RESUMEN:

Presentamos la historia de los primeros jugadores extranjeros en el fútbol español tras la guerra civil, en plena época de autarquía.

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ABSTRACT:

Keywords: Alberty, Reboredo, Borbolla, Foreigners, Postwar, History, Spanish Football, Autarky

We present the history of the first foreign players in Spanish football after the Civil War, a time marked by autarky.

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Los extranjeros de la autarquía

De
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Se afirma con frecuencia que el primer futbolista extranjero de nuestra posguerra fue el mexicano José Luis Borbolla, sin que tal aserto responda a la realidad. Borbolla sólo fue la primera novedad foránea de la autarquía, puesto que otros dos jugadores, húngaro uno y argentino el otro, conocidos ya para el aficionado prebélico, se le anticiparon. Repasemos, pues, sus biografías, tratando de sumergirnos en tan opresiva época. Y confiemos, de paso, ayuden estas líneas a desterrar una inexactitud con todo el aspecto de instalarse como indiscutible dogma histórico.

Durante el verano de 1934 alguien pensó en “la casa blanca” que Ricardo Zamora iba acumulando excesivas primaveras. No es que fuese mayor para los usos y costumbres actuales, cuando en la reciente Eurocopa de Selecciones un cuarentón guardaba el marco de Hungría, y el extraordinario Buffon parecía dispuesto a pulverizar con Italia los registros de Dino Zoff. Pero 33 años constituían edad casi provecta para seguir en activo entre quienes se estrenaran en pleno amateurismo. Y tratándose de Zamora, además, cuyo debut tuvo lugar a los 15, esos 33 años debían antojarse al espectador toda una vida. Así que con idea de ir buscándole sustituto, se fijaron en Gyula Alberty Kiszelik (Debrecen 4-VI-1911), portero con buena planta, manos fuertes, agilidad contrastada y experiencia indiscutible, que además había gustado mucho, pese a encajar 6 goles de un combinado español en el partido que sirvió de homenaje a Zamora (20-XII-1934). Ese traspaso, vaya como anécdota, costó al Madrid 12.000 ptas.

Casi como Zamora, Alberty había disputado partidos en el O.B.T.K contando sólo 16 años. Desde los 17 hasta los 19, dos campañas con el Atila le sirvieron de trampolín hacia la portería del Bocsay, uno de los notables magiares en esa época. Entonces, por cierto, el fútbol húngaro estaba entre lo mejorcito de Europa. Suecia, Suiza, Italia, Checoslovaquia, Holanda, y por supuesto Inglaterra, junto a magiares, acuñaban, o eso se decía, el mejor “foot-ball” del continente. Alemania, tras la sangría humana y económica de la I Gran Guerra, apenas si era mero comparsa. Y por ende, al F. C. Barcelona le iba muy bien con Plattko, otro húngaro, el oso rubio a quien dedicase Rafael Alberti una oda tras verlo actuar, ensangrentado y temerario, en la final copera de Santander, resuelta luego de dos desempates. Alberty, en suma, se antojaba relevo de toda garantía, pues no en vano acumulaba 8 presencias internacionales.

Pero “El Divino” seguía siendo demasiado bocado, hasta para quien con diez años menos ansiara comerse el mundo. Alberty jugó, sí, aunque poco. Varios amistosos y 5 partidos de Liga durante la campaña 1934-35, mejorados con los 15, sin incluir “bolos”, a lo largo de la siguiente. Cuando Zamora se despidió -en teoría- con una parada antológica en las postrimerías de lo que pensaba iba a ser última actuación profesional, su compañero y competidor debió ver el cielo abierto. Luego, en cambio, ninguno de los dos pudo convertir en reales sus anhelos. Zamora porque, refugiado en una legación extranjera del Madrid republicano al estallar la Guerra Civil, y después de azarosa salida por mar hacia Marsella, habría de defender los colores del Niza, junto a su amigo Pepe Samitier, al tiempo de foguearse como entrenador en la Costa Azul. Y Alberty porque ante esa misma guerra, viendo que nuestras competiciones no se reanudaban, optó por hacer tiempo en el campeonato francés, enrolándose en Le Havre. Durante 1938, cuando la costa Cantábrica estuvo despejada, volvió a cruzar el Bidasoa y se ofreció al Unión de Irún, que como los demás “reales” había perdido corona y título nada más proclamarse la república. Con los irundarras estuvo disputando “bolos”, partidos recaudatorios en favor de los combatientes franquistas, al tiempo de ver cómo se le iban agotando los ahorros. Recién terminada la contienda disputó con el Racing de Ferrol el denominado Torneo Nacional de Fútbol, enunciado que en realidad escondía un Campeonato de Copa organizado a toda prisa. Tuvo excelentes actuaciones, según recogió la prensa, aunque no pudo impedir la derrota en la final celebrada en Montjuich.

La aventura española mostró al húngaro Alberty su rostro más cruel. La Guerra Civil, primero, le impidió heredar el marco de Ricardo Zamora. Después, la posguerra, sus miserias e insalubridades, le arrebataron la vida.

La aventura española mostró al húngaro Alberty su rostro más cruel. La Guerra Civil, primero, le impidió heredar el marco de Ricardo Zamora. Después, la posguerra, sus miserias e insalubridades, le arrebataron la vida.

A todos los efectos, se sentía un español más. Estaba casado con una madrileña y a Madrid confiaba volver en cuanto lo reclamasen desde “su” equipo. La nueva Federación de Fútbol quiso dar sensación de normalidad lo antes posible, poniendo en marcha un Campeonato Nacional de Liga claramente continuista respecto al finiquitado en 1936. Según circular remitida a los clubes, quedaban sin efecto los traspasos apalabrados desde el final del torneo 1935-36 hasta o después del 18 de Julio. Cada entidad, por lo tanto, podía reanudar actividades con las plantillas de entonces, lo que no dejaba de ser un brindis al sol, pues F. C. Barcelona y Athletic Club tenían medio equipo en América, tras exiliarse aprovechando sendas giras, o dirimiendo las últimas fechas del torneo galo. El Oviedo, con su campo destrozado, obtuvo moratoria de un año. Y en medio de semejante marco, cualesquiera que fuesen las razones, nadie se acordó de llamar a Alberty desde Madrid.

Contratado por el Celta, jugó 16 partidos ligueros en la reanudación, y 18 correspondientes al Campeonato 1940-41. Luego, allá por el verano del 41, se incorporó al Granada, y con los de la Alhambra volvió a jugar 14 nuevos partidos de Liga, en la máxima categoría. Catorce tan sólo, puesto que el 30 de abril de 1942, a los 31 años, fallecía víctima de unas fiebres tifoideas.

La noticia causó tanta sorpresa como consternación, pues era hombre apreciado por casi todos los públicos. Simpático, cabal, sin salidas de tono, había hecho popular su delectación por las naranjas. A tal punto llevaba la cosa, que solía saltar al campo con una bolsa de cítricos e iba sorbiendo su jugo durante los partidos, recostado en alguno de los postes, mientras el esférico rodaba lejos del marco.

Francisco Reboredo Mosquera (Buenos Aires, 3-IX-1914) nunca renunció a su nacionalidad argentina, por más que naciera en el seno de una familia gallega y hasta se formase como futbolista en el modesto Hércules coruñés. Todo ello porque la familia regresó de la emigración cuanto todavía era niño. Su hermano Manuel, también futbolista, llegó a asomar a nuestra 1ª División la temporada 1942-43, enrolado en el Celta de Vigo (2 partidos). Pero éste vio ya su primera luz en La Coruña. Eran sinsentidos del pretérito, relativamente habituales por Galicia o Asturias, dos territorios abonados a la aventura americana. Hasta que cobró cuerpo el estatus de doble nacionalidad, no pocas familias podían reunir hermanos españoles, brasileños, argentinos y hasta uruguayos en torno a la misma mesa, si a sus progenitores les costó hallar asentamiento definitivo.

Medio al hacerse un hueco en el once titular del Deportivo de La Coruña, con quienes debutó la temporada 1933-34, en 2ª División, Reboredo alternaría luego los puestos de ataque, para acabar convirtiéndose en comodín de garantía. Aunque se movía con lentitud, en gran parte como consecuencia de un defecto congénito en el pie que no sólo le hacía pisar mal, sino destrozar las botas previamente reforzadas por el utillero, dominaba a la perfección el juego de cabeza. Sus 41 presencias repartidas entre las tres campañas prebélicas, casi nos permiten considerarlo titular, puesto que esa categoría contaba con la mitad de equipos que hoy.

Por dejadez, quizás, Edmundo Reboredo, gallego nacido en Buenos Aires, no arregló sus papeles para convertirse en español. De esa aparente desidia obtuvo réditos impensados al estallar la Guerra Civil.

Por dejadez, quizás, Edmundo Reboredo, gallego nacido en Buenos Aires, no arregló sus papeles para convertirse en español. De esa aparente desidia obtuvo réditos impensados al estallar la Guerra Civil.

De no haber sobrevenido la sublevación militar, y el subsiguiente estallido bélico, Reboredo habría continuado de blanquiazul, buscando el ascenso, empeño para el que siempre se postulaba el equipo tras cada Campeonato Regional. Pero el revanchismo, la visceralidad traducida en ganas de aplastar al adversario, fácilmente perceptibles por plazas y calles, le hizo evaluar otras posibilidades. A él, de entrada, no lo tomaron por extranjero. Sin embargo con el correr de los días fue esparciéndose la voz de detenciones a otros como él, gallegos con pasaporte sudamericano. Esas mismas voces aseguraban que aquellos detenidos iban a campos de “clasificación”, desde donde se repasaban antecedentes, evaluando su posible peligrosidad y en tanto llegaba el rescate desde los distintos consulados, si fueren vistos como “personal inocuo”. Y entonces, bien por decisión propia o aconsejado desde la familia, se decidió a sacar partido a su condición de argentino. Pasaporte y maleta en mano, sin obstáculos de ninguna índole, cruzó el paso fronterizo por Tuy, tras la estampación de rigor.

Ya en Oporto, luego de ser sometido a prueba por el primer club de la ciudad, no sólo le diligenciaron ficha, sino que acabó en el quinteto delantero. Había anotado un solo gol como deportivista, pero en Portugal, donde el fútbol estaba mucho menos desarrollado, casi podía ejercer de estrella. Fueron, aquellos, dos años tranquilos, mientras seguía desde la prensa los avatares de una guerra que no concluía. Veintitantos meses con dinero en el bolsillo, escuchando ovaciones, paseando desde Ribeira a Massarelos, viendo engalanarse el Duero desde Miragaya, cada atardecer, o recreándose con el ir y venir de los rabelos si había algo que celebrar en las bodegas. Cuando las emisoras de radio emitieron el último parte, fechado en Burgos, se despidió de la brumosa Oporto para mostrar su pasaporte a los carabineros de Tuy, plantándose en La Coruña. Por supuesto, su nombre no figuró nunca en el listado de prófugos a depurar, y nadie le recetó sanciones, como ocurriese con Balmanyá, Argemí, Llorens, Babot, Aguirre, Lerma, Mancisidor, Gual o Conde, entre otros. Nadie podía ver en su salida una artimaña para esquivar el “patriótico deber de alistamiento”, y menos aún contemplarla como “manifiesta hostilidad hacia la Cruzada”. Era extranjero y sólo estaba obligado a defender con las armas el suelo de la República Argentina.

Otra vez en el Deportivo, pudo darse el gusto de debutar entre los más grandes la temporada 1941-42, luego de dos campañas en 2ª. Y en el Coruña siguió, otros cinco cursos en 1ª (90 partidos con 5 goles) y uno más, a modo de puente (1945-46) en la división de plata. Al finalizar la campaña 46-47, con 32 años, solicitó la baja y puso rumbo hacia Argentina. Aquella España, la de la pertinaz sequía, el bloqueo internacional, los padrenuestros y avemarías, el frío, la hambruna socorrida precisamente desde una Argentina peronista y en apariencia sólida, no ofrecía otro porvenir que el alimentado junto al almohadón, en sueños. Tras haber ejercido como entrenador en Venezuela y Portugal, donde desde sus tiempos de corto seguía contando con buen cartel, expiró el 19 de enero de 1973, sin haber cumplido los 60.

Y finalmente Borbolla. José Luis Borbolla Chavira (México D. F. 13-I-1920), fue incorporado al Real Madrid por un Santiago Bernabéu llegado a la poltrona hacía bien poco (15-IX-1943). Según la prensa, “contactos del presidente en México lo han recomendado como uno de los futbolistas con más porvenir en ese país”. Contactos que inmediatamente se sospechó podían apellidarse Regueiro, por más que don Santiago evitase concreciones. Borbolla, al parecer, había cuajado muy buenas actuaciones con el Marte, y no existía impedimento para ficharlo, pues si al estallar la Guerra Civil era factible incorporar extranjeros, luego, ante el natural cúmulo de urgencias, nadie pareció advertir que el portillo continuaba abierto.

Incorporado oficialmente a la disciplina blanca el 14 de julio de 1944, si bien no llegaría a Barajas hasta noviembre del mismo año, fue recibido como un mesías. “Toda esa gente se agolpa en las taquillas para verte a ti. No los defraudes”, le dijo, paternal, don Santiago. En cambio su entrenador, Moncho Encinas, prefirió sumergirlo en un baño de realidad tan pronto lo viese con aquellas botas ligeras, de piel suave, traídas desde América: “¿Acaso piensa usted practicar entre nosotros el ballet?”. Pronto, casi desde el primer entrenamiento, advertiría cuánta verdad encerraba la sorna del técnico. Se entraba duro, violentamente muchas veces. Quien recibiera el balón de espaldas ya podía tener ojos en la nuca, so pena de hincar la rodilla tras la tarascada, casi siempre puntual. Apenas si existía elaboración. Los defensas impulsaban el cuero con toda su alma, sin otro ánimo que alejarlo de su parcela cuanto fueran capaces. Todo orbitaba en torno a la verticalidad. Y a él, llegado de un balompié más moroso, colaborativo, de pase corto, finta y filigrana, todo aquello se le atragantó.

Nota autógrafa de José Luis Borbolla, apenas hubo puesto los pies en España.

Nota autógrafa de José Luis Borbolla, apenas hubo puesto los pies en España.

La prensa, sin embargo, seguía cacareando maravillas, por más que ninguno de los informadores hubiese tenido oportunidad de verlo en acción. Importante detalle que, puesto en época, se antojaba nimio. Era tanta la necesidad de abrirse al exterior, tanta la sensación de aislamiento, y tan baja la autoestima colectiva, por mor de las privaciones, que muchos españoles tendían a mitificar cuanto llegase de fuera. Realidad digna de estudio sociológico, pues semejante estado de ánimo convivía con eslóganes y soflamas acuñados con intención de lograr justo el efecto contrario.

Llegado por fin su ansiado debut, en la sección “Cada Día” del Diario “Marca”, se escribió:

“Tenemos al ídolo sobre verde peana. Lo ha alzado la prensa a una altura de récord. Y aunque nos han contado que José Luis Borbolla es un buen muchacho, a quien ha sorprendido primero que a nadie esta desorbitada propaganda, creemos que todo esto se deba a innata modestia, y a que la nueva adquisición del Real Madrid es algo grande y está dentro de los más aquilatados virtuosismos.

Borbolla está ya sobre la palestra. Contempló al actual fútbol español, realizó sus entrenamientos, jugó sus partidos a puerta cerrada, buscó su mejor forma… Y hoy, ¡a jugar!. Algunos han pensado maliciosamente que Borbolla pudiera ser una burbuja de aire, una pompa de jabón, que al choque de la realidad podría desinflarse y desaparecer como un globo. Nosotros estamos seguros que no. Que Borbolla es un verdadero as. Y si no hubiera sido internacional siete veces en Ultramar, lo sería ahora catorce. Porque es un muchacho muy joven, y después de tanto como se ha dicho de José Luis Borbolla, cualquiera en su lugar, aunque jamás hubiera tocado el balón, saldría al campo y daría hasta el salto mortal para rematar una pelota demasiado alta.

¡Y este no es caso del jugador Borbolla!”.

En el mismo diario, el protagonista se confesaba entre titulares: “Espero la benevolencia del público madrileño para frenar mis nervios”. Todo muy bonito, ilusionante, incluso. Pero la estrella decepcionó en su debut, aquel 8 de diciembre del 44:

Borbolla junto a su entrenador en el Celta, Ricardo Zamora. Los sueños de triunfo se esfumaban.

Borbolla junto a su entrenador en el Celta, Ricardo Zamora. Los sueños de triunfo se esfumaban.

“3-1. El Hércules de Alicante vence al Madrid”, tituló su crónica el deportivo “Marca”. Y en tipos de menor cuerpo: “Borbolla, que se presentaba en este partido, defraudó al público”. Tan notable fue el fiasco, que los medios madrileños mostraron una rara unanimidad: “Demostró dominio y control del balón, pero le faltó colocación en el campo y ligazón con el resto del equipo”. “El jugador mexicano acusó igualmente poca resistencia física y excesiva prudencia en los momentos decisivos”. Entrevistado en el vestuario, nada más salir de la ducha -entonces los periodistas, varones todos, se movían entre jugadores desnudos sin el menor impedimento- el propio mexicano solicitó a uno de los reporteros: “No se olvide decir que yo aún no he debutado en Madrid”.

Convenía cortar de raíz las suspicacias, y con tal objetivo se organizó otro choque amistoso, ante rival más endeble. Serviría de “sparring” la Cultural Leonesa el 17 de diciembre, y ante ellos optó Encinas por alinear un equipo “B”. “8-0. Rotunda victoria del Madrid reserva”, tituló la crónica el ya citado “Marca”. “El público aclamó a Borbolla, que hizo un gran partido”. Ciertamente, el azteca marcó dos goles, uno de ellos, el séptimo de la mañana, magnifico. Estuvo activo, enviando pases precisos. Pero el análisis de los informadores tampoco ocultaba dudas: “Al final del partido, el público se lanzó al campo aclamando al fino jugador, que fue llevado a hombros hasta el vestuario. Un éxito del que esperamos confirmación frente a equipos y, sobre todo, defensas de más talla del que ayer contendió con el reserva del Real Madrid”. Espacio injusto el otorgado a Borbolla por las rotativas, pues el auténtico héroe fue un ambicioso Vidal autor de 4 goles, que pudieron ser más, e hizo locuras con los zagueros.

El globo se desinflaba. Sin disputar ningún partido liguero con los “merengues”, donde Encinas no lo veía con sitio, al menos de momento, en febrero de 1945 fue cedido al Deportivo de La Coruña, para disputar 10 choques de Liga, festejar 4 tantos y descender a 2ª, vestido de blanquiazul. Durante la siguiente temporada, otra vez en Madrid, sólo saltó al campo una tarde, ante el Valencia, partido que concluyó con empate a uno. Seguía sin adaptarse, sin responder ni de lejos a tan desmesurada expectación. Y además ese único choque oficial con la camiseta blanca tuvo por corolario una sorda trifulca, trufada con acusaciones de alineación indebida.

En realidad todo partió de un encontronazo entre la prensa valenciana y madrileña. Alguien mal informado, tomando muy a su manera la interpretación del reglamento, aventuró que Borbolla no podía haber jugado ese encuentro hasta transcurridos 6 meses desde su última alineación con el Deportivo de La Coruña. Y pretendió basar la legitimidad del Valencia si decidiera impugnar el encuentro, en la circular número 3 de la Nacional para esa temporada, cuyo texto rezaba:

“El jugador que cause baja en un Club después de haber actuado con éste en partidos oficiales, no podrá actuar de nuevo por el mismo Club sino después de que hayan transcurrido SEIS MESES DE TEMPORADA OFICIAL”.

Borbolla fue cedido a la entidad coruñesa el 1 de febrero de 1945, y actuó con su nuevo club en el barcelonés campo de Las Corts sólo cinco días más tarde, el 6 de febrero. Por lo tanto, al saltar al campo con el Real Madrid el 7 de octubre, quedaba fuera de la más mínima sospecha. Incluso considerando inhábiles los meses de julio y agosto, como se propugnaba desde el litoral mediterráneo, hubiese estado en disposición de jugar, cumpliendo el reglamento, un día antes: el 6. Pero además la directiva “ché” había tardado en presentar la denuncia, cuando la misma circular recogía un plazo de 72 horas desde la conclusión del partido para justificar, por duplicado y ante la Regional a que perteneciese el equipo, la reclamación correspondiente. Transcurrido ese periodo, cualquier acción antirreglamentaria pasaba a tomar absoluta validez.

Cualquiera diría que el sino de Borbolla estuviese unido a la linotipia y el papel prensa.

Los medios siguieron cada paso del mexicano. Incluso los relativos a su inexistente “alineación indebida”.

Los medios siguieron cada paso del mexicano. Incluso los relativos a su inexistente “alineación indebida”.

Cara al Campeonato 1946-47 suscribió contrato con el Celta, por dos temporadas y “en condiciones ventajosas para ambas partes”. Antes de arrancar la segunda, no obstante, ya estaba en México, sin billete de vuelta.

Lo de las “ventajosas condiciones” tenía su aquel. Tampoco se airearon cifras de traspaso y ficha cuando llegó al Madrid, por más que este tipo de datos no fueran entonces tan secreto sumarial como hoy ocurre. Si poco o nada se dijo al respecto, habrá que achacarlo a la precariedad del momento. La suya fue una incorporación sobredimensionada, convertida desde el minuto uno en espectáculo social. Los omnipresentes y poderosos falangistas, en su mejor momento histórico, abominaban, siquiera doctrinariamente, los alardes de nuevo rico cuando tanta miseria podía verse en derredor. Lo había postulado Pilar Primo de Rivera en 1937, sin dejar espacio a la interpretación: “En los nuevos modos de la Falange hay que apartar ciertas costumbres que no van bien con nuestro estilo, como son los vinos de honor, los banquetes, los pasteles y dulces después de cualquier inauguración y todas esas cosas que en tiempos más flojos eran obligadas para festejar el discurso de un político o la inauguración de unas escuelas”. Austeridad, en suma. Máxime, faltando pan, aceite, combustible… Y para una vez que sobraba algo, como uva tras el cosechón de 1943, con 20 millones de kilos recogidos sólo entre Málaga y Almería, el aislamiento patrio y la guerra europea hacían imposible su exportación (*). Desde ese espíritu austero, a todas luces debía resultar ofensivo lo satisfecho a un futbolista, extranjero, por ende. O sea que oscureciendo el dato, se evitaban escándalo y quebrantos.

De cualquier modo, los 11 partidos disputados por el mexicano con la camiseta celtiña, con tres únicos goles anotados, volvían a llevar aroma de fracaso. Así lo entendieron, sin duda, Ricardo Zamora, entrenador de los vigueses, la directiva y el propio futbolista, puesto que una nota de “Alfil” fechada en Vigo el 12 de junio, ponía colofón al cuento de hadas:

“Durante un acto radiofónico celebrado en la emisora local, y en el que participaron Ricardo Zamora, Borbolla y varios jugadores del Celta, le ha sido entregado al medio Alonso el premio de la regularidad por su mejor labor de conjunto en toda la temporada, consistente en una copa y una cantidad en metálico. En el orden de puntuación han seguido a Alonso el extremo Roig y el defensa Salas.

En el mismo acto se despidió de la afición española el jugador mejicano José Luis Borbolla, que hoy emprende el regreso a su país a bordo del “Marqués de Comillas”. Borbolla pronunció unas palabras emocionadas de despedida y se mostró muy agradecido al Celta por haberle permitido marchar a Méjico antes de concluir el tiempo de contrato. Dijo que ese viaje obedecía más a motivos particulares y familiares que deportivos, proponiéndose en primer término descansar, con el fin de curarse totalmente de una distensión en un pie, que le ha impedido rendir al máximo en el Celta. De momento no tiene ningún proyecto ni idea determinado, sobre cuál será su club mejicano en el porvenir.

Aunque fracasara en nuestros campos, estuvo elegante en su despedida.

Aunque fracasara en nuestros campos, estuvo elegante en su despedida.

Zamora cerró el acto despidiendo cordialmente a Borbolla, y manifestó se trata de un magnífico y caballeroso jugador, considerando que ha sido perjudicado por el error de encuadrarse en un Club del Norte, de juego rápido, profundo, y más vigoroso que técnico. Antes de su marcha, Borbolla está recibiendo muchas pruebas de simpatía de los aficionados locales”.

José Luis Borbolla, una vez en su país, engrosó las filas del Club Asturias, para rendir más que aceptablemente. Otra vez internacional, llegó a jugar un partido en el Mundial de Brasil correspondiente a 1950; concretamente ante Suiza, en Porto Alegre. Ese Mundial quedaría para el imaginario de dos generaciones españolas como el del gol de Zarra ante Inglaterra, y un cuarto puesto que entonces, acostumbrados a no hacer nunca nada, supo a gloria.

Años después, rememorando su paso por nuestro fútbol, quien fuese recibido como quintaesencia deportiva reconoció humildemente: “Yo venía de un fútbol más lento y técnico, y el juego español se me hizo demasiado veloz. Sus botas durísimas, la expectación que me rodeó… No sé, todo acabó pesándome. La gente gritaba mi nombre, las exclamaciones de ¡Viva México!… A qué negarlo; me asusté”.

Pero la conexión de José Luis Borbolla con nuestro fútbol no concluyó ahí. Retirado “temporalmente” tras el Mundial brasileño, al serle detectado un “profundo agotamiento, consecuencia del sobreesfuerzo de tantos años”, según los medios mexicanos, recibió desde el América de México la propuesta de actuar como entrenador, a modo de prueba. Un año más tarde, superado el examen y con la renovación en el bolsillo, llegaba a Madrid para incorporar a cuatro jugadores españoles.

Brasil nos ha enseñado por dónde ha de evolucionar el fútbol mexicano -aseguró aquel agosto de 1951, tan pronto puso pie en tierra-. Nuestros clubes están contratando a uruguayos y argentinos, pero yo prefiero el producto español, ya que la forma de jugo en el América se asemeja bastante a la de ustedes”.

El Club América, decano del país, compartía con otras tres entidades del Distrito Federal el Estadio de la Ciudad de los Deportes, único en la capital azteca, cuyo aforo alcanzaba los 70.000 espectadores. Su presidente ejecutivo, Miguel Ramírez Vázquez, procurador de Trabajo, era muchísimo menos popular que el presidente honorario, Mario Moreno “Cantinflas”. Por cuanto respectaba al balompié mexicano, vivía un proceso de profunda transformación. En breve, coincidiendo con el arranque de la segunda vuelta del Campeonato, comenzaría a implantarse el sistema de taquillaje libre; o sea que cada club iba a conservar para sí el importe íntegro de lo recaudado, sin necesidad de reparto con su oponente al 50%, conforme hasta entonces era norma. Al mismo tiempo se acababa con el contrasentido de hacer pasar por taquilla a los socios, algo que desalentaba, y mucho, a cualquiera. ¿De qué servía cumplir religiosamente con las cuotas mensuales, si cada fin de semana era preciso pagar una entrada completa?. Cosas así no contribuían a cimentar la afición al fútbol.

De los cuatro jugadores que el antiguo interior tenía en cartera, sólo pudo llevarse a tres: José Cobo (defensa del At Madrid, Gimnástico de Tarragona y Real Murcia), Antonio Villar Chao, con quien había coincido en el Deportivo de La Coruña, y el ariete jienense de Beas de Segura Mariano Uceda Valdevira (At. Madrid, Zaragoza, Sevilla, Santander y Murcia). El extremo Bilbao se arrugó a última hora, tras escuchar las razones de su club, el Athletic bilbaíno -entonces Atlético-. Y aún con la ayuda de quienes conocían del fútbol mexicano, como el otrora internacional Travieso, Borbolla, pese a reiterados intentos, no pudo hallar sustituto. Con todo, hábil relaciones públicas, supo arreglárselas para convertir a los medios en valiosísimos aliados: “No podemos pagar tanto como algunos clubes españoles, porque México no es España en el terreno futbolístico -aseguró-. Allí hay menos afición. Aunque quienes sepan ganarse la aprobación del público contarán con ayudas económicas, al margen de lo estipulado en contrato, pues son frecuentas las primas, donaciones o premios de empresarios y grupos de seguidores. Por otra parte, en modo alguno me llevaría a nadie para hacerle fracasar. Eso equivaldría a traicionarle, a jugar con sentimientos ajenos”.

Preciosas palabras, arrastradas en seguida por algún mal viento.

Porque la realidad de quienes se embarcaron en la aventura fue bastante menos risueña, según se empeñó en dejar muy claro el ex colchonero Cobo, a su vuelta, en setiembre de 1952: “Borbolla se ha portado con nosotros pésimamente. Se desentendió de todo y nos dejó a nuestra suerte”.

José Cobo cometió el error de creer en las buenas palabras de José Luis Borbolla. Su experiencia en México se saldó con pérdida de peso -casi cuatro kilos-, problemas de cobro y una amenaza de repatriación obligatoria, al caducar su licencia de residente. No tuvo otro consuelo que saber a su hermano Ramón ocupando el puesto que durante ocho años de militancia entre At Aviación y At Madrid, había ocupado en la zaga “colchonera”.

José Cobo cometió el error de creer en las buenas palabras de José Luis Borbolla. Su experiencia en México se saldó con pérdida de peso -casi cuatro kilos-, problemas de cobro y una amenaza de repatriación obligatoria, al caducar su licencia de residente. No tuvo otro consuelo que saber a su hermano Ramón ocupando el puesto que durante ocho años de militancia entre At Aviación y At Madrid, había ocupado en la zaga “colchonera”.

Cobo, vaya esto por delante, nunca fue amigo de paños calientes. Si sobre el césped solía mostrarse duro y directo, vistiendo de calle hablaba muy clarito. Tras su salida del Murcia, por ejemplo, se despachó a gusto: “Brindo a la Federación una idea; que así como existen escuelas de preparadores, organicen cursos y exámenes de capacitación destinados a directivos. Seguro que de ese modo no llegarían a los clubes gente como la del Murcia”. Pues bien, profundamente decepcionado tras aquellos once meses largos en el América mexicano, sentenció: “Quiero que sepan los aficionados cómo se portó el tal Borbolla con nosotros tres. Marché de España confiando en su palabra y en las referencias que teníamos sobre él. Tuvo y tiene la suerte de poder hablar bien de España. Yo, desgraciadamente, y por su culpa, no puedo hacerlo así de México. Nos dieron 14.000 pesos por seis meses. Al llegar, sin embargo, nos encontramos con la exigencia de permanecer hasta diciembre. Había gato encerrado, y más trampas que en una película de chinos”.

Si a Mariano las cosas le fueron magníficamente de inicio, él se iría desinflando pronto: “Me enfrié al ver que no me pagaban, y mi única preocupación consistía en volver a España”. Su estadística resultaba concluyente; cuatro partidos de Copa jugados y otros cinco o seis de Liga. Paupérrimo balance para quien partía con rol de titular. Y no buscaba excusas: “Se nota el cambio de ambiente, el estilo de juego y la altura, ésta con dolores de cabeza y malestar continuo. Pero a eso te acostumbras. Otra cosa ocurre con la falta de formalidad”. Su impresión sobre aquel fútbol, circunscrita a lo puramente deportivo, tampoco era entusiasta. Si bien dominaban la pelota, eran poco profundos, lentos, amigos de un desgaste mínimo. Sólo le gustaron los porteros, en lo individual, y por cuanto a equipos el Guadalajara “que es quien practica un mejor fútbol, y después el Atlante, conjunto duro, al estilo del Valencia”.

José Carrasco, redactor habitual de “Marca”, muy en la línea laudatoria del medio para cuanto tuviese que ver con “lo español”, se encargó de obtener mediante la pregunta precisa el tipo de respuesta que ansiaba:

“- Tu sensación al volver a España, ¿cuál ha sido?

– Que los futbolistas españoles no saben cómo se les trata de bien. Y cómo se corresponde aquí con los extranjeros”.

Formidable intento de disuasión, dirigido a futuros e hipotéticos aventureros.

Su herida sangraba profundamente. Mucho más que la de Chao, cuyo vínculo vencía pronto, o la de Mariano, que del América había volado hacia el Puebla, contratado hasta marzo del 53. Él, en cambio, amén de que para su retorno a Madrid, expirada la autorización de residencia, interviniera decisivamente el señor Arechederra, reputado compatriota residente en la capital mexicana, contaba con el dinero prometido para encarar un porvenir incierto. A sus 34 años, agotados los días de pantalón corto, por más que afirmara seguir dispuesto a escuchar ofertas, no había logrado amasar un capitalito. Durante sus primeros tres años con la camiseta colchonera sólo obtuvo sueldos mensuales; ni una peseta de ficha. E incluso en Murcia, donde más billetes le pusieron sobre la mesa, tuvo caché de futbolista barato. Torearle en esas condiciones resultaba doblemente grave, máxime mediando promesas de no jugar con sentimientos ajenos ni defraudar a nadie.

Borbolla, en resumidas cuentas, no triunfó como entrenador, aunque sí lo hiciera de paisano, alcanzando un puesto directivo en el Banco Comercial de México. Su óbito tuvo lugar poco después de cumplir los 79, el 12 de febrero de 2001.

Respecto al flujo de extranjeros, la decepción deportiva del club “merengue” con José Luis Borbolla estuvo lejos de ser vista como provechosa lección. Bien al contrario, las contrataciones foráneas comenzaron a menudear. Mucho más a escondidas que el mexicano, pero casi por la misma época, habría de llegar el bonaerense Francisco Alonso Villegas Collantes, “Pancho” Villegas para las alineaciones del “Nastic” tarraconense y Zaragoza. Técnico pero lento, tuvo, además, la desgracia de lesionarse el menisco nada más fichar por el equipo maño. Las lesiones de menisco, entonces, cuando no retiraban profesionalmente al futbolista, exigían una larga y tenaz recuperación. “Pancho” pasó en blanco la temporada 1946-47 y tal vez aquello significara su condena a no conocer nuestra 1ª División.

La gira del San Lorenzo de Almagro ya tratada en “Cuadernos”, hizo ver a presidentes y federativos todo el daño derivado de un largo aislamiento deportivo. Entonces, consecuentes, impulsaron una apertura tasada, concreta y medida, cuyos efectos se hicieron visibles la temporada 1947-48. Véase el cuadro de adquisiciones extranjeras, por cuanto concierne a clubes de 1ª División.

JUGADOR

PUESTO

NACIÓN

CLUB

Da Silva

A

Brasil

Barcelona

Florencio

A

Argentina

Barcelona

Navarro

D

Argentina

R. Madrid

Rocha

A

Argentina

R. Madrid

Aveiro

A

Paraguay

At. Madrid

Valdivielso

M

Argentina

At. Madrid

Camer

A

Argentina

R.C.D. Español

Herrero

M

Argentina

Valencia

G. Bravo “Terremoto”

A

Portugal

R. Sociedad

Algunos clubes de 2ª tampoco quisieron privarse. Los argentinos Laureano Martín (Recreativo de Huelva) y Rafael Rodolfo Ponce (Deportivo de la Coruña) pueden servir como botón de muestra.

Entre los citados hubo notables diferencias de rendimiento. Los del Real Madrid, cuya directiva llevaba años enfrascada en el magno proyecto de construir un campo extraordinario, apenas fueron sombras fugaces. Especialmente Rocha, a quien los aficionados merengues conocieron sin vestir todavía de blanco, pues formaba en el cuadro lisboeta de Os Belenenses la tarde inaugural del estadio Bernabéu. José Antonio Navarro (General Villegas 24 de febrero de 1918), militante de Newell´s durante ocho años, llegó algo talludito y a duras penas pudo mantenerse dos temporadas entre los mejores. Con él se dio una curiosidad. Puesto que su penúltimo club había sido el Marte mexicano y a la prensa le pasara desapercibido su breve paso posterior por Nacional de Montevideo, no faltaron titulares chascarrilleros: “El Madrid ficha al defensa Navarro, del Marte”. De ahí a que los no muy madridistas acabaran tildándole de “marciano” existió poco trecho. Horacio Arquímedes Herrero, solvente director de juego con ascendencia española por parte de padre, lució primero en Mestalla y más tarde por Santander la gorrita blanca, de pastelero, con que solía saltar al campo. Al portugués Gomes Bravo, más conocido por Terremoto, se le quedó tan larga la 1ª división que para el año siguiente ya había bajado hasta 3ª, donde se hallaba el C. D. Logroñés. Florencio Caffaratti, gran técnico y con mucha visión del juego, había costado 125.000 ptas. que muy pronto justificó sobre el campo. Casas, defensa del Español, no quiso complicarse una tarde y lo cazó descaradamente. Aquel hachazo y sus secuelas dejaron al jugador muy mermado. A principios de 1949 la directiva catalana le concedió la carta de libertad, considerándolo inútil para el deporte. Florencio, orgulloso, se negó a aceptar las 25.000 ptas. ofrecidas como reconocimiento por los servicios prestados, e hizo las maletas. Regresaría a México, país de procedencia, pese a su nacionalidad argentina. Y por los campos aztecas, donde gozaba de buen cartel, aún siguió jugando 2 temporadas más.

Claro que si alguien dio la nota, fue Lucidio Battista da Silva.

Amante empedernido de la noche con burbujas y lentejuelas, tuvo a su favor venir avalado por el uruguayo Enrique Fernández, entonces responsable del banquillo culé y buen futbolista de preguerra en el mismo club. Pero ni aun así. Para traerlo del Peñarol uruguayo hubo que satisfacer 150.000 ptas., lo que no era poco, desde luego, cuando dos terceras partes de los asalariados españoles no alcanzaban las 800 mensuales. En su presentación frente al flojo Sittard Boys holandés, deslumbró a todos. Luego su vida nocturna, casi vampírica, acabó con cualquier atisbo de chispa y esa innata facilidad suya para el regate. Tres partidos de liga y un gol, resumen su aportación durante los dos años que precedieron al hartazgo general y la firma del finiquito. Oporto primero y Palmeiras después, sabrían de nuevas juergas y escándalos. Pero asómbrense, la vida, que a veces dibuja muecas burlonas, con él apenas se contuvo. Una vez retirado, Lucidio Da Silva, conocedor de la noche y sus pecados como muy pocos, habría de hacerse policía, ingresando en la Brigada de Costumbres y Espectáculos de Sao Paulo. El zorro cuidando a las gallinas.

 Para entonces no sólo se aireaba lo satisfecho por las adquisiciones foráneas en concepto de traspaso, sino que desde las distintas poltronas parecía haber nacido una nueva competición, consistente en superar anteriores récords. En una España donde faltaba de todo y no sobraba nada, con el hambre instalada como detestable huésped entre la despensa y el fogón de muchos hogares, el fútbol patrio parecía haber perdido definitivamente el pudor. Los ricos de toda la vida, e incluso quienes acababan de prosperar mediante el estraperlo o concesiones fraudulentas, mantenían cierta empatía farisaica con la pobreza circundante, en cada bodorrio, acto social solemne o alarde suntuoso. Ocurrió, por ejemplo, en la boda de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, futura duquesa de Alba, con Luis Martínez de Irujo y Artazcoz, vástago de los duques de Sotomayor (12-X-1947). Tras la ceremonia oficiada en el altar principal de la catedral hispalense por el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, y pese a estar racionados pan, aceite, arroz, legumbres, harina, carne, leche, azúcar, café, etc., más de mil comensales degustaron un opíparo banquete en los patios del palacio de Dueñas, mientras otros mil menos relevantes o sin tanto pedigrí nobiliario debían consolarse con un sustancioso “buffet”. Pues bien, el padre de la contrayente, el mismo Grande de España que meses antes, al solicitársele aprovechara la puesta de largo de Cayetana para que también luciese galas Carmencita Franco, “la nenuca”, despidiera al enlace del “Invicto Caudillo” con un categórico “Todavía hay clases”, ordenó servir otras mil comidas a los pobres, paquetes de alimentos entre el vecindario más modesto, e hizo entrega al alcalde sevillano de un donativo en socorro de los necesitados.

Caridad medieval, si se quiere. O renacentista. Demagogia fácil para amordazar conciencias. Pero ayuda, al fin, cuando tanta falta hacía. Nuestro fútbol, ya entonces, comenzaba a reservar la piedad en beneficio de los suyos, y sólo ante trances de máxima zozobra.

Se iba haciendo mayor, quizás.

O se nos escapaba de las manos, sencillamente.

 (*) Para evitar se pudriesen, el Gobierno publicó una orden con fecha 25-IX-1943, estableciendo que al menos en una comida al día las uvas pasaban a ser postre obligatorio.

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