Fútbol y toros

Resumen

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Un interesante recorrido por el atávico antagonismo entre el fútbol y los toros en España. Dos espectáculos que atraían multitudes y que tuvieron que aprender a convivir. Con el paso del tiempo el deporte ha alcanzado una preponderancia impensable en tiempos pretéritos.
Abstract

Keywords: Bullfightings, Antagonism, Controversy, Football, History, Spain

An interesting journey on the atavistic antagonism between football and bullfightings in Spain. Two entertainments followed by multitudes that had to live with each other. With the passing of time the sport has reached a prevalence unthinkable in the past.

Artículo
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Así, a primera vista, se podría pensar no existe tanta distancia entre dos mundos como la que separa a los del balón y el toro. Habrá incluso quien los considere antitéticos, desconociendo, quizás, sus distintas concomitancias durante el transcurrir del tiempo. Y eso que sus primeros encuentros a punto estuvieron de resolverse con florete, pistola y padrinos.

En 1891, sólo unos pocos snobs, vástagos de familias muy bien situadas, volvían desde Inglaterra con un balón de cuero en el equipaje, para disfrutar de sus vacaciones en familia. Eran tan pocos, que si querían disputar algún “match” no les quedaba sino armarse de paciencia, acechar el amarre de mercantes británicos y, tras la estiba, retar a sus tripulaciones. Eso, claro, si residían en localidades costeras. Porque lo cierto es en casi ninguna ciudad interior se sabía nada del “foot-ball”. Sin embargo el martes 28 de abril, un rotativo de Madrid, el “Diario de Avisos”, recogía en sus páginas un ataque en toda línea contra el por entonces desconocidísimo “sport”. ¿Razones? Pues que a raíz de las últimas tragedias acaecidas durante la lidia en nuestras plazas de toros, ciertos medios británicos venían emprendiéndola contra una fiesta entonces considerada  nacional.

“Háblase de las víctimas que ocasionan nuestras corridas de toros, y puede decirse que son menos cero comparadas con las que ocasiona el “foot-ball” en Inglaterra. Los datos estadísticos demuestran las desgracias ocasionadas por el “foot-ball” durante el año 1890, y de ellas tomamos sólo unas cuantas citas:

20 Setiembre.- J. W. Smith muere de un golpe.

27 Setiembre.- J. Basford muere de un golpe en el vientre.

4 Octubre.- E. Doodge, varios golpes y muerto.

11 Octubre.- J. Nicholson fractura complicada; muerto.

18 Octubre.- Raine, caída y brazo roto.

1 Noviembre.- Wilson, nariz rota. Smith, golpe recibido y muerto. J. Miller, peritonitis por golpe y muerto. W. Sugg y E. Jones, heridas graves.

12 Noviembre.- H. Walters, jugador de los más reputados, muerto.

Etc., etc.”

Sin duda queriendo dejar bien sentada la tesis, el mismo anónimo redactor, según sugiere su estilo, volvía a la carga el lunes 29 de junio. La perla que rescatase Fernando Arrechea, buceando por las hemerotecas, es pura golosina:

“¡Válganos Dios, y qué atrasados de noticias andan esos colegas! Si supieran que en la Plaza de Toros de Madrid, desde que existe, no llegan a veinte los toreros muertos o inutilizados en ella, y que pasa tiempo y tiempo sin que la necrología taurina aumente, ¿qué dirían? Cualquiera de esas filfas que aplauden esos sensibles ultrapirenaicos produce más víctimas que muchas corridas de toros. Algunos de esos juegos que arrebatan por ahí fuera, llevan al sepulcro en una estación más gente que todas las corridas habidas y por haber. Si no, ejemplo al canto.

Dice un colega de provincias: Se ha publicado una estadística de los accidentes causados por el juego del “foot-ball”, tan apasionadamente seguido por los ingleses, y resulta que tal diversión ha ocasionado en la estación última 23 muertes, 47 roturas de brazos y piernas y 27 heridas graves; o sea, un total de 97 personas jóvenes y robustas, muertas o estropeadas por consecuencia de una distracción harto violenta.

Comentando estos datos, un periódico inglés, el “Shefield Independent”, compara estas desgracias con las ocasionadas por las corridas de toros en España, y deduce que es menos peligroso el espectáculo taurino que el juego del “foot-ball”. Me parece que huelgan los comentarios desde el momento que un periódico inglés lo hace por nosotros.

Apunte del pintor taurino Antonio Casero, sintetizando la dicotomía fútbol-toros.

Apunte del pintor taurino Antonio Casero, sintetizando la dicotomía fútbol-toros.

Conque… queridos colegas extranjeros, los que atacáis nuestra fiesta: un poquito más de calma y a no escribir de lo que no se entiende. ¿Estamos?”.

Pues pudiéramos estar, aun pasando por alto la paternidad de esa estadística futbolera y unas más que sospechosas conclusiones para cualquier medio anglosajón, incluido el de Sheffield, cuyo nombre ni siquiera se recoge correctamente. Podríamos, si en el mismo diario, y hasta compartiendo la misma plana, no se acogiera una crónica del festejo correspondiente a la 12ª de abono en el coso madrileño, con 6 toros de D. José Orozco lidiados por “El Gallo”, Luis Mazzantini, y Ecijano. Entonces los caballos de pica recibían al morlaco sin la más mínima protección, convirtiendo el primer tercio en una orgía de sangre y vísceras al aire. Valga, como resumen, el resultado de aquellos encuentros:

El primer toro desmontó cuatro veces a los picadores, mató un rucio, y uno de los varilargueros hubo de pasar por la enfermería, apreciándosele conmoción cerebral y contusiones en la cara. Después de que el 2º no causara grandes destrozos, el 3º desmontó dos veces a los picadores en sus 5 encuentros, matando dos caballos. El 4º aguantó siete puyas, derribó dos veces a los piqueros y “despachó un jamelgo”, como literalmente  recogía aquel cronista. El 5º acabó con dos caballos más. Nada sabemos del 6º, puesto que “salió a las siete, hora en que abandonamos la plaza” Corrida, por cierto, calificada de regular. A propósito de Ecijano se afirmaba: “apenas repuesto de la cogida que sufrió en Bilbao, pasó al toro con desconfianza y por tirarse cuarteando le resultó la estocada baja”.

El “foot-ball”, claro, era “una distracción harto violenta”.

Pero no acabó ahí el encono de los taurinos sobre cuanto se relacionara con el fútbol. Más adelante hasta la prensa partidaria, la alumbrada para propagar ideología, antes que noticias, se sumó al acoso y derribo. Y ya no por razones patrióticas, o en defensa de la propia idiosincrasia ante cuanto se imponía desde fuera, sino más bien porque los practicantes del “foot-ball” reclamaban a sus munícipes instalaciones donde practicar su “sport”, de igual modo que los taurinos disponían de alberos. “Ahora esos jovencitos útiles para nada, pues nada han hecho ni harán desde que las cunas con dosel de seda se les quedaran pequeñas, quieren templos donde practicar esa bárbara religión de golpes, patadas y músculo violento. Como si no sobraran razones para invertir mejor unos cientos de duros. En higiene, por ejemplo. En profilaxis infantil. En albergues para obreros. Pero albergues que merezcan su nombre, no barracas con camastros desde el suelo hasta el techo”.

También los informadores específicos del redondel se sintieron amenazados, quién sabe si viendo crecer imparablemente la feligresía del balón, justo entre los más jóvenes. O sea entre quienes debieran garantizar un relevo generacional en los tendidos de sol y sombra. “Ahora resulta que el “foot-ball” no es un “sport”, sino un arte -llegaron a escribir-. Así calificaba un trompetero de la pelota, hace no demasiadas fechas, al ir y venir de manotazos, golpes, caídas farragosas y carreras, porque los “foot-ballers” corren y corren, aunque seguramente no lleguen a ningún tren. ¿Y qué son sus practicantes? ¿Artistas del mandoble y el pescozón? ¿De la patada violenta? Mejor les vendría meditar sobre lo que de ellos se espera, como jóvenes con todo el futuro por delante. Descubrirían que el arte es otra cosa. Un lienzo de Sorolla, de Fortuny o Zuloaga, por ejemplo, un soneto clásico, cualquier romanza de clerecía rasgada al laúd o la guitarra. Y a lo mejor, también, que hay más arte en la colocación de un perfecto par de arpones, en una estocada magistral o un buen redondo, que en todas las redondeces de su pelota. Pero aconséjenles cuidado, porque el ejercicio mental también requiere adiestramiento. No sea que por precipitación lastimen tan sin par intelecto”.

Parece que desde lado futbolero rara vez se respondía a los ataques. Prudente estrategia, pues si en algo aventaja la lidia al deporte rey, tanto antaño como ahora, es en el verbo grácil de sus cantores de gesta. Las plumas deportivas, directas y frías como un bisturí, estuvieron y siguen acreditándose reñidas con la rebolera estilística, o esos caireles y alamares poéticos, pasto habitual entre prosistas taurinos.

Lo cierto es que a unos y otros no les quedó más remedio que convivir. Porque a medida que el deporte importado se extendía de ciudad en ciudad, no pocos campos acababan improvisándose junto a las plazas de toros, por la elemental razón de que muchos cosos solían hallarse en los extrarradios. Naturalmente, tanta proximidad dio pie a una sucesión de anécdotas, como la protagonizada por Manuel Bueno Fernández, antiguo portero del Racing de Córdoba, Sevilla, Gimnástico de Valencia, Nacional madrileño, Betis y Cádiz, conserje del Mirandilla y Cádiz C.F. tras colgar guantes y rodilleras.

Durante muchos años, hasta que el mandatario gaditano Manuel Cilleruelo le proporcionase un puesto como empleado municipal con derecho a vivienda, Bueno habitó en una casetilla del propio estadio, donde nacería, por cierto, su hijo Manolín, excelente extremo izquierdo oscurecido durante 12 años en el Real Madrid (1959-71) por un eterno Paco Gento. Cumpliendo sus funciones, a veces debía acudir a la lindante plaza de toros, para recuperar balones impulsados fuera del cercado. Y puesto que el roce no siempre desemboca en cariño, ambos conserjes se llevaban mal. Una tarde, el empleado de la plaza se negó a devolver el balón, asegurando le tenían harto con tanto pelotazo. Y Manuel Bueno, cediendo a la ira o con mucha sorna sevillana, le espetó: “¡Pues háganse a la idea de que cuando se les escape un toro nosotros tampoco se lo devolveremos!”.

Manuel Bueno Fernández (20-I-1912) transpiraba fútbol por cada poro. Y no ya porque el club merengue abonase 1.200.000 ptas. de 1959 cuando incorporó a su hijo, internacional B, pese a tantas tardes calentando banquillo, sino porque su hija también acabó casándose con otro hombre de pantalón corto: el guardameta Ignacio.

Manuel Fernández-Cuesta, fundador de “Marca” y “El Ruedo”.

Manuel Fernández-Cuesta, fundador de “Marca” y “El Ruedo”.

Tauromaquia y fútbol, si no firmaron la paz, como mínimo irían encadenando treguas. Las ferias de Sevilla, Valencia, Madrid, Logroño, Salamanca o Zaragoza, entre otras, coincidían con la campaña liguera. De modo que a la fuerza debían coordinar horarios. Muchos ocupantes de tribuna, además, tan pronto despuntaba la primavera sustituían sus abrigos de cuello vuelto por americanas con clavel en la solapa y pañuelo inmaculado, dispuestos a exigir la oreja desde su asiento en los tendidos. Por ende, personajes acostumbrados a lucir en bodas, bautizos y funerales, procesiones de Semana Santa o visitas del Caudillo, perejiles válidos para cualquier salsa, tan pronto se enrolaban en la directiva del club de fútbol local como ejercían de taurinos con voz y voto en las juntas administrativas. El Real Betis supo no ya de carismáticos toreros entre lo más granado de su afición, sino integrados en el máximo órgano rector. Algo semejante iba a ocurrir en el Recreativo de Huelva, bastantes años después, cuando un conocido empresario taurino quiso acceder a su presidencia. Mientras se dejaba querer y no hacía ascos a la llamada de los medios, también pulsó la opinión del elenco onubense. Uno de aquellos jugadores, decidido, le espetó sin ambages: “A ver si sale presidente y nos pone a todos fichas de toreros, que aquí la pelota no da pa ná”. Flemático, el postulante le respondió: “Eso está hecho, hombre. Claro que como los toreros, deberíais hacer sólo tres el paseíllo, y no once. Da para más repartir entre pocos, aunque no sé yo si la Federación y tus compañeros estarían muy de acuerdo”.

La  misma prensa acabaría aflojando tiranteces. Algo bastante lógico, cuando una misma editora, y hasta un único director, empuñaba al unísono el timón de “El Ruedo”, principal referencia taurina, y del deportivo con mayor tirada, como era “Marca”. Ocurrió con ambas cabeceras desde su fundación hasta el prematuro fallecimiento de Manuel Fernández-Cuesta Merelo (1899-1945), personaje al que a veces sólo se ha querido recordar por su afiliación falangista, en desdoro de otros méritos personales.

Hijo de un médico militar y hermano de Raimundo Fernández-Cuesta, ministro de Justicia y Agricultura con Franco, así como Secretario General de Falange y del Movimiento, prefirió vivir un tanto alejado de los cenáculos políticos. Licenciado en Medicina, estuvo ejerciendo como pediatra hasta ceder a la vocación periodística, primero en las redacciones de “El Imparcial” y la revista “Estampa”, y durante la Guerra Civil coordinando “Unidad”. Desde San Sebastián sacaría adelante los primeros números del semanario gráfico “Fotos” (febrero de 1937) y “Marca”, semanario también al principio (setiembre de 1938), mientras aún se derramaba sangre en los frentes. Ya en Madrid transformó “Marca” en diario, al tiempo que proseguía su labor creadora: “Escenario” y “Celuloide”, a partir de secciones especiales de “Marca”, y “El Ruedo” (1944). Tanto éste, como “Fotos” y el periódico deportivo, le sobrevivieron ampliamente, pues si el semanario gráfico estuvo en los kioscos hasta 1963, el taurino lo hizo hasta el 77. Todavía hoy, “Marca” continúa muy vivo.

Otro intelectual íntimamente conectado a estos dos universos fue José Mª de Cossío y Martínez-Fortún (Valladolid 25-III-1892 – 24-X-1977), autor de un monumental tratado sobre la lidia y su historia. Cossío fue alumno de Giner de los Ríos mientras se licenciaba en Derecho, y de Miguel de Unamuno al cursar Filosofía y Letras. Como maestros de tal calado por fuerza han de marcar, acabaría cuajando como nuevo hombre del Renacimiento. Con José Bergamín fundó la revista “Cruz y Raya”, sin por ello desatender otros trabajos de revisión histórico-literaria -“Los toros en la poesía”, por ejemplo- estudios sobre la obra de distintos autores, y una caudalosa contribución original. Premio Fastenrath de la Real Academia, durante la primavera de 1935 contrató al poeta Miguel Hernández para que le ayudase en su ingente tarea de recopilación, previa a redactar “Los toros”, encargo de Espasa-Calpe y aún hoy referente ineludible. Dicha obra iría apareciendo espaciada, en cuatro volúmenes, desde 1943 hasta 1961.

Su vida fecunda se tradujo en una constante recepción de premios y honores: Miembro de la Real Academia, presidente honorario del Club Taurino, Hijo Adoptivo de Santander, medalla de plata de la provincia de Madrid, socio de honor en la Unión de Bibliófilos Taurinos, miembro honorario del Instituto Venezolano de Cultura Hispánica, Gran Cruz de Isabel La Católica…

Y también presidente del Racing de Santander entre 1932 y 1936, desmontando esa extendida afirmación sobre el desinterés con que la intelectualidad nacional habría tratado siempre al fútbol.

La distensión entre el mundo del cuero y el del estoque, montera y franela, atribuible más a Fernández-Cuesta que a Cossío, fue concretándose en hechos que por su tinte pintoresco alcanzaban rango de noticia. Ocurrió con Enrique Román, futbolista por la mañana y torero por la tarde, nada menos que en la mismísima Maestranza.

Sevillano del barrio de El Porvenir, alternó desde niño sus dos aficiones por calles, patios y descampados. Delantero centro en el equipo del barrio, se integró en el de Educación y Descaso, pues estaba adscrito al Sindicato -vertical, claro- de Cafés, Bares y Bebidas, como trabajador en una modesta cantina familiar. En 1948 sus goles contribuyeron a convertir en campeón de España a ese equipo y, fruto de la euforia, sus responsables decidieron federarlo -las competiciones de Educación y Descanso no pertenecían al ámbito federativo- bajo el nombre de Juventud. Siempre en el eje del ataque, siguió goleando. Y en agosto 1950 volvía a enriquecer su palmarés, como campeón regional. El mismísimo presidente de la Federación Andaluza de Fútbol le entregaba por la mañana el trofeo, y a primera hora de la tarde, para su inmensa sorpresa, tuvo que vestirse de luces porque uno de los anunciados se rajó en pleno sorteo, ante el trapío de sus morlacos. Cinco novillos hubo de despachar, como cabeza de cartel. Primero, tercero, cuarto, quinto y sexto, puesto que sus compañeros de terna visitaron la enfermería, heridos de consideración. “Llevo tiempo toreando por pueblos, en plazas de menor importancia, como para perderme salir a la Maestranza -dijo a los periodistas, secándose el sudor-. Estaba cansado, pero ni muerto me hubiese perdido el paseíllo”.

A fuer de sinceros, y aunque el público le aplaudió cariñosamente, su labor no desató el entusiasmo de ningún crítico: “Empeño pundonoroso de un  torero en embrión, con buenas hechuras pero todavía falto de clase”, escribieron. Uno, incluso, añadía consoladoramente: “Le hace falta placerse, pero todo se andará”. Él, por su parte, prefería mirar hacia el lado positivo: “Al menos, ni un solo aviso en cinco novillos de Guadalest, pese al calor, el cansancio y los nervios”. Calor, desde luego, hubo para regalar. Nada menos que 52 grados al sol y 41 a la sombra cuando recibía las llaves el alguacilillo. “Tuvieron que despegarme del traje de luces”, confesó, mientras le aseguraban que el gerente de la plaza iba a darle otro festejo. “Acabé deshidratado”.

Enrique Román, sin embargo, tampoco es que se hiciera grandes ilusiones. Su comentario de despedida retrataba a alguien con los pies muy bien plantados en el suelo: “Antes me haré rico de futbolista, que como matador. Porque para hacerse torero hay que gastar muchos cuartos, cuando no se es un fenómeno”.

Durante los años 40 y 50 del siglo XX no era raro ver a estrellas del balón participando en festivales taurinos con finalidad benéfica. A partir los 60 sus clubes les irían prohibiendo no sólo las capeas, sino el esquí o montar en moto. Joaquín, Raúl González o Sergio Ramos tuvieron que contentarse con capotazos de salón en sus celebraciones.

Durante los años 40 y 50 del siglo XX no era raro ver a estrellas del balón participando en festivales taurinos con finalidad benéfica. A partir los 60 sus clubes les irían prohibiendo no sólo las capeas, sino el esquí o montar en moto. Joaquín, Raúl González o Sergio Ramos tuvieron que contentarse con capotazos de salón en sus celebraciones.

No fue Román el único futbolista con coleta. También por Sevilla, otro deportista más multidisciplinar alternaba las zapatillas de atletismo con sus botas de tacos y la puya de varilarguero. Cincuenta años después, a modo de paréntesis entre una de sus retiradas y reapariciones, Jesulín de Ubrique fue portero en la entidad de su pueblo. Y si a mitad de recorrido no hubo otro cancerbero vestido de luces, fue porque su padre le puso las cosas muy claras siendo adolescente. Se llamaba Juan Antonio Muñoz Torres, pero el mundillo del balón nos lo dejó simplemente en “Juano”.

Natural de Los Barrios, Cádiz (20-X-1962), e hijo de un picador del máximo nivel, desde niño le tentaron más el capote y los bordados en oro que el balón de reglamento. Puesto que interviniera en alguna tienta informal, parece que alguien le fue con el cuento al padre, viajero, habitualmente, de feria en feria. No debió pasar la cosa del amigable y bienintencionado: cuida bien del chaval, que ese sí va para torero. Pero como el páter familia tenía otros planes para su progenie, llegó a casa hecho un basilisco: “En esta casa no van a entrar más cuernos que los míos -dijo, muy serio-. Así que aplicaos el cuento”. Juano, desde ese instante, tuvo que optar por el balón. Tres años en el Algeciras y dos en la Balompédica Linense precedieron a su ingreso en el ya extinto Club Deportivo Málaga, con cuyo cuadro ascendió a 1ª División la campaña 1987-88. Era suplente cuando un golpe fortuito en la cabeza se llevó la vida de Gallardo, víctima de un derrame cerebral días después de abandonar el lecho hospitalario. El 20 de enero de 1989, luego de no haberse presentado a algunos entrenamientos y con baja médica por depresión, negoció su baja sin haber debutado entre los grandes, dispuesto a recalar otra vez en “La Balona”.

Nada tenía de raro que la chavalería soñase con vueltas triunfales por el redondel, durante los años 60 y 70 del pasado siglo, pues eran los toreros, al menos las primeras figuras del escalafón, quienes adquirían dehesas, cortijos y fincas extensísimas, antes de cortarse la coleta. Y toreros también quienes lucían cochazos de seis metros, aquellos que durante el decenio anterior, el del hambre atrasada y los últimos coletazos del estraperlo, fueron bautizados como “Haygas” porque sus compradores se plantaban ante el concesionario exigiendo: “¡Enséñeme usted el auto más grande que “hayga!”. Huelga añadir, igualmente, que solían ser toreros quienes otorgaban el sí ante el altar a “mises” de España, folclóricas y mujeres despampanantes, cuando unas y otras venían a ocupar el actual papel de modelos y presentadoras televisivas. Sólo Zoco y Pirri, compañeros de línea media en el Real Madrid “ye-yé”, invirtieron moldes casándose respectivamente con María Ostiz, cantante de cierto éxito, y la actriz cinematográfica Sonia Bruno. Los futbolistas de entonces, sin excepción, quedaban económicamente a años luz de cualquier matador con 60 festejos por temporada.

Según cierta simplificación muy lúcida, en el mundo del toro se contó en pesetas hasta Manolete, quien empezó a firmar por miles de duros. Manuel Benítez “El Cordobés”, apenas hubo tomado la alternativa instauró el millón por corrida. A base de acortar distancias, comportarse como un gladiador y herir la sensibilidad de los más puristas con sus saltos de rana, amasaría un fortunón. Por supuesto, ni el más popular de nuestros futbolistas se aproximaba a semejante nivel. Ni a los contratos de Diego Puerta, Paco Camino, Palomo Linares o Fermín Murillo, figuras de distinto perfil desde el arranque de los 60 hasta que la turista 6 millones hollara Son San Juan, y la masiva proliferación de bikinis inundase piscinas y playas. Una breve digresión disipará cualquier duda.

Paco Gento, el español mejor pagado de nuestra Liga en 1960. Los matadores mejor situados en el escalafón casi multiplicaban por 4 sus ingresos. Al retirarse, en 1971, su contrato ascendía a 3 millones, primas aparte. Entonces muchos toreros del montón hubiesen tomado esa cifra como simple propinilla.

Paco Gento, el español mejor pagado de nuestra Liga en 1960. Los matadores mejor situados en el escalafón casi multiplicaban por 4 sus ingresos. Al retirarse, en 1971, su contrato ascendía a 3 millones, primas aparte. Entonces muchos toreros del montón hubiesen tomado esa cifra como simple propinilla.

Pese a que en 1960 buena parte de nuestros clubes comenzaban a no hacer pública su vinculación económica con las máximas estrellas, aún cabía conjeturar cifras, a partir de indiscreciones, entrevistas con intermediarios, libros de actas e incluso memorias de dirigentes. En base a ello, un Di Stéfano ya en declive rondaba los 3 millones y medio anuales. Kubala, inmerso en una curva todavía más descendente, percibía en torno a dos y medio. El brasileño Evaristo, entonces en el Barcelona y más adelante en el Real Madrid, sumaría al 31 de diciembre 2 millones raspaditos. Cifra a la que también se abonaban Puskas, Kocsis y Czibor. Didí, en cambio, por aquello de haber sido mejor jugador en el Mundial de Suecia, los superaba con 2 millones y medio, aun contando poco en el equipo “merengue”. Tampoco era ya muy utilizado el argentino Rial, pese a frisar los 2 milloncitos, unos billetes menos que el uruguayo y compañero suyo Santamaría. Los brasileños Walter y Joel (Valencia) y Vavá (At. Madrid), no pasaban del millón y medio, lo mismo que Luis Suárez, futuro y hasta hoy único Balón de Oro español. Entre compatriotas de pura cepa, o lo que es lo mismo descontando a los nacionalizados, el futbolista mejor pagado era Gento, con 750.000 de ficha, sueldos mensuales de 15.000 y alrededor de un millón por primas, que sumado a la “calderilla” de la Federación cuando representaba internacionalmente al país, arrojaría un saldo próximo a los 2 millones. Tras él, aunque a mucha distancia, Zárraga (1.750.000), Segarra (millón raspado), Enrique Collar (900.000) y Del Sol (750.000). Ramallets, Marquitos, Mateos, Campanal, Gensana, Olivella y Peiró, ni siquiera alcanzaban esa cifra.

Dos millones de ptas. en 1960, se antojaban una barbaridad. Y hasta las 750.000 de Luis Del Sol, con sueldos mensuales de 4.000 entre empleados de banca, 2.300 para dependientas de comercio, las 5.000 de un jefe de negociado con veintitantos subalternos a su cargo, o las 9.500 de un catedrático de Instituto, incluyendo quinquenios, pluses y puntos de ayuda familiar. Pero es que en 1965 “El Cordobés” no bajaría de los 34 ó 36 millones, luego de correr con los gastos de su cuadrilla y antes de someterse al cedazo de Hacienda.

Durante ese mismo 1960, tomado aquí como referencia, los obispos redactaron una declaración colectiva de apoyo a los obreros, “porque tienen remuneraciones a todas luces insuficientes”. John F. Kennedy vencía en las elecciones conducentes a la Casa Blanca, fallecía Clark Gable, uno de los grandes seductores en la pantalla, y según estadística fechada el 30 de diciembre, el parque nacional de vehículos ascendía a 290.519 automóviles, 554.894 motocicletas, 147.365 camiones y 11.992 autobuses. O sea 300.000 coches, incluidos taxis y vehículos oficiales, para 30 millones y medio de españoles. También a tenor de otra estadística, la tasa de analfabetismo se situaba en el 10,35%. Pero más terrible aún, el 6,7% de esos analfabetos contaban entre 20 y 24 años. Varios meses después los obreros de Altos Hornos iniciaron una huelga en Sagunto -las huelgas eran ilegales, no lo olvidemos, y quien las secundara podía verse en la cárcel- reclamando 100 pesetas diarias como salario mínimo. Vamos, que soñaban con 3.000 mensuales.

Plaza de toros cordobesa, aquella tarde en que estrenó su marcador simultáneo. A los puristas del toro les sentó mal una intromisión tan futbolera.

Plaza de toros cordobesa, aquella tarde en que estrenó su marcador simultáneo. A los puristas del toro les sentó mal una intromisión tan futbolera.

Hasta la reapertura fronteriza a jugadores extranjeros, en 1974, y sobre todo hasta que no comenzó a airearse el contrato de Johan Cruyff con el Barcelona, las cosas cambiaron poco. Luego ya sí. Asensi, Pirri o Migueli, conscientes de que su rendimiento no era inferior al de Netzer, Sotil, Ayala o Heredia, apretaron las tuercas a sus juntas directivas. Pero aún con todo, “El Pireo”, otra estrella efímera del redondel, si bien meteórica, muchacho finito y sonriente, con aspecto de no haber roto nunca un plato, seguía multiplicando por 7 u 8 el saldo de nuestros internacionales en su cuenta corriente.

Y mientras tanto, algo venía anticipándonos que la pujanza del fútbol acabaría imponiéndose a los dineros del toro.

En setiembre de 1955, una noticia desconcertante saltaba a la prensa: “Por primera vez en España ha funcionado el marcador simultáneo en un coso taurino”. Ocurrió en Córdoba, y “los viejos aficionados protestaron ante la intromisión”.

Aquel domingo, el Córdoba venció al Iliturgi por la mañana, en medio de un calor sofocante, ante mucho público y con un palco ocupado, además de por ambas directivas, por el máximo mandatario de la Andaluza, Sr. Buiza, el jefe de la Mutualidad Regional, doctor Leal Castaños, y Sánchez-Pizjuán, presidente del Sevilla C.F. Vencieron los locales y el público, según las crónicas, se divirtió. Tanto llenazo en el palco obedecía a la inauguración de la Feria de Otoño y la posibilidad de asistir, tras buen almuerzo, a una novillada con prometedor cartel. Allí, antes de que sonaran clarines y timbales, surgió la gran sorpresa. “¿Por qué en una plaza de tanta solera como la cordobesa, por donde desfilaron sus mejores toreros: Machaquito, Lagartijo, El Guerra o Manolete.?, se condolía un cronista, antes de añadir: “El fútbol lo invade todo, y esta tarde el nuevo en la plaza fue el marcador simultáneo”.

A penas un año antes, en octubre de 1954, los rectores del C.D. Lugo y de la plaza de toros local, refractarios a cualquier negociación, se enredaron en una pintoresca subasta mediática, tratando de ocupar sus respectivos graderíos. Ambos había fijado para el domingo, a la misma hora, una novillada con los diestros Lizarazo y Romero, “colombiano y sevillano” según rezaban los carteles, y el partido liguero de 3ª División entre el Lugo y el Santiago. Como los 52.000 lucenses de la época no daban para alimentar plaza y campo, desde ambos lados se recurrió al quién da más. Acceso gratuito a menores de 14 años acompañados de padres o familiares, a cargo del promotor taurino, y entrada libre a señoras y señoritas, solas o acompañadas, por iniciativa del presidente del club. Éste, incluso, dispuesto a no dejarse comer terreno, estuvo pregonando su oferta durante toda la mañana desde dos coches con altavoces. Y es que llovía sobre mojado. Por culpa de la competencia taurina, el Lugo ya había convertido en matinal su choque ante el Turista vigués, resintiéndose fuertemente la taquilla. Así que su presidente no estaba dispuesto a seguir transigiendo. Si a eso se añadía la mala marcha deportiva del conjunto, luego del pobre nivel mostrado por los sustitutos de ocho puntales durante el ejercicio anterior, y añadir las lesiones  de Sánchez, Tito y el ex céltico Tolín, lo único que les faltaba era saltar a un campo semidesértico. En el fútbol, ya se sabe, suele valer todo con tal de soltar el farolillo rojo.

La cosa acabó como probablemente imaginen: desastre en ambas taquillas, el empresario del toro anunciando que si nadie lo remediaba aquel sería su último festejo, y el C.D. Lugo confiando en la recuperación de lesionados para abandonar el último puesto. Raquítico y desconsolador empate a cero.

El reglamento del balón-tauro iba acompañado de este croquis, incluyendo medidas y todo tipo de detalles.

El reglamento del balón-tauro iba acompañado de este croquis, incluyendo medidas y todo tipo de detalles.

En junio de 1959 la agencia “Cifra” suministró a los medios una curiosa fotografía sobre la plaza de toros de Plasencia, dividida en dos por la línea de centro, para improvisar un redondel desmontable en una de las mitades. Imagen destinada al rincón de humor, cuyo pie de foto suele airear la sorna más o menos inspirada de los redactores jefes. El diario “Marca” no quiso pasar de largo ante tal curiosidad, y amén de explicar que quien citaba de muleta al becerro, con la derecha, era un alumno de los Hermanos Maristas, buscaba similitudes en aquella ocasión que la plaza de toros rondeña amaneció con sendas porterías, para servir de escenario a un partido de “futbito”. Además, dándoselas de entendido y purista, añadía: “Es bueno que por el área de penalti, en lugar de correr el balón, la patada y el fuera de juego, corran alumno y becerro, para que además el toreo le marque un gol al fútbol. Pero lo que ya no está bien en la conquista del campo de fútbol es que el alumno dé uno de esos muletazos por la espalda, que viene a ser lo que un globito en el fútbol cuando el jugador centra desde fuera, despreciando meterse en la boca del gol, donde hay poder, hule, ¡y triunfo!. Esta conquista de un campo de fútbol debería ser firmada con la mano izquierda”.

Cuando todo esto ocurría, ya nadie se acordaba del híbrido más curioso y abracadabrante entre fútbol y tauromaquia. Intentó introducirlo tiempo atrás, a partir de octubre de 1945, un burgalés experto en otras hibridaciones no menos esperpénticas. Respondía al nombre de Rafael Casado Llop, era conocido practicante de hockey, fútbol, baloncesto y esquí, pero, por encima de todo, un experimentador nato. Tiempo atrás redactó los reglamentos del patín-tiro, mezcla de baloncesto y patinaje sobre ruedas, y el balón-bici, mix de ciclismo, fútbol y balonmano. Lo último, el balón-tauro, para cuyo intento de introducción no regateó visitas a redacciones, peñas taurinas y concejalías de festejos. “El balón-tauro amalgama lo más interesante del fútbol y los toros -manifestaba-. Y además de divertir al espectador, cubriría muchas fechas en que las plazas de toros quedan libres, al no albergar corridas o novilladas”.

Según sus explicaciones, el juego-espectáculo se dividía en tres fases: la primera sólo con balón; la segunda, de fútbol y toreo, y la tercera de toreo puro. Los equipos se componían de 7 miembros y, como es natural, se necesitaba un novillo, eral o utrero. Cada uno de los dos equipos respondía a esta alinación: portero, dos defensas, un medio y tres delanteros, amén de un suplente por bando. Dirigiéndolo todo, el árbitro auxiliado por un anotador y otro cronometrador, a las órdenes de un presidente, que tampoco era cosa de no respetar la reglamentación taurina. Las porterías resultaban idénticas a las de balonmano. Tras veinte minutos de partido a campo redondo, pues el albero ejercería de “estadio”, el presidente ordenaba la suelta del morlaco. Esta segunda parte, de sólo cinco minutos, quedaba consagrada a arrancadas de los delanteros, fintas al torete y, es de suponer, revolcones más o menos serios. Durante el último tercio, cada par de banderillas prendidas por lo menos durante cinco segundos equivalía a un gol sobre los ya anotados. Y, por supuesto, el encargado de estoquear al animal sería el capitán de uno de los equipos.

Otros puntos del reglamento prohibían tomar el olivo mientras campease a sus anchas el novillo, si no mediaba autorización arbitral. Tampoco podía penetrar nadie en el área de tiro, si no era conduciendo el balón desde fuera. Y lo más importante, se penalizaba tirar a dar al becerro con la pelota. Un jugador con tres faltas debía ser inmediatamente sustituido por el suplente, y para sacar de banda su lanzador debía poner un pie en el estribo. Los penaltis, en fin, se ejecutaban con el pie, desde la misma distancia que en el fútbol.

El balón-tauro tuvo su puesta de largo en la plaza de toros burgalesa el 3 de octubre del 45, merced al apoyo de la Peña Taurina. Se midieron dos modestos locales: el Club Deportivo Victoria y el Deportivo San Pedro. “Quise haberlo hecho antes, con jugadores de la Gimnástica Burgalesa -reconoció el “inventor”-. Pero al hallarse preparando la temporada, desde el club no se lo autorizaron. Espero que tanto los jugadores del Victoria como los del San Pedro den la talla. Los he preparado convenientemente y están en condiciones de exhibir buen juego, aunque no sé si serán aceptables toreros, pues los ensayos se han hecho utilizando una bicicleta”.

Corría Mayo de 1960, preludio de “isidradas” en el coso madrileño, cuando el gran Orbegozo sumó su aportación a la connivencia del fútbol con los toros.

Corría Mayo de 1960, preludio de “isidradas” en el coso madrileño, cuando el gran Orbegozo sumó su aportación a la connivencia del fútbol con los toros.

La Gimnástica Burgalesa fue la entidad más representativa de la capital castellana, convertida, a partir de 1947-48, en Burgos C.F.,  dando paso al Real Burgos en 1983-84, tras su traumático hundimiento financiero. Cuando también este club volvió a naufragar, dejando tras sí un ingente pasivo, José Mª Quintano recuperó el nombre de Burgos C.F. para otro proyecto sin nada que ver con los fenecidos. La respuesta a si tuvo o no éxito el balón-tauro podría llegarnos envuelta en interrogaciones. ¿Acaso alguien vio, o le contaron, que un día, en algún coso de la comarca, catorce futbolistas se las entendieron con balón, porterías y torete de por medio? Pues eso…

Para ser tan aparentemente antagónicos, no faltaron tangentes entre los planetas del fútbol y el toro. Todos sabemos que Messi, Neymar, Andrés Iniesta o Cristiano Ronaldo, podrían hacerse hoy con la mejor dehesa sin un pestañeo. Y que cualquiera de estos, en un año, engrosará su caudal hasta niveles que el más aclamado lidiador ni imagine. Además, desde muy distintos foros y enarbolando banderas de amplio espectro, múltiples voces claman por cerrar con candado las puertas de toriles. Un solo partido puede congregar ante el televisor a más público que el de todas las corridas celebradas en plazas de Primera durante 365 días. Por ende, las marcas comerciales se rifan a las estrellas del cuero y huyen del estoque, los garapullos y la comezón del miedo.

El otrora poderoso universo de la franela se bate en retirada, mientras un fútbol elefantiásico, absorto en sus balances ficticios y reñido con la afición, los valores eternos y esa mística que lo hiciese grande, se empeña en transformar el globo terráqueo en un inmenso balón publicitario. Pero cuidado. Las mastodónticas especies del jurásico y pleistoceno perecieron, víctimas de su desmesurado gigantismo.

Son los torreones más altos, al derrumbarse, quienes provocan el mayor estrépito.

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