Juan Gardeazábal: Su Majestad El Arbitraje

Resumen

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Artículo en el que se rinde homenaje a la figura de Juan Gardeazábal, uno de los mejores árbitros en la historia del fútbol español.
Abstract

Keywords: Gardeazábal, Referees, Spain, Football, History

An article that pays tribute to the figure of Juan Gardezábal, one of the best referees in the history of Spanish football.

Artículo
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Aunque el fútbol no se conciba sin balón, dos equipos y un árbitro, pudiera parecer que éstos habitan, y hasta pertenecen, a hemisferios del todo ajenos. Basta ojear cualquier trabajo sobre la historia de un club, competición nacional o internacional, para colegir que si se cita a colegiados será reviviendo nefastas labores, la “adulteración” de algún resultado, dando por válidos goles discutibles o mediante el escamoteo de un penalti, y hasta, a veces, convirtiendo al juez en impulsor de graves quebrantos al orden público. Los buenos arbitrajes, porque también los hubo, sin duda, y muchos, no deben formar parte de la historia. Por el contrario, presidentes señeros, futbolistas estrella y acontecimientos varios, reciben el reconocimiento que sin duda merecen.

A los árbitros parece no reservárseles otra función que la de sufrir. Aguantar insultos, ver su nombre en la prensa, al día siguiente, junto a un cicatero “correcto”, si la tarde se le dio bien, o “acertado”, cuando no cabe reprocharle ningún error. Si estuvo poco diligente o los jugadores le engañaron, habrá una completa pormenorización de errores, junto a descalificaciones lapidarias, tipo: “esperemos no volver a verlo en mucho tiempo”; “Se ensañó con el equipo”; “Descalifica a su colectivo”. O “desafina hasta cuando no silba”, tal y como recogió literalmente un periódico norteño, hace tiempo(*). Y todo ello envuelto en sentencias de forofos distinguidos, ex figuras a quienes se entregó su columnita, o entrenadores con la víscera cardiaca desbocada: “Así será difícil mantener la categoría, pues nunca se equivocan a favor”.

Son tantos los factores que juegan hoy en su contra…

La televisión, después de varias repeticiones desde distintos ángulos, proporciona a los comentaristas su última palabra: “Se equivocó en el gol y dos fueras de juego; lo importante, pitado al revés”. Desde este mismo medio, donde tanto apellido insigne viene asomando, apenas si se ha reparado en la gran Cenicienta de nuestro deporte. Tocaba, pues, reparar el déficit. Y probablemente haya pocas maneras mejores de hacerlo que evocando a Juan Gardeazábal Garay, quizás el mejor árbitro español, al tiempo que gran desconocido para cuantos no frisen, como mínimo, la sesentena.

Nacido en el barrio bilbaíno de Begoña (27-XI-1923) sería conocido por casi toda la geografía balompédica como Juanito, por más que pocos mereciesen tanto un trato de Don. Delgadito, casi enclenque a primera vista, con piernecitas que semejaban dos juncos a merced del viento, su estampa forzosamente llamaba la atención, cuando aún podían verse linieres de noventa y tantos kilos, con barrigas de “bon vivants”. Pero engañaba. Fibroso y bien entrenado, hasta el punto de ejercitarse a veces junto a la plantilla del At. Bilbao, resistía los 90 minutos sin alejarse demasiado del cuero. Y es que hasta en eso era distinto a otros muchos, pues entonces no era tan raro dirigir casi con telescopio. Si se vistió de negro fue, en parte, a causa de la amistad que le unía a notables árbitros vizcaínos de los 40, como Mazagatos, Crespo e Incera. Había jugado en varios equipos juveniles hasta que una lesión de menisco lo retirase, como a tantos otros de su época. “¿Por qué dices que el deporte acabó para ti? -le animaron-. Los árbitros también somos deportistas. ¿Nunca has pensado pasarte al gremio del silbato?”. Parece estuvo dándole alguna vuelta, sin decidirse del todo. Hasta que la casualidad lo hiciera por él.

“Un amigo me comentó su intención de presentarse en la Federación Vizcaína, para probar suerte con el silbo -evocó, siendo ya objetivo de la prensa-. Le acompañé picado por la curiosidad, y mira”. Aquella tarde escuchó muy serio las loas del reclutador, no muy distintas a las del centurión romano en tantas correrías de “Astérix” -con suerte disfrutarás mucho, viajarás, conocerás mundo y ganarás dinero- para acabar rellenando su propia instancia de admisión.

Su debut se produjo en un Ceberio – Zamudio de Tercera Regional, la temporada 1946-47. Y desde ahí pasó como un meteoro por esos campos con barro hasta los tobillos, sin duchas en las casetas, porque eran eso, casetas y no vestuarios, o con duchas pero sin agua caliente, encadenando ascensos a razón de uno por campaña. La temporada 50-51 se estrenaba en categoría nacional, con un Sestao – Santander, en el campo de Las Llanas, correspondiente a 3ª División. Al año siguiente lo hacía en 2ª, con un Gimnástica de Torrelavega – Club Deportivo Logroñés. Y en 1952, seis años después de enfundarse la chaquetilla negra, ya estaba en Primera División, irrumpiendo con buen pie en un Coruña – Sevilla. Apenas 24 meses más tarde recibía la escarapela internacional.

Juanito Gardeazábal. Sus puños y cuello blanco dibujando un pico sobre la chaquetilla, así como la rodillera, recuerdo crónico de su lesión juvenil, llenaron toda una generación futbolística.

Juanito Gardeazábal. Sus puños y cuello blanco dibujando un pico sobre la chaquetilla, así como la rodillera, recuerdo crónico de su lesión juvenil, llenaron toda una generación futbolística.

Cierto que en su paseo por el escalafón se vio favorecido al implantar Armando Muñoz Calero, presidente de la Federación Española, el límite de edad a los árbitros. Muñoz Calero, por cierto, revolucionó nuestro fútbol durante los tres años y medio que estuvo al frente del organismo (desde mayo del 47 hasta octubre del 50). Porque además de crear la Mutualidad de Futbolistas, la Escuela Nacional de Preparadores y la de Árbitros, impuso a los equipos la numeración de camisetas, transformó los postes rectangulares de las porterías en ovalados, evitando en parte los hasta entonces frecuentes cortes por impacto y lesiones óseas; autorizó la sustitución del portero si mediaba algún percance del titular, antes que otras muchas asociaciones foráneas lo imitasen; y hasta tuvo suerte con la selección nacional, rubricando un histórico cuarto puesto en el Mundial brasileño de 1950. Pero mediando poda arbitral entre los veteranos, o sin ella, Gardeazábal se hubiese abierto camino casi a la misma velocidad, puesto que interpretaba el reglamento mejor que nadie.

Tras heredar del colegiado Trapote su plaza internacional, con tan sólo dos años de bagaje en 1ª, debutó como linier en un Francia – Bélgica, y ya como juez supremo en un Escocia – Portugal disputado durante 1955. Entonces había pocos partidos internacionales. Tres, cuatro, o como mucho cinco al año por cada selección, exceptuando los Mundiales, reservados únicamente a 16 finalistas. Y por supuesto muchísimos menos enfrentamientos entre clubes que hoy, porque las Copas de Europa y de Ferias se dirimían mediante eliminación automática, a doble vuelta. Pues bien, aun moviéndose en un campo tan reducido, estuvo a punto de alcanzar el centenar de actuaciones con las escarapelas de UEFA y FIFA. Además, sustituir al ovetense Isidoro Trapote tampoco fue cualquier cosa.

El asturiano había tomado el silbato nada más acabar nuestra Guerra Civil, interviniendo durante el ejercicio 1939-40, tanto en partidos locales como en choques de 3ª y hasta de 2ª División. Aquella campaña del debut hasta lo vería formando un trío arbitral en la primera Copa del Generalísimo. Sin embargo el ascenso a la máxima categoría se le hizo largo, pues hasta 1949-50 no iba a pitar un Celta – Málaga. Medalla de plata y Oro, concedidas por la Federación Española de Fútbol, a poco de arrancar el Campeonato 1952-53 notificó que se iba, no del arbitraje, sino de España. Unos parientes lo habían reclamado desde Venezuela, entonces tierra de oportunidades, y hacia allí partió el 3 de octubre, con toda la familia, casi mientras se anunciaba el cese de Ricardo Zamora al frente de nuestra selección, relevado por el antiguo árbitro y periodista en ejercicio Pedro Escartín. Nuestro máximo organismo deportivo, en un gesto que le honraba, movió sus hilos hasta lograr se le permitiese ejercer el arbitraje al otro lado del Océano.

Gardeazábal heredaba rango de alguien mucho mayor, que además le doblaba en experiencia. Y lo hacía casi por un atajo. Sobradas razones para acreditar que el nuevo ascenso distaba mucho de constituir un regalo. El 23 de febrero de 1959, apenas cuatro años después de estrenar escarapela, la FEF, en su reunión semanal del comité directivo, acordaba solicitar a la FIFA concediese a nuestro hombre “la insignia de oro como árbitro internacional, por cumplir las condiciones exigidas en la Reglamentación vigente”.

Su meteórica carrera no hizo sino justificar cuanto los entendidos venían diciendo de él, desde sus días en Regional. Eduardo Iturralde, trencilla afamado del periodo heroico y ancestro del hasta hace bien poco discutido Iturralde González, dijo de él: “Tiene casta y temperamento. Su serenidad impide al público conocer sus auténticos estados de ánimo. Es formidable, y encima simpático a rabiar”. Ortiz de Mendíbil, amigo y compañero de promoción, lo consideró siempre un maestro sobre el césped. Todos cuantos le trataron coinciden, o coincidían, en alabar su campechanía y sentido del humor. Hombre afable y cercano, sabía imponerse sobre el césped sin apenas expulsiones y huyendo de aspavientos o alardes para la galería. Fue la antítesis de ese protagonismo forzado y gratuito que iba a convertirse en moneda corriente años después. En pocas palabras, sabía hacerse respetar.

“Hay que distinguir el juego duro del malintencionado -aseguró hasta hartarse-. Y no son muchos los futbolistas con mala intención. Cuando aparece, es preciso erradicarla”. El futbol sueco siempre fue para él claro ejemplo de corrección: “No protestan, van a lo suyo con fuerza, pero reglamentariamente. Podrían hacer mucho daño, porque tú me dirás, con casi dos metros y unas espaldas de armario ropero, cualquier entrada suya da para descarrilar un mercancías. Y sin embargo rara vez se les va la mano”. Inquirido por Santiago Loren, redactor jefe de deportes en “El Noticiero Universal”, sobre si lo más difícil del arbitraje consistía en la aplicación instantánea de cualquier decisión, respondió con lo que pudiéramos considerar su método: “No. Lo es más mantener una personalidad y “hacerse” con el jugador. Demostrarle que quien le ha juzgado es justo, que como ser humano puede cometer errores y que le tiene controlado, por más que nada tenga contra él”. Todo eso lo hacía sin hablar apenas con los jugadores. “Porque el árbitro -argumentaba- debe limitarse a señalar las faltas sin hacer observaciones, salvo cuando sean necesarias, sin mantener el diálogo ni dar margen a la conversación. A Di Stefano le habré arbitrado unos 60 partidos y él mismo ha dicho que sólo hemos hablado para saludarnos”.

Ese método, empero, tampoco le libró de adoptar soluciones drásticas. En un tiempo sin tarjetas de amonestación y con dureza que hoy consideraríamos brutal, su media de expulsados por temporada, después de pitar casi todos los domingos, no llegaba ni a la unidad. Pero eso sí, cuando tuvo que expulsar a Ladislao Kubala, máxima estrella “culé” y hombre que junto a Di Stefano habría de revolucionar nuestro fútbol, no le tembló la mano. El propio Loren se lo recordaba. “Eran un “nueve” y un “cinco” -respondió el bilbaíno-. Pero no vi el color y ya les había amonestado antes a ambos. Expulsar es fácil. Lo bonito es llevar la nave a buen puerto”.

Años después de aquel incidente, tras el óbito de quien unánimemente fuese reconocido como mejor árbitro español hasta esa época, Julián Mir, director de “Dicen”, escribió al respecto desde Barcelona: “Era muy joven, apenas tenía treinta años, cuando tuvo la valentía de expulsar a Kubala en el célebre incidente con Oliva, ocurrido en el campo de Las Corts. Nos portamos todos, o casi todos, injustamente con él, y así lo reconocí más tarde. En un mundo donde los lentes de la pasión dominan, Gardeazábal podía, a veces, irritar al público de campo propio, pero los equipos sabían que con él, en campo contrario, no podían hallar mejor arbitraje. Gardeazábal se abstraía de públicos, de nombres, de hombres. Dejaba jugar y no temía equivocarse, pese a saber que el árbitro es el único personaje del fútbol a quien no se le perdona un error”.

Juan Gardeazábal, entre Mingorance (Córdoba C. F.) y Quirant (Elche C. F.), en el viejo campo de Altabix.

Juan Gardeazábal, entre Mingorance (Córdoba C. F.) y Quirant (Elche C. F.), en el viejo campo de Altabix.

De regreso a Bilbao y envuelto aún en la tolvanera levantada por esa decisión, se le inquirió al respecto. Y puesto que entonces los colegiados no tenían prohibido expresarse, ratificó: “Sigo pensando que obré con justicia. Quienes tanto clamaron desde el palco, o en el graderío, parece no quisieron ver lo que sucedido más abajo”. El Barcelona lo recusó por un año, tal y como entonces permitía la FEF. Una decisión que si Juan Gardeazábal hubo de acatar con disciplina espartana, siempre consideró injusta. Tanto, que durante algún tiempo también él decidió “recusar” al club azulgrana, dándose el lujo de presentar certificados médicos incapacitantes, si era designado para pitarle. Arrebatos de juventud, quizás. Luego, más maduro como persona y árbitro, hasta supo tomarse a broma sus recusaciones. Así se colige de una respuesta a Loren, para “El Noticiero Universal”: “¿Si me han recusado muchos clubes? ¡Todos!. Pero luego vuelven”. Aquel diálogo proseguía de este modo:

“- ¿Alguna vez tenían razón?

- Con la mano en el corazón, creo que no. Se ha de pensar y admitir que el árbitro actúa con la misma buena fe que el jugador defiende sus colores. Yo no pido nada más que el mismo trato que se le dispensa al jugador cuando al fallar un penalti, pongamos por caso, recibe el aliento de sus compañeros”.

El derecho a recusar árbitros acabó desapareciendo, ante el abuso en que los clubes incurrieron. La norma había nacido con el propósito de evitar incidentes, si asomaban por cualquier campo colegiados demasiado frescos en la memoria colectiva local, y entendiéndose que 12 meses constituiría plazo suficiente para la cicatrización de heridas. Todas las cabezas rectoras de nuestra Liga hicieron de la recusación simple ejercicio de protesta, cuando no fácil postureo y “ola” a su afición, enmascarando, de paso, problemas deportivos más profundos.

Aquel fútbol, además, no estaba ni mucho blindado contra la ambición malsana. Ser árbitro equivalía a robar tiempo a la familia, a los ratos libres y la actividad profesional, por muy pocas pesetas. Cada año los jugadores exigían fichas más altas, jugosas primas por victoria o empate a domicilio, premios especiales por título, electrodomésticos a cargo del patrocinador -entonces empezaba a descubrirse este mecanismo de marketing-, relojes, gafas de sol, encendedores con baño de oro… Y mientras, muy a su pesar, los colegiados veían crecer tanto dietas como derechos de arbitraje a velocidad de caracol. Panorama increíble para inspirar preguntas en torno a la conveniencia o no de profesionalizar su actividad. A una de ellas respondió de este modo nuestro hombre: “No creo que esto arreglara nada. El jugador podría pensar que encima de cobrar como el que más, mandábamos. Ahora, en cambio, encuentro más señorío y el futbolista puede incluso pensar: Pobres diablos; por poco dinero, ¿a qué vienen aquí? Es una reacción evangélica”.

Pese a todo, cuando mediaba julio de 1959 tuvo la oportunidad de abrazar una curiosa aventura “profesional”, muy jugosa económicamente, al decir de la prensa. Consistía en una invitación procedente de Brasil, para trasladarse a Río de Janeiro y dirigir, desde agosto hasta enero, encuentros correspondientes a los campeonatos Carioca y Paulista, los dos más importantes hasta que Joao Havelange pusiera en marcha el Brasileirao, es decir un auténtico y global Torneo Brasileño, aglutinando clubes de Río, Sao Paulo, Minas, Bahía, Novo Horizonte, Recife o Brasilia. Otros colegiados españoles ya habían encarado con anterioridad experiencias similares, aunque en países como Colombia o Venezuela, cuyo fútbol poco tenía que ver con el de los flamantes campeones mundiales. “La idea, en principio, no le ha disgustado, y está estudiando el plan,-recogió la agencia “Alfil”.- Por el momento ha escrito a la Federación Brasileña pidiendo más detalles y condiciones máximas”.

Éstas no debieron ser tan irrechazables como los distintos medios cacareasen, pues finalmente no hubo traslado. Pesaba más, sin duda, el sueldo de oficinista que el ansia aventurera del buen bilbaíno. En todo caso, esa muestra de interés acredita hasta qué punto gozaba de consideración internacional. Máxime observando que los brasileños pretendían, mediante invitaciones muy concretas, elevar el nivel de su producto autóctono.

Nunca fue hombre ambicioso, por más que a su alrededor se movieran muchos billetes. Acostumbrado a ver pasar ante sus ojos dinero ajeno, como el cajero de empresa que era vistiendo de civil, se daba por satisfecho con cuanto tenía. Otros, bien al contrario, parece aceptaron más de un soborno, según pudo acreditarse dos o tres lustros más tarde, tras estallar un soberano escándalo como consecuencia del cual dos colegiados dejaron de silbar, y a Camacho, futbolista de cierto relieve antes de colegiarse, lo expulsaron sin nota aclaratoria ni admisión de réplica. También durante los 60 se hablaba de eso, de que pudiera pasar, de que quizás pasase…

“-¿Han intentado sobornarle alguna vez?” -le preguntaron cierta tarde en Barcelona. Y su respuesta salió así de la rotativa: “Tengo mala memoria y siempre miro hacia adelante.

En Bilbao, sin duda sintiéndose mucho más en ambiente, fue claro y explícito a su regreso de Milán, donde acababa de pitar un partido de Copa de Europa. Se había presentado en su habitación un magnate, familiar directo del presidente local, con joyas para las esposas del trío arbitral. Sus ayudantes, los que iban a seguir el juego desde la banda, se miraron antes de cederle la respuesta con un gesto mudo. Juanito no se lo pensó: “Me parecen preciosas -dijo-. Pero en mi tierra tenemos la costumbre de entregar los sobornos durante el sorteo del campo, con los dos capitanes delante”. Desconcertado, el visitante tomó sus estuches y salió dando un portazo. Aquella fue la última vez que Gardeazábal pitó en Italia.

Durante sus 15 años como internacional estuvo presente en tres fases finales del Campeonato Mundial, dirigiendo no ya partidos de la fase previa, sino enfrentamientos a cara de perro, en pos de la final. En el Mundial de Suecia (1958) dirigió un Francia – Irlanda del Norte, correspondiente a Cuartos de Final. En Chile (1962) el que enfrentó a los locales con Yugoslavia, para el tercer y cuarto puesto. Y en Inglaterra (1966) el URSS 3 – Corea del Norte 0 en el estadio del Middlesborough, y otro URSS – Hungría en Sunderland, de Cuartos de Final. Al margen de los Mundiales también arbitró la Copa Intercontinental de 1967, donde el Celtic de Glasgow se hizo con el título derrotando al Racing de Buenos Aires por un apretadísimo 1-0. De todas esas experiencias extrajo experiencias que él convertiría, fiel a su carácter, en anécdotas.

Al “Chato” Iraragorri, por ejemplo, amigo con quien solía compartir buenos ratos, le espetó: “Si los húngaros hubiesen tenido al portero del Iturrigorri, hubiesen quedado campeones del mundo”. El histórico modesto vizcaíno tenía entonces un portero del que se aseguraba llegaría lejos. La prensa local, y sobre todo el desaparecido vespertino “Hierro”, incidían con regularidad en la mina de oro que los del Iturrigorri acababan de encontrar en su cancerbero. A la postre, ese chico no llegó ni tan alto ni tan lejos como sus incondicionales apuntaran. Pero el guardameta húngaro fue garbanzo negro en su muy bien armado conjunto, “cantando” de lo lindo. A su regreso de Londres, donde había pitado a Corea, sensación inesperada tumbando a la potentísima Italia de Mazzola, y sobre todo al ponerse por delante ante Portugal, 0-3, nada menos, en su choque de Cuartos. Eusebio, Coluna, José Augusto, Torres, Graça o Simoes, magníficos jugadores en una selección que venía practicando excelente fútbol, sudaron de lo lindo para enderezar el marcador con un 5-3 final. Y puesto que había dirigido a los asiáticos en la primera fase, comentó sin inmutarse: “No sé si conmigo cambiaron a seis o siete en el descanso. Los miraba y todos me parecían iguales. Además en el minuto 85 corrían como si acabasen de saltar al campo”.

Los Li Chang Myung, Shin Yun Kyoo, Pak Doo Ik, Im Seung Hwi, Pak Seung Zin, Li Dong Woon y compañía, aún derrotados, acababan de pasar a la historia.

Bromas aparte, si algo lamentaba de verdad era no pitar a “su” Athletic, por pertenecer al Colegio Vizcaíno. “Lo tengo asumido” -argumentó a menudo, por ser esa pregunta fácil recurso de sus entrevistadores-. Pero me haría mucha ilusión, claro”. Pues bien, hasta ese sueño secreto lograría ver cumplido, al dirigir el choque con que los rojiblancos homenajeaban a su más laureado entrenador, míster Ferdinand Pentland.

Aproximándose ya al retiro, dejaría traslucir cierta nostalgia. “De los árbitros de la vieja guardia sólo quedamos 2: el húngaro Zolst y yo”. Para su compañero húngaro siempre tuvo los mejores elogios: “Zolst es el mejor, sin duda”. Humildad e hidalguía, las suyas, pues nunca dio la impresión de ser inferior, técnicamente.

El de México (1970) hubiera debido ser su cuarto Campeonato Mundial, estableciendo así una marca poco menos que imbatible. Estaba seleccionado para tan magno acontecimiento, y además se aseguraba iba a acabar pitando la final, como tributo a uno de los más grandes. Y es que cumplidos los 47 años reglamentarios, le tocaba irse después del torneo, sin alharacas, con su eterna naturalidad. Por desgracia, su salud comenzó a resquebrajarse.

Gardeazábal caricaturizado por K. Toño Frade. Rememoraba aquí la expulsión de Kubala en Las Corts.

Gardeazábal caricaturizado por K. Toño Frade. Rememoraba aquí la expulsión de Kubala en Las Corts.

Primero contrajo una meningitis en Sevilla, de la que pudo recuperarse. Luego, dirigiendo un choque Córdoba – Granada, acabó con rotura de costillas, consecuencia de una salvaje agresión. Así narró, muy a su manera, tan impresentable suceso: “Acababa de empezar el partido cuando, de pronto, sentí un fuerte dolor en la espalda. Un “hincha” que según se vio después estaba bastante “alumbrao”, me había lanzado una botella”. Este tipo de barbaridades, entonces, se resolvían con sanción liviana para el club anfitrión y dos meses de baja para el infortunado trencilla. Imperaba la gratuidad total. Aquella lesión, además, se le reprodujo mientras pitaba un Milán – Standard de Lieja, correspondiente a la Recopa Europea. “Me persigue la mala suerte”, se quejó ante unos cuantos amigos.

Razones tenía al condolerse, puesto que el mal estaba ya atrincherado en su interior. Cuando dirigió en Madrid la final del Torneo Internacional Banesto, entre las selecciones de España e Italia (15-VI-1969, resuelto con victoria española por 3-1) nadie podía imaginar que estaba arbitrando su último partido. Poco después tuvo lugar la intervención quirúrgica descorazonadora, puesto que el cáncer, bastante extendido, resultaba intratable para la Medicina de ese tiempo. Según distintas fuentes, parece que su familia prefirió mantener mientras pudo la mentira piadosa. Pero no era tonto y a medida que transcurrían los meses fue dándose cuenta.

No pudo, siquiera, iniciar el Campeonato 1969-70. El bilbaíno Infante, juez de línea en el que fuera último partido del maestro, gran amigo personal, tenía que hacer acopio de fuerzas al visitarle, para no derrumbarse. “Hace vida relativamente normal -comentaban sus más íntimos-. Se levanta, ve la tele…” Luego llegó la morfina para aliviarle los dolores de estómago y vientre. Y el 21 de diciembre de 1969, invierno brumoso y tristón, como aquellos de un Bilbao envuelto en sempiterno sirimiri, su llama se apagaba definitivamente.

Aunque el deceso era predecible desde hacía meses, la prensa deportiva pasó ante él sin grandes muestras de condolencia. “Marca” y “El Mundo Deportivo” apenas le dedicaron 16 líneas. El barcelonés “Dicen” sí fue más justo. E Incluso un diario todavía joven, como “AS”, recogiendo un suelto algo más extenso de Bacigalupe. “La Vanguardia” también quiso estar a la altura. Curiosamente, los honores llegaban desde prensa de la ciudad condal, la que ardiese de indignación desde las mismas rotativas con el envío de Kubala a vestuarios, antes de tiempo. Antonio de Rojo, desde su púlpito en Radio Bilbao, fue el primero en pedir se le dedicara un homenaje: “Sobre todo ahora, que se ha ido con la llave de la despensa”, sintetizó textualmente.

Catorce meses después, el 21 de febrero de 1971, la idea tuvo su plasmación en San Mamés, con muy aceptable asistencia. De entrada se disputaron dos tiempos de 30 minutos cada uno, entre veteranos de Castilla y Vizcaya. Entre los castellanos figuraban un buen puñado de estrellas: el portero González, Rivilla, Casado, Pachín, Atienza II, Mateos, Félix Ruiz, Miguel Jones, Peiró, Atienza I… Por el bando vizcaíno, Orúe, Rentería, Etura, Arteche, Koldo Aguirre, Maguregui o Fede Bilbao, probablemente fuesen los nombres más conocidos. Jesús Garay, begoñés, como Gardeazábal, no pudo vestirse de corto, conforme pretendía, al estar lesionado. Y a continuación, ya para dirimir los 90 minutos reglamentarios, el partido de verdad, entre sendos combinados de Cataluña, o militantes en clubes de esa región, y una selección vasca. Estas fueron las alineaciones:

CATALUÑA.- Sadurní; Rifé, Pini, Paredes; Lico, Torres; García Soriano, Carbonell, Zaldúa, De Diego y José María. Tras el descanso, Amiano Montesinos y Palau sustituyeron a Zaldúa, Pini y De Diego.

SELECCIÓN VASCA.- Zamora; Irusquieta, Echeberría, Guisasola; Estéfano, Santamaría; Arámbarri, Marañón, Ansola, Rojo II y Ortuondo. Deusto, Zugazaga, Lema, Araquistáin, Urtiaga e Ibáñez sustituyeron respectivamente a Zamora, Irusquieta, Echeberría, Ansola, Rojo II y Arámbarri.

Aunque en estos casos lo de menos es el resultado, Cataluña se impuso al combinado vasco por 2-0, ambos tantos obra del no mucho después infortunado De Diego. Lico, y las intermitencias de José María, estuvieron entre lo mejor. Por cuanto a los veteranos -Castilla se impuso 1-0-, Pachín brilló con luz propia. La máxima emoción no hizo acto de presencia durante el juego, sino al salir el trío arbitral, acompañado por un joven espigado y enteco, luciendo galas de trencilla: Gardeazábal junior. José Mª Ortiz de Mendíbil, designado para dirigir el encuentro, cedió simbólicamente silbato y autoridad al chaval en el sorteo de campos, pitido de inicio y durante unos instantes de peloteo tranquilo, con toda seguridad pactado por los contendientes. Al retirarse, devuelto el silbo a su propietario, la vieja “catedral” pareció estremecerse con una de sus más cariñosas ovaciones.

Juan Ignacio Gardeazábal, de 13 años, hijo del homenajeado, recibe de Sadurní un banderín antes de que el balón echase a rodar.

Juan Ignacio Gardeazábal, de 13 años, hijo del homenajeado, recibe de Sadurní un banderín antes de que el balón echase a rodar.

El acto contó, además, con la presencia de numerosas personalidades futbolísticas. Ricardo Zamora Martínez, mito de los años 20 y 30, en representación del Real Club Deportivo Español. Edmundo Suárez Trabanco, “Mundo” durante su extensa trayectoria en el Valencia C. F. y los banquillos, en nombre del fútbol levantino. Ricardo Rossón, presidente del Sabadell, como delegado de la expedición catalana. El antiguo árbitro Azón… La viuda de Juanito Gardeazábal, acompañada por la esposa del colegiado vizcaíno Pelayo Serrano y varias amigas, pensaría desde el palco, quizás, que al fallecido le hubiese gustado sentir tanto cariño cuando aún estaba en condiciones de agradecerlo. ¿Por qué nos empeñaremos tan obstinadamente en hacer de estos actos iniciativas póstumas?.

Según las primeras cuentas, sumando a la recaudación lo aportado por diversas instituciones, se rebasaría largamente el millón. “A ver si llega a los dos millones de ptas.”, expresó el cronista de “La Gaceta del Norte” oculto en sus iniciales, J. M. de B. Barcelona, Español y Sabadell, los tres clubes catalanes entonces de Primera, además de ceder desinteresadamente a sus jugadores entregaron un óbolo de 100.000 ptas. Valga como referencia que en 1971, los empleados de banca, oficinas y despachos, solían liquidar entre 14 y 16.000 mensuales, netas.

Gardeazábal se fue con la Medalla al Mérito Deportivo, concedida por la Delegación Nacional de Deportes en su categoría de plata. Plata para el mejor árbitro conocido hasta entonces en nuestro fútbol. Cabría preguntarse a quién reservaban el oro. Años después, el consistorio bilbaíno acordó bautizar una calle en el barrio de Santutxu como Árbitro Juan Gardeazábal. Y a Javier Clemente, muy prometedor futbolista atlético cuando aquel hombre de negro aún correteaba por los campos o se debatía en la enfermedad, debió quedársele grabado el titular con que, desde una emisora de radio local, se despidiese al colegiado. Sólo así se explica que lo rescatara, no hace tanto, evocando a nuestro protagonista.

Juan  Gardeazábal Garay no fue sólo un hombre más del silbato, cuando a estos aún se les conocía sólo por su primer apellido. Gardeazábal fue, simple y llanamente, “Su Majestad El Arbitraje”.

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(*).- La belicosidad con el trabajo arbitral probablemente alcanzó su cénit en octubre de 1960, a raíz de un encuentro Valencia – Mallorca disputado en Mestalla. El periódico mallorquín “La Última Hora” tituló a toda página su crónica con un explosivo: “Blanco Pérez 2 – Mallorca 1”. Y para finalizar la misma, en el capítulo de alineaciones recogía esta del Valencia C. F.: “Blanco Pérez; Blanco Pérez; Blanco Pérez, Blanco Pérez; Blanco Pérez, Blanco Pérez; Blanco Pérez, Blanco Pérez, Blanco Pérez, Blanco Pérez y Blanco Pérez”. Al margen de la desconsideración que ello implicaba para los futbolistas valencianos, la actuación del Sr. Blanco Pérez tampoco se antoja diera para tanta inquina. Al menos así se desprende de lo publicado en el diario levantino “Las Provincias”: “El Valencia tuvo el sábado ese partido incómodo, que cuesta ganar. Que se acabó ganando gracias a las consignas que ahora tienen los árbitros de pitar lo que sea pitable, sea donde sea. ¡Ya era hora!”.

Tendenciosidad supina en aquel Valencia - Mallorca del ejercicio 1960-61. “El equipo del Colegio Oeste se impuso con su fuerza legal al mejor brío, mayor coraje y superior entusiasmo del conjunto mallorquín”. Seguro que quienes leyeran “La Última Hora” no pensarían recibir a los colegiados en el Luis Sitjar entre aplausos y lluvia de rosas.

Tendenciosidad supina en aquel Valencia – Mallorca del ejercicio 1960-61. “El equipo del Colegio Oeste se impuso con su fuerza legal al mejor brío, mayor coraje y superior entusiasmo del conjunto mallorquín”. Seguro que quienes leyeran “La Última Hora” no pensarían recibir a los colegiados en el Luis Sitjar entre aplausos y lluvia de rosas.

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