Pedradas al fútbol femenino en España

Resumen

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Artículo en el que se narran las dificultades a las que el deporte femenino, y en particular el fútbol, se ha tenido que enfrentar desde sus inicios en nuestro país, lastrado por un paternalismo hipócrita cuando no una postura abiertamente hostil.
Abstract

Keywords: Women's Sports, Spain, Women's Football, History

An article that explains the problems that women’s Sports, and football in particular, have had to face since their origins in our country, weighed down by a hypocritical paternalism if not an openly hostile attitude

Artículo

Antaño ya se analizaron en esta publicación algunas razones determinantes del tardío desarrollo que el futbol femenino vivió por nuestros pagos. Elementales argumentos de espacio dejaron, entonces, varios puntos sin enhebrar. Déficit que ahora corregimos con éste artículo y el que, a modo de corolario, verá la luz el mes próximo.

Si en “El lastre congénito del fútbol femenino español” se partía del triunfo franquista en la Guerra Civil, y la inmediata entrega del deporte a Falange -a su Sección Femenina por cuanto al de las mujeres respecta-, aquí cabe retroceder algo más aún. Hasta Galicia durante el periodo 1921-1924, puesto que allí una chica llamada Irene no sólo ejercía como guardameta y capitán, sino que estuvo haciéndolo junto a diez varones en un equipo que llevaba su nombre, el Irene Football Club. Aunque la entidad fuese modestísima y compitiera sin federar en partidos de Feria, exhibiciones y amistosos, lo insólito del caso hizo que algunos medios recogieran tamaña novedad.

Transcurridos un par de lustros, allá por 1932, cuando la mitad de nuestros ancestros iban a ver reconocidos, por fin, distintos derechos fundamentales tras proclamarse la República, un puñadito de chicas jóvenes volvieron a agruparse en torno al balón.

“Nadie había hecho tanto por la mujer española como el gobierno de la II República”, recogen hoy algunos manuales de bachillerato. Y: “Por primera vez, las mujeres pudieron participar activamente en el devenir político, al otorgárseles derecho al voto. Clara Campoamor, Julia Álvarez Resano, María Zambrano, Federica Montseny, Victoria Kent o Margarita Nelken, hasta tuvieron cabida en importantes órganos administrativos, sociales, o de decisión”. Verdad, en líneas generales, aún necesitada de amplios matices.

Porque la promulgación del voto femenino fue objeto de muy encendidos debates entre republicanos convencidos, ante la posibilidad de que a la postre no acabaran votando las mujeres, sino indirectamente sus confesores, reacios a cuanto la nueva doctrina política pretendía alterar. Por otra parte, y aun contando con las muy combativas sufragistas, el papel real de nuestras bisabuelas tampoco es que cambiase mucho. Tantos siglos de tradición, de “tú te callas porque yo lo digo”, de “aquí mando yo”, requerían un tiempo para germinar y florecer, que la República no tuvo. Aquella, empero, desde un punto de vista puramente deportivo, y banal por tanto, pudo haber sido una buena oportunidad para que las mujeres tomasen el fútbol al asalto, y no precisamente como espectadoras. Pero incluso entonces serían utilizadas por avispados oportunistas, gente que sólo vio en tan drástica apertura un opíparo negocio, a su costa.

La Agencia Artística Abaurrea fue quien mejor explotó aquel filón, conformando a toda prisa dos equipos femeninos, Valencia F. C. y España F. C., de Madrid, a los que envió de gira por Zaragoza, Córdoba, Palma de Mallorca, Madrid, Huelva, Sevilla, Badajoz o Málaga, entre otras capitales de provincia, coincidiendo, para engordar taquillas, con la celebración de fiestas o ferias patronales.

Anuncio de la Agencia Abaurrea en el periódico sevillano “La Unión” (15-IV-1932). Mientras algunas mujeres trataban de liberarse, los oportunistas encontraban nuevas fórmulas para hacer caja a su costa.

Anuncio de la Agencia Abaurrea en el periódico sevillano “La Unión” (15-IV-1932). Mientras algunas mujeres trataban de liberarse, los oportunistas encontraban nuevas fórmulas para hacer caja a su costa.

Se trataba, en realidad, de elencos muy bien avenidos, puesto que viajaban y se hospedaban juntos, allá donde dirimiesen choques de exhibición. El morbo, obviamente, debía actuar como fuerza movilizadora en los graderíos, y no parece que la prensa se tomara muy en serio a las 22 muchachas, atendiendo a lo anodino de sus reseñas, al emplazamiento de éstas, no en la sección deportiva, sino en la de espectáculos, y a un inequívoco tono entre publicitario y de gacetilla social: “(Los conjuntos), cuya mejor garantía es haber contendido recientemente en Madrid, Zaragoza y Granada con un rotundo éxito tanto deportivo como económico, están formados por unas “equipiers”, que a su calidad femenina unen una gran destreza deportiva, realizando un juego limpio, valiente y emocionante”, glosaría la prensa sevillana, según testimonio de nuestro compañero Alfonso Del Castillo. O el más condescendiente “algunas jugadoras lucieron una curiosa destreza en lides tan varoniles”, en otros diarios de las ciudades en gira.

Flor de un día, en suma. Los dos equipos de Abaurrea duraron tanto como la provocativa novedad. Y de aquellas esforzadas futbolistas no quedó ni rastro; tal fue el interés con que los medios se tomaron la gira.

Otros deportes femeninos sí llegaron en enraizar, luego de verse favorecidos por el ventarrón republicano. El de frontón con raqueta, por ejemplo, vigente hasta mediados de los 50, y durante cuya edad de oro las raquetistas viajaban contratadas no sólo de Madrid a Valencia o Barcelona, sino incluso a China y Filipinas. “Chiquita de Anoeta”, María Consuelo, Agustina, Angelita, Matilde “La Madrileña”, Pili, Toñi, Mari “La Ciclón”, Irura, Marichu, que habría de casarse con el torero Curro Caro, fueron algunas estrellas de relumbrón. Eran chicas normales en un universo franquista donde exhibirse ante hombres en “paños menores” estaba oficialmente muy mal visto, por más que el mundo real, el del día a día, evolucionase por sendas divergentes. El maestro de periodistas Eduardo Haro Tecglen rememoró más de una vez a cierta novia raquetista, contratada en el frontón madrileño Chiki Jai. Puesto que el amor le llevaba a pasar mucho tiempo en aquellas instalaciones, el más adelante reputado columnista adquirió fama de entendido, hasta el punto de requerírsele como augur en “pelotillas” y “quinielas”. Para la sociedad bien-pensante, en cambio, “raquetista” venía a ser sinónimo de buscona, allá por los 60 del desarrollismo, tiempo ya de bikinis y afluencia extranjera buscando solazarse en nuestro litoral. Eso, al menos, refleja este diálogo extraído de un sainete radiofónico:

“- Y al chico, ¿dónde lo tienes esta vez?.

- Por ahí, mujer. Con su deporte y sus cosas. Esperemos no se líe con una cupletista, como el tío Alejandro…

- Chica, si hace deporte lo tendrá más fácil con una raquetista. Siempre será más sano, digo yo.

- Quita, quita. ¡Qué más dará raqueta y pantaloncito corto, que plumas y lentejuelas! Total, todo es enseñar muslo entre humo de tabaco y hombres vociferantes.

- Pero las deportistas…

- Nada, nada. Para deporte la equitación, que van bien tapaditas.”

Hasta 1955 no es fácil encontrar referencias al fútbol femenino en nuestra prensa, por la sencilla razón de estar proscrito a instancias de la Sección Femenina. Y cuando asomaba, casi siempre era mediante notas de agencia destinadas al rincón de curiosidades y pasatiempos. Malo, pero que muy malo, si las futbolistas merecían honores de editorial, como evidenció Martínez Gandía, una de las más prestigiosas firmas de “Marca”, el 6 de enero de 1951. Como regalo de reyes, su expansión titulada “Las ladies futbolistas” tendríamos que considerarla casi juguete bélico:

“Un periódico acaba de lanzar esta insospechada interrogación: ¿Deben las mujeres jugar al fútbol? Nuestra contrainterrogación es: ¿Debe llamarse mujeres a las mujeres que juegan al fútbol?

Pues por lo que leemos, hay mujeres que juegan al fútbol, no en un partido así, a la broma bromita, sino en serio, encuadradas en un club y todo. Así, no hace mucho, se celebró un encuentro internacional femenino, entre equipos de Inglaterra y Francia. Y también nos enteramos de que el Dick Kerr´s Ladies, de la ciudad de Preston, en Lancashire, es el más potente de los clubes femeninos británicos de fútbol.

Las mujeres, en el fútbol, están bien en la tribuna, y si están bien en la tribuna, tampoco estarán mal fuera de ella, pero sin invadir nunca el terreno de juego. Una mujer vestida de futbolista y con esas botazas tan enormes, resulta de una comicidad tan espesa que sólo sería reída por espectadores de cerebro primitivo. O sea que para el espectador moderno, ni siquiera la cosa tendría gracia.

Comprendemos por algunas razones domésticas, que ciertas mujeres sientan interés por aprender boxeo, lucha libre, lanzamiento de peso y otros deportes, por lo que puedan tener de aplicación en posibles situaciones, y por lo que puedan contribuir en un momento dado a imponer un criterio; pero la finalidad de la mujer jugando al fútbol no la vemos por ninguna parte.

Y desde luego apostamos veinte contra uno a que esas “ladies” que practican el fútbol en Inglaterra, y esas “mademoiselles” que hacen lo mismo en Francia, tienen las piernas más feas que la pata de un borriquito.

Compréndalo ustedes. De no ser así, habrían elegido el patinaje artístico”.

Chiste aparecido también en “Marca”, en vísperas de un partido internacional España-Polonia (junio de 1959). Para este tipo de “razones domésticas” recomendaba Martínez Gandía algún conocimiento de lucha libre y boxeo.

Chiste aparecido también en “Marca”, en vísperas de un partido internacional España-Polonia (junio de 1959). Para este tipo de “razones domésticas” recomendaba Martínez Gandía algún conocimiento de lucha libre y boxeo.

Sin duda, don Rafael Martínez Gandía era hombre de su tiempo. Pero ateniéndonos a su propia escala, tampoco es que pudiese alardear de un cerebro último modelo.

Durante la segunda mitad de 1954, pocos, muy pocos diarios, quisieron hacerse eco de una nota de teletipo, según la cual, el Oberelbert, equipo renano encuadrado en una de las numerosas ligas teutonas antecesoras de la Bundesliga, elevó una consulta a su Federación Regional, sondeando se le autorizase a incluir en sus alineaciones dos o tres muchachas, “ante la falta de mejores representantes masculinos”. Un anónimo redactor, añorante, quizás, de tiempos muy turbios, no quiso hurtarnos su punzante sorna, a modo de comentario: “¡Pues sí que ha decaído la hasta hace bien poco poderosa Alemania! ¿Será culpa de Coca-Cola y las tragaperras musicales?”.

Poquito después, en febrero de 1955, Albania, y ya era raro, asomaba incluso a los medios del Movimiento. Aquel país encerrado en sí mismo, ultracomunista, maldito incluso para la mismísima Unión Soviética, a raíz de su adscripción maoísta, cuya visita estuvo expresamente prohibida a los españoles hasta avanzados los años 80, mediante nota impresa en los pasaportes, si saltaba a las linotipias había que ponerse en lo peor. Persecución a los escasos cristianos sumidos en la clandestinidad. Imágenes de templos convertidos en polvorines, porquerizas o graneros. Destrucción de crucifijos. Tractores con tracción por cadena, como los tanques, arando campos comunales, “susceptibles de convertirse en panzers, ante una hipotética invasión”… Pero esa vez no iba de adoctrinamiento ideológico, o apostólico, sino de mofa.

“El mejor futbolista de Albania es una mujer”, titularon. Añadiendo a continuación: “Myriam Teliti se llama la balompédica dama, a la que parecen dispuestos a incluir en su equipo nacional”.

Ni siquiera hizo falta añadir comentarios. En España se había apuntado mediante toda suerte de argumentos que el comunismo, con mandos femeninos en el ejército, lanzadoras de peso y jabalina en los Juegos Olímpicos, o venerables matronas conduciendo trenes, convertía a las mujeres en marimachos, extirpando, al mismo tiempo, todo asomo de virilidad a sus hombres.

El diario “Marca”, por cierto, tan sólo recogió este hecho en el recuadro anecdótico que por esa época cubría vacíos publicitarios.

En Inglaterra trataron de hacer algo serio del fútbol femenino allá por 1957, conforme atestigua la instantánea.

En Inglaterra trataron de hacer algo serio del fútbol femenino allá por 1957, conforme atestigua la instantánea.

En marzo de 1957 Keystone-Nemes, agencia de noticias dirigida desde Madrid por el exjugador húngaro del Santander y Real Madrid Jorge Neufeld Nemes, distribuyó una foto con respetuoso pie, titulado “Las mujeres juegan al fútbol”: “El deporte femenino avanza a pasos agigantados, como si se hubiera calzado las botas de siete leguas del cuento. Véase este grabado y sáquese de él la deducción lógica. No se trata de un encuentro más, sino de un partido internacional jugado entre las selecciones de Alemania y Holanda, que terminó con el resultado de 4-2 favorable a las germanas. En la fotografía se ve a Christina Kleinhans, de 19 años, y a Dutch Faber, de 26, jugadora holandesa. Observan que la primera tira a gol con el mejor estilo”.

Demasiada condescendencia para semejante provocación, puede que considerase alguien. Porque lo cierto es que apenas unos días más tarde, el 25 de abril, el diario deportivo “Marca” recogía bajo el titular de “Si las mujeres jugasen…” otra imagen de “Fiel”, con un texto destinado tanto a poner las cosas en su sitio, como a reivindicar un humor carpetovetónico: “Parafraseando la letra de la canción zarzuelera, podríamos cantar aquello de Si las mujeres jugasen… Y añadir una serie de sugerencias que preferiríamos dejar a la propia iniciativa del lector, que no todo vamos a decirlo nosotros. Y viene ello a cuenta de esta fotografía, que recoge un momento del partido femenino de fútbol entre las selecciones de Alemania Oeste y Holanda Este ganado por la primera 6-1, en el que vemos a la portera alemana -quizá una buena cotilla, para estar a tono con el cargo- fraulein Quast. Lo que más nos sorprende es lo que dice el pie de la Agencia: Que al partido, celebrado en Frankfurt, asistió poco público. Aquí con una selección bien hecha, el lleno estaba asegurado. ¡Palabra!”.

Y por si la idea aún no hubiese quedado clara, el mismo medio reincidía con fecha 10 de mayo, bajo otra foto de “Cifra” titulada a secas “Fútbol femenino”: “Estas chiquillas son jugadoras de un equipo de fútbol inglés. Ellas, aficionadas todavía, tienen que preocuparse hasta de las botas para preparar su gira por Portugal, próximo país a visitar, dando a conocer su juego. El caballero de gafas es su preparador. Él les enseña a jugar mejor y ellas, para no olvidar las labores caseras, se cosen los jerséis o zurcen los pantalones”.

Quizás cuando el redactor de “Marca” invocaba “una selección bien hecha”, estuviese pensando en lo que el humorista navarro Serafín ilustró 15 años después (1972).

Quizás cuando el redactor de “Marca” invocaba “una selección bien hecha”, estuviese pensando en lo que el humorista navarro Serafín ilustró 15 años después (1972).

Excesiva reiteración para no pensar en directrices o consignas. Porque en marzo de 1959, se recogía una crónica de Félix Centeno desde Buenos Aires, sobre el avance del fútbol con féminas en Argentina, donde a los dos equipos existentes desde hacía tres meses acababa de sumarse un tercero y ya se anunciaba la creación del cuarto, todos ellos con sede en la periferia bonaerense. Desde las provincias de interior, además, se pedía una gira, para ver si merecía la pena crear en ellas otras entidades. “Lo cierto es que a los partidos va mucha gente -argumentaba Félix Centeno- y que el espectáculo de las futbolistas no tiene nada de ridículo. No juegan, desde luego, como los equipos masculinos. Pero tampoco se trata de una charlotada femenina. Ponen pasión, entusiasmo, hacen pases, tiran a gol…” El cronista recogía, igualmente, cómo caía entre la población semejante despliegue de habilidades: “Los clásicos protestan. Dicen que la mujer ha nacido para funciones delicadas, y que el fútbol es una hermosa brutalidad. Quienes se autocalifican de modernos dicen que las mujeres deben hacer los que les dé la gana, y por lo tanto jugar al fútbol, si les apetece”. No obstante, la crónica de uno de esos encuentros no deja de rezumar cierta condescendencia, producto, al fin y al cabo, de la época: “Así y todo, tiraron a gol varias veces. Algunas, el esférico salió a un lado o cruzó la valla sobre el larguero, pero en otras ocasiones hizo falta la intervención directa de las dos señoras o señoritas porteras (porque en ambos equipos alternan las solteras y las casadas, algunas de éstas respetables aunque juveniles mamás). Y en todos los casos pararon el balón. Es más, hubo tres penaltis, como lógica consecuencia de la pasión que ponían cuando llegaba el peligro. Y fueron detenidos los tres. Se dirá que llevaban poca fuerza, pero eso no quita para demostrar que las guardavallas tenían vista y mérito”.

Hasta ahí todo correcto. Podría haber sido un artículo laudatorio, incluso. Si algún redactor no hubiese añadido un pie de foto bastante reñido con cuanto antecede: “No Lo pueden evitar. Antes de salir al campo a patalear y sudar, las chicas, ante el espejo, se arreglan el peinado y se pasan la barra de colorete por los labios. Y en el descanso se vuelven a recomponer la figura”.

Pero no era Argentina el único país americano donde ellas querían jugar al fútbol. En la fértil Costa Rica, enclave futbolero donde los haya, como justifican los numerosos campeonatos de la CONCACAF  arrebatados por los “ticos” a México, cuatro equipos de muchachas luchaban por asentarse. Una crónica de Zoquiñas -alias periodístico de José Mª Penabad- fechada en diciembre de 1956, aseveraba que las futbolistas costarricenses estaban entre las mejores de América. “Ni las inglesas y holandesas o italianas pueden hacerles mella. Verlas jugar es un espectáculo magnífico. Es un ballet, que tiene por meta incansable y desorganizada la de ir detrás de la pelota de cuero. Y tan perdonable en su “despiste” como, en conjunto, es bella la armonía de sus esbeltas figuras”. Existían cuatro equipos reales, con directiva, socios y un mínimo de estructura. Y como aún no existiese ningún campeonato regular, disputaban abundantes amistosos entre sí o contra formaciones del área caribeña. El máximo responsable de dos de esos conjuntos, América e Independiente, se despachaba sin ambages contra los regidores locales: “Nuestro vicepresidente de la Dirección General de Deportes dice que los médicos creen que es una temeridad consentir a las chicas la práctica del fútbol, por no reunir el suficiente vigor, y además que es perjudicial por una serie de enfermedades que la mujer lleva consigo. Enfermedades que se le presentan a medida que desarrolla esfuerzo físico”.

La gran estrella “tica”, su ariete Greis Mora, llegó a ser calificada por la prensa de Curaçazo “mejor ariete que el de la selección masculina costarricense”. Al menos hacía gala de una velocidad endiablada y gran regate, tenía 20 años y en su casa, desde que tuvo uso de razón, afirmaba no haber oído hablar sino a todas horas de fútbol. Precoz donde las haya, con 14 años ya era titular del Deportivo Costa Rica, en posición de extremo izquierdo. Otra buena realizadora era Dulcia Meoño Bermúdez, interior del Independiente a sus 19 años.

Respecto a la predisposición de estas jóvenes para asimilar tácticas, conceptos y sistemas, Pachico, entrenador forjado en una escuela brasileña cuya labor se distribuía entre un club masculino de 1ª División y dos femeninos, aseguraba: “Son más disciplinadas que los hombres. Asisten a todos los entrenamientos, si bien hay que reconocer su falta de puntualidad. En ellas no hay improvisación; salen al campo pendientes de hacer lo que les mande”. Entre sus pupilas existía amplio espectro de edad: “Alguna pasa de los 30 años, pero se nos acaba de casar la portera, con 22, y el marido no quiere que siga jugando. Otras riñen con el novio por la misma causa”.

Todo esto, lo de los novios celosos y maridos proclives a la prohibición, sería muy bien comprendido por los españoles de su tiempo. Cuesta más trabajo entender que argumentos muy similares a los del vicepresidente de deportes caribeño iban a ser esgrimidos, 15 años después, sin medias palabras ni falsos pudores, por los máximos jerarcas de nuestra Delegación Nacional de Deportes y la Sección Femenina.

Por supuesto, en 1956, 57 ó 58, ningún gobernador civil hubiese autorizado la celebración de partidos de fútbol femenino entre nosotros. España era diferente, como rezase el eslogan turístico destinado a incentivar visitas desde el extranjero.

La vida seguía a este lado de los Pirineos, con sus penurias, pequeños anhelos y largas jornadas laborales, refractaria a casi cualquier innovación.

El 11 de marzo de 1961, “Marca” daba cabida a un nuevo y breve suelto, bajo el genérico título de “Mujeres”. Cualquier adjetivación se nos quedaría corta, hoy día:

“En Londres existe un equipo femenino de fútbol, compuesto por mujeres de 15 a 18 años, que ya la pasada temporada consiguió cinco victorias en los nueve encuentros disputados, algunos de ellos ante equipos masculinos. Se trata de The Smashers. El mejor triunfo lo logró frente a un club masculino de Gainsborough, por el claro resultado de 8-4. Ahora, en unas declaraciones publicadas, las muchachas de The Smashers han manifestado que se entrenan cuidadosamente, sacrificando reuniones sociales, pero sin olvidar sus estudios. Se observará fácilmente el espíritu deportivo de los equipos masculinos ingleses enfrentados al femenino en cuestión. Total, con soltar un ratón en el campo…”

El machismo estaba omnipresente en la sociedad española de los 50. Cartel, hoy impensable, de una película estrenada durante 1958.

El machismo estaba omnipresente en la sociedad española de los 50. Cartel, hoy impensable, de una película estrenada durante 1958.

Y aún hay más. En abril de 1962, el mismo medio se hacía eco de la preocupante merma de espectadores registrada en los campeonatos de Gran Bretaña, achacable, en buena medida, a la presión de muchas novias y esposas:

“Una de las conclusiones a que han llegado los técnicos especialmente contratados, es que las mujeres son culpables del descenso de espectadores que se observa en los campos de fútbol. Según estos informadores, esposas y novias sirven de freno a los hombres, no dejándoles ir solos al fútbol. Uno de los técnicos añade que debe proporcionarse un fútbol con más emoción, y en condiciones confortables, atrayendo así a esposas e hijos de los espectadores habituales”.

Las féminas, según “Marca”, medio deportivo nacional de referencia, no sólo no valían para jugar al fútbol, sino que pretendían llevarlo a la extinción. Pasaban por alto, sin embargo, un pegadizo éxito musical de la época, muy festivalero, cuya vocalista se preguntaba:

“Por qué, por qué,

cada domingo por el fútbol me abandonas

y yo me quedo en casa siempre sola.

¿Por qué? ¿Por qué,

no me llevas contigo alguna vez?”.

Contrasta el trato otorgado a las mujeres futbolistas, no sólo en esta cabecera, sino en las de información general, con el dispensado a deportistas de otras especialidades. El 17 de mayo de 1957, el propio “Marca” justificaba así otra imagen de la agencia Keystone-Nemes, titulada “Mamá va a jugar al tenis”:

“Para ejemplo de esas madres de familia que no tienen tiempo para nada, ahí está la fotografía. Se trata de Lorna Cawthrone, conocida jugadora de tenis que, a pesar de tener una chiquilla de pocos meses -Zoe se llama- y otra de tres años -Trudy es su nombre-, no pierde sus partidos de entrenamiento ni de Campeonato. Ella toma a la más pequeña en brazos, bien envuelta en los pañales; coge a la otra de la mano, portadora de la raqueta, y se marcha a disputar a pelotazo limpio el triunfo a su rival. Mamá Lorna es todo un ejemplo”.

Y no es que el tenis, deporte muy bien visto desde la Sección Femenina, gozase del natural privilegio, o que tras los éxitos de Lilly Álvarez la raqueta hubiese conquistado un merecido puesto en el Olimpo deportivo patrio. Cuatro años más tarde, el 11 de marzo de 1961 y sirviéndose como coartada de otra imagen distribuida por “Alfil”, algún redactor de “Marca” escribió:

“Los franceses han concebido la idea de introducir una innovación en las carreras de caballos: los jockeys femeninos. De esta manera, este deporte adquiere un nuevo interés, en medida proporcional a la belleza de las jóvenes amazonas. En Cagnes-sur-Mer se ha celebrado la primera carrera de esta modalidad. Acudió mucho público y se cruzaron apuestas por valor de más de 7 millones de francos antiguos. Resultó ganadora la hija del actor René Lefévre. Y aquí tienen ustedes a las 13 chicas participantes”.

Hasta el piragüismo femenino era digno de todo respeto para el citado diario. Para muestra, otro pie de foto aparecido en agosto de 1957:

“Se puede ser guapa, francamente guapa y delicada, como la chica de la foto, y practicar al mismo tiempo un deporte fatigoso y violento como es el remo. La chica se llama Gitta Holmnielsen, es miembro del Lyngbi Dame Rockclub, de Copenhague, y acaba de participar en unas pruebas celebradas en el lago del Hyde Park londinense, donde el fotógrafo aprovechó la ocasión para impresionar el clisé. Gitta, destacada piragüista danesa, va a tomar parte en los Campeonatos de Europa que tendrán efecto el mes próximo en Duisburg (Alemania), a donde concurrirá también un grupo de remeros españoles”.

Remeros. Maticémoslo, por si alguien no hubiese reparado en ello. Las españolas, como mucho, sólo podían tomar los remos en el estanque del Retiro.

Igualito, pero que igualito, el prisma empleado para enjuiciar a tenistas, jugadoras de fútbol, y piragüistas o amazonas.

Y eso que ellas aún no osaban vestir de corto y perseguir la pelota por nuestros campos embarrados. O mejor dicho, no lo hacía nadie, aparte de Pepita Antolín, que en 1958 llevaba 20 años arbitrando partidos de Educación y Descanso. Justo en febrero de 1961, tres años después de colgar el silbato, harta de que le negasen toda posibilidad de ingreso en la Federación Española de Fútbol, la prensa se ocupó de ella. Nunca había cobrado un céntimo por pitar, seguía entrenando, porque pese al retiro tampoco iba a hacer ascos a dirigir algún partidillo informal, y practicaba baloncesto y atletismo, entre otros deportes. Fuentes Guío, su entrevistador, tampoco es que empezase con muy buen pie:

“A pesar de practicar todas las ramas del deporte, no comprende cómo pudo verse envuelta en lo de ser árbitro. Ni nosotros tampoco lo comprendemos, porque Pepita es muy femenina”.

Sus inicios fueron fruto de la casualidad. Un domingo por la mañana fue a ver un partido de juveniles; el balón llegó a sus pies antes de iniciarse el choque y sin pensárselo comenzó a regatear mientras avanzaba y concluía disparando a gol. Acabó jugando ese partido, en el puesto de interior, y su equipo salió triunfante. Siete días después, uno de aquellos chicos fue a buscarle con intención de que les arbitrara. Pensó, incluso, en la posibilidad de que estuviese tomándole el pelo. Pero ese muchacho insistió lo bastante para extraerle el sí, por más que ni siquiera estuviese familiarizada con el Reglamento. Una vez sobre el campo terrizo, quizás por efecto de la sorpresa al ver a una chica tan joven dirigiendo a 22 adolescentes, el público le aplaudió muchísimo. Tenía 15 años y la autoestima por las nubes.

Todavía en 1972 había quien convertía a las porteras de finca urbana en afanosas guardametas. Y peor aún, prensa escrita que reía estas “gracias”.

Todavía en 1972 había quien convertía a las porteras de finca urbana en afanosas guardametas. Y peor aún, prensa escrita que reía estas “gracias”.

Le faltó tiempo para comprar un “Reglamento del Fútbol”. El de Pedro Escartín, con toda probabilidad. Lo de pitar partidos de Educación y Descanso fue tan sólo la consecuencia más lógica. “Me han querido sacar a hombros muchas veces -confesaba orgullosa-. Pero yo no me he dejado coger”. Nunca tuvo problemas serios, quizás porque aquellos choques, de aficionados puros sin ninguna expectativa de vuelos más altos, cuya organización corría a cargo del sindicato vertical, estuviesen presididos habitualmente por el “fair-play”. “Sólo una vez me gritó uno que fuese a fregar”. El partido más difícil entre cuantos tuvo ocasión de dirigir fue el disputado en Vallecas, entre un equipo de Falange y otro de la Legión. Faltó poco para que saltasen chispas.

El redactor, naturalmente, ponía todo su empeño en retratarla como una mujer normal. Muy mujer, incluso. No fueran a derivarse dudas acerca de su feminidad, por lucir trencilla y silbato. “En sus años de iniciación, Pepita tuvo un novio a quien molestaba que ella ejerciese de árbitro. Pero terminó acostumbrándose, tomándolo a broma. Un día fue a verla al campo, y para que no le impidieran el paso dijo: Soy el esposo del árbitro”.

Lamentablemente, Pepita Antolín no pudo cumplir su sueño de colegiarse con todas las de la ley. Un artículo prohibía a las mujeres ejercer el arbitraje. Durante algún tiempo creyó, o le hicieron creer, que aquella norma acabaría desapareciendo un día. Pero cuando el día se convirtió en años y éstos en lustros o decenios, acabó desinflándose. Si no iban a admitirla en la F.E.F., tampoco valía la pena continuar.

Otra vocación frustrada. Una mujer adelantada a su tiempo, dándose de bruces contra la realidad.

Pero cuidado, tampoco vayamos a pasarnos de frenada. Porque desde Inglaterra, país mucho más tolerante con las mujeres que se decidían a practicar el fútbol, una nota de Alfil fechada el 7 de noviembre de 1966 informaba que cuatro muchachas, después de haber aprobado sus exámenes para convertirse en árbitros, no podrían ejercer. Allí también se había blindado la Football Association, introduciendo una norma prohibicionista para los arbitrajes femeninos. Margaret Wood, de 18 años, natural de Stockport, Ruth Hopkins, de Hereford, Joanna Morris, de Creewe, y Joan Wooldridge, de Eltham-Londres, las tres con 19 años, ni muchísimo menos aceptaron el veto con plácida resignación. “Esta actitud resulta increíble -manifestó Joanna, la más combativa-. Si hubiera mujeres árbitros, la conducta de los jugadores mejoraría. Y desde luego no emplearían palabrotas”.

Justo un mes antes, y desde Venezuela, llegaban noticias acerca de un equipo femenino fundado por Ángel Murcia Rodríguez, emigrante de la región murciana que, no podía ser de otro modo, bautizó al club como Real Murcia. “El citado conjunto lleva ya jugados 3 encuentros -aseguraba otra nota de la misma agencia-, y la figura del mismo es conocida por La Pelé”.

Así seguía viéndose el fútbol femenino en agosto de 1972. A los españoles nos costaba erradicar tanta caspa cronificada.

Así seguía viéndose el fútbol femenino en agosto de 1972. A los españoles nos costaba erradicar tanta caspa cronificada.

Entre nosotros, las cosas no mejoraron por cuanto al fútbol femenino respecta, durante el prodigioso decenio del “Seat 600”, las excursiones a monte y playa en “Vespa” o “Lambretta”, el pluriempleo, los receptores de televisión reinando desde el salón de muchos hogares, con o sin bailaora flamenca sobre el aparato. Ni siquiera despegaría de verdad el deporte de mujeres, en su conjunto, pese al conocido slogan de “Contamos contigo”. Ese “contigo” debía ir dirigido sólo al género masculino. Baste, como referencia, el número de federadas durante el curso 1970-71, según registros de la Delegación Nacional de la Sección Femenina. Los 10 deportes mayoritarios -baloncesto, balonmano, voleibol, natación, atletismo, gimnasia educativa y deportiva, tenis de mesa, hockey-sala y sobre hierba- englobaban a 110.279 practicantes, incluido, claro está, el deporte junior y los Campeonatos Escolares. Baloncesto, con casi la mitad de esas fichas (53.584), y balonmano (14.225), se llevaban la palma. El hockey, tanto en su modalidad de sala, como sobre hierba, gozaba de mucho menos gancho, o instalaciones donde practicarlo (1.209 y 886 fichas, respectivamente). Atendiendo a su distribución provincial, Madrid y Barcelona encabezaban el ranquin, con 6.912 y 5.863. Alicante (4.349) era la tercera, para sorpresa de muchos. Y Valencia la cuarta, con 277 fichas menos. Barcelona y las provincias norteñas arrojaban el mayor nivel técnico, que en honor a la verdad y salvo excepciones, referidas sobre todo a la natación, tampoco es que rayase a gran altura. Por supuesto, ni fútbol ni ciclismo existían para la Delegada Nacional de Sección Femenina, como pudo colegir Lomana en su entrevista a Doña Alicia Lage Cuñado, mandamás del deporte femenino en España, allá por la primavera de 1971, para el aún balbuciente diario “As”.

“El fútbol en nuestro caso, ha nacido viciado. No como deporte, sino como espectáculo que comenzó a organizarse en las distintas Facultades, para recaudar fondos cara a los viajes de paso del Ecuador o fin de carrera. (…) Por ese mal nacimiento no es deporte, sino espectáculo con muchos intereses por medio; recuerdo el caso de aquellas artistas… Y por supuesto ni está federado ni sus participantes pertenecen a la Mutualidad. Es un espectáculo pirata”.

La farmacéutica y Regidora Central de Educación Física y Deporte Femenino se refería, con su velada invocación a “las artistas”, a unas matinales benéficas organizadas en Vallecas, ya tratadas en el artículo aludido al inicio. Ciertamente, esos choques entre Modernas y Folclóricas, o Artistas de Cine y del Folclore, eran por cuanto al fútbol se refiere, lo que el Bombero Torero al más genuino espectáculo taurino. Cuando el entrevistador reprochaba a su anfitriona su empeño en ignorar a las muy, pero que muy escasas futbolistas, sumidas, claro está, en pleno limbo, “la señorita Alicia”, como fuera presentada al lector, se engallaba un tanto:

“No ignoramos, digamos que no entran en consideración. Pero nos preocupa, de todas formas, y estamos recabando estudios y opiniones desde hace algún tiempo”.

También sobre el ciclismo femenino, cuyo Campeonato Mundial iba a disputarse en Barcelona, su improbable aceptación estaba analizándose:

“Lo que no podemos hacer es dar vía libre a un deporte, de buenas a primeras, con urgencias, precisamente porque en España vayan a tener lugar esos campeonatos el próximo año. ¿Con qué fines lo hacen? ¿Hasta ahora se habían ocupado de ello? Estamos en una etapa de asesoramiento físico, médico y técnico. Y creo que el margen de tiempo con que contamos hasta el próximo verano, hace prácticamente imposible que vayamos a tener participantes españolas”.

Es bien sabido. Nada, para dilatar sine die cualquier decisión, como constituir comisiones de estudio y análisis.

Pero por mucho que se empeñase la Sección Femenina, órgano apolillado e inútil en los albores de 1971, ya con cita ineludible en el desguace, la voluntad, testarudez bendita, incluso, de unas cuantas jóvenes devotas del balón, iba a resultar irrefrenable. Importaba poco cuantas pedradas tuviesen que esquivar, o los guijarros que durante todo el decenio irían poniéndoles en el camino justo quienes, como máximos regidores del fútbol nacional (Federación Española), deberían haberlas ayudado. Pequeños detalles, como el partido disputado la Navidad de 1970, en un Camp Nou con gran entrada y Ramallets dirigiendo desde el banquillo a las vencedoras, apuntaban inequívocamente hacia un cambio no sólo de permisividad social, sino incluso ideológico. Un poco antes, el 8 de diciembre de 1970, en el estadio del Boetticher, de Villaverde, las chicas de Sizam se habían impuesto a las del Mercacredit por 5-1 -en realidad se trataba de un único equipo, dividido para la ocasión- ante 8.000 personas tan entusiasmadas por la novedad como para desgoznar los portones, en sucesivas avalanchas. Muchos, erróneamente, se empeñan en considerar este encuentro como el pistoletazo de salida para el fútbol femenino actual, cuando al menos por el Norte otras muchas chicas se les habían adelantado tres años y medio.

El Movimiento inamovible se deslizaba, imparable, ladera abajo, hacia su propia extinción. Europa seguía traspasando nuestras fronteras en el equipaje de cuantos turistas nos visitaban, o en las distintas experiencias de tres millones de emigrantes en Suiza, Francia, Austria, Bélgica y sobre todo Alemania, cuando volvían a casa, si no en verano, cada 25 de Diciembre. Y al calor de toda aquella paulatina y gigantesca mutación, nuestras tías, madres y abuelas, acabaron cobrando consciencia de su ser individual y colectivo, de su autonomía, negándose, conforme ocurriese hasta entonces, a actuar como un apéndice del varón.

Colofón del partido disputado en el Camp Nou barcelonés, el 25 de diciembre de 1970. Ramallets y sus pupilas reciben el aplauso de un público todavía incrédulo. Las españolas no es que quisieran jugar fútbol. ¡Es que ya lo hacían!

Colofón del partido disputado en el Camp Nou barcelonés, el 25 de diciembre de 1970. Ramallets y sus pupilas reciben el aplauso de un público todavía incrédulo. Las españolas no es que quisieran jugar fútbol. ¡Es que ya lo hacían!

Se anunciaban tiempos nuevos, donde los obstáculos, físicos o mentales, iban a caer como castillos de naipes.

Y eso que por lo tocante a nuestras voluntariosas futbolistas, la cristalización de sus reivindicaciones tardaría en ser un hecho.

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