RESUMEN:

La incongruencia de los organismos futbolísticos a la hora de permitir que determinadas regiones o territorios sin estado (o estados con reconocimiento limitado) cuenten con selecciones nacionales, sin respetar ningún tipo de legislación internacional

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ABSTRACT:

Keywords: Stateless Territories, National Football Teams, International Law, Football, History

The incongruity of Association Football Organizations allowing that certain stateless territories or regions (or states with limited international recognition) have National Football Teams, regardless of international law

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La incongruente Disneylandia de los organismos supranacionales

De

Desde hace unos años, los jerarcas supranacionales del fútbol parecen vivir en alguna Disneylandia tan feliz como incongruente, ajenos a cualquier realidad social, ética y económica. Sin ser políticos electos, toman decisiones que muy bien pudieran alterar el siempre frágil equilibrio geopolítico. Lacras como la explotación humana o el racismo, les inspiran eslóganes y bonitas campañas publicitarias destinadas a la evaporación, por no activar los imprescindibles resortes coercitivos. Refractarios al derecho internacional, pretenden reconocer únicamente su propia jurisprudencia. Cuando alumbran normas de ética deportiva, como la concerniente al “fair-play financiero”, aplican el látigo a los débiles -Málaga C. F. o un par de clubes rumanos-, en tanto exhiben su displicencia ante las más notorias infracciones. Aceptan sin ambages fórmulas tan de patio de Monipodio como vienen a ser las cesiones con “opción de compra obligatoria” cuando, empíricamente, si las compras han de sustanciarse por fuerza, ya no cabe tipificarlas de opciones, y muchísimo menos de cesiones. Estaríamos, pues, ante traspasos efectivos desde el instante que la estrella “X” o “Y” se ejercita por primera vez con su nuevo club. El “fair-play financiero” burlado por trileros ante la misma cara de quienes debieran exigir su cumplimiento.

Estas líneas no están inspiradas en relatos de política-ficción. Pretenden ser tan sólo un ejercicio comparativo, desde el mirador de la Historia, entre nuestro actual horizonte y el legado de quienes precedieron a los mandamases de hoy en el pilotaje y custodia de un deporte tan universal.

Para empezar, aquellos nunca nadaron en la abundancia; les tocó deslizarse de puntillas por el deshecho universo de dos guerras mundiales y la incivil sangría española. Advirtieron, además, que su empeño de no tolerar injerencias políticas exigía, como contrapartida, abstenerse de chapotear en charcos. Y obraron en consecuencia. Así, por ejemplo, el efímero equipo nacional germano-austríaco sólo fue oficial tras la anexión de Hitler y el muy orquestado recibimiento en Viena al abominable monstruo. De igual modo, no se reconoció la Federación de Fútbol franquista, en detrimento de la republicana, hasta que las potencias continentales dieron la espalda a nuestra república, temerosas de que el comunismo y la anarquía infectasen el Mediterráneo oriental. Por no apartarnos de España, cuando el feroz anticomunismo franquista tuvo por corolario la retirada de nuestra selección en el balbuciente Campeonato de Europa, evitando, así, medirse con la Unión Soviética, nadie decretó sanciones ni purgas. Más bien lo contrario, puesto que habría de otorgarse a Madrid la organización del torneo correspondiente a 1964, donde los Iribar, Rivilla, Olivella, Calleja, Fusté, Zoco, Pereda, Luis Suárez, Amancio, Marcelino y Carlos Lapetra, concluirían enfrentándose a dos adversarios del Telón de Acero: la Hungría de Nagy, Bene, Tichy o Albert, y la URSS de Yashine, Voronin, Chislenko, Korneev e Ivanov.

Y por supuesto, a nadie se le ocurrió plantear una selección “nacional” de la Guinea Española, posesión devenida en “provincia ultramarina” cuando el colonialismo empezó a estar muy mal visto, desatada ya la fiebre independentista por suelo africano. Hubiera sido un disparate, ¿verdad? Fernando Poo, Anobón, Corisco y los Elobey grande y chico, eran dependencias sujetas al derecho internacional de la época. Pues bien, hoy día otros territorios semejantes a la antigua Guinea bajo bandera española, compiten internacionalmente con todas las credenciales de UEFA, CONCACAF y Confederación Asiática, conforme veremos en seguida. De no pisotear charcos parece haberse pasado a bucear en ellos.

España, Campeona de Europa en 1964, tras dar una espantada “política” años antes, sin que mediasen sanciones o represalias.

España, Campeona de Europa en 1964, tras dar una espantada “política” años antes, sin que mediasen sanciones o represalias.

Los recientes hechos acaecidos en Cataluña han vuelto a situar el foco sobre si podrían o no competir en nuestra Liga clubes de una República Catalana tan “independiente” como Abjasia, Somalilandia, Nagorno Karabaj o Chipre Septentrional. “La Ley del Deporte lo excluye” -se apresuró a sentenciar el máximo responsable español en la materia-. “Dicha ley deja muy claro que sólo pueden participar en ella equipos españoles”. Por su parte, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional, con la mirada puesta en su libro mayor, estimaba en un 20 % las pérdidas para el ente, si el F. C. Barcelona daba la espantada. Desde la ciudad condal, sin embargo, se veían las cosas de otro modo: “El Barcelona seguirá manteniendo su rivalidad con el Real Madrid, porque de lo contrario ambas partes perderían mucho. Pero si la Liga española no nos quisiera, en Francia estarían encantados de abrirnos la puerta; para ellos somos algo así como el Mónaco”. Desde el Consejo de Deportes tardaban poco en dar la réplica: “Que miren bien lo que es Mónaco y cuál su estatus. ¿Acaso existe la selección nacional monegasca?¿O es que la pretendida Cataluña independiente no aspira a formar una selección nacional?”.

Como suele ocurrir en las batallas dialécticas, ninguno contaba la verdad completa. Primero porque una liga catalana configurada con F. C. Barcelona, Espanyol, Girona, Lleida, Badalona, Reus Deportivo, “Nastic”, Palamós, Sant Andreu, Olot, Terrassa, Hospitalet, Balaguer, Peralada, Ascó y Tortosa, incapacitaría económicamente a los “culés” en la contratación de cualquier estrella, por más que su brillo hubiese empalidecido. Y segundo porque pese a cuanto diga la Ley del Deporte, en nuestros campeonatos ya existe un precedente que de facto parece reducirla a puro papel mojado. Porque el Andorra, club que durante mucho tiempo representase al balompié del coprincipado en nuestra 2ª División B, continúa adscrito a la Federación Catalana, y nadie le impide seguir compitiendo, hoy en categoría Regional, por más que Andorra crease su propia Liga y sus internacionales contabilicen goleadas en muchas comparecencias. Alguno de los futbolistas que lucen los colores del Andorra, representan o representaron en el ámbito internacional a ese pequeño enclave pirenaico. Y, que conste, no es éste un anacronismo único.

El mejor equipo de San Marino compite en la Serie C italiana. La Serenísima República no sólo dispone de selección nacional, con la que recientemente se enfrentó “la roja”, sino de un modesto campeonato liguero. Liechtenstein luce selección con todos los timbres y marchamos legales, pero no así campeonato liguero. Su club más emblemático, además, conforma habitualmente la 2ª División suiza. El mejor equipo de Nueva Zelanda, país con Liga, selección nacional e incluso presencia asidua en el Mundial de Clubes, puesto que el Auckland City acostumbra proclamarse vencedor de la Champions League Oceánica, lleva años militando en el la primera liga de Australia. Montreal y Toronto, ciudades canadienses, gozan de equipos en las ligas cerradas de Estados Unidos… Fútbol Club Barcelona o Real Club Deportivo Español podrían invocar distintos precedentes, o hasta esgrimir derechos adquiridos, como fundadores de nuestro Campeonato Nacional de Liga, si desearan continuar enfrentándose a conjuntos españoles, gracias a la disparatada incongruencia de quienes hoy gobiernan el fútbol. Y además, desde hace ya un buen tiempo, tampoco hace falta ser país independiente para contar con una selección reconocida. Miremos, si no, en derredor.

Las Islas Feroe, territorio autonómico danés, disponen de una Federación constituida en 1979, así como de la correspondiente Liga y el reconocimiento oficial de FIFA y UEFA desde 1988 y 1990, respectivamente. Quien viaje hasta ellas verá por doquier banderas danesas, no como deferencia hacia la metrópoli, sino sencillamente por ser “suyas”. Puestos a imaginar, pudiera darse la cómica circunstancia de que Feroe y Dinamarca se enfrentaran en la fase final de una Eurocopa. Difícil, aunque no imposible. El equipo “A” danés, contra el “B”. Delicia de apostadores y presumible mazazo al “fair-play”. La selección “nacional” de Martinica, provincia o departamento Francés en el Caribe, se mide desde los años 70 del pasado siglo a las de países aglutinados en la CONCAF. La prensa de esa isla esmeralda, edición local de cabeceras parisinas, se imprime en francés; los sueldos y transacciones bancarias se abonan y efectúan en euros, su única moneda, y los niños cantan en el colegio la Marsellesa. Por cierto, los rectores de FIFA aún no han dado a esa selección su visto bueno. Kosovo, provincia autónoma de Serbia y sobre todo base aérea estadounidense para el control de Oriente Medio, acaba de recibir en 2016 los reconocimientos de UEFA y FIFA. Sin ser país para muchas cancillerías, parece serlo, en cambio, a ojos de quienes gobiernan el fútbol mundial. Al parlamento serbio, que lleva años disputando con Albania su derecho sobre esa franja, tamaña osadía habrá sentado como un dolor de muelas. La Samoa Americana, que es eso, posesión norteamericana, tiene a su “equipo nacional” disputando la fase previa oceánica, cara al Mundial 2018. Pero si buscamos el supremo esperpento habremos de poner rumbo a las Antillas Holandesas.

En 1948, viendo el proceso descolonizador afrontado por el otrora Imperio Británico, se decidió prudentemente en Ámsterdam ajustar el estatus de su modesta presencia antillana. Resumiendo, de colonias más o menos convencionales, las islas de Curaçao, Aruba y St. Marteen -la vertiente Sur de ésta, pues el Norte era y sigue siendo de administración francesa- se tornaban dependencias autonómicas de Holanda. Algo semejante, no ya a la antigua Guinea Española, sino a nuestras islas baleares y canarias, en el actual panorama autonómico español. Territorios holandeses y españoles, en ambos casos, dotados de autonomía y bañados por el mar. Casi de inmediato, la CONCACAF ofrecía su amoroso cobijo, mediante el reconocimiento de una selección. Antillas Holandesas estuvo midiéndose a Panamá, Jamaica, Cuba, Honduras, El Salvador, Costa Rica y cuantos equipos le correspondían, hasta que en 1986, Aruba, enfrentada a Curaçao por una refinería petrolífera, decidiera escindirse, creando, de paso, su propia Federación. En 1993 debutaba oficialmente reconocida la selección de esa turística y muy ventosa porción de tierra. Quedaban, pues, agrupadas como Antillas Holandesas, Curaçao y St. Marteen, hasta que en octubre de 2010 y mediando dos años de agrias discusiones, la entente saltaba por los aires. Curaçao debutaría como selección autónoma oficialmente reconocida, justo al año. Y aunque la población de St. Marteen estuviese mucho más concentrada en explotar el continuo atraque crucerista que en jugar al fútbol, quién sabe si por no ser menos, acabó constituyendo otro equipo “nacional”. Las Antillas Holandesas acababan desgajadas en 3 selecciones. Sólo en tres, porque no había ninguna isla más.

Semejante galimatías aún pudiera tener alguna justificación o sustento, si no obedeciese al libre albedrío de los jerarcas de turno. Porque éstos caen con inusitada frecuencia en la más absoluta contradicción. Comparemos, como prueba, los casos de Islas Feroe y Groenlandia, ambos territorios autonómicos daneses. Islas Feroe con Liga propia, selección refrendada por FIFA y UEFA, y equipos asomando cada año a las fases previas de Europa League y Champions. Groenlandia igualmente con Liga propia desde 1958, convertida en regular y oficial a efectos internos en 1971, por más que ni la CONCACAF ni FIFA se dignen reconocerla. Y sin una selección que pueda enfrentarse a nadie. Cuando en 2009 los groenlandeses inauguraron un nuevo estadio de césped artificial, observando escrupulosamente todos los preceptos de la FIFA, Joseph Blatter se dignó homologarlo, dejando para más adelante el reconocimiento de aquel balompié. Hoy Blatter es pasado y sus sucesores no se antoja estén por la labor.

Gibraltar, en cambio, prototipo de colonia donde las haya, así como de base militar “extranjera”, y con un campeonato local más antiguo que el español, también ha visto reconocida por la UEFA su selección “nacional”. Quizás aporreasen el portón de Disneylandia con más fuerza que los groenlandeses, o más insistentemente. Pero el caso es que ni siquiera la contumaz oposición de nuestros federativos ante su reconocimiento, sirvió de nada. Sólo la de los federativos, pues ninguna instancia política española osó pronunciarse, conscientes todas de que defender principios de territorialidad o relaciones exteriores pudiera conllevar un expediente por injerencia, sustanciado en la eliminación temporal de nuestro once en todas las competiciones. Contrasentido digno de tesis doctoral. Un gobierno electo, con voz y voto en el devenir político de la Europa comunitaria, atado de pies y manos, no ya para decidir, sino para protestar ante decisiones más o menos caprichosas que interfieren y afectan a su política exterior. Tan despegadamente de la lógica y los usos y costumbres, sólo actuaría, aunque no a diario, la bruja de “Blanca Nieves”, por no apartarnos del ambiente Disney.

Gibraltar, objeto de múltiples desencuentros entre España y Gran Bretaña, sujeto pasivo de recurrentes reivindicaciones, base naval desde que por primera vez ondease en sus mástiles la bandera inglesa, sólo es “país” para quienes dirigen actualmente la UEFA. Ninguno de sus mandatarios aprobaría Internacional si decidieran matricularse en Derecho.

Gibraltar, objeto de múltiples desencuentros entre España y Gran Bretaña, sujeto pasivo de recurrentes reivindicaciones, base naval desde que por primera vez ondease en sus mástiles la bandera inglesa, sólo es “país” para quienes dirigen actualmente la UEFA. Ninguno de sus mandatarios aprobaría Internacional si decidieran matricularse en Derecho.

Llegados a este punto, parece obvio que cuando hace cinco lustros prendió por Cataluña y Euskadi la mecha reivindicativa de unas selecciones de fútbol “nacionales”, sus impulsores actuaron torpemente. Entonces se les hizo entrega de un itinerario obsoleto: Primero convertirse en nación reconocida. Segundo, constituir Federación. Tercero, crear campeonatos propios. Cuarto, aguardar entre 2 y 4 años, hasta que una vez cerradas las fases de Mundial y Eurocopa en disputa, sus demandas se analizaran. Cataluña, al menos, disponía de Federación. Adscrita a la Española, muy cierto, pero siendo aquella un ente autónomo, siempre podría desligarse. Euskadi lo tenía peor, pues cada una de sus tres provincias disponía de Federación propia (la alavesa sólo desde finales de los 70, en el pasado siglo). Tenían que empezar por constituir la Vasca. Y así se hizo, con el respaldo, la aquiescencia, o bajo el paraguas de la Española. Luego, como el primer punto se antojaba inviable y ninguno de los clubes más representativos de ambos territorios se tomase en serio la cuestión, todo se redujo a disputar amistosos aprovechando el parón navideño, para gozo de selecciones oficiales, muy menores en su mayoría, enriquecidas con inyecciones nada desdeñables, merced al dinero público de las televisiones autonómicas y el paso por taquilla de un público festivo, distinto al de cada domingo.

Pero aquello, tras la euforia inicial, tampoco dio para mucho. Los campos de Anoeta y Mendizorrotza pronto se vio resultaban deficitarios. Tan sólo el viejo San Mamés y el Camp Nou lograban mantener las apariencias. San Mamés, finalmente, a duras penas. Y para colmo, en el seno de la “selección” vasca surgieron disensiones acerca del nombre con que debía presentarse: Euskadi, según los más próximos al PNV, patronímico de la nación vasca soñada por Sabino Arana, así como designación oficial del territorio autonómico, o Euskal Herria, conforme propugnaba la facción abertzale de H.B., que englobaría, junto al territorio común, los tres vascofranceses agrupados en el departamento galo de los Pirineos Atlánticos, y la Comunidad Navarra. Una plataforma constituida al efecto y coordinada por cierto antiguo futbolista rojiblanco, recorrió los vestuarios más señeros, antes de que en ellos se votara una de las dos opciones. Los futbolistas se decantaron por Euskal Herria, en tanto desde la Federación Vasca y la política oficial se retiraba todo apoyo. Curiosamente, y como si de una película berlanguiana se tratara, votó también la plantilla del Deportivo Alavés, compuesta casi totalmente por jugadores no vascos, y por lo tanto inhabilitados para actuar en la “selección” cuyo nombre pretendía  dilucidarse. Resumiendo, rejonazo para un proyecto que eligió mal el sendero a seguir.

Formación de Catalunya para un enfrentamiento amistoso a Euskadi. En el once inicial, varios internacionales españoles.

Formación de Catalunya para un enfrentamiento amistoso a Euskadi. En el once inicial, varios internacionales españoles.

Porque conforme se apuntaba antes, la distribución autonómica de nuestro país no hace de las comunidades territorios muy distintos a las Islas Feroe, Aruba, Curaçao, St. Marteen o la Samoa Americana. Puerto Rico tampoco es una nación, empíricamente. Hace tiempo logró situar su estrella blanca sobre el rectángulo azul de la bandera estadounidense, y tiene selección. Si acaso, la única diferencia apreciable entre los precedentes citados y nuestro país, radica en la situación aislada de aquellos, o como mínimo distante del epicentro político. Algo similar a los archipiélagos canario y balear. ¿Imaginan que desde ambos se solicitara el mismo trato que a Feroe? Dada la configuración de nuestro fútbol de bronce, auténtica categoría autonómica, sus actuales grupos de 3ª División revestirían carácter de Liga propia. Atlético Baleares, Felanitx, Constancia, Formentera, Esporles o Peña Deportiva Santa Eulalia, asomando a la fase previa de Champions, como triunfadores de su torneo. O Club Deportivo Mensajero, Marino de Los Cristianos, El Cotillo, Ibarra y Atlético Güímar, enfrentándose a equipos de Gabón, Túnez, Costa de Marfil o Mozambique, habida cuenta que atendiendo a criterios geográfico-futbolísticos, y cuanto menos de inicio, Canarias tendría que solicitar su cogida en la Confederación Africana. Luego siempre podría ampararse en el todavía reciente salto australiano, de la Confederación Oceánica a la Asiática, para reclamar, a su vez, un traslado a la UEFA.

Esperpento no del todo imposible, si enhebramos el hilo de cuanto ha venido aconteciendo y si alguien continuara cosiendo mapas con la misma aguja. También podrían reclamarse hipotéticos derechos desde regiones tan especiales como la Padania y el Trentino y Alto Adigio italianos, donde además se habla alemán. O desde las áreas húngaras de Rumanía y Bulgaria y, por supuesto, la de momento tranquila Voivodina. Papelón mayúsculo para quienes, aprovechando su inmersión en un mundo de fantasía, parecen haberse matriculado en la academia financiero-contable del Tío Gilito. Porque sólo así cabe entender tanta renuncia a ciertos principios fundamentales, otrora abrazados desde el deporte y hoy inertes bajo montañas de oro.

Puede que para muchos el “apartheid” sudafricano sea historia vieja, pero la prescripción facultativa aplicada entonces desde el Comité Olímpico Internacional y la FIFA, aún hoy resultaría muy útil ante abusos de índole no muy distinta. Inobservancia de los derechos humanos, por ejemplo. Esclavitud laboral disfrazada mediante piruetas teóricamente legales. Trabajo infantil en la confección de balones o prendas deportivas, cuyas marcas enriquecen opíparamente a futbolistas estelares y ciertas Federaciones nacionales… Si no hubo tolerancia con el “apartheid”, ¿por qué ahora se consienten y aplauden otras prácticas no mucho menos censurables? Entonces, cuando avanzados los años 60 del siglo vencido, diez de nuestros jugadores aceptaron ofertas del fútbol profesional sudafricano, todos tuvieron clarísimo que su aventura carecía de vuelta atrás. En cuanto jugasen un minuto en Johannesburgo, o Cape Town, ningún país FIFA podría diligenciarles una ficha deportiva profesional. Eran, en su mayoría, hombres talluditos, dispuestos a arañar los últimos cuartos al balón de cuero, y por eso no pareció importarles. Todos volvieron retirados, excepto Enrique Mateos, a quien el “merengue” Marquitos convenció, junto a otros 3 antiguos compañeros del R. Madrid, para reforzar al ya desaparecido Toluca cántabro, en 3ª División. El bueno de Mateos tuvo que sortear distintas dificultades hasta que finalmente le diligenciaron una ficha “amateur”.

Hoy, por el contrario, asistimos a la cuenta atrás de un Mundial organizado allá donde no se reconocen los derechos laborales. A tenor de lo recogido por nuestros medios, se cifró en 3.000 la previsión de fallecidos durante la construcción de estadios, residencias, salas de prensa y otras infraestructuras. Han existido guerras con menos bajas mortales. Según distintas denuncias, los trabajadores de a pie para el evento, pobres y extranjeros, viven en condiciones sonrojantes y a menudo con sus pasaportes “tutelados” por el patrón. Si pretendieran rescindir compromisos, precisarían llegar a un acuerdo con el contratante -perdonando devengos adeudados, claro está-, so pena de permanecer a la deriva, entre rascacielos, al quedar huérfanos de documentación. Pero los súbditos de esa Disneylandia iluminada por fuegos artificiales, alegre y colorista, no son únicos responsables. Alguna debe tener también el sindicalismo europeo, sordo y mudo mientras las selecciones de sus países compiten por no quedar fuera de la fase final. O nuestros laureados Pep Guardiola y Xavi Hernández, rostros publicitarios del enclave donde estas cosas acontecen. Y el F. C. Barcelona, cuya camiseta pasó de lucir el logo de UNICEF, al emblema de la compañía aérea qatarí. O por supuesto, la Liga de Fútbol Profesional, actualmente enfrascada en acusaciones al París S. G. por incumplimiento normativo, cuando hace poco brindaba tras vender sus derechos televisivos a cierta plataforma con notoria presencia de Qatar, emirato desde donde se riega de millones a la entidad parisina.

Preparemos flores y entonemos responsos por la difunta Coherencia.

Todo, empero, debe antojarse espléndido desde el otro lado del espejo y en el almibarado planeta Disney, pletórico de finales felices. Claro que tampoco hay para extrañarse mucho. Desde ese recóndito lugar poblado de ratones parlanchines, patos cascarrabias, dragones amables y princesas enamoradizas, la vida misma debe transitar por carriles paralelos al tren de la realidad.

Además, cuantos pusimos esporádicamente nuestras pupilas, o ambos pies sobre Disneylandia, e incluso quienes soñaron con hacerlo alguna vez, sabemos que por el País de Nunca Jamás pululaba no sólo el hada Campanilla, sino también indios hostiles, piratas y, como mínimo, un voraz cocodrilo.

Ojalá deje de propinar dentelladas al balón, ese gran reptil. A la larga pudiera resultarle indigesto.

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