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RESUMEN:

Ahora que nuestro equipo nacional es brillante campeón de todo, número uno en la clasificación de la FIFA, ahora que ostenta el récord mundial de victorias consecutivas, de encuentros consecutivos sin perder y de fases clasificatorias para Mundiales o Eurocopas inmaculadas, con pleno de victorias, convendría recordar que ni mucho menos esto siempre fue así.

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Las ausencias de la selección nacional en la copa del mundo de fútbol

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Ahora que nuestro equipo nacional es brillante campeón de todo, número uno en la clasificación de la FIFA, ahora que ostenta el récord mundial de victorias consecutivas, de encuentros consecutivos sin perder y de fases clasificatorias para Mundiales o Eurocopas inmaculadas, con pleno de victorias, convendría recordar que ni mucho menos esto siempre fue así. Más bien, todo lo contrario. La historia del combinado español ha sido un verdadero compendio de sufrimiento, fracasos, decepciones, fallos clamorosos, desilusiones e injusticias arbitrales, acontecido, todo ello, en los más importantes eventos internacionales de este deporte, esto es, en los Campeonatos del Mundo y en los Campeonatos de Europa. En los momentos más cruciales y decisivos de cada competición internacional, a nuestra Selección siempre le faltó una peseta para completar el duro. Todo esto, cuando lograba clasificarse. Porque en no pocas ocasiones el equipo nacional español fue incapaz, siquiera, de meterse entre los participantes de una fase final. Una clasificación para un gran evento internacional, llegó a convertirse en toda una gesta épica deportiva. Quién nos ha visto y quién nos ve.

 Veamos, a continuación, el cómo y el por qué de esa incapacidad recurrente, casi endémica, para poder disputar la fase final de una Copa del Mundo, que en determinadas épocas caracterizó a la Selección Española. Ejercicio éste doblemente saludable, creo. Primero, para no olvidar nunca quiénes somos ni de dónde venimos, y en segundo lugar, porque puede ser ésta la mejor forma de valorar real y justamente lo que ha logrado el actual combinado español entre los años 2008 y 2012.

En 1929, en el congreso de la FIFA celebrado en Barcelona, se acordó que la primera edición del Campeonato del Mundo de Football se disputara al año siguiente en Uruguay, doble campeona olímpica y que celebraría en ese 1930 el centenario de su Constitución. La designación de la sede no pudo ser más desafortunada y polémica. Las selecciones europeas más potentes renunciaron casi en bloque, alegando la lejanía e incomodidad del viaje, inconscientes aún, seguramente, de la magnitud que adquiriría ese campeonato en ciernes algunos años después. Los clubes españoles tampoco fueron ajenos a esta polémica, negándose a ceder a sus mejores jugadores durante casi un mes, para un torneo que iba a disputarse allende los mares. Por todo esto, al primer Campeonato Mundial de Fútbol acudieron 13 países participantes, de los que tan sólo 4 (Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) procedían del Viejo Continente. España, que contaba con un magnífico elenco de jugadores (Zamora, Ciriaco, Quincoces, Quesada, Muguerza, Marculeta, Lazcano, Goiburu, Gaspar Rubio, Padrón, Bosch, Vantolrá, Luis Regueiro, Gorostiza…), se quedaba a las puertas, posiblemente, de una gran oportunidad. Primer Campeonato Mundial, pues, primera ausencia española.

 Pero si hablamos de oportunidades perdidas, probablemente la del año 1938 haya sido una de las más dolorosas. Tras el más que decoroso papel jugado por nuestro equipo en el Mundial italiano de 1934, (donde sólo la alevosa actuación de los señores Baert y Mercet, los colegiados que dirigieron los dos partidos frente a los anfitriones, descaradamente a su favor, nos impidió jugar las semifinales), el equipo nacional español había logrado formar un fabuloso conjunto, con la que ha sido una de las mejores generaciones de futbolistas de su historia. Jugadores de la talla de Guillermo Eizaguirre, Blasco, Ciriaco, Zabalo, Quincoces, Areso, Aedo, Cilaurren, Muguerza, Lecue, los hermanos Regueiro, Iraragorri, Ipiña, Herrerita, Zubieta, Lafuente, Vantolrá, Gorostiza, Campanal, Escolá o Lángara, perdieron todas las opciones de defender la camiseta de España en el Campeonato que organizó Francia en el verano de 1938, con el estallido de la Guerra Civil dos años antes. Una grandísima Selección, sin duda, que muy probablemente se hubiera subido al carro de los principales favoritos para levantar la Copa Jules Rimet en los terrenos franceses. Las extraordinarias exhibiciones de fútbol y goles que dio la selección de Euskadi por Centroeuropa y Sudamérica, durante los años de la contienda española, con el grueso principal de ese grupo de jugadores, puede ser una buena prueba de ello. En fin, una verdadera lástima.

 Con la Segunda Guerra Mundial asolando gran parte de Europa y del mundo, las ediciones que debieron disputarse en 1942 y 1946, quedaron pendientes de un marco social, económico y político mucho más propicio y hasta el año 1950 no se reanudó la actividad mundialista con el Campeonato disputado en Brasil. Como es por todos conocido, nuestro equipo pudo dejar bien alto el pabellón con un cuarto puesto que supo a victoria, para un país que se relamía aún las heridas de una guerra fratricida y que, durante 60 años, significaría la mejor clasificación española en una Copa del Mundo.

Cuatro años después, el Mundial volvía a Europa, a la floreciente Suiza, en donde nuestra Selección tendría que haber refrendado su magnífica actuación del torneo brasileño. El resultado final no pudo ser más frustrante. Encuadrada en el Grupo 6º clasificatorio con la selección turca como único rival, el pase para la fase final de Suiza se daba como seguro, mucho antes de echar a rodar el balón. Como dando la razón a los que así pensaban, en el encuentro de ida disputado en Chamartín el día de Reyes de 1954, nuestro equipo se impuso por un claro y contundente 4-1, con Venancio, Gaínza, Miguel y Alsúa como autores materiales de la goleada. La primera decepción, sin embargo, no tardó en llegar cuando, en la vuelta, jugada en Estambul, el equipo español caía derrotado por la mínima, tras una pobrísima actuación. Como no se tenía en cuenta la diferencia de goles, sólo los puntos, se hacía necesario un partido de desempate, para el que se designó el estadio Olímpico de Roma. Minutos antes de que ambos contendientes saltaran al terreno de juego, en la delegación española se recibió un misterioso telegrama de la FIFA por el que se «llamaba la atención a la Federación Española sobre la alineación del jugador Kubala».

 Curiosa advertencia ésta para el húngaro nacionalizado español, que llevaba ya disputados  cuatro partidos internacionales con nuestro combinado nacional. Luis Iribarren, seleccionador patrio, temeroso de una posible descalificación por alineación irregular del genio magiar, decidió dejarlo en la grada, para formar con Carmelo; Segarra, Biosca, Campanal; Gonzalvo III, Puchades; Arteche, Venancio, Escudero, Pasieguito y Gaínza. Nos quedábamos, pues, sin el concurso de nuestro mejor jugador, en el partido decisivo. No obstante, España empezó bien y se adelantó pronto en el marcador por medio del debutante Arteche. Pero un despiste atrás de Biosca permitió a Burhan lograr el empate, resultado con el que se llegaría al descanso. En la segunda parte la Selección comenzó a perder el control de la situación, circunstancia que aprovechó Suad para fusilar a Carmelo, a los veinte minutos. Escudero logró empatar a falta de menos de un cuarto de hora y, aunque volvió a marcar de nuevo, el tanto se anuló por fuera de juego y el encuentro desembocó irremediablemente en la prórroga. Lo que había parecido al principio una eliminatoria sencilla, se convertía ahora en una prolongación, en el partido de desempate. En esta prórroga España sí mereció más pero no le acompañó la fortuna. Escudero adelantó a nuestro equipo nuevamente, en lo que parecía el tanto de la clasificación, pero el colegiado italiano Giorgio Bernardi, incomprensiblemente anuló el gol. Finalmente, y por el reglamento absurdo e injusto de la FIFA, la clasificación  hubo de resolverse por… ¡sorteo! Se introdujeron en una copa dos papeletas con los nombres de ambos equipos. El hijo de un dirigente italiano de la FIFA, el bambino Franco Gemma, con los ojos previamente vendados, extrajo la papeleta con el nombre de Turquía y ahí se acabó todo. Nos quedábamos sin Mundial. Cierto es que aquel telegrama previo al partido fue un tanto extraño y que nunca se supo a ciencia cierta por qué Kubala no pudo jugar el encuentro. Cierto es que se nos anularon dos goles, uno de ellos legal a todas luces. Cierto es también, que en el sorteo final no nos sonrió la suerte, pero es que tampoco la merecíamos realmente. No habíamos sabido dejar en la cuneta a un equipo netamente inferior, después de tres partidos disputados. Aquella fue la mayor decepción del fútbol español en muchos años.

 Desgraciadamente, no fue la última. En la fase clasificatoria para la Copa del Mundo de Suecia, en 1958, la Selección quedó encuadrada en el Grupo 9 europeo, con Escocia y Suiza como contrincantes. Sólo el campeón obtendría el premio de disputar el Mundial. Con el Real Madrid camino de su tercera Copa de Europa consecutiva  y con un FC Barcelona, un Athlétic de Bilbao y un Atlético de Madrid repletos de grandes figuras, el equipo nacional español disponía de un conjunto brillante,  capaz de lograr el billete mundialista sin excesivos problemas. Más aún, si se tiene en cuenta que sólo dos meses antes del comienzo de la fase previa el seleccionador español, Manolo Meana, había hecho debutar con la casaca roja al mejor futbolista del mundo, Alfredo Di Stéfano.

Disponíamos, pues, de un gran equipo, con una de las mejores delanteras del concierto internacional (Miguel o Basora, Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento). De nuevo, todo resultó un fiasco. En el primer envite, en Madrid, España no pasó del empate a dos frente a Suiza, a pesar de su quinteto ofensivo de lujo. La incomprensible decisión de Meana de hacer jugar de ariete a Suárez pudo ser una de las causas del grave tropiezo. Más que grave, decisivo, pues ese punto perdido ante los helvéticos resultaría crucial en la clasificación final. Luis Suárez y Miguel marcaron para España, mientras que Josef Hügi, con un doblete, lo hacía para su equipo. Las grandes figuras españolas volvían a mostrar su peor cara representando a nuestro fútbol. Dos meses después tocaba rendir visita al imponente Hampden Park de Glasgow. Otra vez, naufragio total. Meana repitió con Ramallets en el marco y con Miguel, Kubala, Di Stéfano, Suárez y Gento arriba y modificó toda la línea media y defensiva. La calidad técnica del equipo español fue superada por el ímpetu, la presión, la garra y la contundencia de los escoceses, que se impusieron por cuatro tantos a dos. Mudie, con tres goles y Hewie, de penalti, hicieron inútiles los aciertos de Kubala y Suárez. Suecia se alejaba cada vez más. Sin embargo, dado el enorme talento de nuestros jugadores y la excelente salud de la que gozaba el fútbol nacional a nivel de clubes, aún se confiaba en la clasificación. Había que ganar a escoceses en Madrid y a suizos en Lausana y, eso sí, esperar que los de las Islas no ganaran en Basilea. Como casi siempre, no dependíamos de nosotros mismos. Como tantas veces, las cuentas de la lechera no salieron. El equipo español devolvía la goleada a los escoceses (4-1, con tantos de Mateos, Kubala y dos de Basora) y pasaba por encima de los helvéticos (1-4), con, al fin, una destacada actuación de las principales figuras, Kubala y Di Stéfano, que firmaron un doblete cada uno. A buenas horas, mangas verdes. Escocia hizo lo que tenía que hacer. Vencer a Suiza en ambos choques, para sellar su pasaporte a Estocolmo. El fracaso fue sonado. Un equipo de grandes estrellas, algunas de ellas primerísimas figuras del fútbol mundial, se quedaba fuera de una Copa del Mundo una edición más.

 Un gol in extremis de José Armando Ufarte frente a la República de Irlanda, en noviembre de 1965, en el partido de desempate, otorgaba a nuestra Selección la clasificación para la fase final del Mundial de Inglaterra-66. Dado que nuestros chicos habían disputado también el Campeonato del Mundo de Chile, en 1962, era la primera vez que la Selección Nacional se clasificaba para dos Copas del Mundo de forma consecutiva. Todo un hito por aquel entonces. Pero, claro, tras años de bonanza (dos clasificaciones sucesivas, con fracasos estrepitosos en las ambas fases finales), tocaba de nuevo una larga travesía por el desierto. El superprofesionalizado fútbol español tardaría la friolera de doce años en volver a disfrutar (?) del mayor evento internacional de este deporte.

 En la década de los 70 nuestro deporte rey vivió muy posiblemente el  mayor período de decadencia de su historia. La apertura de las fronteras a jugadores extranjeros propició, sin duda, la llegada de grandes figuras (Cruyff, Netzer, Breitner, Kempes, Luiz Pereira,…), pero también una avalancha de mediocridad a discreción, que perjudicó tanto a los clubes como al equipo nacional y sumió a nuestro fútbol en una etapa sombría de la que costó muchísimo salir. A nivel de clubes, España perdió su peso específico y dominio absoluto en el escenario europeo (una final de Recopa perdida por el Real Madrid, una de Copa de Europa por el Atlético y una de la UEFA por el Athlétic, es el triste balance de este ciclo, hasta la Recopa lograda por el Barça ya en 1979) y desde luego, a nivel de Selección, el resultado de este decenio ha sido el peor de su extensa andadura internacional. Incapaz de clasificarse para las fases finales de las Eurocopas de Bélgica-72 y Yugoslavia-76 (torneos de cuatro equipos), ni para los Mundiales de México-70 y Alemania-74, el equipo nacional español peregrinó por el desierto de los grandes y sonados triunfos en encuentros amistosos y los descalabros más decepcionantes en los partidos clasificatorios.

 Después de haber estado presente en los dos últimos Mundiales y ya con un título de campeón de Europa en nuestro zurrón, en octubre de 1968 y con Eduardo Toba como seleccionador, comenzaba para España la liguilla clasificatoria para la Copa del Mundo de México. Con Bélgica, Yugoslavia y Finlandia como rivales, de los que sólo se clasificaba el campeón del grupo, nuestros chicos se estrenaban en el estadio del Estrella Roja de Belgrado con un esperanzador empate a cero. Esperanzador no por el juego desplegado, soso, ramplón, sin profundidad ni remate, sino por el punto obtenido en casa del vigente subcampeón europeo. Dos meses más tarde nos visitaba Bélgica, en un desangelado Santiago Bernabéu. Desastrosa actuación del cuadro español, que salvó un punto milagrosamente casi al final del duelo. A falta de quince minutos, Gárate acertaba con el portal belga para igualar el tanto logrado por Devrindt, en la primera jugada del partido. Una vez más, clasificación cuesta arriba a las primeras de cambio. Había que ganar en Lieja, o al menos no perder, para seguir teniendo opciones. El 23 de febrero de 1969, en el estadio Sclessin, nos la jugábamos de verdad y a Toba no se le ocurrió otra cosa que salir con este once: Iríbar; Martín, Gallego, Zoco, Eladio; Glaría, Claramunt, Velázquez, Grosso; Amancio y Vavá. Equipo de contención con sólo dos hombres en punta y táctica ultradefensiva, para un partido que había que ganar. Y ya se sabe lo que pasa cuando se juega a no perder… A la media hora Johan Devrindt volvía a dejar en evidencia a la retaguardia española, como ya ocurriera en Madrid. Con los belgas por delante en el marcador y los españoles incapaces de revertir la situación, el tiempo corría y a España se le escapaba el billete para México. A los veinte minutos de la segunda parte, Eladio, expulsado por el danés Sorensen, se negó a abandonar el campo y tuvo que ser retirado por las fuerzas de orden público con más brusquedad que buenos modales. La grotesca escena terminó con el poco brío que les quedaba a los nuestros.

  A siete minutos del final, Devrindt asestaba el golpe de gracia a las escasas esperanzas españolas y ponía a su selección con pie y medio en México. Juan Manuel Asensi, que debutaba en sustitución de Claramunt, acortaba distancias al minuto siguiente, pero fue insuficiente. España se despidió del Mundial y Eduardo Toba de su cargo como seleccionador. Matemáticamente eliminados, quedaban aún tres partidos para cumplir con el calendario. Para dirigir esos tres últimos intrascendentes compromisos, la Federación optó por una solución de emergencia: nombrar para el cargo de seleccionador al triunvirato Miguel Muñoz, Salvador Artigas y Luis Molowny, es decir, los técnicos de los tres primeros clasificados de la Liga, Real Madrid, FC Barcelona y UD Las Palmas, respectivamente. Cosas de nuestros dirigentes federativos… En el mes de abril se recibió a los yugoslavos en el Camp Nou. Los balcánicos, aún con opciones reales de clasificarse, se toparon de bruces, mira por dónde, con un gran conjunto español, que antes de la media hora ya vencía por dos tantos a cero gracias al acierto de Bustillo y Amancio. En la segunda parte, Pavlovic establecía el dos a uno final, resultado que clasificaba definitivamente a los belgas. Aún faltaba el trámite del doble enfrentamiento frente a los finlandeses, para cerrar esta decepcionante ronda clasificatoria. El 25 de junio nuestros representantes patrios confirmaron sobre el terreno de juego la apatía, desidia y desinterés con el que se estaba acudiendo en los últimos tiempos a las llamadas de la Selección. Desde su bautismo internacional allá por 1920 en la Olimpiada de Amberes, el equipo español nunca había sufrido tan degradante afrenta. El partido contra Finlandia, en el Olímpico de Helsinki, supondría el mayor fracaso de la historia futbolística española. Un equipo nacional superprofesionalizado, pero sin alma, ilusión ni vergüenza, caía estrepitosamente ante un conjunto de correosos y animados electricistas, carteros, fontaneros y funcionarios. A los veintiún minutos España, que jugaba con un absurdo e intolerable aire de superioridad, había recibido ya dos mazazos en forma de goles, gracias al ímpetu de los fineses que aprovecharon dos regalitos de nuestra zaga. Desde ese instante y hasta el final, el encuentro fue la historia del quiero y no puedo. Sin control, sin dominio, sin gol, España intentó subsanar el vergonzoso resultado, intrascendente para la clasificación aunque bochornoso para nuestra historia, pero fue incapaz de lograrlo. El 2-0 final (tantos de Lindholm y Tolsa), consumaba la mayor humillación sufrida hasta entonces por nuestro fútbol. El experimento del trío de seleccionadores terminaba, por tanto, de esta manera tan lamentable y el otrora fabuloso jugador, Ladislao Kubala, se hacía con las riendas del banquillo nacional. En su puesta de largo como técnico del equipo español, se impuso a Finlandia en el último choque, en lo que ha sido una de las goleadas más estériles de nuestra historia. Seis goles a cero (Pirri, Gárate, dos, Velázquez, Amancio y Quino), que, si acaso, sirvieron para despedir con ciertos honores la carrera internacional del gran Paco Gento. Una nueva era, se dijo, comenzaba para nuestra Selección…

 Eliminados también en la fase previa de la Eurocopa de 1972 (torneo con un formato similar a la actual Liga de Campeones), a los conocidos como Kubala Boys se les presentaba ahora un nuevo reto: la clasificación para el Mundial de Alemania de 1974. Con Yugoslavia de nuevo como rival de grupo, además de Grecia,  solamente el primer clasificado obtendría el pasaporte mundialista. Nuestros chicos se estrenaron en el otoño de 1972 en el estadio Insular de Las Palmas de Gran Canaria, con un empate a dos frente a los Plavi. Amancio inauguró el marcador a los 30 minutos, pero las huestes de Miljan Miljanic, en un notable partido, supieron remontar el resultado con dos goles de su delantero centro Dusan Bajevic. Solamente en el último minuto, Asensi pudo acertar con el portal de Maric y salvar un punto  afortunado para España. En enero de 1973, tocaba rendir visita al Leoforos Alexandras de Atenas. Buena imagen del equipo español, ahora sí, pero con un resultado final  muy apretado. A falta de cinco minutos, un inquietante empate a dos campeaba en el marcador, cuando Valdez hizo valer su pillería para regalar la primera victoria a España. Un mes más tarde, en La Rosaleda de Málaga, el combinado español volvía a imponerse a los helenos, con tres goles de Claramunt, Sol y Roberto Martínez, que dejaron en mera anécdota el conseguido por Antoniadis. Si se vencía a Yugoslavia en Zagreb, en el mes de octubre, estaríamos en el Mundial. No pudo ser. La Selección mereció mucho más en ese definitivo compromiso, pero no logró pasar del empate a cero. Yugoslavia aún debía visitar Atenas. Una derrota, un empate o, incluso, una victoria por la mínima de los balcánicos, también nos clasificaba, pero se impusieron por cuatro a dos y la clasificación hubo de dirimirse en un partido de desempate. El 13 de febrero de 1974, en el Waldstadion de Frankfurt, la Selección Española volvió a ser víctima de sus propias miserias. En el instante más decisivo de la fase clasificatoria, decidió jugar un desastroso encuentro y dejó en bandeja de plata el pase mundialista a un buen equipo yugoslavo. A los trece minutos, Katalinski cabeceó solito y sin oposición un centro desde la derecha, que Iríbar rechazó a duras penas. El balón le volvió al central del Zeljeznicar, que remató a la red, mientras la defensa española, de vacaciones, miraba plácidamente la jugada. En los 77 minutos restantes la Selección dio toda una lección de incapacidad e inoperancia futbolísticas, arruinando toda esperanza de clasificación. España perdía el último tren para la Copa del Mundo de Alemania y sumaba un rotundo fracaso más a su lista negra de decepciones internacionales. Aquella infausta noche, Kubala alineó a Iríbar; Sol, Benito, Jesús Martínez, Uría; Claramunt, Juan Carlos (Marcial, 73′), Asensi; Amancio (Quini, 73′), Gárate y Valdez.

 Nada menos que doce años después del gol de Ufarte a la República de Irlanda que nos dio la clasificación para el Mundial de Inglaterra-66, Rubén Cano, otro colchonero, perforaba las redes de Yugoslavia (¡otra vez Yugoslavia!) en el histórico partido conocido como la batalla de Belgrado y metía a nuestro equipo, por fin, en una fase final de un Campeonato del Mundo, el de Argentina 1978. Y desde entonces, no hemos vuelto a fallar. Nueve ediciones consecutivas (sólo Brasil, Italia y Alemania han conseguido lo mismo en idéntico período), con tres dolorosas eliminaciones en cuartos de final (México-86, USA-94 y Corea-Japón-02) y, por supuesto, con el título obtenido brillantemente en Sudáfrica, en lo que ha supuesto el momento culminante de nuestra historia futbolística internacional. Ojalá ya no  abandonemos nunca el pelotón de los mejores.

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