RESUMEN:

Tras la inmensa decepción que supuso el Campeonato Mundial disputado en España durante el ya lejano 1982, había mucho trabajo por hacer. Si deportivamente se bordeó el ridículo, aun contando con ayudas arbitrales, tampoco es que en lo puramente económico se pudiera sacar pecho. El gran gestor que siempre fue Raimundo Saporta evitó el empleo

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Chanchullos bajo el paraguas de la UEFA

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Tras la inmensa decepción que supuso el Campeonato Mundial disputado en España durante el ya lejano 1982, había mucho trabajo por hacer. Si deportivamente se bordeó el ridículo, aun contando con ayudas arbitrales, tampoco es que en lo puramente económico se pudiera sacar pecho. El gran gestor que siempre fue Raimundo Saporta evitó el empleo de paños calientes al afirmar: “Reconozco mi fracaso, al no haber generado los beneficios económicos previstos. En todo caso tampoco se han registrado pérdidas”. Un modo curioso de contemplar la realidad, puesto que para la celebración del torneo se habían enterrado ingentes cantidades de dinero público, hubo varios sorteos de lotería extraordinarios, cuyo saldo engrosó la espectacular inversión, y hasta el Patronato de Apuestas Mutuas -la quiniela- contribuyó con varias jornadas de pronósticos mundialistas. Decir que aquel Campeonato no costó dinero, ya era mucho asegurar. Claro que en otros sitios también cocían habas. Y a calderadas.

Cuatro años antes, en la Argentina del dictador Videla, donde los anfitriones se hicieran con el título luego de haber comprado al portero de la selección peruana, súbdito argentino, por cierto, con oportunista doble nacionalidad, las cuentas seguían sin estar claras. De los pingües resultados cacareados al compás de tanta celebración se pasó a hablar de “equilibro financiero”, antes de dar por cerrada la contabilidad del evento 49 meses después, con un descalabro superior a los 60 millones de dólares, que algunas voces elevaban hasta la centena. Por una vez, Saporta parecía pecar de pesimista, pudo pensarse en marzo de 1983, cuando la Federación Española de Fútbol anunció la distribución de algo más de 1.400 millones de ptas., beneficios del Mundial de “Naranjito”, entre todos los clubes encuadrados en 1ª, 2ª y hasta 3ª División. “Los duelos, con pan, son menos”, tituló entonces un medio, evocando a Quevedo y sus coetáneos del Siglo de Oro. Porque se trataba de duelos, al fin y al cabo. Duelos para el erario público, enmarcados en el repentino fallecimiento del director general de la compañía comercializadora del evento, entre una gestión como mínimo muy opaca y amenazas de airear unas supuestas “auditorías de infarto”, jamás divulgadas.

Los clubes, o al menos parte de ellos, discreparon con Pablo Porta, presidente federativo, sobre la distribución de esa lluvia millonaria. Incluso hubo ayuntamientos muy críticos, argumentando lo que a todas luces se antojaba evidente: “Ha sido este consistorio, y no el club, quien llevó a cabo las obras de mejora en el estadio municipal. ¿Por qué ahora ese dinero va a la entidad deportiva, que no puso ni un céntimo? Debería ser esta casa consistorial la receptora del aguinaldo”. Desde la F.E.F. se respondió con altanería: “Este tipo de reclamaciones deben cursarse al Consejo Superior de Deportes. La Federación se limita a repartir cantidades derivadas desde el máximo órgano”. Algo que irritó mucho en los municipios reclamantes: “El señor Porta se escuda en el Consejo Superior de Deportes. El mismo órgano que al auditarle parece haber descubierto en su contabilidad un desfase de casi 200 millones, y amenaza descontárselos de su próximo presupuesto. Debería dar explicaciones y no evasivas, tanto al C.S.D. como ante nosotros. La Federación que preside no es un cortijo. O al menos no debería serlo”.

Si económicamente el Mundial´82 dejó un saldo de sombras y claroscuros, tampoco parece que se hiciera mucho examen de conciencia deportivo. Para cerrar la herida se supuso bastaría con dar por finiquitado al seleccionador hispano-uruguayo José Emilio Santamaría, sustituyéndolo por Miguel Muñoz, técnico nacional más laureado hasta entonces, renovar el elenco de futbolistas y consagrarse a las vírgenes de La Paloma, Begoña, o El Pilar. Al menos esa venía siendo la fórmula habitual. Pero esta vez incluso algo tan trillado ofrecía dudas.

Buena parte de los jugadores miraban con resquemor a la Federación, luego de que desde ésta se dinamitaran puentes con el sindicato futbolístico AFE, incumpliendo acuerdos, negando evidencias y convirtiéndose en voz de la patronal, como si al otro lado de la mesa se alineara un puñado de anarquistas transmutados desde 1920, y no las estrellas del espectáculo. Curiosamente, la Federación de Pablo Porta dependía para salir a flote del mismo colectivo con quien se mostraba beligerante; de los hombres a quienes ninguneaba, semana a semana, desde los últimos tres años.

La debacle española en su propio Campeonato Mundial se tradujo en renovación del equipo nacional. Juan Señor fue uno de los neófitos. Y suyo habría de ser el gol decisivo ante Malta, el 21 de diciembre de 1983.

Y en medio de tan enrarecido ambiente, el 27 de octubre de 1982, 112 días después de su último partido en el Santiago Bernabéu ante Inglaterra, a “la roja” le tocó debutar en la fase clasificatoria para la VII Eurocopa, cuya fase final iba a disputarse en Francia. Ese choque contra Islandia, en La Rosaleda, tenía mucho de reválida. Y desde luego no se superó con nota.

Basten algunos titulares de prensa para colegir el estado anímico: “Sigue la crisis”. “Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio”. “Un gol, y gracias”. “Sin mejoría”. “Querer y no poder”. El gol de Pedraza marcado al islandés Bjarnason en el minuto 59, si bien bastó para sumar dos puntos, apenas pudo disipar malos presagios. Los siete debutantes (Juan José, Bonet, Roberto, Juan Señor, Francisco, Pedraza y Martín Monreal), se repartieron media docena de aprobados y un notable en el caso del “colchonero” Pedraza, más bullicioso que efectivo, aunque a la postre su tanto resultara decisivo.

El 17 de noviembre nuestra selección empataba a 3 goles contra Irlanda en el Lansdowne Road dublinés. No hubo debutantes entre los nuestros, y con respecto al choque anterior el central Maceda sustituyó a Gerardo. España llegó a contar con una ventaja de 1-3 en el minuto 60 (goles de Maceda, el irlandés Martin en propia puerta y Víctor), pero Stapleton, con sendos tantos en 12 minutos, habría de aguar la fiesta. Tanto Miguel Muñoz, como buena parte de la prensa, creyeron adivinar brotes verdes donde hasta entonces sólo se viera páramo y maleza. El 16 de febrero de 1983, en el Sánchez Pizjuán sevillano, un tanto de Juan Señor, en lanzamiento de pena máxima, rubricaba otra sufrida victoria ante Holanda. La selección nacional seguía mostrándose roma en ataque, pese a contar con dos extremos clásicos, como Marcos y Carrasco, un falso delantero centro capaz de inventar diabluras, como Sarabia, las penetraciones de Juan José y Gordillo por sus respectivas bandas, y el sordo trabajo de Víctor Muñoz y el propio Señor en la zona ancha. Goikoetxea y Manu Sarabia, ambos del Athletic Club, debutaron aquella noche. En Zaragoza, el 27 de abril estalló de júbilo La Romareda con los goles de Santillana e Hipólito Rincón, que debutaba, ambos marcados en la segunda parte, para rubricar un triunfo ante Irlanda por 2-0. “Esta vez sí” pudo leerse al día siguiente en las portadas. “España, con mejor cara”. O “París está más cerca”.

El 15 de mayo, cuando nuestro Campeonato Nacional de Liga encaraba sus jornadas decisivas, tocó rendir visita a Malta, selección “Cenicienta” del grupo, estandarte de un fútbol tan precario como desconocido, y excursión que nadie quiso ver como posible escollo. “A ver cuántos caen”, se animó desde el papel prensa en las jornadas previas. “El golaveraje con Holanda pudiera ser decisivo en la victoria que damos por descontada”. Demasiado triunfalismo para una visita con cierto aroma a trampa, porque cuando los expedicionarios españoles pisaron el terreno de juego se les cambió la cara. “No son instalaciones de los años 40, sino prehistóricas”, atribuyó un medio al seleccionador Miguel Muñoz. “Ni en juveniles pisé campos así”, puso otro, en boca de algún futbolista. El enviado especial de “Marca” difícilmente hubiera podido encabezar su crónica pre-partido con menos fuerza: “¡Un campo de cardos!”. Desde Madrid, Amancio Amaro rememoraba cierta visita a un campo de otro fútbol con parecida precariedad: “En Chipre jugamos sobre tierra suelta. Cuando corrías, dejabas un pequeño surco. Masticábamos arena. Recuerdo en una de las bandas algo así como una valla alambrada. No son campos para jugar al máximo nivel, hoy día”.

España, con Juan Señor en la falsa posición de lateral derecho, un central como Bonet, pródigo en arrancadas, otro como Maceda, peligrosísimo si se incorporaba al ataque en jugadas de estrategia, Camacho para trotar por la banda izquierda, Víctor Muñoz, Gallego y Gordillo en el centro del campo, aunque de éste último se esperaban magníficos centros al punto de penalti, y Marcos Alonso, Santillana y Carrasco para fajarse con la zaga maltesa, pareció apostar por la goleada desde el pitido inicial. Y si bien se adelantó en el minuto 22 con gol de Señor, los malteses lograron dar la vuelta al tanteador con sendos tantos de Busuttil en los minutos 30 y 49. Rincón sustituyó a Marcos y Goikoetxea a Bonet, mientras Arconada, desde su área, arengaba al equipo dejándose la garganta, como buen capitán entre olas encrespadas. Carrasco estableció la igualada en el minuto 60. El definitivo tanto de una victoria muy sufrida, obra de Gordillo, se hizo esperar hasta cinco minutos antes de que el árbitro griego Vaggelis Giannakoudakis decretase la conclusión. Al público maltés, después de sentirse vencedor o acariciar un empate heroico, le sentó mal aquella derrota. Hubo algún incidente, resuelto con multa de la U.E.F.A., entonces presidida por Artemio Franchi, y aquí paz con mayor gloria para los contables.

Dos semanas después, España resolvía su visita a Reikjavic con otra victoria raquítica (0-1, gol de Maceda en el minuto 9). “Se mereció más”, declararon algunos seleccionados. Buena parte de los comentaristas deportivos, por el contrario, coincidían en su afirmación de que el fútbol español veía puerta con muchísima dificultad. “Casi todos los delanteros de nuestra Liga vienen de fuera. ¿Quién va a marcar, entonces, para la selección? No pidamos peras al olmo”. Pero sobre todo, antes y después del vuelo a Islandia algún periodista cuajado, como Belarmo, puso en su punto de mira la inanidad de nuestra Federación, incapaz de desactivar chanchullos como el pespunteado por la neerlandesa, con todos los parabienes de la UEFA.

“La selección española está luchando en la Eurocopa con armas deportivas -escribió-. Ahí la tienen, en el primer puesto del grupo 7º, con bastantes posibilidades de clasificarse. Y sin embargo, podría quedar apeada si al final se produce un empate a puntos con Holanda. Si los muchachos de Muñoz pierden con los neerlandeses decidirá el número de goles marcados por el equipo “tulipán” al maltés. Y fueron 6 los encajados por Malta en Aaachen (Alemania)”. Seis, cuando España sólo había podido obtener uno de diferencia en La Valetta. Los hechos que desde el papel prensa se censuraban tuvieron lugar de este modo.

El estadio de Ta´Qali, donde jugase España, como todos los del archipiélago maltés, permanecía clausurado por la F.I.F.A. a raíz de los incidentes acaecidos durante la fase previa para el Mundial de España´82. Castigados a jugar fuera de la isla, los malteses tuvieron que disputar en campo neutral su choque ante Islandia. Pero como de ese partido celebrado en Sicilia apenas salieran dos puñaditos de liras para la U.E.F.A., este órgano optó por no poner objeciones a la pretensión holandesa de llevar hasta Aachen -o Aquisgrán-, ciudad alemana sita a sólo 10 kilómetros de Holanda, el choque donde los insulares debían actuar como anfitriones. Malta, obviamente, no podía ni soñar con plantarse en la fase final de la Eurocopa. Y siendo consciente de su escaso potencial deportivo, puso precio a la aquiescencia: 100.000 florines, o sea en torno a cinco millones de ptas. de la época, por jugar virtualmente en campo adversario.

Así satirizó Sir Cámara el ninguneo de la UEFA a Pablo Porta y sus reclamaciones sobre el choque Malta-Holanda.

Parece que desde la F.E.F. se protestó, llegando a acompañar en su queja ante la U.E.F.A. recortes de prensa editada en Ámsterdam, donde se recogía tan generosa dádiva. Desde el máximo órgano futbolístico europeo se llamaron a andanas. Un átono acuse de recibo y el compromiso de velar por la idoneidad del marco, o la pureza competitiva. Brindis al sol que bien poco comprometía y nada iba a solucionar.

Fue la propia Federación Holandesa quien se encargó de todo, antes de disputarse el partido donde los naranjas se impusieron por 0-6. Las entradas no sólo llevaban el precio impreso en marcos y florines, sino que llegó a estamparse en ellas el escudo holandés. Algo por demás impropio si el encuentro tenía lugar en campo neutral, y a todos los efectos competía a Malta ejercer de anfitriona. Se organizaron caravanas de autocares desde distintos puntos de Holanda, hasta el otro lado de la frontera, e incluso festivas expediciones en bicicleta. Total, se trataba tan sólo de pedalear durante 10 kilómetros. Y por ende, cuando desde la Federación Española contactaron con la maltesa en demanda de dos plazas para Miguel Muñoz y Vicente Miera, que pensaban acudir como ojeadores, se indicó que debían contactar con la alemana, al ser ésta quien recibiera el encargo organizativo desde la U.E.F.A. El escrito alemán, a su vez, remitía a su homónima neerlandesa, “al ser ésta quien con encomiable deportividad vela por el buen fin del lance”. Holanda se lo guisaba y lo comía, mientras Malta hacía caja y en el despacho del señor Franchi se frotaban las manos con la esperanza de una buena taquilla, y mejor tajada en concepto de publicidad estática.

Tuvieron que transcurrir cinco meses para que el Comité de Competición de U.E.F.A. se dignara abrir un expediente informativo. Desde la española se continuó insistiendo en la tesis de que aquel partido nada tuvo de neutral y, normativa en mano, debía ser repetido en otro escenario. Los 100.000 florines graciosamente entregados a Malta, podían encubrir, por otra parte, una velada compra del resultado. Las respuestas, aun con distinta formación sintáctica, concluían en el mismo enroque: “La disputa de aquel partido fue avalada por el Comité Organizador de la Copa de Naciones”. Y como desde la calle Alberto Bosch se continuara clamando en el desierto, parece que en una reunión celebrada en París acabó zanjándose el caso, al no observarse ninguna incorrección procedimental.

“Amenazas -se condolía Belarmo en su razonada pataleta periodística-. Pruebas y antecedentes, como la repetición de aquel Borussia Moenchengladbach – Inter de Milán, donde el interista Bonisegna resultó herido por un botellazo en la cabeza. Los magnates europeos reunidos en Bruselas, igual que suecos ante la exposición de argumentos, y haciendo caso omiso al punto dos, sobre igualdad de trato para todas y cada una de las Federaciones afiliadas”. Como remate de su alegato se preguntaba si “esa UEFA caprichosa, a la cual no le caemos nada bien”, acabaría tomándose la revancha, “por ejemplo reduciendo el número de árbitros internacionales (españoles), poniendo obstáculos a la solicitud de finales o certámenes y, en definitiva, midiéndonos siempre con una vara muy especial”.

El buen periodista olvidaba que nuestra Federación estaba para pedir pocas exquisiteces, cuando venía de embadurnar con ingentes cantidades de mugre a los dos organismos balompédicos supranacionales -F.I.F.A. y U.E.F.A.-, mediante partidas de nacimiento falsas y certificados de nacionalidad expedidos a peso, en el tocomocho de los oriundos de pega. Porque no sólo se consintió colara una cuarentena de sudamericanos como lo que no eran, sino que dos de ellos -Rubén Valdez y Roberto Martínez- hasta formaron indebidamente en la selección española. Entonces se hubo de alcanzar un acuerdo tripartito bajo el mantel, en evitación de mayores escándalos, dando carpetazo a lo que muy bien pudo haber supuesto la descalificación de nuestro país durante un buen periodo. Lógico, por tanto, que el crédito de nuestro deporte rey hubiese bajado algún entero.    

Desde las ondas de “Antena 3”, José Mª García, mucho más ácido, también disparó sus dardos, tanto hacia la U.E.F.A. “nido de incapaces”, como apuntando a Pablo Porta y nuestra Federación “cuadrilla de chupópteros, pelotas y abrazafarolas”. Se reprochaba al presidente de la española su incapacidad para hacerse oír, su miedo a caer mal y verse sin cargos o parabienes en el órgano continental, regados con el maná de unas dietas por demás jugosas. Si otros hacían trampas y protestar no servía de nada, tal vez hubiera llegado el momento de bajar a las cloacas o hacer la maleta, abandonando la mullida poltrona para encerrarse en el bufete que Porta continuaba teniendo abierto en Barcelona.

Pablo Porta no dimitió. Y que se sepa, tampoco quiso sumergirse en ninguna cloaca. Tenía otros motivos de aflicción, como por ejemplo la sorda pugna que le enredaba con el primer gobierno socialista de la transición, su Consejero Superior de Deportes, Romà Cuyàs, y el ministro que pretendía imprimir un cambio sustancial al universo deportivo español, el más adelante responsable plenipotenciario de la U.E. para asuntos de seguridad común y exteriores, Javier Solana. Pero entre tanto siguieron desarrollándose algunos hechos.

El 11 de agosto de 1983 fallecía Artemio Franchi cuando su coche patinaba sobre una carretera anegada de agua, en las inmediaciones de Siena. El presidente de la U.E.F.A. y vicepresidente de F.I.F.A., a la sombra del brasileño Joao Havelange, se convertía en historia, cerrando 10 años al frente del máximo órgano futbolístico europeo. Asumía el cargo provisionalmente su número dos, hasta la elección de un sucesor, y como es lógico hubiera sido absurdo confiar en cualquier giro de timón durante la interinidad. Distintos medios españoles especularon sobre si Pablo Porta pudiera ser el elegido, en lo que no dejaba de ser gratuito voluntarismo. Hasta el propio interpelado, consciente de no contar con los apoyos necesarios, se bajó del caballo con la boca pequeña: “No aspiro a presidir la UEFA. Y además no me planteo dejar al fútbol español en manos de gentes ajenas al fútbol”. Andanada en toda regla contra el poder político nacional, desde donde algunos elementos parecían tenérsela jurada. De todos modos, fuera quien fuese el nuevo mandatario deportivo europeo, no iba a zambullirse, de entrada, en ningún charco tan embarrado como el del choque Malta – Holanda.

El 5 de octubre, a modo de antesala en la decisiva confrontación entre Holanda y España, nuestra selección se midió con Francia amistosamente, en el parisino Parque de los Príncipes. La igualada final, con goles de Rocheteau y Señor, de penalti a falta de 8 minutos para la conclusión, hizo concebir esperanzas. Además debutaron Nimo, Salva y Güerri, con vistas a evaluar sus auténticas posibilidades. Aquel equipo galo estaba tachonado de estrellas, como Platini, Luis Fernández, Trésor o el propio Rocheteau, apuntaladas por buenos elementos como Zanon, Couriol o Ferreri. Un empate, a fuer de sinceros, que tenía algo de espejismo dada la pobreza del juego español. Casi por las mismas fechas, los holandeses arañaban una victoria fundamental en su visita a Irlanda. Del 2-0 favorable a los verdes durante el descanso, se pasó a un definitivo 2-3, con sorprendente hundimiento de los anfitriones en la reanudación. Miguel Muñoz y su ayudante, Vicente Miera, testigos presenciales de aquel partido, nada hicieron por ocultar su perplejidad: “Uno ya no sabe ni qué creer. Irlanda se ha venido abajo de forma escandalosa. No ha sido un partido muy normal”.

Titular de prensa encabezando la sospechosa actuación de Irlanda ante el equipo holandés.

El 19 de octubre, Belarmo firmaba el artículo encuadrado del diario deportivo “Marca”, que venía a ejercer de editorial. Ya desde el arranque sacudía duro: “Lo sucedido en Dalymount Park no sólo escama a Miguel Muñoz, que lo presenció; también deja perplejos a quienes, de una forma u otra, estamos en el fútbol. Irlanda iba ganando y los holandeses parecían perdidos. Nadie descubrirá lo que se habló en los vestuarios de una y otra selección, pero las posibilidades de que España se clasifique quedaron reducidísimas tras los goles encajados al guardameta irlandés, descalificado por nuestro cronista y por casi todos los que estuvieron presentes. En este fútbol dichoso nadie sabe si quien pierde, pierde bien, o si quien gana no lo hace apoyándose en las facilidades que le dan. De hechos como éste nacen las suspicacias. Y con pensar mal no basta para reclamar al juez. Esas pruebas que no hay manera de encontrar… Un partido no se vende, pero se “arregla”. Recordemos aquel nefasto Grecia – Yugoslavia”.

El periodista evocaba la visita de Miljanic y sus muchachos a suelo helénico, donde obtuvieron el resultado necesario para igualar en todo con la selección española de Kubala, forzando un choque de desempate entre ambas, celebrado en Frankfurt el 13 de febrero de 1974, donde Katalisnki, al doblegar a Iribar, dejó a nuestra selección fuera del Mundial germano correspondiente a 1974. También entonces el portero griego tuvo una actuación harto sospechosa, luego de que sus compañeros plantasen cara a los balcánicos en el inicio, y levantaran los brazos ostensiblemente tras el descanso. Durante los días previos al enfrentamiento entre griegos y yugoslavos, algunos medios extranjeros se hicieron lenguas sobre la eventualidad de que José Luis Pérez Payá, entonces presidente de la Federación Española, o cualquiera de sus adláteres, pudiera haber puesto precio a la victoria griega, el empate, o hasta una derrota por la mínima que clasificaba al cuadro español para la gran fiesta muniquesa.

“Hay libertad para pensar, pues, en los tejemanejes del fútbol -añadía el editorialista-. Aunque nadie se atreve a denunciar, con los fundamentos necesarios, qué sucede en los despachos, y hasta en las casetas de un estadio. Lo que sí parece evidente es que a España no se la quiere tanto como creemos. Acaso nuestra presencia en la Euro-84 no resulte a los franceses tan rentable y apetecible como la de Holanda. Y Francia, país organizador del certamen inmediato, cuenta ahora con el respaldo de “monsieur” Georges, presidente de la UEFA”.

Para numerosos medios nacionales, el papel de la F.E.F. fue mucho más triste que el de “la roja”, derrotada en Holanda.

Victimismos aparte, aquel partido entre irlandeses y “naranjas” también olió mal en distintas redacciones extranjeras. Irlanda no se jugaba nada, salvo la honrilla, y la honra, antaño sin posible precio, cotizaba muy a la baja en plena euforia consumista. Belarmo, por su parte, cerraba su disertación con redoble de tambores: “No se trata de una sospecha. El camino hacia París se ha salpicado de baches. Hay que morder en Rotterdam. Aunque no nos acepten; aunque nos repudien, como si el futbol fuera patrimonio exclusivo del Mercado Común”.

La agudeza de Sir Cámara también vio de este modo las posibilidades españolas de viajar a París.

Casi un llamamiento a somatén. Un remedo de rebeldía vieja, otrora inspiradora del eslogan “Si ellos tienen ONU nosotros tenemos dos”

Por fin el 6 de noviembre, en el Kuip Stadion de Rotterdam, nuestra selección sucumbía ante la holandesa por 2-1, con tantos de Houtman y Gullit, para los naranjas, y momentáneo empate de Santillana en el minuto 41. Los nuestros habían negociado una prima de 250.000 ptas. por jugador, en caso de victoria; el equivalente a unos cinco salarios mensuales netos, como media de la época. Los holandeses, pese a residir en un país cuyo poder adquisitivo doblaba el nuestro, tan sólo contaban con 150.000. Aquella catástrofe, en fin, sobrevino ante una selección que distaba mucho de parecerse a la apisonadora del Mundial Alemán, en 1974. Porque los “tulipanes”, en plena remodelación, constituían un equipo desigual, con alguna cara conocida, como Ronald Koeman, Willy van de Kerkhof, Gullit o el portero Schrijvers, y ausencias notables, como Krol o el “merengue” Metgod. Con ese marcador final, España necesitaba golear escandalosamente a Malta en su choque decisivo, para estar presente en la fase final. Misión en teoría imposible, aunque a veces los milagros existan. Sobre todo si para propiciarlos se cuenta con algo más que plegarias e incienso.

Cuando a la selección de Malta le tocó visitar a la holandesa, en Rotterdam, las casas de apuestas sólo admitían pronósticos sobre las veces que el portero maltés iba a sacar la pelota desde el fondo de su red; el triunfo naranja resultaba indubitable. Consciente de nadar en un mar de suspicacias, el presidente de la Federación Maltesa había defendido la incorruptibilidad de sus jugadores a lo largo de las jornadas previas. “Mi gente no se vende ni por muchos millones”. Al concluir el choque, España necesitaba una diferencia de 11 en el partido que debía encarar con los malteses.

El 21 de diciembre de 1983, víspera del día tradicionalmente reservado al “gordo” navideño, incluso la facción más futbolera del país seguía contemplando la clasificación española como una quimera. Para la improbable proeza se había elegido un escenario que jamás fallaba: Sevilla, con su público entusiasta y bullanguero. Distintas voces deslizaron opiniones y pronósticos. Johan Cruyff, por ejemplo, porfió en que ni su país natal ni España merecían estar en París, ante la poca cualificación de ambos. Bonello, el portero de Malta, quiso mostrarse categórico: “No volvería a mi país como me marcasen 11 goles”. Víctor Scerri, su seleccionador, advertía: “La derrota máxima de nuestro equipo fue por 8-0”.  Y el caso es que en parte por culpa de un formidable temporal, las cosas empezaron de un modo bastante feo. La expedición de Malta tuvo que hacer noche en Madrid y al día siguiente ni siquiera lograría entrenar, ante el lamentable estado del campo. La federación maltesa parecía tenérsela jurada a la española, por las sospechas de fraude denunciadas a raíz de su enfrentamiento con Holanda, y el presidente insular cursó por télex una protesta oficial a la U.E.F.A., de la que se hizo llegar copia a la calle Alberto Bosch, por cuanto consideraba maniobras reñidas con el “fair-play”, susceptibles de anticipar una encerrona. Horas antes del partido, al menos, el ambiente semejó haberse distendido bastante.

Titular del deportivo “Marca” en la previa del Holanda-Malta donde se decidían las posibilidades de nuestra selección. Aquella fase previa clasificatoria estuvo empedrada de razones para mostrarse suspicaz.

Conforme ya hiciese en La Valetta, Miguel Muñoz decidió situar a Juan Señor en el puesto teórico de lateral derecho, consciente de que los malteses jugarían con un solo punta. A Camacho se le encomendó avanzar por su banda izquierda, y a Goikoetxea y Maceda ejercer de arietes en cada saque a balón parado. Carrasco, Gordillo y Marcos debían romper los flancos, Sarabia enhebrar sus imposibles arabescos dentro del área, y la pareja Rincón – Santillana tener muy listas sus respectivas cañas. Hoy, todavía, los miembros de aquella expedición recuerdan con todo detalle el traslado en autocar desde el hotel de concentración hasta el estadio Benito Villamarín: “De pronto Rincón avanzó por el pasillo del autobús dando gritos. Creímos que se había vuelto loco. Estaba fuera de sí, arengándonos, obligándonos a gritar con él, convencido de que podíamos hacer realidad lo imposible. Nos sacó del marasmo y para cuando llegamos al vestuario hubiéramos podido partir poco menos que hacia la conquista de Constantinopla”.

Esa tarde el capitán habitual, Arconada, hubo de presenciar la contienda desde casa, lesionado para dos meses. La puerta iba a ser defendida por Paco Buyo, con Andoni Zubizarreta en la suplencia. El arquero gallego, que debutaba, parecía perdido en medio de aquella repentina explosión. Luego, en el campo, Señor lanzaba un penalti al poste cuando sólo se llevaban disputados 3 minutos, Santillana abriría la cuenta goleadora en el minuto 15, empataba Degiorgio, pese a su lentitud, 9 minutos después, y el propio Santillana repetía en el 26 y 29. Al descanso un raquítico 3-1 que poco bueno presagiaba, puesto que faltaban nada menos que 9 goles para acudir a Francia. Dos minutos después de reanudarse el partido, marcaba Hipólito Rincón, que repetiría en el 57. Seguían faltando 7 goles, y transcurrido el cuarto de hora en la segunda mitad el cómputo comenzó a medirse en razón de la necesidad: se debía cantar un gol cada 4 minutos.

Maceda estableció el 6-1 en el 62. El propio central levantino endosaba otro al resignado Bonello nada más sacarse del centro, y Rincón ponía el 8-1 en el minuto 64. Santillana establecía el 9-1 en el 66. Cuatro goles en el intervalo de 4 minutos. Ya sólo faltaban tres, y hubo que esperar casi un cuarto de hora para que Rincón, en el 78, dejase la cuenta a falta de dos. Sesenta segundos antes, además, el árbitro turco Erkan Göksel había expulsado al goleador maltés Digiorgio por segunda tarjeta amarilla. Sarabia anotaba el 11-1 a diez de la finalización, y Señor enmendaba el yerro de la pena máxima en el minuto 84. Misión cumplida: 12-1 en el marcador. Y todavía, a falta dos minutos para el pitido final, a Gordillo se le anulaba un tanto que ya nada representaba. Los malteses, contritos y desarbolados en la segunda parte, no habían hecho un partido sucio, pese a su jugador expulsado. De hecho se repartieron 5 tarjetas, una de ellas por retener la pelota indebidamente, mientras España vio un par. Después del antiquísimo 13-0 endosado a Bulgaria en el partido que parece se “inventaron” las primas, la selección acababa de obtener su segunda mayor goleada en 63 años, vigente aún hoy día.

La prensa neerlandesa quiso conocer las impresiones de su seleccionador nacional sobre el partido, y Kees Rijvers se mostró categórico: “No lo he visto. Preferí jugar a las cartas con amigos. Total, sabía que España iba a clasificarse. Si hubiera necesitado 15 goles los habría marcado igualmente”. A las preguntas sobre si pensaba en algún tipo de cambalache español, respondió con evasivas: “En el fútbol, a veces, pasa lo que debe pasar. Hoy era uno de esos días y el resultado español nos lo acredita”. Con tantos años en el fútbol y tras el partido de Malta en Aquisgrán, o la visita de su selección a Irlanda, quizás tuviese razones de muy primera mano para saber a lo que se refería. Por su parte, algunos medios europeos, sin insinuar abiertamente nada también miraron las cosas con lupa. Doce goles eran muchos, máxime para una selección tradicionalmente roma. Había resultado muy oportuno el desfondamiento maltés en la segunda parte. Y lo de encadenar cuatro goles en sólo cuatro minutos… “El caso es que sin haber prosperado la reclamación española por el partido de Holanda en Aachen, estarán en Francia”, fue conclusión generalizada.

Carrasco, Sarabia, Rincón y Santillana, cuarteto atacante español ante los malteses, caricaturizados por el lápiz de Conos.

Aquella sorprendente victoria también llevó el luto a una familia cordobesa, según recogiera la agencia “Efe”. El farmacéutico Ángel Escribano Serrano presenciaba el partido por televisión, en su casa de la Ronda de los Tejares, cuando comenzó a sentirse mal. Poco después fallecía, a los 59 años, víctima de un infarto. Desde luego no fue un partido a recomendar por los cardiólogos.

Desde la Federación Maltesa se anunció la apertura de una investigación interna, quién sabe si para acallar acusaciones no muy veladas desde los diarios sensacionalistas germanos. “Goleada con aroma a tongo”. “Malta perdió hasta la decencia”. “¿Fútbol o pantomima?”. Pura cortina de humo, quizás destinada a su propia feligresía. Maniobra eterna, al fin y al cabo: si no sabes qué hacer, constituye una comisión y procura eternizarla hasta que el problema se olvide.

Entre enero y junio de 1984, “la roja” disputó una sucesión de amistosos ante Hungría, por partida doble, Luxemburgo, Dinamarca, Suiza y Yugoslavia, certificando una falta de gol inspiradora de escasa confianza. Ya en la fase de grupos, sendos empates a uno con Rumanía y Portugal, y la sorprendente victoria por 0-1 ante la Alemania de Stielike, Brieguel, Matthäus, Littbarski, Allofs, Brheme, Rudy Völler y Rummenigge, posibilitaron el pase a semifinales, donde después de una prórroga ante Dinamarca sin alterar otro empate a uno, Sarabia anotaba el último y decisivo penalti de la tanda, cuando Elkjaer hubiera fallado el suyo. La selección gala, en la final, se imponía con autogol de Arconada, excelente durante todo el torneo, y otro tanto de Bellone mientras el árbitro miraba su reloj para dar las cosas por concluidas. Triunfo para los anfitriones por 2-0 y saldo negativo en la España subcampeona: 4 goles a favor y 5 en contra, como resumen de 480 minutos practicando un fútbol rácano.

Los jugadores malteses nada dijeron sobre su escandalosa derrota en Sevilla, bien porque poco tuviesen que comentar, o porque nuestros medios sólo dedicaran espacio a la épica, siempre más rentable en los kioscos. Circularon especulaciones sobre lo que pudo haber sucedido durante el descanso de aquel choque. Conversaciones en el palco, promesas, agasajos… Maledicencias, en apariencia, porque los apaños, cuando los hay, nunca tienen lugar con luz y taquígrafos. Bonello, el guardameta que aguantara estoicamente el chaparrón de goles, nunca, que se sepa, quiso despegar los labios en público. Transcurrido el tiempo, desde Pietá, Sliema, St. Joseph o La Valetta, llegaron cuentecillos rocambolescos: Unos limones hallados en el vestuario, tras el descanso, con posibles sustancias inyectadas; recomendaciones de levantar el pie; futuro asueto vacacional en nuestro suelo, con carácter de invitados… Tan sólo ganas de justificar lo difícilmente explicable. Pasaron los años. El fútbol español siguió su andadura, mejorando mucho, por fortuna, al tiempo que el maltés también avanzaba, bien es cierto que a menor escala. Hasta que durante la primavera de 2018, razones completamente ajenas al balón redondo me condujeron a Malta.

Como las devociones a menudo suelen encontrar resquicios por donde colarse, tuve ocasión de contemplar alguna modesta instalación deportiva. El campeonato de fútbol maltés agotaba su calendario, con la previsible coronación del Valetta Football Club. Y un atardecer, mientras se teñían de cobre y malva las aguas de la turística Sliema Bay, observé a varias personas estirando una pancarta de balcón a balcón, festejando otro título para los de La Valetta. Me acerqué a ellos, dándoles la enhorabuena, al tiempo de desearles suerte en las eliminatorias previas de competición europea. Naturalmente, mi mediocre inglés me delató como extranjero, y ello propició una conversación pródiga en tópicos: “¡Ah, español! Ahí sí que tienen buen fútbol, aunque el Barcelona ya no sea lo que fue”. Por mi parte aduje que el balompié maltés había mejorado mucho, que hasta se había abierto a los extranjeros, y varios españoles venían actuando allí desde hacía unos años. Incluso algún entrenador, como Patxi Salinas. Les sorprendió que un visitante ocasional supiera algo acerca de su campeonato, y yo deslicé algunos nombres de entre la docena de compatriotas que, según creía, acababan de cerrar esa misma Liga: “Cornago, Jorge García, Gabilondo, Edu Vallecillo, Javier Polo…” Su curiosidad aumentó, dándome pie a enhebrar también la mía. ¿Cómo era posible que un campeonato semiprofesional tentase a extranjeros? Algunos, según sus palabras, aprovechaban para aprender inglés. A otros se les proporcionaba un trabajo, aunque la verdad era que todos cobraban. “Más, incluso, que muchos malteses, porque se supone pueden enseñarnos algo”. Me hablaron sobre pormenores de su “foot-ball”, dividido en cuatro divisiones, y con un torneo propio en Gozo, la única isla del archipiélago donde los turistas podían desfrutar de playa. Gozo estaba muy próximo, pero los traslados eran engorrosos. Primero por carretera hasta un puerto sito a 50 kilómetros, luego ida y vuelta en barco. Demasiado costoso y complicado. Ya en medio de una tertulia animada, traté de girar la conversación: “¡Cuántas cosas han pasado desde aquel 12-1 entre las selecciones de España y Malta!” -dije.

Después de lavarse las manos ante numerosos indicios de sospecha, la U.E.F.A. dio la impresión de respirar aliviada con el 12-1 a Malta. Ese resultado les ahorraba posibles dolores de cabeza.

Hubo risitas y los dos más jóvenes parecieron no entender a qué me refería. Sin dejar que la pelota botase, probé con otra andanada: “En España se dijeron cosas. Que pudo haber un acuerdo, que Malta se dejó llevar en la segunda parte”. Allí, al parecer, también circuló la rumorología. “Se cuentan cosas, ya sabe. Siempre hay quien lo conoce todo, sin saber en realidad nada”. La conversación habría languidecido, si el mayor de todos no hubiese deslizado con voz ronca: “Estamos agradecidos a España, porque engrasó la cuestión del estadio”. Y ante mi nueva pregunta, fue narrando algo para mí nuevo. Puesto que mi pobre inglés tropezaba con su verbo rápido y varias expresiones inusuales, uno de los reunidos, antiguo emigrante laboral en Italia, según dijo, fue traduciéndomelo en su italiano fluido: “Aquí somos pobres, y más lo éramos hace treinta y tantos años. Necesitábamos un estadio para partidos internacionales, pero no había dinero. Aunque la U.E.F.A. tuvo buenas palabras, su bolsillo siguió cerrado. Y jugamos contra España, ellos ganaron, y parece que quien mandaba en su Federación, hombre con peso en la U.E.F.A., engrasó el carro de las libras. Por fin hubo campo y luego todavía se mejoró, con dinero de la Unión Europea”.

Quise ver ese estadio, sito en la pedregosa franja central de la isla, una de las pocas áreas donde tan elevada densidad poblacional podía albergarlo. Como estuviese cerrado, hube de contentarme con su impresión exterior, francamente notable. A su lado se alzaba un pabellón deportivo cubierto. 

Obviamente no estuve ni en el palco ni en los vestuarios del Benito Villamarín, y por lo tanto ignoro lo que allí pudo hablarse, si es que se habló de algo. Cuanto escuché en Malta, entre el asentimiento de quienes me rodeaban, tampoco constituye ninguna prueba, aunque parezca encarrilar el vagón de las sospechas. “Pensar mal no basta para reclamar al juez -escribió Belarmo, con la presumible verosimilitud de quien moja su pluma en el tintero de la contemporaneidad-. Esas pruebas que no hay manera de encontrar… Un partido no se vende, pero se “arregla”. Hay libertad para pensar, pues, en los tejemanejes del fútbol, aunque nadie se atreva a denunciar con los fundamentos necesarios, qué sucede en los despachos.”

Vertiéndolo libérrimamente del román paladino al mester de juglaría, posibles o hasta muy probables chanchullos y cambalaches bajo el paraguas de la U.E.F.A.

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