonreír en las fotos, esmeraban su letra no queriendo emborronar la dedicatoria. Demasiados autores de loas ingenuas, rebuscadas o hasta poéticas, ni quisieron molestarse en garrapatear su adiós, llegada la hora.

Lástima que este hombre nunca encontrase ganas o tiempo para redactar sus memorias.

Al menos, que se sepa.

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