RESUMEN:

Desde el Mundial de Brasil (1950), donde nuestra selección obtuvo un 4º puesto que supo a podio tras haber eliminado a Inglaterra, España no pudo estar presente en otra fase final hasta 1962, en Chile. Turquía y el “bambino” Franco Gemma con los ojos cubiertos, degollaron la esperanza de viajar a Suiza, en 1954. Escocia,

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Un silbato vendido eliminó a España en Chile

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Desde el Mundial de Brasil (1950), donde nuestra selección obtuvo un 4º puesto que supo a podio tras haber eliminado a Inglaterra, España no pudo estar presente en otra fase final hasta 1962, en Chile. Turquía y el “bambino” Franco Gemma con los ojos cubiertos, degollaron la esperanza de viajar a Suiza, en 1954. Escocia, con un punto más y peor golaveraje, volvía a impedir otra excursión en 1958, esta vez a Suecia. Pero Chile ya fue otra cosa. Para empezar, los nuestros tuvieron suerte, al corresponderles no un grupo de 3 selecciones en la fase clasificatoria, sino medirse a País de Gales como único adversario. Una victoria en Cardiff por la mínima, e igualada en Madrid a la vuelta, dieron opción a obtener pasaporte y billete para América si se superaba a Marruecos, campeón del Grupo II de África-Asia. Pero lo que se antojaba fácil, a punto estuvo de culminar en tremendo disgusto. Con el fin de calentar motores, los nuestros se habían medido en Sevilla ante Argentina, el 11 de junio de 1961, venciendo y convenciendo por 2-0, con goles de Luis Del Sol y Alfredo Di Stefano en la segunda parte. El 12 de noviembre se arañaba en Casablanca una sufrida victoria ante los marroquíes con gol, nuevamente de Luis Del Sol. Y en la vuelta, entre dudas y “ayes” del estadio Santiago Bernabéu, se volvía a repetir victoria mediante un raquítico y sorpresivo 3-2. La presencia española en el altiplano ya era un hecho, pudiendo presentar junto al Pacífico un equipo tachonado de estrellas.

Pedro Escartín, seleccionador nacional, presentó de inmediato su dimisión, tal como anticipara, cediendo el relevo a Pablo Hernández Coronado. Nuestra Federación, entonces, lucía engranajes y métodos obsoletos. Ni Escartín, ni Hernández Coronado, tenían mucho de estrategas. Podían entender de fútbol, de otro fútbol, en realidad, puesto que ambos provenían, no ya del blanco y negro, sino del cine mudo. Eran más delegados federativos que técnicos con el reloj puesto al día, y uno y otro, muy conscientes de sus limitaciones, se hacían ayudar por entrenadores de prestigio: el pentacampeón de Europa Miguel Muñoz, en el caso de Pedro Escartín, y “El Mago” Helenio Herrera por cuanto respecta al antiguo portero y secretario técnico Hernández Coronado. La elección de futbolistas podían realizarla los seleccionadores, pero designar quién jugaba, optar por la táctica más conveniente, ensayar estrategias y establecer patrones, corría a cargo de quienes en verdad estaban capacitados.

Alfredo Di Stefano, gran figura del fútbol europeo y de nuestra selección. Cuando el brasileño Didí se despedía de sus compañeros en el vestuario del Santiago Bernabéu, tras fracasar como “merengue”, se giró hacia Di Stefano, diciéndole: “A ti, Alfredo, te veré en Chile”. Y Di Stefano, sin volver la cara para mirarle, respondió: “No irás; estás acabado”. Didí volvería a proclamarse campeón mundial, en parte con la ayuda de un árbitro corrupto, mientras la “Saeta Rubia”, aquejado de problemas físicos, no pudo jugar ni un minuto”.

Durante los meses siguientes, el tándem H.H. – Hernández Coronado fue armando un elenco capaz de asustar a cualquiera. Y tras calentar motores ante Francia en el Estadio Olímpico de Colombes (empate a uno), el 31 de mayo de 1962 aquel potente conjunto debutaba sin suerte ante Checoslovaquia, puesto que pese a dominar y tras varios fallos en ataque, un error de marcaje a 10 minutos del final dejaba sólo a Stibrányi ante Carmelo Cedrún, para que anotase el único tanto. El 3 de junio, de nuevo en Viña del Mar, cargados de dudas y responsabilidad, los nuestros estuvieron a merced de la selección mexicana casi todo el choque. Reyes estrellaba un cabezazo en el marco, ya con Carmelo batido. Los aztecas parecían tener maniatados a sus oponentes cuando, en el último minuto y a la desesperada, Joaquín Peiró conseguía un triunfo que si bien insuflaba esperanzas, el once español no había merecido. Tocaba jugársela con Brasil, los vigentes campeones. Y aunque Pelé se hubiera lesionado durante el partido que midiese a la “canarinha” con Checoslovaquia, los Gilmar, Djalma y Nilton Santos, Didí, Garrincha, Vavá, Amarildo, Zito, Zósimo y Zagalo, se antojaban bocado de tiburón para quienes tan sólo lucieran como arenques despistados.

Helenio Herrera, no obstante, revolucionó su equipo, dando entrada a Araquistain, Echeverría, Collar y Adelardo. O lo que parecía más escandaloso, sentando en el banquillo a Carmelo, José Emilio Santamaría, Del Sol y Luis Suárez; esto es, genio y coraje  bajo el marco, la elegante seguridad atrás, el pulmón inagotable para la zona ancha, y la dirección sinfónica que pocos en el mundo eran capaces de imprimir a cualquier once. Pero hete aquí que cuanto se antojaba disparate funcionó muy bien. Brasil, ante tantos adversarios guarneciendo su portería, encasquilló cualquier asomo de verticalidad. Garrincha se estrellaba contra el paredón conformado por Vergés y Rodri. A Zito y Didí parecían fallarles sus dotes de improvisación. Echeverría se bastaba para despejar balones bombeados. Y en cuanto surgía la ocasión, Adelardo, Enrique Collar y Paco Gento salían al contragolpe. El extremeño Adelardo Rodríguez adelantaba a “la roja” en el minuto 34. El propio Adelardo anotaría un segundo gol en el minuto 60, anulado por el árbitro chileno Sergio Bustamante, para sorpresa general. Once minutos después, Amarildo establecía la igualada, España volvía a la carga y Vergés marraba una excelente oportunidad de marcar. A falta de 4 minutos, el propio Amarildo desbarataba el sueño. La selección de Helenio Herrera quedaba con 2 puntos, los mismos que México, pero con peor coeficiente, relegada al último puesto de su grupo.

Los escasos informadores españoles desplazados hasta el otro lado de la Cordillera Andina, simplemente transmitieron una decepción compartida a este lado del océano, en tantos hogares pegados al receptor de radio. Y es que si bien ese Mundial sería el primero televisado, en aquella España emergente de la autarquía eran pocos, poquísimos, quienes podían lucir en sus salones un “Askar”, “Philips”, “Grunding”, “Marconi”, “Iberia” o “Telefunken”, con su bailaora flamenca, una figurita de porcelana o el retrato de alguna primera comunión al lado. Nadie dijo nada sobre la sospechosa actuación del árbitro, ante Brasil. Tan sólo llegaron ecos ensordecidos del estupor en la F.I.F.A. al contemplar el elenco español, con Santamaría, antiguo mundialista uruguayo, Puskas, Di Stefano y Eulogio Martínez, también mundialistas o como mínimo internacionales con Hungría, Argentina y Paraguay, respectivamente. A lo largo de las semanas posteriores sólo se habló y escribió sobre las posibles razones del fracaso -la lesión de Di Stefano, que le impidiera disputar un sólo minuto-, el despego de Santamaría o Eulogio Martínez -quién sabe si porque no sintieran en demasía aquel escudo y colores-, o la deficiente preparación, sin amistosos de nivel, tan necesarios para corregir errores. Y también, con letra más pequeña o en voz baja, sobre el propósito de impedir para el futuro, tanto en competiciones UEFA como FIFA, aquel baile de nacionalizaciones, capaces de convertir un torneo de selecciones en algo semejante a la Copa de Europa, donde el Real Madrid triunfaba y el Barcelona o el Inter Milanés intentaban hacerlo, con futbolistas de Uruguay, Argentina, Francia, Hungría o Brasil en sus filas. Sergio Bustamante, el colegiado chileno ante España y unos cariocas formidables que a la postre revalidarían su título universal, no sólo parecía irse de rositas, sino que su nombre y peripecias bien poco dicen hoy a los buenos aficionados.

El pacense Adelardo Rodríguez Sánchez, aquel “chico tímido con acento extremeño que parecía asombrarse con todo”, al decir de los veteranos cuando lo recibiesen en el vestuario atlético, caricaturizado por Cronos. Bigoleador ante Brasil, aunque el árbitro anulase el tanto que hubiera supuesto un sorprendente 0-2 ante los campeones mundiales.

La realidad, lejos de nuestras fronteras, fue bien distinta, sin embargo.

Un periodista brasileño tuvo el cuajo de iniciar las pesquisas sobre aquella nefasta actuación del trencilla, concluyendo con el lugar, la cuantía económica, el modo y la fecha en que aquella compraventa concluyera cerrándose. Su acusación directa levantó una tormenta de órdago desde Manaus a Goiana, Brasilia, Recife, Belo Horizonte, Río, Sao Paulo y Porto Alegre, donde el fútbol no era un deporte, sino religión, conforme acreditara cierto político de la época en su arenga a los campeones: “Gracias por defender el orgullo nacional e insuflar esa esperanza tan necesaria en estos momentos difíciles. Las clases desfavorecidas obtienen de vuestro ejemplo la determinación que nos hará más grandes, competitivos y luchadores. Nada es inalcanzable cuando de verdad se persigue la meta. Nos lo habéis demostrado y ahora toda la nación debe seguir vuestros pasos, cumpliendo el sueño de un Brasil más desarrollado, feliz y unido. ¡Gloria a los campeones y gloria a Brasil!. ¡Gloria al pueblo que representáis! Porque este triunfo no sólo es vuestro, sino de todos”. El único sin motivos para mostrarse feliz bien pudiera ser Sergio Bustamante, cuya cabeza ya olía a pólvora.

Hijo de árbitro, cuidadoso en sus modales y con cierto don de gentes, desde muy joven había experimentado una carrera meteórica. Invitaciones desde el extranjero, relevante atención de los medios, buenas actuaciones a tenor de las crónicas y puertas abiertas en muchas instancias, en parte por haber mamado el fútbol desde la cuna, sólo podían traducirse en la pronta obtención de escarapela FIFA. Y gracias a ella, pudo dirigir el Brasil – España, decisivo para ambas formaciones. Ante la gravedad de lo publicado, el máximo organismo supranacional abrió una investigación o encuesta, sin que se hiciera público el resultado de la misma ni se tradujese en alguna resolución oficial. Volvían a imperar los protocolos no escritos del balón y sus jerarcas: la ropa sucia sólo se lavaba en casa, y la vida continuaba sin parches, tintes ni remiendos. Errónea manera de impartir justicia, porque existiendo daños a terceros toda transparencia siempre es poca. Oficiosamente, en cambio, a Bustamante se le aplicó un buen rejonazo.

Cinco años después de aquel fatídico día, un Sergio Bustamante en horas bajas invocaba su inocencia sin mucha convicción, desde un oscuro rincón en el purgatorio a donde lo desterrasen: “Las acusaciones contra mí fueron pura invención. Primero pensé en querellarme contra el calumniador. No veía otra posibilidad de salir al paso y defenderme de las injurias que atentaban contra mi reputación y honor. Lo que más me dolía era que todos, incluso mis mejores amigos, me volviesen la espalda. No querían mezclarse en un asunto de tal naturaleza y yo, claro, estaba solo y desorientado. Entonces decidí visitar a un alto funcionario chileno, le expuse todo con absoluta sinceridad y trató de tranquilizarme. Me dijo que olvidara ese asunto, que estaba convencido de mi integridad; que si hubiera tenido la más mínima sospecha o cualquier prueba acerca de mi corrupción, no me hubiesen dejado dirigir ningún partido más; que no temiera nada. Pero una infamia así deja huella, y aún me sigue doliendo”.

Los sobornos parecían ser moneda demasiado corriente en el fútbol sudamericano de los años 60 y 70. A “precios” muy asumibles, por otra parte.

Bonitas palabras para ocultar una muy real caída en desgracia. Tanto si la FIFA hallase pruebas o indicios, como si optara por cubrirse en salud, lo cierto es que Bustamante se vio relegado a dirigir partidos en Ligas inferiores, y a pesar de ello nunca se querelló contra nadie ni quiso defender su hipotética rectitud en ningún foro. Como mucho, si alguien se acordaba de él para acercarle un micrófono, o le dedicaba unas líneas, argüía en voz baja: “Es posible que haya tenido días donde mi labor no fuese acertada. Pero no era el peor árbitro. Me descendieron sin merecerlo, por razones que otros sabrán, quizás, y a mí no se me comunicaron”.

Otro callejón sin salida. Un regate más, en corto, para acreditar que el silencio no siempre es oro. Herida sin cicatrizar que, como ocurre ante cualquier mala praxis, volvería a reproducirse en pacientes con distinta ficha pero idéntica enfermedad. Porque en México, transcurridos 8 años, tornó a estallar otro escándalo apenas aireado, que no afectó a nuestra selección, una vez más sin presencia entre los mejores del planeta.         

Le tocó vivirla a Suecia y tuvo como nefando protagonista al árbitro brasileño Airton Vieira de Moraes, hombre que al saberse entre los 30 jueces invitados al mayor alarde balompédico del mundo aseguró ver cumplida su máxima ilusión. O por emplear sus propias palabras, “el sueño de toda una vida”. Una pesadilla, más bien, pues el destino le reservaba volver a casa sin haber debutado y con la carrera arbitral hecha trizas.

Orvar Bergmark, seleccionador sueco, narró así aquellos hechos para el diario “Dagens Nyheter” de Estocolmo:      

“Días después de conocerse la designación arbitral para el partido que debíamos disputar ante Uruguay, en Puebla, se recibió una llamada telefónica en nuestro lugar de concentración, preguntando por mí. Míster Bergmark, escuché atónito; puede comprar por 1.000 dólares a De Moraes, la persona que va a dirigir el partido Suecia-Uruguay. E inmediatamente escuché ese “clic” característico de la comunicación cortada. Entonces aún debíamos resolver nuestro choque contra Italia, y por tanto resultaba prematura cualquier cábala clasificatoria. Pero aun suponiendo en mi buena fe que pudiera tratarse de una broma o tontería de cualquier perturbado, se lo conté a Sandberg, jefe de expedición, cuya postura fue idéntica a la mía: rechazar ese hipotético soborno”.

Italia resolvió el partido por 1-0 y la expedición sueca hizo el viaje hasta Puebla con antelación suficiente para aclimatarse. Reinaba un buen ambiente y mucho ánimo, pues Italia, todo un clásico del fútbol europeo, tampoco es que hubiese mostrado gran superioridad sobre ellos. Y en esas, la misma voz volvió a pedir a través del hilo telefónico avisaran al seleccionador Bergmark:

“Todo está arreglado, me dijo con enorme seguridad. De Moraes está dispuesto a pitar de tal modo que Suecia salga triunfadora, por los 1.000 dólares de que hablamos. Intenté tirarle de la lengua, solicitando detalles. Y a medida escuchaba sus respuestas cobraba cuerpo la sensación de que no podía tratarse de un bromista; el asunto era para tomárselo muy en serio. Como nunca me había visto ante algo parecido, la experiencia de Sandberg constituyó para mí un gran consuelo. Y gracias a ello, extrayendo serenidad no sé de dónde, le dije que no íbamos a participar en ningún amaño, que podía despedirse de hacer negocios, porque de nuestros bolsillos no saldría ni medio dólar. Entonces ese anónimo “benefactor”, añadió sin alterarse: Muy bien, de Moraes aceptará la oferta uruguaya. Van a perder el partido”.

Sandberg no demoró en segundo en telefonear con Ken Aston, presidente del Comité de Árbitros de la FIFA, y como no lograse localizarle recurrió al mismísimo Stanley Rous, máximo responsable del organismo internacional, rogándole que pese a no ofrecerle más pruebas que esas dos llamadas telefónicas, tomase alguna medida urgente. Stanley Rous estuvo a la altura, sustituyendo al brasileño Vieira de Moraes por otro cuyo nombre se mantuvo en secreto hasta que ambos contendientes hubiesen llegado al estadio. Como ese hombre, el estadounidense Landauer, carecía de nivel para un dirigir un choque tan importante, los suecos protestaron, sin conseguir nada. Suecia necesitaba vencer a Uruguay por 2-0, y sólo pudieron marcarle un gol. Esa vitoria mínima permitía el acceso charrúa a cuartos de final, por golaveraje. Los rubios nórdicos sólo pudieron ver por televisión la victoria uruguaya ante la URSS (1-0), su gran partido en semifinales contra Brasil, poniéndoselo muy difícil a los futuros campeones hasta que un inmenso Jairzinho lograran desatascar el partido, y soñaron con que eran ellos y no el Uruguay de Mazurkiewicz o Luis Cubilla, quienes dirimían ante Alemania Occidental el encuentro por el tercer y cuarto puesto.

Los medios informativos y el periodismo gráfico solían hacerse eco de posibles sobornos a partir de los años 50 en el pasado siglo. Sin embargo corrieron un tupido velo sobre dos sonoros escándalos en el torneo que pretendía prestigiar al deporte rey. Por esa época había demasiadas cosas sobre las que no convenía hablar.

Avecinándose el Mundial de Alemania (1974) que coronaría en fútbol, aunque no en oro, a una Holanda vertiginosa, acaudillada por Johan Cruyff(*), y a la excelente Polonia de Lato y Deyna, el ya ex seleccionador Orvar Bergmark recogía en sus memorias una suma de reflexiones valiosas, imperantes, tan sólo, en ámbitos donde el fútbol aún no había descarrilado entre glorias a cualquier precio y empachos de dinero:

“Teníamos que luchar limpiamente por nuestros intereses. Podíamos ser los últimos, pero no los peores. Contaba la pureza del deporte, anques que nada. Podíamos haber ganado o perdido, pero siempre con la certeza de participar en una lucha honesta y limpia, sin que un árbitro comprado nos clasificase o eliminara. En los próximos Campeonatos creo que las designaciones arbitrales se harán públicas momentos antes de iniciarse cada partido. Al menos así debería hacerse”.

Por segunda vez, la FIFA promovió una investigación interna, con el foco puesto en Airton Vieira de Moraes, y fiel a sus costumbres nada se filtró a cerca de cuanto allí se pudo descubrir. Pero debió ser gordo, puesto que el Mundial de México se convirtió en mortaja deportiva de quien creyera haber cumplido “el sueño de toda una vida”.

El torneo que mitificase a Carlos Alberto, Gerson, Brito, Clodoaldo, Rivelino, Tostao, Edu, Pelé o Jairzinho, concluiría aplastando la carrera de otro brasileño, entre el olvido, cuando no el desinterés general.

Aquí, en España, ni el gol increíblemente anulado a Adelardo por un silbato chileno en venta, ni lo que pudo haber detrás de aquella “garganta profunda” telefoneando al seleccionador sueco, merecieron apenas la atención de nuestros medios. Tan sólo en febrero de 1973 el diario “Marca” se dignó recoger un extracto de cuanto narrase el periodista húngaro Istvan Somos, especializado en la persecución de chanchullos, para un medio de Budapest.

Corrían tiempos por la piel de toro, en los que no convenía hablar sobre demasiadas cosas. Quizás el fútbol tampoco intentase reventar los corchetes de aquella censura.

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(*).- Johan Cruyff, peleado con su Federación a raíz de que ésta firmase un acuerdo económico con la marca “Adidas”, sin beneficio para el elenco internacional, se negó a lucir los distintivos -trébol y tres rayas- de la marca. Paralelamente liquidó 7 millones de ptas. en concepto de distintas operaciones publicitarias, durante las tres semanas de aquella fase final. Esos 7 millones distaban mucho de constituir una tontería, cuando el salario medio en España durante 1974 rondaba las 20.000 ptas. mensuales brutas.

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