Falsedades, omisiones y desmemoria

Resumen

Se ha dicho a menudo que la primera gran víctima en los conflictos bélicos contemporáneos es la verdad, y al menos el que vivió España entre 1936 y 1939 no constituyó excepción. Los bulos interesados, la manipulación informativa y el libelo, estuvieron presentes mientras se gestaba, al sobrevenir el alzamiento militar, cuando la República se
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Se ha dicho a menudo que la primera gran víctima en los conflictos bélicos contemporáneos es la verdad, y al menos el que vivió España entre 1936 y 1939 no constituyó excepción. Los bulos interesados, la manipulación informativa y el libelo, estuvieron presentes mientras se gestaba, al sobrevenir el alzamiento militar, cuando la República se debatía en una larga y extenuante lucha interna, y tras la capitulación gubernamental, prólogo de mil venganzas servidas en plato frío: ejecuciones sumarias, depuraciones, condenas a muerte, incautación de bienes, trabajos forzados, presidios a reventar, penas de destierro…

Bulo en El Mercantil Valenciano (1-X-1936)

Bulo en El Mercantil Valenciano (1-X-1936)

La falsificación histórica, de cualquier modo, había nacido en paralelo a la propia civilización. Hoy los egiptólogos ponen en duda algunos ideogramas esculpidos a lo largo del Nilo, glosando gestas de faraones más acostumbrados a lidiar con sus sacerdotes que a medirse en campos de batalla. Heródoto de Halicarnaso o el ateniense Tucídides, y sobre todo Polibio, se esforzaron siglos después en ceñir el relato histórico a testimonios de primera mano, aderezados con algún análisis sobre sus causas y consecuencias. Todo para que Julio César, gran pregonero de sí mismo y formidable escritor -suponiendo saliera de su puño y letra tanta hazaña-, edulcorase triunfos y conquistas con claro efecto propagandístico. A partir de ahí ya hubo un espejo donde mirarse y ver tan sólo púrpuras y laureles. Las cosas podían ser no como realmente sucedieron, sino como convenía más hubieran ocurrido.

Los norteamericanos contaron su II Guerra Mundial a través de John Wayne y el proceso de Núremberg, pasando por alto la masacre de Dresde (300.000 alianzas recogidas entre aquella montaña de ruinas) o la hecatombe civil en Hiroshima y Nagasaki. Si la bota hitleriana hubiese aplastado Europa, hoy poco sabríamos acerca del holocausto y altos mandos británicos o estadounidenses habrían tenido que vérselas, sin duda, ante otro u otros tribunales ejemplarizantes. De igual modo, un hipotético triunfo republicano tampoco se hubiera traducido en magnanimidad hacia los vencidos. Se había asesinado a discreción en las áreas de control gubernamental, desposeído de bienes alegremente y ensordecido ideas mediante cautiverio y plomo, con tanta saña a partir del 18 de julio, que la piedad por fuerza debió huir espantada. Contra lo tantas veces aseverado, la historia no sólo se escribe desde el lado vencedor. Pero como a los vencidos les cuesta más redactarla, el mensaje triunfalista suele tomar casi siempre una gran ventaja. Y sobre este particular, nuestra sangría tampoco quebrantó la norma.

Seis días después de producirse el alzamiento militar, la “Gaceta de Tenerife” dio por hecha la victoria “nacional”, sin apenas entrar en batalla.

Seis días después de producirse el alzamiento militar, la “Gaceta de Tenerife” dio por hecha la victoria “nacional”, sin apenas entrar en batalla.

Durante los años 40 y 50 se imprimieron millones de páginas convirtiendo aquella atrocidad entre hermanos, no en una guerra, sino en una cruzada; mitificando al caudillo victorioso, sobre quien Dios derramaba toda su gracia, ungía como un nuevo Cid Campeador y le hacía hueco bajo palio. Más que historiadores hubo juglares ansiosos por agradar a su amo y señor. Cantores de gesta en cada plaza de pueblo, escuela, iglesia, alcaldía o instituto. Y así, el relato fidedigno quedó ensordecido. Hubo que esperar hasta los años 60 para que otra generación de españoles, vástagos de combatientes, comenzase a saber algo de su reciente pasado por voz de hombres afines al ideario triunfador, aunque comprometidos a mirar hacia ambos lados: Ramón Salas Larrazábal, por ejemplo, y Ricardo de la Cierva, este último aún aferrado a la justificación de hechos tan indefendibles como el bombardeo de Guernica. Sólo a partir de la transición, Franco Salgado-Araújo, primo y secretario de Francisco Franco, retrató a otro “Centinela de Occidente” más bien abúlico, medroso en la toma de decisiones, aprovechado y sin mucho que ver con el cruzado a quien poetas falangistas hicieron cabalgar sobre gavillas y luceros. Paralelamente, dos nuevos reemplazos de historiadores irían enhebrando un relato más consistente: Javier Tusell, Juan Pablo Fusi, Julio Gil Pecharromán, Ángel Viñas, Javier Cervera, Enrique Meseguer, Xavier Casals, Miguel Amorós, Ana Mª Ramos, Francisco Alía Miranda, Carlos Collado Sede, Ángel Bahamonde, Florentino Rodao, entre otros, o los catedráticos Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, autores de un concienzudo análisis sobre el fraude y violencia del Frente Popular  en las elecciones de 1936; y desde el extranjero Anthony Beevor, Burnett Bolloten, Morten Heiberg y Mogens Pelt, los dos últimos poniendo al descubierto el suministro de armas nazis a la República, por orden de Hermann Goering, quien únicamente habría visto en aquel gobierno asfixiado una excelente oportunidad cortoplacista.

Imaginaria zona “nacional” para “El Norte de Castilla”, el 15 de agosto de 1936…

Imaginaria zona “nacional” para “El Norte de Castilla”, el 15 de agosto de 1936…

Cuarenta largos años de fábulas y realidades a medias, para que una verdad más completa comenzase a brotar. Demora excesiva si consideramos que Japón tardó menos en ofrecer su visión de la Guerra del Pacífico, la toma de Iwo Jima o la batalla de Manila, en realidad sucesión de ataques y contrataques a lo largo de 28 días interminables. Una visión propia, distinta, claro está, a la rodada en tecnicolor por los estudios cinematográficos de Hollywood.

La Historia, como bien sabemos, nunca deja de reescribirse, pulirse y completarse. Pero si tanto la Guerra Civil como el subsiguiente periodo dictatorial precisaron una revisión con lupa, resulta mucho más llamativo que otras historias con minúscula, más pequeñas y comparativamente banales, como la del fútbol, emprendiesen una transformación similar, aunque en dirección contraria. Lejos de añadir descubrimientos o matices, sus amanuenses se empeñaron en amputarla. Tacharon párrafos que el transcurrir del tiempo había convertido en molestos, “extraviaron” archivos, omitieron pasajes que a tenor de la nueva realidad se tornaban sonrojantes… Y en más de un caso se acabó escribiendo relatos virtuales, sostenidos sólo por la fantasía o el empeño en tejer realidades paralelas. Curioso método de autocensura, justo cuando la censura oficial, tan draconiana, formaba parte del pasado.

…Y en azul, la auténtica realidad dos meses después.

…Y en azul, la auténtica realidad dos meses después.

No haría falta espigar mucho para recitar ejemplos. Las más recientes historias del At Madrid omiten que cuando fue Atlético Aviación, los militares de dicho cuerpo vetaron a futbolistas por su pasada ideología política, y hasta amagaron con hacer otro tanto entre la masa social. Curiosamente su vecino madrileño, más adelante tildado desde algunas latitudes como “equipo del régimen”, abría sus puertas de par en par al represaliado Marcial Arbiza, desoía amenazas, daba por no recibidos distintos anónimos y se partía el pecho de instancia en instancia, hasta regularizar la situación del jugador. Tampoco las varias y más actuales obras sobre el devenir del Real Club Deportivo Mallorca revelan pormenores sobre Lluis Sitjar, uno de sus presidentes estrella. Narran, eso sí, sus tres etapas al frente del club palmesano: 1926-27, todavía bajo la denominación de Real Sociedad Alfonso XIII, 1930-33, en el tránsito a Club Deportivo Mallorca, y 1943-46. Apenas una sola palabra sobre su vinculación al Partido Regionalista de Mallorca durante la Segunda República (concejalía municipal incluida), el atentado que sufriera a manos de Andreu Obrador aquel 4 de junio de 1933, cuando salía de misa en Porreres, el balazo que le perforó el paladar y milagrosamente le dejara con vida y, sobre todo, acerca de su conversión falangista tan pronto hubo triunfado el golpe militar en la isla (19 de julio). Según distintos testimonios, Sitjar comandó un grupo de camisas azules responsable de “pasear” a muchos desgraciados en el área de Inca-Montuïri-Porreres, cuyos cuerpos acabaron amontonados junto a las tapias del cementerio. Se entiende que pormenorizaciones de esta índole no tuviesen cabida en los escritos de 1960 y 70, por corresponder a una de tantas realidades silenciadas. Lo que ya conturba es que el campo con más aforo en Baleares ostentase su nombre hasta la inauguración de Son Moix (1999), y que ese nuevo estadio luzca una grada en memoria del antiguo regidor. Probablemente el graderío Lluis Sitjar no existiese de haber auspiciado la entidad bermellona historias de verdad, sin amputaciones, olvidos interesados o injustas paletadas de tierra sobre su pasado.

El F. C. Barcelona también parece renegar de una parte de su pretérito, si tomamos como referencia cuanto las rotativas vomitaron desde finales de los 70. Se diría que el dictador posbélico jamás recibió en audiencia al elenco azulgrana, que Franco apenas pisó sus instalaciones deportivas y, por supuesto, nadie le invitó a inaugurar el Camp Nou. En cambio la página web barcelonista se hizo eco de la retirada de medallas y honores a quien llevaba ya cuarenta años bajo la mole pétrea de Cuelgamuros, y se antoja poco arriesgado aventurar que los futuros empeños editoriales incluirán fotografía de dicha acta, aun sin explicar cuándo, por qué y quiénes otorgaron, en nombre y presentación de toda la masa social, tan alta deferencia.

Oportunismo publicitario durante la Guerra Civil. El texto rezaba: “La Victoria sonríe a los mejores. El Glorioso Ejército Nacional vence siempre en los campos de batalla. Neumáticos Firestone iguales a los fabricados en Basauri (Bilbao), han obtenido hace muy poco su decimonovena victoria consecutiva en la carrera de 500 millas de Indianápolis”.

Oportunismo publicitario durante la Guerra Civil. El texto rezaba: “La Victoria sonríe a los mejores. El Glorioso Ejército Nacional vence siempre en los campos de batalla. Neumáticos Firestone iguales a los fabricados en Basauri (Bilbao), han obtenido hace muy poco su decimonovena victoria consecutiva en la carrera de 500 millas de Indianápolis”.

Los libros que muchos clubes editan con motivo de sus bodas de diamante o centenarios, también justifican algún análisis. Si antaño se omitió -a la fuerza ahorcaban- cualquier invocación a las víctimas o represaliados por su condición de combatientes republicanos, hoy, a menudo, se hace lo propio con quienes cayeron en el bando “nacional”. ¿Qué motiva semejante proceder en pleno imperio de la libertad expresiva, sino el muy discutible intento de pasar la apisonadora sobre todo el periodo 1939-1976? La Historia existe para enseñarnos y evitar en lo posible la repetición de errores, fruto del desconocimiento. Para enriquecer nuestra visión del mundo y de nosotros mismos, no para avergonzar a nadie. Y mientras esto no sea entendido, parco será el provecho a extraer de cuanto hicimos.

Uno de los casos más llamativos por cuanto respecta a la manipulación de nuestra historia futbolística, tuvo y tiene por epicentro al Athletic Club bilbaíno. Y no respondió a improvisación, sino al decidido interés de ocultar antiguos vínculos con el franquismo en plena Guerra Civil, aun a costa de dejar las vitrinas sociales sin un solo trofeo. Sigamos, pues, aquellos acontecimientos, tras un escueto e imprescindible preámbulo explicativo sobre la “Suscripción Nacional” y la incautación de oro y divisas decretada por la Junta de Defensa Nacional (19 Agosto 1936), eje, e hilo conductor de cuanto nos ocupa.

Si de algo carecían los militares rebeldes era de una reserva nacional en oro, que avalase los préstamos solicitados para la adquisición de armas, munición y pertrechos. Así que, decididos a obtener recursos, la ejecución de dicha orden, corroborada más adelante por la Junta Técnica del Estado, se convirtió en objetivo prioritario. Para una mejor contabilización se establecieron varias cuentas a nutrir con las Suscripciones Nacionales: “En metálico”, “En oro” y “Donativo de empleados públicos” (Decreto 69, del 26-VIII-1936). No se habilitó, en cambio, ninguna cuenta específica para captar divisas en manos de la ciudadanía, y ello pese a que la recaudación mediante esta vía arrojase cifras espectaculares. El Decreto 39 de la Junta de Defensa Nacional (15-VIII-1936), constituyó un primer paso hacia el bloqueo de oro monetario y divisas. Mediante su articulado se prohibía la venta de “cualquier clase de moneda de oro nacional o extranjera, (así como) billetes o valores de cualquier nación extranjera, salvo autorización expresa de la dirección general del Tesoro”. Ese decreto establecía una comunicación pormenorizada desde cada banco o entidad crediticia a la Dirección General del Tesoro, sobre cuantos depósitos custodiasen. Orden que incluso se haría extensiva a poseedores de cajas fuertes en sus domicilios. Las divisas, por otra parte, habrían de entregarse a la autoridad militar para su canje, a razón de 40 ptas. por libra esterlina y 8 ptas. por dólar, lo que en el fondo constituía una severa incautación, nada encubierta. Fechas después (17-X-1936), se implicaba a los gobernadores civiles de cada provincia en el montaje de un servicio para la recepción de oro y alhajas, aprovechando la estructura de las Cajas de Ahorros y Monte de Piedad. Y como colofón (26-XI-1936), otra orden promovía la creación de depósitos en cada sucursal del Banco de España, desde donde se haría llegar hasta Burgos el montante total de las recaudaciones. Tan sólo por cuanto respecta a la obtención de divisas en moneda extranjera, los sublevados pudieron acceder a créditos exteriores cuantificados en 50 millones de escudos portugueses, 12 millones de francos suizos y 3.200.000 libras inglesas.

Huelga indicar que el irrespirable clima de los meses previos al alzamiento, con tanta facción enfrentada, amenazas directas en sede parlamentaria, asesinatos impunes y desmembración social, aconsejaron movimientos de capital a quienes más pudieran perder en semejante río revuelto, si a la postre se veían impelidos a tomar las de Villadiego. De ahí que ante la posible pérdida de valor en la moneda nacional, muchos optaran por convertirla en oro, divisas o joyas. Únicamente los más precavidos, apenas unos pocos millares, lograrían salvaguardar sus fortunas, o parte de ellas, en bancos de Suiza, Inglaterra, Francia o Alemania, convenientemente reconvertidas a dólares o libras.

Como aflojar la faltriquera nunca constituyó plato de gusto, una orden del 24 de noviembre de 1938 consideraba delitos de contrabando monetario la posesión u omisión de declaración; la conservación de oro amonedado, o en barras, así como títulos de deuda extranjera; la retención de divisas procedentes de exportaciones; exportar mercancías mediante reembolso en pesetas; expatriar monedas o billetes extranjeros, e incluso moneda española; aceptar transacciones con el exterior en pesetas; comerciar con billetes emitidos o puestos en circulación por la República a partir del 18 de julio de 1936; atesorar moneda metálica española, especialmente de plata… El 2 de noviembre de 1936, una vez establecida la Casa de la Moneda en Burgos para refundir los metales obtenidos mediante incautaciones o la suscripción de oro, cabía asegurar que el pretendido estado franquista contaba con todos los resortes económicos de cualquier sujeto político. Todo un avance en pos del ansiado reconocimiento internacional.

El éxito de aquella campaña incautatoria tuvo mucho que ver con las frecuentes llamadas a su estricto cumplimiento, insertas en la prensa: “Es un judío quien en estos momentos guarda el ORO cuando la Patria lo necesita; entregue usted los que tenga”. Con la persuasión predicada desde muchos púlpitos, especialmente rurales, conscientes los párrocos de que su feligresía, refractaria a confiar en la banca, atesoraba viejas monedas de plata por si viniesen mal dadas: “Vosotros, que tenéis hijos combatiendo por la fe de Cristo, ayudad a quienes os garantizan vidas y haciendas; pensad que si por avaricia no contribuyerais, estarías dando pie a que los aliados de Satanás os dejen sin ahorros, tierra e hijos”. Y sobre todo ante la amenaza clara y directa en octavillas y pasquines:

Falsedades06Lo de blandir como un venablo el término “judío” en sus acepciones de avaro, taimado y oportunista, tuvo su aquel. Uno de quienes más repetidamente lo empleó fue Gonzalo Queipo de Llano desde las ondas de Unión Radio Sevilla, desconociendo, sin duda, que las adineradas familias judías de Melilla contribuían económicamente a la causa franquista. El propio general Francisco Franco, cuando gestionó créditos con la banca judía de Tánger y Tetuán, se vería obligado a desautorizar a su general jefe de la Segunda División Orgánica, no sólo verbalmente, sino mediante escrito dirigido al Consejo Comunal Israelita de Tetuán (15-VIII-1936), solicitando no concediesen valor al antisemitismo radiado. Firmados los créditos, ni Gonzalo Queipo redujo su veneno antisemita, ni el régimen, en conjunto, dejó de ver a dicha comunidad con los peores ojos. El “contubernio judeomasónico” habría de convertirse en comodín de discursos y arengas hasta bien entrados los años 60.

Huelga indicar que el avance franquista llevaba hasta las plazas recién conquistadas todo el articulado de la “Suscripción Nacional”. Y puesto que cualquier muestra de cicatería resultaba arriesgada en extremo, el bando sublevado continuó nutriendo su tesorería. Es en este panorama donde tuvo lugar el gesto del Athletic Club, tan renegado a posteriori.

Roto el débil Cinturón de Hierro y con el ejército vasco virtualmente disuelto, o en repliegue hacia las Encartaciones, los deshilachados batallones gudaris concluyeron concentrándose en Santoña. Tan sólo  dejaron atrás a la ertzantza y algún resto de batallón, con el propósito de evitar desórdenes, pillaje y ajustes de cuentas en la villa bilbaína. Finalmente, sin la más mínima oposición, el 19 de junio de 1937, entre las 5 y las 6 de la tarde, las Brigadas de Navarra tomaban la capital vizcaína.

Guillermo Gorostiza Paredes, “Bala Roja”, uno de los presentes en el partido de preselección disputado en San Mamés, mientras desde el palco se decidía la suerte de los trofeos rojiblancos.

Guillermo Gorostiza Paredes, “Bala Roja”, uno de los presentes en el partido de preselección disputado en San Mamés, mientras desde el palco se decidía la suerte de los trofeos rojiblancos.

Transcurridos tres meses (28-IX-1937), el club rojiblanco de San Mamés encargó una misa en sufragio de los socios, futbolistas y directivos caídos durante la guerra, y por la tarde tuvo lugar la junta general ordinaria pospuesta un año antes, pues estando previsto celebrarla el 21 de julio del 36, los acontecimientos de víspera la truncaron. Allí se acordó adherirse a la Federación Española establecida en San Sebastián -la franquista- y constituir una nueva directiva, compuesta por los Sres. Luis Casajuana (presidente), Roberto Arteche (vicepresidente), Carlos Bayo (secretario), Eduardo Lastagaray (vicesecretario), Juan Bengoechea (contador), Claudio Gorostiaga (tesorero), y los vocales José Mª Olavarría, Pedro Mª Gaviria y Juan Aguilar. Casi a renglón seguido, puesto que estaban preparándose unos partidos “internacionales” entre las “selecciones” de Portugal y la España controlada por los sublevados, San Mamés fue escenario de un encuentro preparatorio, o de preselección (10-X-1937), con presencia de varios jugadores atléticos: Zabala, Oceja, Gárate y Guillermo Gorostiza. Y durante el mismo, el presidente rojiblanco acordó con el gobernador militar la entrega, destinada al Tesoro Nacional, de los 145 trofeos que poseía el club.

Esos partidos ante Portugal, disputados en condiciones sumamente precarias, no iban a ser reconocidos más adelante ni por la UEFA ni, obviamente, por la FIFA. Pero los trofeos sí fueron entregados, tal y como se acredita en los documentos adjuntos, hallados en el archivo de la Casa Civil de S. E. El Generalísimo, sito en Patrimonio Nacional, por Antonio Arias, concienzudo y muy eficaz rastreador de la memoria futbolística, ofrecidos en primicia desde su blog “Saltataulells”, centrado en  la manipulación barcelonista de su propia historia. A través de ellos cabe seguir el itinerario de copas y premios; en realidad idéntico al de tantas alhajas, colecciones numismáticas o lingotes de metal precioso, entregados en estricta observancia del decreto de “Suscripción Nacional”.

En el primero y mediante telegrama, el gobernador militar bilbaíno da cuenta de la entrega de trofeos y solicita instrucciones con respecto a si procede depositarlos en la sucursal que el Banco de España poseía entonces, al igual que hoy, en dicha plaza.

Documento 1º

Documento 1º

Mediante en el segundo, llevando por fecha 15 de octubre de 1937, el Teniente Coronel Ayudante en la Secretaría del Generalísimo, da por bueno el depósito en la sede bancaria local, y encarga se transmita el agradecimiento de Su Excelencia al Athletic Club por ese “rasgo patriótico”.

Documento 2º. El Ayudante de Secretaría en Burgos autoriza la recepción en depósito.

Documento 2º. El Ayudante de Secretaría en Burgos autoriza la recepción en depósito.

El tercero hace referencia a la remisión desde Bilbao, con fecha 10 de enero de 1938, de la tasación efectuada por el industrial joyero Alfredo Álvarez. E igualmente, 4 días más tarde se traslada dicha valoración a la secretaría particular de Franco, rogando indicaciones sobre si ha de procederse a la venta de los trofeos por el valor estipulado, o si deben seguir en los sótanos de la sucursal bancaria.

Documento 3º. Ya existe tasación de los trofeos.

Documento 3º. Ya existe tasación de los trofeos.

Finalmente el cuarto, también relativo a correspondencia interna en la sede gubernamental burgalesa, ordena instruir al gobernador de Bilbao sobre la permanencia, en depósito, de las 145 copas y trofeos (26-I-1938).

Documento 4º. Los 145 trofeos parecen momentáneamente “indultados”.

Documento 4º. Los 145 trofeos parecen momentáneamente “indultados”.

Por desgracia continúa sin aparecer el balance de tasación. Y es lástima, pues probablemente la clave sobre su no puesta a la venta tenga que ver con una valoración baja. El joyero Alfredo Álvarez, sin proponérselo, habría salvado gran parte del patrimonio rojiblanco, el más antiguo y sentimentalmente más querido, por corresponder a la época gloriosa, la de las copas en propiedad y sendos dobletes en Liga y Copa.

También ignoramos con qué fecha se habrían restituido al club esos trofeos, hecho irrebatible, pues continúan a día de hoy en el museo social. Lamentablemente parecen faltar varios archivos de esa época en la sede rojiblanca, sin que pueda datarse el “extravío”; esto es, si ocurrió en pleno periodo bélico, como pura medida de protección al ente y su masa social, o años después, cuando recuperada en parte la antigua idiosincrasia desde la calle Bertendona, alguien creyó más práctico ocultar viejas y un tanto molestas connivencias.

No corresponde a la lucubración, sin embargo, colegir que el olvido de estos hechos, sobre los que un altísimo porcentaje de devotos atléticos ni siquiera oyeron hablar, fue consciente y orquestado. Interesó no airearlo, simplemente. Se enterró en el polvoriento cofre de la desmemoria, puesto que resultaba imposible borrar las primeras brevísimas referencias en prensa, que sin mucha concreción sugerían algo al respecto. Un olvido acomodaticio, rastreable a través de la bibliografía rojiblanca.

José María Mateos, antiguo seleccionador nacional, prestigioso redactor deportivo en “La Gaceta del Norte”, colaborador en “Marca” y toda una autoridad a ojos de presidentes y directivos del Athletic -las consultas que solían efectuarle así lo acreditan-, dedicó un par de párrafos a la donación, tan claros como escuetos, desde el capítulo XXIII de su libro “Los Cincuenta años del Atlético de Bilbao” (1948):

“El presidente  del Athletic, en nombre del Club, hizo entrega al gobernador militar, con destino al Tesoro Nacional, de los 145 trofeos que poseía el Athletic. Más que el valor material de estos trofeos era lo que representaban, ya que puede decirse que en ellos estaba condensada toda la historia del fútbol”.

En 1948, sólo nueve años después de concluida la guerra, si no se era afecto al régimen había que parecerlo. Y Mateos ni siquiera precisaba disimular ideológicamente. Al recoger algo tan próximo y entendiendo que sus lectores tendrían muy fresco lo acontecido, sobraban explicaciones. Pero su exposición sucinta, a medida que fueron sucediéndose las publicaciones sobre el Athletic sin ninguna referencia a la donación, apuntaló la duda. Al fin y al cabo, José Mª Mateos tampoco es que hubiese sido del todo fiel en otros puntos del mismo libro. Ni el Bilbao Club languidecía como él contó, ni el Athletic estaba para lanzar cohetes, desenvolviéndose tan sólo con la ayuda de 30, 40 ó 45 socios, parte de ellos sin sus cuotas al día. Tampoco contó bien la Copa de 1904, cuando el Athletic no hizo entrega a la incipiente y fallida Federación del trofeo conquistado un año antes, a fin de ponerlo nuevamente en juego, se presentó a competir el día que no tocaba y abordó el tren de vuelta dejando tras sí una bronca formidable, cuyo eco continuaba tronando cinco meses después en la prensa madrileña. Sobre otras cuestiones no muy publicables en 1948, y además contrarias al sentir de su autor, como las relativas al ferviente nacionalismo -vizcainismo, se decía entonces- de dirigentes y futbolistas tanto del Bilbao Club como del Athletic, ni siquiera un pase de puntillas. Y lo mismo en torno a la expedición del Euskadi, su preparación en San Mamés, o la pérdida de tantos jugadores rojiblancos, hecho expuesto de corrido: “Por haberse marchado al extranjero casi todos los jugadores del Athletic, éste se veía obligado a formar nuevos elementos para conseguir un equipo. Fue ello, desde el primer momento, la preocupación de la directiva”. No, Mateos tampoco se antojaba del todo fiable.

Durante el paso de los 60 a los 70, la Gran Enciclopedia Vasca editó las historias del Athletic y su antiguo filial madrileño, del Real Madrid, la Real Sociedad y el Barcelona. Dirigido por el abogado José Mª Martín de Retana, el sello logró hacerse con un nada despreciable nicho mediante ediciones de lujo sobre foralismo vasco, antropología, Historia del territorio, trabajos lingüísticos, de toponimia, genealogía, apellidos, y una extensa colección de pintores locales. Pero sus libros de fútbol, desiguales, sin la más mínima aportación y pródigos en errores, no estuvieron a la altura. El del Athletic, todavía Atlético, ya no recogía los avatares de aquellas 145 copas entre 1937 y 1939.

José Mª Mateos, historiador del Athletic -en puridad Atlético- que pespunteó de pasada la donación de trofeos.

José Mª Mateos, historiador del Athletic -en puridad Atlético- que pespunteó de pasada la donación de trofeos.

Ocurriría otro tanto en los dos tomos titulados “San Mamés, la Catedral” (1982), sucinta historia rojiblanca que bebía hasta ahogarse en la fuente de Mateos. En los seis que compusieron la “Historia del Athletic Club”, distribuidos en fascículos con la aquiescencia o bajo auspicio del propio club, alboreando los 90. Y por no variar, en un opúsculo a cargo del diario “Marca” (1994), la lujosísima y poco útil “Historia del fútbol vasco”, ya al cambiar de siglo, el libro del centenario rojiblanco, simple álbum fotográfico a cargo de la leonesa Editorial Everest, y entre medias con los escritos de Enrique Terrachet, firma habitual en la revista “Athletic”, allá por los 70. La correría de los trofeos pudiera pensarse nunca existió. Y no porque los nuevos autores desconociesen el hecho, puesto que para la teórica enciclopedia rojiblanca y la “Historia del fútbol vasco” -en realidad vasco-navarro- se empleó como referencia de cabecera el librito de José Mª Mateos. Tuvieron que leer por fuerza aquel par de parrafitos, ya que los firmantes reproducían frases idénticas, junto a errores de antaño. Simplemente prefirieron omitir algo cuya narración ya no salía a cuenta. Joseba Moro, por el contrario, sí se hizo eco y documentó aquel hecho en su todavía reciente historia del campo de San Mamés, presentada durante el mandato presidencial de Urrutia.

En plena guerra, cada cual tuvo que arreglárselas como mejor supo o pudo. Empresas, sociedades diversas, agrupaciones deportivas, familias… Fue relativamente habitual el cálculo puramente pragmático, sobre todo en la industriosa Cataluña: un hijo con los sublevados y otro defendiendo a la República. Así, ganara quien ganase, nada se perdía del todo. Los hermanos Francisco y Pantaleón Bruguera obtuvieron amplio rédito a dicha fórmula. El del bando triunfador lograba permisos de edición y cupos de papel, mientras el republicano espigaba entre talentosos artistas o escritores represaliados, los ponía a trabajar por mucho menos de lo que en realidad valían, y observaba a pies juntillas cada instrucción censora. Juntos convirtieron la modesta imprenta familiar y el sello “Gato Negro”, rebautizándolo con su apellido, en un emporio editorial de primer orden, que a la postre tampoco iba a digerir bien la democracia y sus devaluaciones monetarias. También durante el conflicto bélico se hizo habitual ver en primera fila, celebrando la toma de cualquier ciudad, a vástagos de familias poco vinculadas al franquismo. Una forma de lavar pecados, quizás, o subirse al carro de la victoria cuando aún se estaba a tiempo. Entonces los auténticos devotos de la causa se limitaron a tildarlos de chaqueteros, conminándolos a defender en el frente ese credo que aseguraban profesar. Pero todos, a su manera, chaqueteros o franquistas desde el minuto uno, entendían muy bien dónde estaban y la peligrosidad de cada ejercicio circense. Algo que cuarenta, sesenta, y hasta ochenta años después, desde el empeño de mirar la Historia con ojos actuales y no bajo el prisma del momento histórico, pareció olvidarse. Llegaron los falsos pudores, la tentación de esconder en el desván el ideario, o el oportunismo del abuelo; el tiempo de lo políticamente correcto, aunque ello implique sacar punta al lápiz rojo, empuñar la brocha con que se embadurnaron carteles de “Gilda” y atribuir nuevo protagonismo a tijeras enroñecidas por falta de uso, desde la bien denostada censura.

Gracias al gesto coyuntural del Athletic, personalizado en un presidente a quien correspondió engrasar la ruinosa entidad que tanto amaba, dicho club, exponente de una ciudad enemiga de la sublevación, evitó duras represalias. Y de paso, sus futbolistas, los pocos que le quedaban del ejercicio 1935-36, o muchos que iban a debutar la campaña 39-40, pudieron hacer un regate al fuego de primera línea. Isaac Oceja aseguró más de una vez: “Hice la guerra con ambos bandos y no tuve que disparar un solo tiro”. Varios jóvenes utilizados en probaturas durante 1938 también hablaban de cómodos destinos. Merced al gesto con los trofeos y a la contemporización de Luis Casajuana, desde altas instancias se prefirió olvidar los muchos guiños rojiblancos al P.N.V. bélico y a su rama escindida A.N.V., así como la aportación de jugadores al equipo propagandista de Euskadi. En ese contexto cuesta mucho, muchísimo, entender la desgracia del neófito José Luis Justel. ¿Por qué pereció en el frente, cuando sus compañeros apenas si oyeron silbar las balas a partir de 1938? Podríamos no averiguarlo nunca.

Sí conocemos, en cambio, gracias a la investigación de Ángel Viñas para su obra “La otra cara del Caudillo”, que parte de lo aportado a esa “Suscripción Nacional” acabaría enriqueciendo personalmente a Francisco Franco.

El dictador brasileño Getulio Vargas donó 600 toneladas de café, como contribución al bando nacional en guerra. Ese  café se entregaría al Comisariado de Abastecimientos y Transportes, organismo dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, para su distribución por distintos gobiernos civiles desde donde salió a la venta en sus respectivos ámbitos provinciales, al precio oficial de 12,48 ptas. Kilo, impuesto por la administración. Un documento hallado en los archivos del Palacio Real cifraba la recaudación en 7.500.000 ptas., cifra coincidente con el saldo de una cuenta a nombre de Franco, cerrada a 31 de agosto de 1940. El propio Francisco Franco Bahamonde percibía 10.000 ptas. mensuales de la Compañía Telefónica Nacional, participada accionarialmente por la norteamericana I.T.T., a manera de generosa dádiva. Amén, por supuesto, de otras donaciones diversas, como una finca en Santa Elena de Agell, propiedad de Teresa Ametller Cros (17-X-1936), efectiva “en cuanto la provincia de Barcelona sea liberada”, o el Pazo de Meirás, adquirido por 400.000 ptas., fruto de una dotación del empresario Pedro Barrié de la Maza y miles de derramas, voluntarias unas, obligatorias otras. Cierto que las cuentas del dictador ofrecían también algunas salidas a obras y personas, como la reconstrucción del castillo de la Mota, futuro cuartel general falangista, o la ampliación de un colegio religioso de las Adoratrices de Valladolid. Pero todo ello no justificaba ni remotamente el saldo de casi 34 millones y medio acumulado en distintas entidades (31-VIII-1940), a partir, según todos los indicios, de aportaciones personales a la causa “nacional” con ánimo de financiar la guerra.

Un simple repaso a los ingresos oficiales del general victorioso basta para apuntalar algo más que simples sospechas. En 1935 su nómina mensual ascendía a 2.493 ptas. Ya jefe del Estado, su asignación salarial para 1940 alcanzaba las 50.000 anuales. Los casi 34 millones y medio de ptas. descubiertos en su patrimonio personal al concluir julio de 1940, sólo podrían justificarse mediante ingresos opacos, de muy distinta índole. Cabe preguntarse, además, si el presumible desvío de partidas destinadas al Tesoro Nacional favoreció únicamente a quien rigiera el país durante 35 años, o si hubo más beneficiarios. En cambio no hay dudas sobre quién pagó la orgía sangrienta: todos y cada uno de los españoles, habitasen en zona republicana o nacional, combatiesen o atisbaran espantados el vuelo de la aviación, vistieran camisa azul, alzasen sus puños, salieran adelante con el estraperlo, o les costase años abandonar la cárcel.

El primer intento republicano de financiación exterior tuvo lugar en julio de 1938, cuando se intentó cubrir una emisión de obligaciones al 3,5%. Constituyó un fracaso sin paliativos, ante la negativa de apoyo desde la banca internacional. A partir de ahí se acudió a las reservas depositadas en el Banco de España, cuyo peso el 18 de julio de 1936 ascendía, según documentara Ángel Viñas, a 708 toneladas de oro fino, distribuidas así: 638 conservadas en Madrid, 53 en la sucursal de Mont de Marsan (Banco de Francia) y el resto en poder de corresponsales. Su valor en dólares alcanzaba los 718 millones, ingente cantidad, puesto que situaría a aquella España como cuarto país en el ranking occidental, sólo tras Estados Unidos, Francia y el Reino Unido.

La caída de Bilbao también fue objeto de manipulación. Mientras “ABC” de Sevilla daba cuenta puntual de aquella capitulación, el órgano portavoz de U.G.T. se empeñaba en desdecirla 24 horas después.

La caída de Bilbao también fue objeto de manipulación. Mientras “ABC” de Sevilla daba cuenta puntual de aquella capitulación, el órgano portavoz de U.G.T. se empeñaba en desdecirla 24 horas después.

Con cargo a las reservas del Banco de Francia, el gobierno republicano solicitó un urgente envío de armas, y estas llegaron con escasez desde suelo galo, parcial y clandestinamente. Tampoco Inglaterra respondió con suministros al angustioso llamamiento, en tanto México, presidido por el general Lázaro Cárdenas, hizo llegar 20.000 fusiles máuser, 20 millones de cartuchos y diversas vituallas. Hubo de ser la URSS quien acabara erigiéndose en proveedor oficial republicano, a cambio de las reservas en oro. Y tan pronto éstas llegaron a Moscú, se fue descontando el costo de material bélico, suministros médicos, sueldos del personal combatiente o en labores de asesoría, subsidios y  pensiones a familiares de caídos, o el adiestramiento en suelo soviético de especialistas para el ejército popular. “Favores” carísimos, puesto que el contingente humano de la URSS en España nunca superó los 600 hombres al mismo tiempo. Cuando la guerra hubo concluido no quedaba un gramo de oro y sí, en cambio, deudas muy gruesas contraídas por el bando nacional.

Aunque sigan barajándose distintas cifras sobre la aportación de Juan March a los sublevados, un concienzudo estudio de José Ángel Sánchez Asiain y los cálculos del ya citado Ángel Viñas, nos la sitúan en torno a los 1.000 millones de ptas., 15 millones de libras y la financiación casi al completo de la intervención italiana en Mallorca. Está por demás comprobado que durante los primeros días del golpe dicho banquero, hombre más rico e influyente del país, puso a disposición del general Emilio Mola 600 millones de ptas. mediante una cartera de valores, avaló créditos y anticipó el alquiler de la aeronave  británica que transportara a Franco desde Canarias a Marruecos. Todo ello previa fijación de intereses, tanto en su propio beneficio como en el de sus socios.

March, además, ofreció garantías a la norteamericana Texaco de cara a unos primeros envíos petrolíferos al bando “nacional”, y en seguida logró cesase cualquier suministro a la República, pese a los acuerdos vigentes con ella. Buen negociante, ni siquiera quiso dejar heridos en la cuneta. En 1934, el mismísimo José Antonio Primo Rivera había afirmado: “Uno de los primeros actos del Gobierno de la Falange será colgar al multimillonario y contrabandista Juan March”. Pues bien, durante 1936 el dinero de March sostenía las exiguas arcas falangistas, primero para disgusto de su líder y luego  bajo una absoluta aquiescencia.

También Italia cobró a buen precio su cuantiosa ayuda en soldados, aviones “Savoia” y cazas “Fiat”. Acabada la guerra, negociadores italianos y españoles elevaron hasta 6.926 millones de liras el total del crédito que Italia concediese a Franco y Mola. Mussolini sin embargo propuso fijarlo en 5.000 millones, o lo que es igual, con una rebaja de 1.926, mediante acuerdo rubricado el 8 de mayo de 1940.

Gran parte de la deuda contraída con Alemania por la España franquista fue pagada mediante compensación, o sea con exportaciones españolas, fundamentalmente de minerales. Finalizando 1939, el gobierno de Hitler fijó esa deuda en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor (99 millones). Pero como es bien sabido, Franco y Hitler venían a ser agua y aceite. El führer despreciaba al general gallego, y éste jamás se fio de las auténticas intenciones y carácter volátil de tan imprevisible socio. Consecuentemente, sin acuerdo respecto el monto real de la deuda y ante la acuciante necesidad germana de materias primas en pleno desarrollo de la II Guerra Mundial, a lo largo de 1941 se alcanzó un pacto que permitía a los alemanes efectuar compras en España sin satisfacción de ningún importe: básicamente aceite, naranjas, esparto, minerales, o cuero.

Además de traducirse en hambre y calamidades, la deuda de guerra retrasaría bastante el muy urgente esfuerzo de reconstrucción.

Además de traducirse en hambre y calamidades, la deuda de guerra retrasaría bastante el muy urgente esfuerzo de reconstrucción.

Sólo a modo de ilustración, vayan otras partidas deudoras cuyo monto e intereses fueron escrupulosamente contabilizadas por el gobierno que surgiría del 18 de julio: Sociedade Geral de Comércio Industria e Transportes Ltd., holding portugués; crédito con límite en 175.000 libras esterlinas, al 5,5 % anual (8-VIII-1936). Kleinwort, Sons & Co., banco inglés; crédito de 800.000 libras al 4 % anual (15-IX-1937). Caixa Geral de Depósitos, banco luso; crédito limitado a 50 millones de escudos  con interés anual del 4 % (28-II-1939, cuando la guerra estaba virtualmente concluida).

Todo eso hubo que pagarlo durante once años calamitosos, marcados por el hambre, carencias generalizadas, plagas de sarna y piojos, tuberculosis endémica, infraestructuras deshechas, gasógeno, frío clavado en los huesos, desfiles marciales y el doloroso recuerdo de tantos caídos, prisioneros sometidos a trabajo forzoso, expatriados, desaparecidos en la Legión Francesa, la División Azul, los campos de exterminio nazis, o ajusticiados por engrosar la resistencia gala.

Ante la trascendencia real de aquella guerra y sus consecuencias, cabría cuestionar el sentido de tantas falsedades, omisiones empapadas de oportunismo y trampas a la memoria, apelotonadas en torno al balón de fútbol. La banalidad trascendida inútilmente a cuestión de estado. Porque aunque determinados pasajes intenten esconderse o se retuerza la realidad, lo acontecido seguirá ahí, listo para aflorar cuando cualquier espíritu inquieto ponga manos a la obra.

Lo decíamos antes: La historia no se escribe para sonrojar a nadie, aunque ciertos hechos justificarían varios sonrojos. Sólo desde el conocimiento cabe enhebrar el tenue hilo de la ponderación y una empatía no ajena a la templanza. Formidable antídoto contra la desmemoria y ese neo-fundamentalismo de muy variado signo que hoy vuelve a acecharnos, no menos amenazante y sórdido que el de antaño.

En realidad, el fundamentalismo de siempre.

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