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RESUMEN:

Destripado el primer intento serio de inocular el fútbol en la vida de los Estados Unidos, mediados los años 70 del siglo XX, un nuevo puñado de empresarios volvió a la carga. Parecía imposible que un deporte tan universal, dueño y señor de Europa, África, Centro y Sudamérica, y con creciente expansión por el Golfo

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Testigos de un gran fracaso (españoles en el fútbol de EEUU)

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Destripado el primer intento serio de inocular el fútbol en la vida de los Estados Unidos, mediados los años 70 del siglo XX, un nuevo puñado de empresarios volvió a la carga. Parecía imposible que un deporte tan universal, dueño y señor de Europa, África, Centro y Sudamérica, y con creciente expansión por el Golfo Pérsico, Asia y Oceanía, no hubiese podido arraigar entre Boston por el Noreste y San Diego por el Sudoeste, Miami en el Caribe y la bahía de Seattle en el Pacífico. Si los Estados Unidos tuviesen la renta per cápita de Mongolia, la densidad poblacional de Nepal o la absoluta de Tonga, Nauru y Vanuatu, todavía. Pero es que además de ser el imperio de occidente, su fábrica de moneda acuñaba la divisa universal y su celuloide en tecnicolor contagiaba gustos y costumbres por todo el orbe. Ni la FIFA podía contemplar impertérrita semejante decepción, ni los emprendedores yanquis resignarse a la pérdida de una explotación tan suculenta. Resumiendo: lo intentaron a lo grande esta vez, llenando de estrellas su firmamento balompédico tan pronto resucitaron la mortecina «North American Soccer League» y su filial M. S. L..

Para empezar, tomaron New York como punto de referencia ¿Acaso no era la Gran Manzana capital económica del Universo?. ¿Había algo más representativo de los Estados Unidos que el Empire State, la Estatua de la Libertad o sus taxis amarillos?. Pues su equipo bandera debía hallarse también en lugar tan mítico. Y puestos a hacerlo todo en grande, eligieron un nombre con vocación algo más que terráquea: Cosmos. New York Cosmos, fundado en 1971 y enterrado por asfixia económica en 1984.

Su primera gran estrella fue «O Rey» Pelé. Un Pelé ya retirado en el Santos, su club de toda la vida. Pero al mismo tiempo una figura tetracampeona, reconocible hasta para quienes el «soccer» no dejaba de ser una práctica hueca, avara a tenor de sus marcadores, tan exótica como molesta.

Nadie sabía muy bien cómo y a qué fútbol jugaban los norteamericanos, pero todo el mundo tuvo noticias del Cosmos. Y no sólo por los numerosos partidos amistosos que fue disputando, como nuevo Harlem Globetrotters, sino porque las publicaciones de todos los continentes le concedieron abundante atención. A España, además, llegaron sus ecos muy de primera mano, puesto que el Cosmos contó con un compatriota.      

  Luis Mª De la Fuente (Castellón, Pontevedra, Real Madrid y Santander), había aparecido por New York sin intención de jugar al fútbol. Tenía, o eso pensaba él, un buen proyecto empresarial respaldado por cierta agencia de viajes. Tan pronto se vio entre rascacielos, la iniciativa naufragó sin apenas salir de puerto, y el lateral tuvo que emplearse como agente de viajes. El resto fue pura casualidad, pues cuando el vicepresidente de la compañía, amigo, a su vez, del mentor técnico en el todopoderoso Cosmos, comentó que tenía a su cargo un antiguo futbolista español, recibió la correspondiente convocatoria para pasar unas pruebas. Gustó y acabó fichando.

Corrían tiempos de abundancia económica, pese a tiznarse el horizonte con los nubarrones de una primera crisis petrolífera. En el Cosmos, sin embargo, parecían sobrar los dólares, luego de rescatar con una suculenta oferta al brasileño Pelé y abrir la puerta de su vestuario a los uruguayos Masnik y Julio Correa, al peruano Mifflin o los israelíes Shpiegler y David Primo, entre otros. La realidad, empero, resultaba diametralmente distinta para futbolistas de bronce, como De la Fuente. Con los estadios medio vacíos y el presupuesto absorbido por dos o tres ganchos de renombre mundial, no quedaban para los demás sino unos pocos billetes, de los que la tercera parte acababa en manos del fisco. De la Fuente jugó una temporada (21 partidos de liga, con un gol cantado), cuyo título acabaría en las vitrinas del Tampa Bay. A su conclusión, con 28 años, regresó a España sin ánimo para seguir dándole al balón. «El Cosmos parece una cosa desde fuera y por dentro es otra», concretó a su llegada. «Éramos 6 latinos y no iban a renovarnos a ninguno. No les gustan los jugadores que esconden la pelota. Sólo quieren corretones, fútbol de patadón y carrera larga, a lo británico. La verdad es que allí no veo sitio para este deporte. No en New York, al menos. Les gustan los espectáculos duros, casi violentos. Por eso han montado el Indor-Soccer, que juegan en pistas de hockey donde el balón nunca sale fuera y no existe tregua, arreándose hasta la exageración».

Cuando el bravo De la Fuente hizo esas declaraciones, brotaba la primavera de 1976. Tan sólo 2 años más tarde, con Pelé retirado, la media de espectadores estaba estancada y los dirigentes de la NASL barajaban la posibilidad de un fracaso si no obraba como revulsivo un nuevo puñado de estrellas. Así que tentaron a Johan Cruyff para enfundarse la camiseta del Cosmos (sólo jugó un partido de exhibición), junto a su compañero en el Barcelona y la selección holandesa Johan Neeskens, Carlos Alberto (Santos y la selección brasileña), Morais (brasileño), Bocijevic (yugoslavo con excelente palmarés en el Estrella Roja) o Chinaglia (goleador de la selección italiana). Otros clubes tampoco se quedaban atrás. Los peruanos Cueto y Cubillas (probablemente el mejor futbolista de la historia andina), el argentino Fillol, el campeón del mundo en 1966 Gordon Banks, Peter Osgood, Seat Susik, Robert Lennox o el incorregible George Best (con muy bajo rendimiento en Los Ángeles Aztecas), pudieran servir de ejemplo. Pero pese a todo, el fútbol no arraigaba, las cadenas de televisión, escaldadas tiempo atrás, seguían sin apostar por ese espectáculo, y la propia organización interna de bastantes clubes dejaba mucho que desear. Vayan, si no, unas muestras para ilustrarlo.

En marzo de 1978, el Tulsa Roughnecks, revelación del campeonato y propiedad de H. Ward Lay, heredero del rey de las patatas fritas, sólo contaba con un jugador procedente de la campaña anterior. Por su parte, el club de George Best apenas superaba los 7.000 asistentes de media en los partidos como local. La liga había crecido de 18 a 24 clubes y Pelé se mostraba esperanzado respecto al porvenir, quizás porque el optimismo entrara en su sueldo de promotor y relaciones públicas para el fútbol USA. «El soccer es un fenómeno irreversible en este país. Algunos estiman en 10 años el plazo para lograr un nivel que permita a los Estados Unidos convertirse en amenaza dentro del Campeonato Mundial. Yo pienso que ese momento podría llegar antes». El tiempo, juez perpetuo, se encargaría de degollar tan halagüeñas perspectivas.

Y es que junto a estrellas de brillo archigastado, viejas glorias empeñadas en reproducir espectáculos tan periclitados como el circo de «Buffalo Bill», se alineaban demasiados aventureros anónimos que en nada enriquecían la media. Uno de ellos fue Manuel Jiménez Peinado, muchacho modestísimo, casi un ilustre desconocido, que en la primavera de 1977 suscribió contrato con el Miami Toros, de Florida. Natural de Torrejón de Ardoz, contaba 21 años, jugaba de centrocampista y había sido probado por el equipo de su localidad, aunque sin convencer. Pero eso sí, estaba casado con una puertorriqueña y tal detalle hace más comprensible la apuesta.

No fue el único compatriota sin apenas brillo por aquellos pagos. El guardameta Ricardo Ordóñez, que ya pasara por el Dallas Tornado en 1968, durante la primera emigración hispana, repitió operación en el San Antonio Tunder el año 1975, si bien no lograra estrenarse oficialmente. «Mani» Hernández (2-VIII-1948), al parecer con  nacionalidad estadounidense y española, cantó 4 goles en los 46 partidos disputados con el San José Eartquakers las temporadas 1974, 1975 y 1976, 8 en los 38 partidos con Detroit Lighning de 1979-80, y 9 en las 23 veces que defendió la camiseta del San Francisco Fog durante el ejercicio 1980-81, contendiendo estos dos últimos clubes en la MSL. Al también delantero Manuel Cuenca (Madrid 11-IX-1948), se le dio mejor perforar marcos adversarios, pese a que hoy día resulte casi imposible rastrear su paso por nuestro fútbol. Marcó 3 goles en 16 partidos para el California Surfs (1978), 14 en 10 choques para el Cincinnati Kids (1978-79, ya en la MSL, 27 en 34 encuentros para el Saint Louis Seammers (temporadas 1979-80 y 1980-81) y otros 6 en 12 partidos para el San Francisco Fog (1980-81). El igualmente madrileño Anselmo Vicioso (28-X-1952) jugó 20 partidos con el California Surfs en 1978, marcando 2 tantos. Cualquier pista sobre el ir y venir de estos jugadores por clubes españoles sería muy bien recibida.

El defensa vigués Santiago Formoso (4-VII-1953), también con doble nacionalidad e ilustre desconocido por España, gozó entre el Atlántico y el Pacífico de bastante más predicamento que los anteriores. Jugó 24 partidos con el Hartfor Bicentenials en 1976, otros 25, anotando un gol, en el Conecticut durante 1977, no se estrenó oficialmente en el Cosmos ese mismo 1977, pero saltó al campo 26 veces en 1978, anotando 2 goles, y 17 en 1979, sin festejar goles, antes de poner rumbo hacia Los Ángeles Aztecas (11 partidos) y Houston Huracane (otros 10), ambos en 1980. Y aún continuaría en el Buffalo Stallions la temporada 1981-82, si bien para disputar 5 únicos partidos correspondientes esta vez a la MSL. 

Así estaban las cosas por ese enorme país cuando Ignacio Salcedo (At Madrid) y Manolo Velázquez (Rayo Vallecano, Málaga y Real Madrid desde 1965 hasta 1977) internacional con 10 participaciones en la selección absoluta y calzando guantes en vez de botas, vivieron dos experiencias bien distintas. Para Salcedo, ingeniero industrial un tanto cansado del cuero y su cerrado mundo, Los 7 partidos jugados en el Toronto Metros Croatia supusieron un pintoresco broche de oro. A Velázquez, por el contrario, la aventura en el mismo club a punto estuvo de dejarle inválido.

 A sus 33 años, con la baja del Madrid en el bolsillo, pudo haber optado por una oferta del París Saint Germain. Como tardara en decidirse, los franceses pusieron el punto de mira en «Cacho» Heredia, y a Velázquez sólo le quedó la alternativa de Toronto. No era la de Ontario, sin embargo, una apuesta puramente deportiva. Allí esperaba contactar con varias empresas y, sirviéndose de su popularidad, convertirse, a su regreso, en representante para España de esas marcas. Los contactos no prosperaron. Ya había sufrido varios resbalones en sus negocios de Madrid y una vez más volvía a quedarle solamente el fútbol, en una experiencia que duró 16 meses. Demostró su técnica en aquel «soccer» rudo, es cierto, aunque pagó por ello. «Su nivel es pobre, rudimentario», confesaría. «Cuidan más la forma física que la habilidad. Lo de menos es el dribling, porque los jugadores autóctonos tienen en el fondo más mentalidad de fútbol americano, de rugby, vamos, que de fútbol auténtico. Quieren organizarse bien, incorporando cada año a un nativo más por club, hasta haber alcanzado dentro de siete u ocho temporadas el tope de dos extranjeros por equipo. Claro que cuando eso ocurra no quiero imaginarme los partidos. Podrían ser exhibiciones violentas».

La violencia, ya queda dicho, se cebó en él. Centraron un balón desde la derecha. Botó delante. Quiso rematar a la media vuelta y el portero salió con los pies en alto. Para un guardameta europeo hubiese sido jugada de atrapar el esférico con las manos. En Estados Unidos, en cambio… Una bota se estrelló contra su rodilla, destrozándole los dos meniscos, los ligamentos cruzados, y distendiéndole el lateral. Aunque el fútbol acababa de terminarse para siempre, la rápida intervención quirúrgica le permitió, al menos, caminar con casi total normalidad. Final injusto para un artista con 5 Ligas en su palmarés, 3 Copas, una Copa de Europa y 10 trofeos veraniegos de primer orden, incluidos Carranza, Teresa Herrera, Mohamed V, Conde de Fenosa o Colombino. El fútbol, como la vida misma, despliega muy a menudo el abanico de la injusticia.

Pero aún hubo otro español en el «soccer» de esos años. Fue el manacorí Juan Bisbal Parera (Parera), sin duda rostro más brillante de la moneda.

Alto, luchador, dueño de los balones aéreos, ingresó en el Mallorca con 20 años para acabar deslumbrando durante su cuarta campaña, pese al descenso a 2ª División. Corría el año 1970 y la caja fuerte mallorquina criaba telarañas una vez más, por lo que fue puesto en venta. Aunque hubo varios clubes de primera interesados, como todos se empeñaran en sacar astillas del árbol caído rebajando su precio, acabó siendo el Calvo Sotelo de Puertollano, un segunda, quien más pujó. Para el futbolista, aquello debió ser una especie de estafa deportiva. Durante la temporada anterior incluso había acudido a una convocatoria de entrenamiento con la selección nacional. Fue como rodar por las escaleras en pleno sueño. Desde La Mancha inició un descorazonador peregrinaje hacia el infierno de 3ª. Levante, Tortosa, Huesca, Constancia de Inca, Toledo… Habría de ser en el viejo feudo toledano donde el ex «colchonero» José Luis Boyarizo le hablara del fútbol yanqui. Aquello ya fue otra cosa, pues su brega y facultades físicas volvieron a ser apreciadas. De vacaciones en su isla, el nuevo presidente mallorquinista Miguel Contestí le convenció para vestir de bermellón, ahora en 3ª, pactando quedar libre en marzo y reincorporarse así al fútbol USA, donde era una figura. Ese carácter quedaba de manifiesto en las invitaciones cursadas por algunas universidades, donde impartió charlas o tuvo a su cargo «campus» o «staffs», al tratarse el «soccer», en los años 70, de un deporte con más arraigo universitario que profesional. Si su actividad docente se lo permitía, no desaprovechaba la ocasión de regresar a España, para enrolarse unos meses en algún de club de 3ª, como el Andratx, por ejemplo (1979-80). Y en primavera otra vez al avión, rumbo a América. Al cumplir los 35, después de defender las camisetas de New York Eagles, Cleveland Cobras y Memphis Rogues, puso punto final a su andadura transoceánica, aunque aún se enrolara en el modesto Bunyola.

El fútbol estadounidense, una vez más, no saldría del bache. Retiradas las estrellas tentadas a golpe de talonario, evaporados dinero y paciencia, aquella liga artificial volvió a languidecer. Llegaron noticias de que el Cosmos quebraba, que desaparecía, al tiempo que la NBA recuperaba altura para el baloncesto. En poco tiempo el fútbol fue barrido, para no resurgir hasta 20 años más tarde, entonces mirándose en el espejo de la muy abundante colonia hispana. Pero esa ya es otra historia.

 

 José Ignacio Corcuera

 

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Publicado en: General