Historia y estadística

Resumen

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Recuperamos este artículo clásico de nuestro Presidente de Honor, el finado Félix Martialay, en el que reivindicaba con humor la Historia frente a la Estadística.
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Acaso sea el meollo de esta meditación, a compartir con los lectores, el plantear el enunciado con un interrogante. Éste: ¿Historia o Estadística?

Es irremediable que surja el famoso dilema que, por supuesto, no resolvió Darwin de qué fue anterior si el huevo o la gallina.

Con este principio se puede dar la vuelta a la esquina del enunciado del tema y hasta del interrogante para atacarle por los flancos.

Para mí que fue mucho antes la historia. Al igual que antes fue la Naturaleza y muy posterior la paciente observación de Newton contemplando la caída de las manzanas para establecer la Ley de la Gravedad. Primero existió el manzano; luego, llegó el estío que hizo caer las manzanas y finalmente la curiosidad de Newton al darse cuenta de que caía mucho más velozmente el manzanón que la manzanita. Al margen de la no leve crítica social resumida en esta pregunta:” ¿A qué se dedica al joven Isaac?”.” Pues a ver caer manzanas”. Lo cual parecería no escasa canonjía a los sudorosos campesinos de su entorno. Y esto no viene a humo de pajas, porque para ver caer esas manzanas primero tenía que existir el árbol y su fruto. Después vendría ese enunciado de que “la atracción es directamente proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancia”. Cierto que antes había estado Johannes Kepler y sus famosas leyes planetarias. Y tras Isaac Newton llegó Henry Cavendish para precisar la fuerza de atracción entre masas conocidas.

Es decir que primero fue la Historia. Los hechos. La narración de estos hechos llevó a alguien muy minucioso a estudiar la repetición o la frecuencia con se producían. Estaba alboreando la estadística. Pero el carro detrás de las mulas, que es lo lógico.

Si mantuve en un reciente artículo en esta revista –más bien un homenaje al famoso Perico el de los Palotes- que las apuestas tabernarias dieron motivo para que el mencionado Perico comenzara a hacer palotes, no es menos cierto que Perico se basaba en la tradición oral y en los primeros cronicones de las batallas futbolísticas. Tenía que conocer el nombre de los que jugaban, las vicisitudes del juego, las acciones de sus protagonistas y la finalización de cada una de esas maniobras tendentes a vencer al contrario. Y según contaban iba asestando en su cuadrícula el oblicuo palote que lo dejara para los restos de lo que aún no se llamaba estadística. Con eso queda demostrado fehacientemente que primero fue la gallina –la Historia- y fue ella la que puso el huevo en forma de esmirriado trazo de grafito. Cuando Perico empezó a contar huevos dio nacimiento a la estadística actual. Con ello pudo proclamar, ante el pasmo de sus coetáneos, ya muy cargados, que Pichichi no fue nunca “pichichi”. Que el “pichichi” fue Sesúmaga. Y nadie, nadie, contó los vasos que acertaron en la cabeza de Perico y los que fallaron la colérica trayectoria homicida. ¡Injusticias!

Ya he dicho en múltiples ocasiones que, a mí, particularmente, me interesa muchísimo más la Historia que la Estadística. Ello ha concitado sobre mí la cólera de no pocos fanáticos del dato. Me echaron en cara que la Estadística es el esqueleto de la Historia. Repliqué vanamente que a mí de Jennifer López –que no es mala historia- lo que menos me interesa es el esqueleto, pero que me apasionan los infinitos meandros de su anatomía: Aduje que en Eurovisión me gustan las canciones y me aburren las voces gangosas que “estadistiquean”: ¡Two points! Que del fútbol me entusiasman las acciones; que cuando niño quise ser Gorostiza y maldito si sé los goles que metió en la Liga, en la Copa, en los Campeonatos Regionales, en los amistosos o en los partidos internacionales. Y que, de esos palotes, hoy base de datos, se derivan dos males evidentes: uno, la reducción del arte a números; dos, la injusticia que, por ejemplo, se comete con los porteros. A estos, a los míticos “goalkeepers”, sólo les ponen palote cuando les meten un gol, pero nadie, nadie da una estadística de sus balones parados, de sus vuelos mayestáticos, de sus salidas majestuosas, de sus despejes boxísticos, de sus reflejos gatunos…

Reducir a Zarra a sus goles es verdaderamente miserable. Dejar a Zidane pendiente de los goles es quedarse en el esternón de Jennifer. Considerar los goles de Gento sin contemplar su kilómetro lanzado es reducirse al “two points” sin haber oído la canción. Digitar a Di Stéfano sin oír su vocabulario en el campo, sin considerar sus quiebros de cintura o sus vueltas en redondo, es como tomar solomillo con paja…

Darme la Historia. Leer lo que decía Vallana de un gol que metió Pichichi al Arenas, excúsenme, no puede minimizarse –perdón- con un palote, con un byte, ni con nada. Hay que descubrirse y entrar en levitación, con o sin Kepler que calcule la órbita descrita, con o sin Newton que dé la fórmula de la velocidad de la caída después del embeleso, con o sin Cavendish que perfile las masas dinámicas accionadas en la admiración.

Pero lo que me tiene desasosegado es que, efectivamente, sin el esqueleto, la neumática -Aldous Huxley “dixit”- Jennifer Jones no sería más que un montón informe. Y eso no. Un respeto.

Lo que me acongoja es la hipertrofia estadística. Me carga, más bien. Bien están los datos, el esqueleto que levanta la historia como una airosa vela del navío del relato apasionante. “Los datos. Sencillamente los datos” que decía el personaje de Conrad. Los datos claros: la alineación de los contendientes, fecha, lugar, estadio, árbitro, goles, incidencias… ese es el esqueleto sobre el que descansan las escapadas de Gainza, los vuelos de Zamora, el estilo de Martínez Catalá, el mando de Gamborena…

Quedarse en lo primero es de una pobreza subsahariana. Y que ello esté inflado hasta el delirio conduce al ridículo. Los datos que dan en la televisión al finalizar el partido son magníficos, pero sólo tienen sentido para quienes han visto el partido. Si lo abigarramos con “asistencias”, lanzamientos de fueras de banda, saques de puerta con la derecha o con la izquierda, envíos hacia atrás, pases en horizontal… habrá que cuadricular el terreno de juego y empezar a ver los partidos de fútbol con la misma tensión, apasionamiento y adrenalina con la que vemos una partida de ajedrez. Y no he visto a nadie aullar, agitar la bufanda o abrazarse con el vecino de localidad por la captura de un peón. O sea, torre 3, peón 5.

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