Gayarre. Memorias transcritas (III). Memoria sobre Julián Troncoso.

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Reproducimos el tercer extracto de las memorias inéditas del que fuera primer presidente zaragocista, José María Gayarre Lafuente, conservadas en el archivo personal de Félix Martialay
Abstract

Keywords: Gayarre, Zaragoza, Football, History, Spain, Memoirs

We release the third extract of the unpublished memoirs of the first president of Real Zaragoza, José María Gayarre Lafuente, that were kept by Félix Martialay in his personal archive.

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JULIÁN TRONCOSO

Poco tiempo estuvo a nuestro lado; pero bien aprovechado. Vino como capitán de Caballería destinado a Zaragoza. Estaba casado con una distinguida dama pamplonica, Elena Cadena, bien curtida en su juventud en el infortunio. Y fruto del matrimonio eran dos niños gemelos, tan iguales que constituían un auténtico problema diferenciarlos. Recién casados Elena y Julián fue éste destinado a África, donde le cogió la catástrofe del año 1921, el llamado “Desastre de Annual”, siendo hecho prisionero por Abd el-Krim, con el cuartel general del general Navarro. Durante su prisión nacieron sus hijos y Elena se vio así doblemente agobiada por la incertidumbre y la preocupación. La alegría de Elena al producirse la liberación de su esposo es de imaginar. Desde entonces fue feliz aquel hogar y la felicidad persiste y ojalá sea interminable.

Zaragoza era un buen destino por la importancia que entonces tenía la capital aragonesa y por la proximidad a Pamplona, a la que Elena no olvidaba por tener en ella a sus familiares y a sus amistades de siempre y porque siempre tuvo pasión por su tierra. El hogar deshecho por las vicisitudes de la guerra de África, podía rehacerse con una total consagración a él. Pero a los pocos días de estar instalados en Zaragoza, Julián entroncó con nosotros; gran aficionado al fútbol no supo disimular sus inclinaciones. Y como tenía personalidad propia, por su buen criterio, pronto vimos en él la posibilidad de una eficaz colaboración. Y Julián fue pronto directivo en plena actividad.

Había por entonces, y tradicionalmente, costumbre de salir a pasear al Paseo de la Independencia. Cobijadas bajo las acacias se formaban corrillos y tertulias utilizando las sillas de La Caridad. Según las épocas estaba de moda sentarse a un lado o al otro del Paseo; esto se observaba con rigidez y quedó reflejado en unos pareados de “Mefisto”, el poeta y humorista local por excelencia, de los que entresacamos el que decía: “A la sombra de unas acacias, se sienta la aristocracia”. Tiempos felices que seguramente no volverán porque ahora privan más, visten mejor y cuestan más caras las tertulias en las terrazas de las cafeterías de moda, en torno a unos “martinis” con unos cacahuetes, de aquellos que vendía el tío Marianavis y la “señá” Cecilia, y que ahora han ascendido de categoría.

Julián Troncoso bajaba al Paseo, y digo bajaba porque vivía en la subida de Cuéllar, con Elena y los chicos; daba la primera vuelta en busca de amistades para formar el corro y en cuanto la familia quedaba acomodada venía en nuestra busca, seguro de encontrarnos arriba o abajo. Y nos encontraba y allí comenzaba el “farrabeo” del día. Aquello no le sentaba bien a Elena, que en más de una ocasión nos echó su poquillo de bronca, pero hay que reconocer que en ocasiones dábamos motivo más que sobrado para que su enfado fuera en serio, pues más de una vez tenía que irse sola a casa con los chicos y esperar allí pacientemente al esposo enfrascado en una interminable conversación futbolística. El fútbol ha ocasionado muchos trastornos familiares de esta naturaleza. Pero como todavía no se había dado, ni se ve manera de dar entrada a las mujeres en esto de la dirección de las cosas futbolísticas, era necesario transigir, bien seguras ellas de que el fútbol no era argumento de doble sentido para dejar de ir a cenar a casa o para salir después de haber cenado como otros consejos de administración. Y fue una lástima, porque mujeres como Elena, con su temple, con su simpatía pudieron haber revolucionado las cosas, evitando mucha palabrería y yendo directamente a lo práctico. Ella acabó haciéndonos el estimable servicio de resignarse a que su marido interviniera activamente en las cosas del fútbol.

Julián fue un directivo formidable. Sabía asimilar los problemas y encontrar fórmulas concretas para su solución. Nos prestó excelentes servicios y voy a dejar constancia de algunas de ellas que reflejan perfectamente su dinamismo y su temperamento resolutivo.

Estábamos jugando en la Segunda División, dividida entonces en tres Grupos, que daban dos clasificados para una fase final, de la que salían los dos ascendentes. Habíamos jugado bien la primera fase y en nuestro Grupo habíamos quedado en cabeza con el Celta. Íbamos por lo tanto a la fase final, en la que por los otros Grupos participaban: el Arenas de Guecho, el Gerona, el Murcia y el Jerez. Comenzó la primera vuelta de esta fase con resultados no muy halagadores para nuestro equipo, en el que más que endeblez se acusaba el contagio moral del cansancio que se apoderaba de muchos de nosotros tras tantos años de intentos frustrados a última hora. Estamos por lo tanto a fines de la temporada 1935-36 y es entonces cuando se hace notar más la intervención acertada de Julián Troncoso que con su optimismo trata de reanimarnos a todos. Y lo consigue. Porque en la segunda vuelta de esta fase, el equipo se supera y nuestras esperanzas se despiertan de nuevo. En la última jornada tenemos que jugar en Torrero contra el Gerona, que si bien nos había ganado en su campo, era equipo muy inferior al nuestro. No era aventurado esperar que le ganásemos en Torrero. Con ello tendríamos logrado el ascenso, siempre y cuando en Murcia se diera un resultado normal entre el equipo titular y el Arenas. Y un resultado normal era que el Murcia ganase a los vizcaínos. De no ocurrir así, nuestro ascenso se esfumaba. Había por lo tanto necesidad de vigilar anticipadamente y hasta el último momento lo que pudiera ocurrir en Murcia. Ir Muniesa era demasiado significativo; lo mismo sería de ir yo, pero además yo estaba enfermo con una lesión de vesícula biliar y un agudo ataque de ictericia. No faltaron ofrecimientos en aquellos momentos decisivos. Tuvimos el acierto de utilizar a Troncoso. Y allá fue un par de días antes del encuentro, desconociendo la población y a los elementos futbolísticos del Murcia. Pronto tuvimos sus noticias que nos aseguraban la tranquilidad de saber que el Murcia, que nada se jugaba en aquel último partido, no se prestaría a ninguna combinación que asegurase un resultado determinado, que no fuera el natural del choque deportivo en el terreno de juego. La gestión fue habilidosa y eficaz. El Murcia ganó al Arenas y como el Zaragoza venció rotundamente al Gerona en Torrero, por vez primera saboreamos la satisfacción del ascenso a Primera División. Y con ello se renovaron nuestros ánimos y nos propusimos prepararnos bien para afrontar la nueva situación con las máximas garantías de éxito. Verdaderamente teníamos motivos para sentirnos orgullosos pues al triunfo deportivo añadíamos el éxito económico que nos deparaba la tranquilidad de haber nivelado la situación, cancelando los créditos y liberándonos de toda clase de firmas y compromisos. Aquella satisfacción no duró mucho, pues pronto nos dimos cuenta de que en la junta general a que pensábamos acudir con proyectos concretos se nos esperaba para darnos la batalla. Omito volver sobre tan desagradable tema, del que me he ocupado en otros comentarios. La junta aludida fue bochornosa y aun cuando salimos triunfantes de ella, lo cierto es que nos invadió un hálito de escepticismo del que nos hicieron salir los ánimos de muchos, entre los que interesa señalar a Troncoso que se manifestó en todo momento resuelto, decidido y enérgico. Juntos él y yo, comenzamos, por encargo de la directiva, los preparativos de la temporada siguiente. Considerando necesario contratar los servicios de un buen entrenador, creímos que la máxima garantía de acierto estribaría en lograr el concurso de Ramón Encinas; y tras laboriosas gestiones lo conseguimos, en condiciones verdaderamente excepcionales por lo ventajosas para nosotros. No empezaba mal la cosa, pues el prestigio de Encinas era evidente. Había que reforzar el cuadro de jugadores. Julián, cuando estuvo en Murcia no perdió el tiempo y gestionó el traspaso de dos excelentes jugadores: Bravo y Muñoz. Bravo era el que más tarde daría tono a la delantera del Barcelona. Muñoz era un excelente medio ala que por sus características de juego y por sus condiciones físicas prometía ser pronto una eficaz realidad de gran jugador. Convinimos en que ambos jugadores acompañados del secretario del Murcia viniesen a Zaragoza para ultimar los detalles del importante traspaso.

Pero en esto nos metemos en el mes de julio. Yo salgo para Roncal a fin de dejar allí a mi familia y al regreso marchar al Balneario de Vallfagana de Riu Carp (Tarragona) para hacer una cura de aguas. Al regreso a Zaragoza entre el 10 y el 12 de julio, trato de localizar a Troncoso para hablar de estos asuntos futbolísticos y dejar las cosas organizadas para lo que durara mi ausencia. También Julián estaba solo en Zaragoza, pues había mandado a Burguete, según costumbre, a su esposa y a los chicos. Nos veíamos en el café; el día 13 una noticia sembró el espanto en todos: había sido asesinado Calvo Sotelo. Vino tarde al café Julián y permaneció serio y silencioso. A la salida me cogió aparte y me pidió que le asegurara que suspendía mi viaje a Tarragona. No podía ser más explícito, pero me lo pidió con tal insistencia y con tal seguridad de que algo iba a pasar, que sometía la cuestión al conocimiento de mi hermano y resolvimos un aplazamiento que afortunadamente había de ser definitivo. Dos días más tarde fue Julián más explícito, dentro de nuestra confianza y ya tardamos unos días en vernos por causas que luego tuvieron su explicación.

Se produjo el Alzamiento nacional y el natural desconcierto de los primeros momentos, natural en población como la nuestra, que tanto hacía temer por la dificultad de saberse a ciencia cierta cuál iba a ser su definitiva reacción. Nerviosismo grande en todos hasta que la llegada de un Tercio de Requetés navarros traídos por Jesús Comín, inclinó la balanza en el sentido que muchos deseábamos. Entre tanto, el cuartel de Castillejos se había convertido en el lugar de concentración de la Falange y de él salieron las primeras Banderas que se lanzaron entusiastas a los pueblos más importantes del cinturón estratégico de Zaragoza. Y con las primeras escaramuzas las primeras gloriosas bajas.

Una mañana nos llegó la noticia de que Troncoso había sido herido en un brazo y se hallaba en el Hospital Militar. Fuimos a verlo y allí lo encontramos con un brazo vendado. Afortunadamente cosa de poca importancia, para curar de la cual marchó a Burguete para tranquilizar a los suyos. Por vez primera no hablamos de fútbol y ya tardaríamos mucho en volver a hablar.

Entrado el mes de agosto y con los permisos correspondientes de las autoridades militares me fui a Roncal para tomarme el necesario descanso que había de haber encontrado en Tarragona y que de haber ido habría sido “descanso eterno”. Dejo para otra ocasión el relato de mis peripecias anteriores a este viaje y me ciño al asunto de este comentario. De paso por Pamplona, extasiado en la contemplación del maravilloso patriotismo que se respiraba, me hallaba absorto viendo desfilar caravanas interminables de voluntarios, cuando oigo que me llaman desde un balcón. Alzo los ojos y veo un señor apoyado en unas muletas. Era Julián Troncoso. Me invita a subir y me lo encuentro con una pierna escayolada y con dos muletas para ayudarse a poder andar. Lo dejé herido en un brazo y me lo encuentro cojo. ¿Qué ha pasado? Estaba en Burguete con su familia cuando la herida del brazo… Allí, por la proximidad a la frontera eran necesarios los servicios de todos a fin de establecer el elemental servicio de vigilancia más severo por las noches. Julián, en cuanto pudo, tomó parte en dichos servicios y una noche, en una refriega, un tiro en la pierna, el enyesado y las muletas. Y durante muchos meses una acentuada cojera. A las órdenes inmediatas del general Mola y en vísperas del avance sobre Irún, fue designado para hacerse cargo de la Comandancia Militar irunesa y de la Jefatura de Fronteras. La conversación de Pamplona sería la última por mucho tiempo; cerca de un año tardaríamos en volver a vernos.

Pero entre tanto no dejaríamos de estar en comunicación, pues complicaciones futbolísticas lo exigían.

A los dos o tres días de producirse el Alzamiento tuvimos noticia de que en el Hotel “El Sol” había unos viajeros que deseaban vernos. ¿Qué podía ser aquello? No estaban las cosas como para meterse en complicaciones y lo cierto es que no hicimos mucho caso del aviso; hasta que una mañana nos avisó Luis Ferrer que se le habían presentado los jugadores Bravo y Muñoz, acompañados del secretario del Murcia, llegados a Zaragoza en la última combinación ferroviaria. ¿Y ahora qué hacemos con estos señores que en Zaragoza no tienen a quien acudir sino a nosotros, que no nos sirven para nada y que no pueden regresar a su pueblo de origen, pues mientras Zaragoza está en la Zona Nacional, Murcia está en la roja? ¡Vaya conflicto! Sacudirse las moscas no es solución, porque aquellos hombres no tienen dinero para pagar el hotel y necesitan comer. Además les hemos llamado nosotros…. y Julián que no está en Zaragoza. No hay más remedio que pagar el hotel y buscarles hospedaje más económico pues lo que acababa de comenzar no se sabe lo que durará. Y lo que sí se sabe es que aquel viaje tan inoportuno caerá sobre nuestras espaldas. En cuanto Troncoso fija su residencia en Irún como jefe de aquella Comandancia, es enterado de lo que ocurre y naturalmente se resuelve el asunto por el único camino a seguir: imposibilidad de adquirir compromiso alguno dadas las circunstancias y prestación del posible apoyo para resolver la situación personal de los jugadores: Julián se ocupa de mandar a Ceuta a Bravo, que es de allí. Muñoz se quedará en Irún y allí cumplirá su servicio de armas, pues ambos están en edad militar. A Bravo le perderemos para siempre porque cuando vuelva la paz se enrolará en el Barcelona. Muñoz irá al Zaragoza, pero en los tres años pasados en Irún se habrá perdido mucho en orden a la calidad del jugador porque éste, fuera de su casa, en tiempo de guerra y con una gran simpatía personal, hará muchos amigos y le quedaría poco tiempo para cuidarse debidamente. En cuanto al secretario técnico del Murcia ignoro la suerte que corrió, aunque no creo que fuera muy buena. Esto lo sabrán Labarta, Luis Ferrer y Lucas Martínez que fueron su paño de lágrimas.

Julián Troncoso, en la Comandancia de Irún, da muestras de su capacidad organizadora, de su don de gentes y de su dinamismo. Aquello es un auténtico Ministerio por el que pasan los más diversos asuntos y los personajes más variados. Hizo, con tal motivo, amistades de toda clase en las que siempre había un fundamento de gratitud por los innumerables servicios prestados. Pero a la vez que se consolidaba su prestigio de político enérgico y hábil y su hombría de bien, se perfilaban muchas envidias mal disimuladas y muchos recelos de aquella personalidad creciente.

En el mes de mayo de 1937 se hallaba España virtualmente dividida en dos zonas que llegaron a estabilizarse por obra y gracia del refuerzo que los rojos recibieron con las brigadas internacionales y por la directa intervención de Rusia, que prácticamente era quien mandaba en la Zona Roja a cambio de su apoyo material. En nuestra Zona Nacional era evidente que se disfrutaba de una paz absoluta y que fuera de los frentes de combate, en Galicia, en Salamanca, en Valladolid, en León, en Navarra, en Guipúzcoa, en Logroño, en Zaragoza, en Extremadura, en Sevilla, en Málaga, en Huelva, en Granada, etc. se vivía una vida normal y apacible, naturalmente enturbiada por los reflejos de la lucha, pero nunca preocupada por el rumbo del definitivo deslinde de la guerra. Una amplia y organizada retaguardia exigía volver a ocuparse de todos los aspectos de la normalidad, para solaz y esparcimiento de las poblaciones civiles y para la exterior demostración de una normalidad basada en la unificación de ideales, de esfuerzos.

Fue entonces cuando por sugerencias superiores los elementos futbolísticos enclavados en la Zona Nacional resolvieron reunirse en San Sebastián para tratar de reorganizar en la España de Franco lo que había quedado abroquelado en Madrid. Y se celebró una Asamblea en la capital guipuzcoana con representación de todos los clubs federados y liberados. No estuvo, naturalmente, el Comité de la Federación Española, que radicaba en Madrid. No asistió el Barcelona; no estuvo el Madrid, pero allí estaban Parajes y Bernabéu, que eran bien representativos. No asistió el Athletic de Madrid pero allí estaban entre otros Cesáreo Galíndez. No asistió el Español, pero allí estaban los hermanos Santiago, Genaro y José de la Riva. No asistieron los bilbaínos, pero poco tardarían en hacerlo. Acudieron todos los demás y entre ellos quiero consignar al inolvidable Juanito López García que representaba, como es tradicional, al Sevilla. El objeto de la reunión era constituir la Federación Española de la Zona Nacional. Y así se hizo. Felipe Lorente Laventana representó al Zaragoza y tuvo el acierto de destacar la personalidad futbolística de Julián Troncoso y el relieve de su cargo de Comandante Militar de Irún y puesto que se acordaba que fuera San Sebastián el punto de residencia de la nueva organización, propuso el nombre de Julián para la presidencia. Unánimemente se aprobó la sugerencia y así tuvimos el honor de que el Zaragoza viera elevado al supremo cargo futbolístico a uno de los suyos.

Pocos días después trasladaba yo mi residencia a Irún para quedar al frente de un pequeño negocio industrial que montó Felipe Lorente y que era la justificación de nuestra permanencia cerca de Julián, que nos utilizó en infinidad de servicios oficiosos de la gestión ímproba que tenía a su cargo. Naturalmente me convertí en el acto en su enlace cerca de los demás miembros de la Federación para los asuntos del fútbol.

Se reorganizó la Federación Guipuzcoana en cuyos locales tuvo su domicilio la Española. Se reorganizó el Irún; se liberó el campo de Gal, que estaba requisado por la autoridad militar. Infinidad de antiguas personalidades futbolísticas apartadas de toda actividad hacía muchos años aceptaron los cargos directivos para los que eran nombrados. Y en San Sebastián y en Irún se volvió a respirar un ambiente deportivo inusitado. Hubo sugerencias para la celebración de un partido amistoso con Portugal. Y se puso mano a la tarea. Se hizo en Irún una concentración de jugadores designados por Amadeo García Salazar, como seleccionador nacional. Al frente de la concentración se trajo a Irún a Ramón Encinas, que cuidaba de los entrenamientos y allí estaba yo en plena danza para supervisar aquello y cuidar del aspecto material de la concentración. Diariamente daba yo cuenta a Julián de las actividades realizadas y recibía órdenes. Como la nueva y flamante Federación no disponía de medios económicos hubo necesidad de arbitrarlos y para ello y a base de los jugadores concentrados se organizaron varios partidos en diversas poblaciones que servían de entrenamiento y de recaudación de fondos.

Coincidió con todo ello la aparición en la frontera de Juan Antonio Sánchez Ocaña, que era segundo secretario de la Nacional, que había salido de Madrid por la embajada de Polonia y que fue evacuado a Varsovia desde la que se trasladó a Irún. Tan pronto como se repuso del viaje estimé que era necesario presentárselo a Troncoso para que se hiciera cargo de la secretaría de la Nacional, cargo que quería que yo desempeñara, en lo que me opuse por estimar que era lo correcto espera sin precipitarse. Y Sánchez Ocaña tomó posesión de su cargo y comenzó a actuar.

Entre tanto, el equipo vasco, patrocinado por Madrid y Bilbao se hallaba actuando por diversos países y tenía el propósito de trasladarse a Rusia para jugar allí. Aquello había que tratar de impedirlo. De una parte, por interés general; de otra porque muchos familiares de jugadores pedían insistentemente que se les repatriara. Julián nos llamó un día a José Luis Isasi y a mí y nos confió la misión de ir a París, donde estaba el citado equipo y traernos a cuantos jugadores lo desearan. Fuimos a París; allí no estaba el equipo. Llamamos al centro vasco en París diciendo que éramos el Racing parisién y que deseábamos concertar unos partidos. Así pudimos saber que estaban recluidos en un pueblecito cercano a Fontainebleau. Isasi salió disparado en un taxi, mientras yo me quedaba en París a la espera. No debíamos ir los dos por no llamar tanto la atención y por no ocupar mucho sitio en el coche, ya que esperábamos que fueran varios los que aceptaran nuestra invitación a venir. Unas horas de intranquilidad y aparece Isasi con Gorostiza, que viene en mangas de camisa y con alpargatas. El equipo no estaba en el pueblo por haber salido de excursión, a la que no fue Gorostiza por hallarse indispuesto. Al encontrarse con Isasi subió al coche tal y como estaba y se vino a París para hablar. Conocimos la situación de ánimo de los jugadores. Entre ellos y al frente de la expedición había quienes por su significación política no podían regresar a España en aquellos momentos. Los que por no estar comprometidos querían volver a sus casas ya liberadas no se atrevían a hacerlo porque aquello significaría deshacer la expedición futbolística y dejar a unos cuantos abandonados a su suerte. Se explotaba un falso compañerismo que podía ser fatal para todos. Dimos a Gorostiza instrucciones para sus compañeros: los que quisieran venir entrarían en España con nosotros; quienes no estuvieran resueltos a hacerlo en el momento podían pensarlo y venir a Hendaya, mandándome recado a mí a Irún, para que pasara a buscarlos. Nosotros no podíamos permanecer en París porque se había descubierto nuestra estancia y era peligroso para el éxito que buscábamos. Gorostiza recogió su equipaje y volvió en el mismo coche a París. Pudo hablar con algunos de sus compañeros y de momento nadie más que el masajista Birichinaga estaba dispuesto a venir. Quedamos que Isasi quedara en espera de éste y yo con Gorostiza vine en el primer tren para Hendaya. Cuando pasamos el puente internacional Gorostiza, visiblemente emocionado y agradecido, me abrazó fuertemente. Al día siguiente vino Isasi con Birichinaga. Los demás, nada. Dimos cuenta a Julián de nuestra gestión y en el afán de dar una nueva oportunidad a quienes iban forzados en la expedición, se acordó, con arreglo a nuestro informe verbal, repetir el viaje y la gestión pero esta vez acompañados de Gorostiza, para que vieran que se podía entrar y salir en nuestra Zona y que nuestra invitación no era un cebo para cazarlos; de Santiago de la Riva para que su personalidad fuese una garantía; y de René Petit para que tuvieran la certeza de que la gestión era sincera. En París se nos unió el ex jugador Anatol. Tuvimos la suerte de entrar en el tren de Hendaya con Luis Regueiro que iba a Bayona. Se habló con él de nuestro proyecto y se recabó su ayuda. Comprendió nuestro proyecto para ayudarnos ya que al día siguiente pensaba estar en París; pero insistió en el argumento ya conocido. Con los que iban en la expedición se podían jugar partidos y sacar algún dinero para ir viviendo. Alguno vendría a España por su deseo, pero ello equivalía a deshacer el medio de vida y a dejar en malísima situación a los que no podían intentar venir. Regueiro estuvo razonable y muy bien dispuesto. Regueiro hubiera aceptado para él y para su hermano la invitación nuestra; pero… Yo me atrevía a decirle que lo pensaran y que si se les hacía fuerte el tener que entrar por Irún, su pueblo, en nombre del presidente de la Federación les ofrecí la entrada por cualquiera de las otras fronteras viables.

Las gestiones de París no dieron resultado inmediato. René y Anatol fueron actores de una escena violenta con los jugadores vascos que se oponían a la merma del grupo. Se convencieron de que los dispuestos a venir cedían a los requerimientos y lamentaciones de los que habían de quedarse (no porque no quisiéramos traerlos, sino el conocimiento de sus propias culpas) y dieron por terminada la tentativa no sin antes reiterar que si alguno lo pensaba mejor podía dejar aviso a mi nombre en Hendaya. Y volvimos de París sin lograr nada en limpio.

Algunos días más tarde, estando yo en la romería de Guadalupe, en Fuenterrabía, recibí aviso de que en Hendaya estaban algunos jugadores vascos. Inmediatamente pasé el puente y me dispuse a localizarlos. No encontré más que a Roberto Echevarría y a Muguerza. Estaban con otros vascos exiliados en Hendaya. Me dejé ver y me saludaron, pero sin decirme nada más que el saludo. Comprendí que no me habían mandado aviso y que su estancia allí obedecía a otras razones. Pero también creí que su actitud pudiera obedecer a la circunstancia de encontrarlos con amigos exilados. Me hice nuevamente el encontradizo y me paré a hablar con Muguerza. Me dijo que había venido a hablar con sus hermanos, que vivían en Hendaya, y que Roberto le había acompañado para asegurarse de si podía o no pasar a España. Decidí incorporarme al grupo y hablar lealmente. Expuse nuestro punto de vista. Los hermanos de Muguerza expusieron los suyos respecto a su hermano. Y todos coincidimos en que Roberto podía hacer lo que quisiera. Les dejé solos para que deliberaran y les anuncié que hasta momentos antes de las nueve de la noche estaría en la terraza de un café próximo al puente, por si querían venir conmigo. En efecto, aparecieron los dos: Roberto con su maleta, Muguerza sin nada. Venía a acompañar a Roberto y a darme las gracias. Había decidido seguir la suerte de sus hermanos, se quedaba con ellos. Le deseé acierto en la elección y me quedé con Roberto dispuesto a pasar a Irún. Le pregunté qué dinero tenía, a efectos de Aduana y me dijo que los francos que poseía los había cambiado por moneda española. Pedí verlos, pues tuve una sospecha que confirmé; le habían dado billetes españoles de los que no valían. Le hice que fuera a deshacer el engaño. Lo hizo pronto y cambiados en buena ley emprendimos el camino de España. Pocos metros pero horribles para Roberto a quien el miedo no dejaba andar; tuve que cargar con la maleta, que pesaba lo suyo. No he visto un hombre más aterrorizado por los cuentos que le habían contado. En Hendaya pretendió llamar a su mujer por teléfono a Éibar, cosa que, naturalmente, no era posible. Pero le prometí que llamaríamos desde Irún. Yo le animaba con el recuerdo de esa llamada que era ya inminente; pero no había forma de tranquilizarle. También en la Aduana le animaron y le hablaron afectuosamente. Como si no. Fuimos al hotel en donde yo me hospedaba. Nadie le molestó para nada. Habló con su mujer; se quedó más contento. Pero ni probó bocado en la cena, ni pudo dormir de pensar que a la mañana siguiente teníamos que ir a la Comandancia Militar.

Nos recibió Julián; le hizo algunas preguntas y como le viera tan nervioso le lanzó una filípica que le acabó de descomponer, a pesar de que Julián, cambiando el tono, le animó con amistosas palabras. Prometió firmar el salvoconducto para que pudiera ir a Éibar y el certificado de depuración para que nadie le molestara. Y se fue y yo ya no volví a saber nada de él hasta que leí en la Prensa que estaba gravemente enfermo. Parece ser que unas fiebres se apoderaron de él; pero yo sabía que todo era consecuencia del mal trago de su entrada en España por creer que aquí nos comíamos crudos a los que entraban en nuestra Zona. Y así acabó el intento de traída del equipo vasco.

Julián Troncoso entre tanto seguía su labor inconmensurable al frente de la Comandancia; era indiscutiblemente un personaje y su trabajo de indudable beneficio para la Causa. Burgos descansaba en él no sin fundamento. Todavía habría sido más eficaz su labor de haber tenido la suerte de rodearse de mejores colaboradores. Pero tuvo la debilidad de aguantar a su lado muchos enchufados y arribistas que trabajaron pro domo sua y que cuando cambiaron las tornas le volvieron la espalda con muy poca elegancia. La captura del avión que llevaba las joyas de la Virgen de Begoña; el apresamiento de petroleros cargados de gasolina; lo de los submarinos; la liberación de Santander, cuyas gestiones y conclusión conocí horas antes del parte oficial, y tantas y tantas otras cosas jalonan una actuación positiva y eficaz. Y no hablemos de su lealtad y compañerismo. Muchos eran los participantes en la acción de Burdeos relativa al submarino célebre. Julián no tenía por qué comprometerse personalmente; con llevar la dirección del asunto era suficiente. Pero comprendió que había peligro y quiso dar ejemplo llevando parte activa en el mismo. Hubo un muerto en la refriega y aquello le afectó mucho. Como al regresar a Irún, profundamente afectado, se enterara de que había algunos detenidos, entre ellos Manolo Arandain, tuvo el arranque de pasar el puente para gestionar la libertad. Y cayó en el lazo que le hablan tendido y preso quedó de las autoridades francesas en las que tanto confiaba por su amistad y por su simpatía. Pero eran órdenes superiores. Los rojos españoles de París no podían soportar que desde Irún, y merced a una intensa red de espionaje, se torpedearan todos sus proyectos. Se fijaron en Troncoso y pidieron que se le pusiera a buen recaudo. Y preso estuvo en Brest algunos meses; y se le sometió a un espectacular proceso del que pudo salir libre porque ningún cargo concreto le pudo ser achacado.

Cuando regresó a Irún se le hizo un recibimiento popular apoteósico; pero oficialmente se le recibió con el frío protocolario de quienes han aprovechado la ausencia para medrar. Julián hacía tiempo que habla sido sustituido en la Comandancia Militar. Y Elena volvió a quedarse sola con sus chicos, que ya eran muy mayores y seguían siendo iguales. No se quedó tan sola como la otra vez porque aún estaba muy reciente la época de mando y se suponía próxima una libertad cuyas consecuencias se desconocían. Había que nadar y guardar la ropa.

En la Federación de Fútbol se le esperó y como presidente de ella pudo asistir a la final de un Campeonato, que se había jugado por diversos equipos, que se celebró en Barcelona, que dio Campeón al Sevilla y que fue un modelo de organización en la que no tomaron parte ninguno de los innumerables señores que ya habían comenzado a sentir inquietudes por los cargos de la organización futbolística. Por esa apariencia y por el desinterés de los verdaderos promotores de esa organización general han pasado luego muchas de las cosas que han pasado.

Julián ha pedido ir al frente, pero no a un puesto cómodo. Y le mandan a Tremp. Son los coletazos del estertor del Ejército Rojo; son los momentos decisivos en los que es muy difícil obtener éxitos aparatosos. Julián soporta lo que le viene encima y convencido de que los envidiosos de su nombre actúan hasta con descaro, acepta el momentáneo eclipse de su buena estrella y se contenta y mucho con saborear el definitivo triunfo de la Causa Nacional, que ya se vislumbraba y que es cuestión de días.

Y cuando éste llega, se instala en Madrid y considera que ha llegado el momento de consagrarse con presencia a los suyos. Aquellos chicos, Enrique y Carlos son ya unos hombres; hay que pensar en sus carreras y en su orientación. Y Julián, que ha sorteado sin envanecimiento el rodar favorable de su suerte, no va a amilanarse porque haya deserciones en sus anteriores amistades, o porque la envidia quiere cebarse en él o porque la intriga pretende desposeerle de lo que aún tiene. En Madrid se hace cargo de la Nacional de Fútbol y en toda su integridad y buena fe no le permite sospechar que entre bastidores se fragua algo contra él. ¿Quién fue Judas? Allá cada cual con su conciencia. Pero un día apareció una disposición decretando el cese de Julián como presidente y nombrando a otro en su lugar. Quienes movieron aquel tinglado dieron una puñalada por la espalda a la Federación Española haciéndole perder su autonomía, porque ya desde entonces se gobernó por decreto. Y no digo que esto fuera peor o mejor que lo anterior; no digo sino que aquello fue el comienzo de todo lo que después vino. A Julián lo elegimos nosotros y ya no hemos vuelto a elegir a nadie. Y posiblemente habrá sido mejor, pero perdimos ese derecho. Y esto es todo el comentario.

¿Le importó aquello mucho a Julián? Creo sinceramente que no. Le dolería, seguramente. Y más al considerar que de esta manera solapada se correspondía a su desinterés y a su espíritu de servicio. Pero poco conocían a Julián quienes le consideren sensible a la pérdida de las cosas honoríficas hasta el extremo de tomarse un desquite. La vida lo ha baqueteado bien y le ha enseñado mucho. Entre otras cosas le ha enseñado a ser práctico, a ser constante para el trabajo y a mirar por los suyos en la seguridad de que de los demás poco debe esperar.

Se orientó hacia los negocios. Cuando en estos adquirió el dominio y la estabilidad que aconsejaban su recto criterio de no salirse de lo correcto, no vaciló en dejar a un lado su carrera militar, por la que tuvo verdadera vocación. No sé si todavía atenderá una clase de educación física que durante muchos años ha venido dando en un colegio de los P.P. Jesuitas y que ha sido el exponente de su constancia y de sus aficiones, pues ni la hora de la clase, ni su compensación económica compensaban de un esfuerzo diario, que más nos habla de una inclinación natural y de un imponerse una disciplina voluntaria.

Julián ha vivido y vive feliz por su identificación absoluta con Elena y por el afán que a ambos ha guiado de sacar adelante a sus hijos. Y esa felicidad es mayor al observar el fruto de sus desvelos, pues Enrique y Carlos son ejemplares, tanto por su inteligencia, por su amor al estudio y por su espíritu de emulación, cuanto por su entrega total al cariño de sus padres. Ambos han hecho sus carreras brillantísimamente y ambos han logrado por su propio esfuerzo situarse bien y labrarse un porvenir en sus respectivas especialidades. Enrique es abogado; pero además entró por oposición en el Cuerpo Auxiliar de Marina, realizó sus estudios en Marín y no sólo tiene asegurado el día de mañana, sino que dedica todos sus ratos libres en la práctica de la abogacía. Su hermano Carlos es médico. Un experto cirujano, lleno de vocación y de ansias de trabajar. Es por oposición médico del Arma de Aviación y en los Hospitales, en las clínicas y en la atención constante de sus enfermos va labrando su porvenir. Su madre no los ha dejado de la mano un instante y ha sabido moldearlos cristianamente, con espíritu de modestia para con los demás, pero a la vez con ambicionada ilusión de conseguir para sí mismos lo mejor, siempre a base de sus propios merecimientos. Elena que lleva tantos años no separándose de sus hijos, a los que ha estado consagrada por completo, tiene el santo temor de que un día le vuelen en pos del matrimonio; no se opone a que cuando hayan de resolver den con lo más acertado y conveniente.

Y yo tengo el convencimiento de que Elena y Julián serán aún más felices cuando contemplen la felicidad de sus hijos, porque han puesto de su parte para lograrlo cuanto estaba a su alcance y porque lo merecen, en una palabra.

Hace tiempo que he perdido el contacto con Julián y no por mi culpa. Veo a sus hijos por ahí; sigo sin saber con exactitud quién es Enrique y quién es Carlos, como no vayan de uniforme. Les pregunto por sus padres y esto es todo. Pero no importa. Yo he sido un incondicional, un leal amigo de Julián y lo sigo siendo y lo seguiré porque así respondo a mi manera de ser y de sentir y porque estoy para siempre agradecido a las muchas atenciones con que inmerecidamente me ha honrado y a las que no puedo corresponder de otra manera que con mi invariable afecto.

Y ahora, para final, puedo decir que ha sido para mí muy grato el tiempo dedicado a la redacción, un poco deshilvanada de estos recuerdos. Tal vez podía haber dicho otras muchas cosas; desde luego mejor dichas; pero creo haber hecho una síntesis de lo que Julián Troncoso es, en su personalidad, de lo que ha significado para nuestro fútbol y para todos nosotros. Y si he logrado dejar constancia un poco aproximada a la realidad, me consideraré feliz, aunque reconozco que mi intención y mi buen deseo no han corrido parejas con la realidad del acierto. Pero esto sí que sería culpa mía.

José María Gayarre

Madrid, agosto de 1952

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Nº 99

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