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RESUMEN:

Los torneos de verano tuvieron su época dorada a mediados de los años 60 hasta casi los 80. Hoy conocidos como bolos de verano, de los que todavía se desmarcan los históricos Teresa Herrera de La Coruña y el Ramón de Carranza de Cádiz, eran torneos mucho más allá de la puesta a punto de

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Aquellos torneos de verano (II)

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Los torneos de verano tuvieron su época dorada a mediados de los años 60 hasta casi los 80. Hoy conocidos como bolos de verano, de los que todavía se desmarcan los históricos Teresa Herrera de La Coruña y el Ramón de Carranza de Cádiz, eran torneos mucho más allá de la puesta a punto de un equipo. Los actuales preparadores físicos se llevarían las manos a la cabeza al pensar que en esos enfrentamientos el aficionado exigía a sus jugadores ya el máximo rendimiento cuando tan solamente llevaban una quincena de días de entrenamientos. Y es que los responsables de tales eventos invertían todos los esfuerzos, tanto económicos como organizativos, para completar un cartel digno de «pequeñas copas del mundo».

 Hoy vamos a recordar la XXI edición del Trofeo Ramón de Carranza de Cádiz, disputada entre los días 29, 30 y 31 de agosto de 1975. Entonces organizado por el ayuntamiento gaditano, el cartel tenía siempre un compromiso con el fútbol de calidad y el espectáculo. Una vez más lo organizadores no regatearon esfuerzos y lograron la presencia del Real Madrid CF por 10 millones de pesetas. Los blancos eran los vigentes campeones de Liga y de Copa estaban dirigidos el alemán Günter Netzer, apoyado por la creatividad de Vicente Del Bosque y Manolo Velázquez, además del despliegue en el centro del campo de la fuerza de Paul Breitner y José Martínez Pirri. En la defensa destacaba la dureza sin paliativos de Gregorio Benito y José Antonio Camacho, reforzada con la incorporación del valencianista Juan Cruz Sol, y en la delantera Carlos Alonso Santillana y el «oriundo» Roberto Martinez, ahora en pugna por un puesto con el Chupete Guerini procedente del CD Málaga, esperaban los centros de Amancio. Un equipo mitad calidad mitad fuerza que entrenaba Miljan Miljanic.

El otro equipo español de cartel fue el Real Zaragoza CD, ya no con sus Magníficos, del que solo sobrevivía Violeta, sino con sus Zaraguayos Saturnino Arrúa y Carlos Martínez Lobo Diarte. Se presentaban como subcampeones de Liga, con el honor de haber vencido ese mismo año al Real Madrid en La Romareda por 6-1. Aquella derrota dio paso a la ya célebre frase de Miljanic: «Más vale perder un partido por seis goles que seis partidos por un gol». Este Zaragoza practicaba un juego dinámico y ofensivo. Luis Cid Carriega era el entrenador que había sabido darle libertad de movimientos a sus dos paraguayos, muy bien arropados por García Castany en el centro del campo. Mantenía una defensa típica de la época, con el ex-rojiblanco Iselín Santos Ovejero y jugadores trabajadores como José Luis Rico, Javier Planas, Laureano Rubial y Juan Manuel García Simarro.

 La otra atracción del trofeo era la SE Palmeiras de Sao Paulo. Es un hecho comprobado a lo largo de la historia de nuestra prensa española la ignoarancia y desconocimiento -a veces producto de cierta arrogancia europea- que ha tenido y se sigue teniendo del fútbol brasileño. Así, nuestros periódicos presentaron al campeón paulista casi como un conjunto desconocido. Simplemente reseñaban que en sus filas había seis jugadores que eran internacionales por Brasil, como si fuese un hecho anecdótico. Olvidaban que en el Palmeiras se alineaba uno de los ejes verticales de juego más impresionantes de la historia del fútbol mundial que no llegó a inscribirse en el máximo galardón por unas circunstancias que más tarde revelaremos. El defensa Luiz Pereira, el centrocampista albino Ademir da Guía y el delantero Joao Leiva Leivinha eran la respuesta sudamericana a la del eje Beckenbauer-Netzer-Müller que mandaba en Europa. ¿Tendría opciones la alternativa madridista Pirri-Netzer-Santillana?

 El cartel se completaba con el Dynamo de Moscú, aquel año clasificado en tercera posición del campeonato soviético. Entonces era uno de los aspirantes a desbancar al poderosísimo Dynamo de Kiev, conjunto que reunía la base de la selección de la Unión Soviética. Un bloque que conservaba todavía a varios jugadores del equipo que quedó subcampeón de la Recopa en 1972 y en el que destacaba el internacional Dolmatov.

 Según la prensa nacional, el Real Madrid debía confirmar su superioridad ante rivales dignos y por lo tanto inferiores. El éxito económico también dependía del Real Madrid, así que su primer rival sería el equipo moscovita, claramente el que ofrecía menor potencial. De todas formas, para evitar sorpresas en la final, la organización, se dijo que a instancias del propio Real Madrid, alteró la tradición del torneo y en vez de jugarlo en dos jornadas consecutivas, amplió el calendario a un tercer día. Dicho de otra manera, el Real Madrid adelantaba la primera semifinal a la noche del viernes, el sábado se jugaba la otra semifinal y el domingo la gran final. Los blancos, favoritos, ganaban un día de descanso. Este cambio inesperado llegó a molestar a la organización del Trofeo Ciudad de Sevilla, que veía como su final coincidía con la jornada de apertura del Carranza, perdiendo protagonismo en la noche futbolística veraniega.

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 El primer partido, con la reventa a 5000 pesetas y el estadio de bote en bote…

 29 de agosto de 1975

 REAL MADRID – DYNAMO DE MOSCÚ 2-1

Árbitro: Miquelotti (Italia).

Goles: 1-0 (25′) Netzer. 2-0 (60′) Velázquez. 2-1 (77′) Jershkovich.

Real Madrid: Miguel Ángel; Uría, Sol (Morgado 86′), Pirri, Rubiñán; Breitner, Netzer, Velázquez; Amancio, Santillana, Guerini (Aguilar 46′).

Dynamo de Moscú: Pilgui; Basalaev, Nikulin, Novikov, Maijoviciv; Dolmatov, Gavrilov (Evriuzhjin 59′), Jakuvic; Petrushin, Koslov (Jershkovic 72′), Shepel.

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 La calidad del Real Madrid derrotó al trabajo del Dynamo, que pese a tener el marcador en contra, buscó afanosamente contrarrestar la desventaja. Los blancos se movieron cómodos con el marcador a favor. Dieron una imagen un tanto conformista, con buen juego pero discontinuo, por lo que no convenció a sus seguidores. Los nuevos, Sol y Guerini, estuvieron a la altura de lo esperado. Dos goles de llegadas de los centrocampistas gracias a los espacios abiertos por los delanteros facilitaron el resultado. De todas formas, el primer paso ya se había dado.

 30 de agosto de 1975

 SE PALMEIRAS – REAL ZARAGOZA     1-0

Árbitro: Lobo (Portugal).

Gol: 1-0 (49′) Ademir.

SE Palmeiras: Leao; Eurico, Luiz Pereira, Arroruca, Joao Carlos; Leivinha (Didí 78′), Edson, Ademir; Edú, Mario (Itamar 65′), Nei.

Real Zaragoza: Irazusta; Rico, González, Violeta, Royo; Planas (Duñabeitia 46′), García Castany, Arrúa; Rubial, Insfrán (Porta 65′), Juanjo.

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 El Palmeiras durmió el partido y al público. Con un juego lento y reservón, los brasileños controlaron el juego a su ritmo. El Real Zaragoza tuvo arrebatos por momentos, incluso en uno de ellos, Arrúa pudo empatar pero el balón dio en el poste. No se vio al Palmeiras en su mejor forma, porque su objetivo era ocultar sus mejores armas. Como comentó su entrenador Dino Sani: «Jugamos lo necesario para superar al Zaragoza». Los maños, por el conttrario, lamentaron que el árbitro concediese el gol a Ademir, pues consideraban que se había ayudado de una mano en la jugada. Fuese así o no, el caso es que la final hispano-brasileña estaba servida, para satisfacción de O Globo, que había desplazado a Cádiz todo su potencial de enviados especiales, con retrasmisión en directo de los dos partidos del Palmeiras.

 31 de agosto de 1975

 DYNAMO DE MOSCÚ – REAL ZARAGOZA     3-0

Árbitro: Sainz Elizondo (España).

Goles: 1-0 (44′) Shepel. 2-0 (49′) Jakuvic. 3-0 (61′) Dolmatov.

Dynamo de Moscú: Gonter; Losien, Nikulin, Mocovikov; Novikov, Pietruchin (Gavrilov 46′); Shepel, Dolmatov (Koslov 65′), Jakuvic, Jershkovic, Evriuzhjin.

Real Zaragoza: Irazusta; Rico, Bastos, Blanco; Duñabeitia, Violeta; Rubial (Porta 65′), García Castany, Insfrán (José González 46′), Planas, Juanjo.

 No hubo prácticamente partido porque la fuerza del Dynamo desarboló a un Real Zaragoza que se mostró demasiado tierno a falta de unos días para comenzar la Liga. Los rusos movieron el balón con firmeza. La defensa zaragocista se mantuvo ordenada, evitando que el dominio rival se materializase hasta el final de la primera parte. Más tarde, con disparos desde fuera del área, práctica poco frecuente en el futbol español de entonces, cerraron un marcador que el público compensó con una fuerte ovación.

 Lo que no se pudo comprobar era si esa ovación era por la entrega del trofeo al tercer clasificado o si es que daba rienda a la expectación con que se recibían los primeros compases de la final. Porque había un total lleno, pese a que el partido se retransmitía por televisión.

 Si bien sucedió lo que en España, para los que leían la prensa, no esperaba:

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 SE PALMEIRAS – REAL MADRID         3-1

Árbitro: Miquelotti (Italia).

Goles: 1-0 (44′) Edú. 2-0 (60′) Leivinha. 3-0 (64′) Itamar. 3-1 (83′) Breitner.

SE Palmeiras: Leao; Eurico, Luiz Pereira, Arouca, Joao Carlos; Leivinha (Mario 74′), Edson (Didí 30′), Ademir; Edú, Itamar, Nei.

Real Madrid: Miguel Ángel; Uría, Sol, Pirri, Rubiñán; Breitner, Netzer, Del Bosque; Amancio, Santillana, Guerini (Roberto Martínez 68′).

 El Real Madrid quiso, salió a ello y lo intentó. Luchó y peleó con sus jugadores de brega. Porque a los pocos minutos la calidad de los hombres del Palmeiras ya habían decantado el ritmo del juego. Netzer no tenía nada que hacer ante la solvencia de Ademir, que simplemente se limitaba a girarse sobre sus propios pies para descolocar todo el centro del campo madridista. Se podía pensar que el 4-2-4 brasileño tendría que sufrir ante el 4-3-3 por el centro del campo. Pero Ademir no necesitaba moverse más de un paso para lanzar una y otra vez a su extremo derecha, Edú, jugador pequeño, negro, y rapidísimo. Le dio la noche al fortachón de Rubiñán. Dio la impresión de que el Palmeiras marcó cuando quiso y sentenció el partido lo justo para no humillar al Real Madrid. En el segundo gol, Leivinha desmontó todas las líneas defensivas madridistas desde medio campo hasta plantarse ante Miguel Ángel. Fue una carrera elegante, con zancada firme y precisa. Parecía que iba en línea recta y con un quiebro de cintura lograba apartar a sus rivales. Tras el tercero, el Real Madrid siguió peleando y alcanzó su recompensa con un gol que arreglaba un poco las diferencias entre el campeón paulista y el español.

 Pese a que la prensa madrileña se inclinó por criticar los deméritos del Real Madrid, cuando acabó el torneo todo el mundo tenía la impresión de haber visto al mejor equipo del mundo. Pero la bomba estalló días después:

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 El 4 de septiembre, justo cuando se cerraba el plazo para formalizar los últimos fichajes, el Atlético de Madrid hacía oficial el fichaje de dos de los mejores jugadores del mundo. Todo un golpe de mano, pues a lo largo del mes de agosto se fue llevando a cabo la operación, encubierta por un anunciado fichaje de un jugador brasileño, Ivo, de segunda fila como pareja de Sena, otro desconocido para completar las plazas de extranjeros que tenía libres el club rojiblanco. La marcha de estas dos estrellas significó el fin de una de las mejores épocas de la historia del Palmeiras. En su debut en el Manzanares Leivinha marcó tres goles pero una lesión le impidió jugar la temporada completa. El Atlético de Madrid ganaría la Liga 1976-77.

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