RESUMEN:

El mes de enero, por esos curiosos guiños con que a menudo nos obsequian la fatalidad o el destino, resultó clave para la Mutualidad Deportiva. Si en 1944, un día 30 se asentaban las bases de esa obra fundamental, tantas veces relegada o pospuesta, en 1978 el nuevo año iba a estrenarse con la incidencia

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El portero que puso en solfa a la Mutualidad de Futbolistas

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El mes de enero, por esos curiosos guiños con que a menudo nos obsequian la fatalidad o el destino, resultó clave para la Mutualidad Deportiva. Si en 1944, un día 30 se asentaban las bases de esa obra fundamental, tantas veces relegada o pospuesta, en 1978 el nuevo año iba a estrenarse con la incidencia que a punto estuvo de enterrar al ya consolidado órgano. Una desgracia mayúscula en El Molinón gijonés, la del ariete sevillano Alfonso Fernández, hizo ver la necesidad de asistencia médica, quirúrgica y económica, ante casos dramáticos. Y otra de casi tanta enjundia, acaecida en el viejo campo de San Mamés, puso en solfa lo que hasta ese momento nadie se atrevió a discutir. En 1944, el violentísimo choque del guardameta Lerín con Alfonso había dejado al último con una pierna menos. Y 34 años después, otro choque entre un rojiblanco no muy bien identificado y el arquero argentino Roberto Jorge D´Alessandro, a éste sin uno de sus riñones.

Puesto que la historia de Alfonso y Lerín ya vio la luz en otro número de “Cuadernos”, centrémonos en el suceso bilbaíno.

Roberto Jorge D´Alessandro Di Ninno (Buenos Aires, 28-VII-1949), había sido internacional juvenil con la albiceleste en 8 ocasiones, y esperanza sin cuajar para los técnicos de San Lorenzo de Almagro cuando, inopinadamente, otro guiño de la diosa Fortuna lo trajo a Europa. Aquellas giras recaudatorias que los clubes sudamericanos solían llevar a cabo durante los meses de julio y agosto servían tanto para aprovisionar sus arcas como de escaparate a estrellitas incipientes, o probatura de segundones, bien cara su hipotética titularidad posterior o con el ánimo de dar gato por liebre. Y D´Alessandro, en el primer equipo azulgrana desde los 19 años -campaña correspondiente a 1968-, con sólo 15 intervenciones en el torneo de Liga y otras 41 en el Metropolitano, amistosos o torneos menores, tuvo su oportunidad, luego de seis ejercicios y medio en virtual ostracismo. Consciente sin duda de cuánto se jugaba, la verdad es que lo bordó. Agilísimo, decidido, con empaque y grandes reflejos, si acaso dejaría asomar cierto alboroto, achacable a sus muchas ganas de agradar. Los patrones de pesca tendieron sus redes. La ya extinta Unión Deportiva Salamanca necesitaba reforzar su marco para afianzarse en nuestra máxima categoría, y así las cosas, luego de distintos tiras y afloja, la directiva del San Lorenzo se avino a traspasarlo. A fin de cuentas, aquellas actuaciones podían ser tan sólo flor de un día. Mejor pájaro en mano que eterna promesa en el alero. Los charros, en fin, pudieron hacerse con un porterazo de 25 años a muy buen precio, que iba a constituir excelente inversión, visto su futuro rendimiento.

D´Alessandro en acción, listo para una de sus estiradas felinas.

Bien pronto aquel argentino serio, visceral y con carácter, fue conquistando al público de nuestros estadios. Ordenaba bien a su defensa, donde destacaba Rezza, otro compatriota duro, aguerrido e imperial. Sabía colocarse, mostrar seguridad, y cuando la ocasión lo precisaba volar de palo a palo. Con el torreón porteño atrás, Alves, un portugués con guantes negros organizando el juego, Sánchez Barrios y Robi triturando la zona ancha, o Rial más adelante, los salmantinos se convirtieron en plato indigesto para entidades con más medios, tradición y pretensiones. José Luis García Traid, futbolista malogrado junto al Ebro y La Pilarica, supo dirigir aquella maquinaria perfectamente engrasada para gozo de una afición unionista que había pasado del Calvario al Helmántico, librándose con aquel traslado de antiguos días de viacrucis, sufrimiento y corona espinosa.

Todos los partidos de Liga en 1974-75 y 75-76, y 31 correspondientes al ejercicio 76-77, amén de dos títulos como meta menos goleado, constituían preciado aval de D´Alessandro al arrancar la campaña 77-78. Contaba con no dar opciones a su suplente, tampoco en esa ocasión. Pero 1978 arrancó para él de la peor manera. Porque el día de año nuevo, una carga de Astrain, Dani o Carlos, según quién redactase aquellas crónicas, resuelta con voltereta e intenso dolor en la zona renal, a punto estuvo de costarle la vida. Y eso que tras dolerse sobre el césped pudo continuar jugando, sin aparente merma en su rendimiento.

Lo malo vino después, cuando informó al masajista que acababa de orinar sangre, y sobre todo durante el viaje de retorno a Salamanca. Tras cenar algo en Pancorbo, a la altura de Valladolid fue presa de un fuerte dolor, vómitos y sudoración fría. Ya en Salamanca, varios miembros de la plantilla lo acompañaron hasta casa. A las 4 de la madrugada, ante el empeoramiento de su estado, ingresaba de urgencia en la Residencia salmantina de la Seguridad Social “Virgen de la Vega”. Y ese mismo día 2, a las 11 de la mañana, entraba en quirófano para serle extirpado el riñón izquierdo.

“En el momento de su ingreso presenta rotura muscular, sudor frío y dolor intenso en emiabdomen y zona lumbar izquierda, discreta hematuria, tensión arterial 14/7 y valor hematúrico de 43 por 100 -recogió el primer parte médico-. Se le practican las exploraciones radiológicas pertinentes”. El diagnóstico inicial fue “Hematoma retroperitoneal, con posible lesión renal”. Sometido a vigilancia, a las 8 de la mañana entró en un agudo cuadro de shock, precisando reanimación terapéutica. La intervención en quirófano puso de manifiesto “una intensa hemorragia retroperitoneal, por rotura medio renal por desgarro de pedículo vascular”. La inviabilidad de cualquier práctica conservadora se tradujo en nefrectomía de urgencia. Había que salvar al hombre, sin pensar en el futbolista. Los doctores Julio Grande y Herrero Benito, del servicio de urología, el cirujano Sánchez Vega, y el anestesista Gómez Benito, acababan de calificar su pronóstico como muy grave.

La noticia recorrió no solo las riveras del Tormes, sino toda la geografía nacional. D´Alessandro únicamente se había perdido los últimos partidos del precedente ejercicio, en vísperas de celebrar su presencia centenaria bajo el marco charro, al lesionarse en la clavícula. Entonces Francisco Cosme, presidente del club, le había impuesto la insignia de oro y brillantes. Acababa de inaugurar un comercio de artículos deportivos y su buen carácter, apasionado y directo, había hecho de él personaje muy querido.

El siguiente parte médico ya resultó más optimista. Si todo iba conforme a lo esperado, podría ser trasladado a planta desde la sala de reanimación, y su hipotética alta se estimaba en cosa de dos semanas. Demasiado tiempo, en todo caso, para su carácter ganador, puesto que en seguida trascendieron las primeras preocupaciones personales. “¿Podré jugar el domingo?”, inquirió varias veces, antes y después de pasar por el quirófano. Y cuando el día 3 pudo verle su amigo íntimo Ricardo Rezza, también compañero en el vestuario de San Lorenzo apenas dio crédito al escucharle: “Oye, ¿qué calificación me han dado en Marca?”. El espigado central seguía asombrado al hablar con los periodistas: “Todavía entre vapores de la anestesia, y queriendo saber qué tal lo hizo. Así es Jorge; un fenómeno”. La versión del zaguero sobre la jugada venía a corroborar lo manifestado por el entrenador García Traid: “Íbamos empate a uno. Ellos apretaban con todo. Hubo un centro desde la izquierda, creo que enviado por Escalza. Jorge salió a por el balón y Rezza se encontraba cerca, cubriendo la parte de adelante. Dani, que venía lanzado, chocó con D´Alessandro cuando éste tenía ambos brazos levantados. Rezza y nuestro portero cayeron al suelo, mientras Dani quedó en pie. D´Alessandro tenía el balón agarrado al sufrir el impacto”. Inquiridos sobre si les pasó por la cabeza en aquel momento que el lance pudiera desembocar como lo hizo, ambos respondieron negativamente.

Poco después de ser intervenido quirúrgicamente, aún bajo el efecto de los calmantes.

Ese mismo día 3, durante la rueda de prensa concedida por los galenos, el urólogo Herrero Benito reconoció que el lesionado llegó a debatirse entre la vida y la muerte. Aseguró, también, que una vez recuperado podría desarrollar una existencia normal. Aunque el también doctor Sánchez Vega, al referirse al futuro deportivo del paciente, arrojase el primer jarro de agua fría: “Lo primero y principal es que salve el bache postoperatorio. En cuanto a lo deportivo, es triste decirlo, pero creo que debe retirarse, por miedo a padecer otra lesión renal. No sé qué dice al respecto el reglamento de las Mutualidades Deportivas, pero nada es tan importante como la vida”.

Previendo la retirada de D´Alessandro, o convencido de su prematuro adiós, García Traid ya barajaba planes inmediatos, por más que asegurase estar dispuesto a solucionar la papeleta cono lo que había. Aquello era Antonio, tercer portero la campaña anterior, convertido en segundo desde que el gallego Seoane fuese traspasado. Una incógnita, al permanecer inédito. Meses antes, el proyecto de incorporar al sudamericano Marcelo Espesot se fue a pique, al no colar federativamente sus muy discutibles papeles. Otro sometido a prueba por los charros durante esos días, el paraguayo -así se decía- Pereira, quiso ser visto como opción más fiable. Y en esa línea trascendió que la secretaría salmantina urgía el transfer de la federación paraguaya, para inscribirlo de inmediato en la española.

Fruto del nerviosismo, el gerente del Salamanca, Gabino Sánchez, realizó unas declaraciones donde señalaba a Daniel Ruiz Bazán, “Dani”, como autor de la lesión, involuntaria, si bien consecuencia de una fogosidad excesiva. La prensa bilbaína, cuyas crónicas pusieron lupa de enorme aumento sobre la actuación del árbitro valenciano Fandós Hernández, sin acuerdo acerca de quién pudo intervenir en el infortunado lance, recabó la opinión del aludido. El ratonil atacante tampoco pudo arrojar mucha luz: “No recuerdo ningún encontronazo -dijo-. Y estoy tranquilo, porque yo no he podido causar la desgracia, que de todas formas hubiera sido fortuita. En cualquier caso, lo lamento de corazón. Pero insisto, ha sido uno de los partidos en que menos he chocado”.

El internacional y futuro mundialista rojiblanco aseguró haberse enterado de la desgracia el lunes por la tarde, y que en ese mismo momento llamó por teléfono a la clínica, para interesarse por el intervenido: “Hablé con su esposa, quien como es lógico estaba emocionada. Le expresé mi pesar, reiterándole que de ningún modo me consideraba responsable, puesto que nunca tuve, ni tendré, intención de lesionar a nadie”. El ariete Carlos Ruiz, otro posible señalado desde algún medio, también quiso dar la cara: “En efecto, recuerdo un encontronazo con D´Alessandro y Rezza en un balón alto. Pero fue frontal, o sea que no pude ocasionarle ningún daño en el riñón. Además de confiar en su recuperación, le agradezco que según parece nos haya exculpado tanto a Dani como a mí. Eso dice mucho en su favor”.

Por su parte, el colegiado levantino corroboraba la versión del dúo rojiblanco, mediante nota de la agencia “Alfil”. Nada anormal ensombreció el choque durante los 90 minutos. La única interrupción tuvo que ver con incidentes ajenos al césped. “Las dos tarjetas que hube de mostrar, no están conectadas a ese lance. Ha sido una desgracia que todos lamentamos profundamente”.

Los campos con historia saben de glorias y tristezas, de hazañas y decepciones, de calamidades. Y San Mamés no constituía excepción. Antes de la Guerra Civil, el portero bilbaíno Gregorio Blasco, luego exiliado en México, como otros componentes del equipo propagandístico Euzkadi, que patrocinase el gobierno vasco del Lehendakari Aguirre, también sufrió una lesión renal, en choque con Urtizberea. Por suerte se resolvió sin extirpación del órgano. Otra tarde, el céltico Bermúdez hubo de retirarse con un riñón maltrecho, bien es cierto que sin tanta gravedad. Y a Trigo, guardameta santanderino en plena penuria posbélica, tras chocar violentamente con el delantero centro Unamuno, fue preciso extirparle un riñón. Para el cántabro, ese fue su último partido.

Apenas D´Alessandro remontaba su estado físico y anímico en el lecho hospitalario, la especie humana comenzó a manifestarse con esa mezcla de oportunismo, necesidad, y falsa entrega, que tanto nos anonada. Desde Málaga, el mecánico treintañero Antonio Calderón Rodríguez, afincado en el número 2 de la calle Zanca, ofreció uno de sus riñones al lesionado, asegurando ser admirador incondicional. Lo hizo a pecho descubierto, desde la emisora de Radio Nacional costasoleña, a través del programa “Radiogaceta de los Deportes”. Pero su desprendimiento tenía truco. “No quiero nada a cambio -dijo-. Sólo deseo que ese hombre se cure y prosiga su carrera profesional”. Luego se supo que el mecánico estaba en paro y no vería mal una ayudita próxima a las 50.000 ptas.

Daniel Ruiz Bazán, “Dani”, en un derbi vasco. Alguna extemporánea declaración desde la capital salmantina le achacó responsabilidades en el infortunado lance, cuando ni siquiera había tropezado con el portero.

Mientras tanto, en Bilbao siguieron cargándose las tintas sobre el árbitro Fandós. Era lo fácil, al fin y al cabo. Como entonces linieres y hombres de silbato vestían de negro, su uniforme lo soportaba todo. “Quizá solicitemos que no vuelva a actuar nunca en San Mamés”, aventuró Jesús Duñabeitia, su máximo mandatario todavía en rodaje. Fandós había pitado un penalti contra los locales que muy pocos vieron. E imperaba el anacrónico derecho de recusación a los colegiados. José Plaza, presidente del Comité Nacional de Árbitros y hombre caracterizado por la defensa a ultranza de los suyos, salió al paso de inmediato: “El partido estuvo suspendido durante 12 minutos, por una tremenda lluvia de almohadillas sobre el césped. Quien falló fue el público, con sus protestas desproporcionadas. Si juzgo por las imágenes de televisión, mi punto de vista es que el árbitro estuvo muy bien. Si acaso, resaltar que hubo una jugada no muy clara, para revisar en la pequeña pantalla, que hubiera supuesto penalti para el equipo de casa. Si el árbitro lo señaló, estando encima, por algo será”.

El jueves día 4, D´Alessandro, superada su gravedad, pudo trasladar a los medios un sucinto mensaje: “En mi accidente no hay culpable”. Los médicos, en su parte facultativo, se congratulaban de aquella rápida recuperación: “Presenta buen estado general, con tolerancia a los alimentos y recuperación de la motilidad intestinal. Pulso, tensión, temperatura y diuresis, son normales. Mientras continúe la evolución favorable no se emitirán más partes”. Trascendía, también, que el presidente del Athletic bilbaíno contactaba diariamente con directivos unionistas, para interesarse por el enfermo. Y que numerosos medios de difusión argentinos seguían el caso muy de cerca. Antes de que se le prohibieran visitas ajenas a la familia, las palabras del guardameta fluctuaron entre la honestidad y una bien definida esperanza.

Porque de caballerosidad mayúscula era asegurar: “No he dicho el nombre del jugador que chocó conmigo, porque el encontronazo fue fortuito, en un lance del juego. Lo mismo podía haberle ocurrido a cualquier compañero, en choque conmigo. Quede claro, por tanto, que todo ha sido fruto de la desgracia. Es el riego de algunas profesiones, deportivas o no”. Y sólo desde la esperanza cabía entender un anhelo contradicho por distintos exponentes de la ciencia médica: “El domingo no, pero pronto volveré a ocupar la puerta del Salamanca. Estoy seguro, porque el fútbol es mi vida y lo seguirá siendo. Con él he conseguido la felicidad y el bienestar de mi mujer y mis dos hijos. Quiero seguir jugando al fútbol”.

Numerosos periodistas, para entonces, ya habían hurgado en la Mutualidad Deportiva, ansiosos por cifrar en pesetas el monto de una invalidez parcial. Los futbolistas aún seguían fuera de la Seguridad Social, pese a sus reiterados intentos de acogida, dinamitados sistemáticamente desde sus respectivos clubes. Y resultó que la indemnización resultaba irrisoria. “500.000 pesetas”, tituló “Marca”. El equivalente al traspaso de un mal bar en barrio deprimido. La quinta parte de una licencia de taxi. Como mucho, para acertar de lleno en el primer proyecto inversor. Sólo habían pasado seis meses desde que renovara contrato con una sustancial mejora económica, pero eso, si no le permitieran seguir activo, era puro papel mojado. Entonces, elegante y ambicioso, aseguró estar muy satisfecho, aspirando a debutar un día con la selección española, “puesto que nunca fui internacional con Argentina”. Interpretaba mal la normativa vigente. Aquellos internacionalatos en su época juvenil, lo imposibilitaban. Aunque soñar, al fin y al cabo, siempre fue gratis.

Distintas voces irían despertándolo de otro sueño más pegado a la realidad. Y a primera vista se antojaban muy autorizadas.

“¡No podemos dejar que se suicide!”, enfatizó el Dr. Navarro, jefe médico de la Mutualidad. “No existe ningún alevín, ningún juvenil, ningún aficionado ni profesional, que esté jugando en estos momentos con licencia federativa y tan sólo un riñón. Con eso lo digo todo. No hace falta añadir ningún dato más. El caso de Santillana es distinto; juega con dos riñones, aunque los tenga unidos”.

El doctor Vicente Navarro, a sus 68 años, llevaba 30 en el órgano. Y ese precedente del rematador “merengue” Santillana, invocado desde distintas áreas, también dio que hablar en su día, al descubrírsele la malformación. No sólo quisieron retirarlo algunos, sino que probablemente lo hubiesen logrado de no militar en un club con el poderío de aquella institución. Desde la “casa blanca” pusieron informes favorables a la continuidad, certificaciones, reconocimientos avalados por firmas prestigiosas, sobre despachos de la Mutualidad. Y ésta, sobrepasada, dejó de constituir un obstáculo. Con respecto a D´Alessandro todo parecía en contra. Aunque hubiesen transcurrido años, los precedentes de extirpación se resolvieron con retirada obligatoria.

Además, en el seno de la U. D. Salamanca parecía darse por cierta la pérdida profesional de su estrella. Hasta el punto de que iniciaron gestiones con el Deportivo de La Coruña, tendentes a sondear la posible incorporación de Paco Buyo, internacional Sub-21 seguido por el At Madrid y R.C.D. Español de Barcelona, según distintos indicios. Las declaraciones de Sebastián Polo, presidente en funciones de la entidad castellano-leonesa, no hacían sino certificar los peores presagios para su futbolista: “Somos conscientes de que lo principal es su recuperación. Habrá que esperar a que esto suceda, y luego vendrá el tiempo de evaluar las consecuencias que puedan derivarse”. En paralelo, la solidaridad del fútbol volvía a ponerse en marcha, como siempre que uno de los suyos recibía algún guadañazo. Todos los clubes de 1ª División contactaron con la secretaría charra, ofreciéndose para cuanto estuviere en sus manos. Futbolistas de sus plantillas, con vistas a un posible homenaje, cesión de algún cancerbero, sobretasa en sus entradas, destinando el plus de recaudación al infortunado y su familia. Porque aquel medio millón de ptas. se antojaba “ridículo”.

Recién dado de alta, en casa y con sus hijos.

Así se entendió por muchos columnitas, tanto deportivos como de opinión. Y a tal punto llegaría el eco que desde la Mutualidad hubieron de salir al paso. Era la cifra contemplada en sus estatutos, cuando al afiliado le resultaba imposible competir: “La misma cantidad para aficionados o profesionales. No hay distinción. Incluso si alguien pierde la vida, entregamos a su familia esa misma cifra”. No parecía lógico, y así se dijo desde la embrionaria Asociación de Futbolistas Españoles. Si a un amateur le costaba 200 ptas. anuales afiliarse a la Mutualidad, y 1.500 a los profesionales de 1ª División, éstos deberían gozar de indemnizaciones mejores. ¿O acaso los astros, quienes menos lastraban el balance mutualista, al gozar de servicios médicos propios en todos sus clubes, venían a ser el tonto útil en una fiesta de plebeyos? “Eso se arreglaba si el gobierno, de una vez, obligase a los clubes a acogernos en la Seguridad Social -clamaron algunos miembros de AFE-. Los tribunales nos han declarado trabajadores por cuenta ajena. Ya ha llegado el momento de serlo de verdad”. Las indemnizaciones por incapacidad en la Seguridad Social, al constituir mensualidades vitalicias, resultaban infinitamente más ventajosas.

El viernes día 5 se publicaba que D´Alessandro se había levantado por primera vez. Y que con toda seguridad su puesto iba a ser ocupado el domingo por Antonio. Transcurridas 98 horas desde la operación, el paciente charlaba con José Luis Yuste, dolorido aún, pero sin perder su buen ánimo: “Me encuentro mejor, y anoche ya pude dormir. Con la debilidad lógica tras una operación y estos días en la cama; pero a pesar de todo me siento fuerte”. Por primera vez, a requisitoria del periodista salió de su boca el nombre del rojiblanco con quien topara: “Creo que fue el defensa Astrain quien chocó conmigo, como podía haberlo hecho cualquiera en otra acción”. Algunas imágenes de la presumible jugada así parecían corroborarlo. Dani, al fin, quedaba libre de reproches después de ser señalado injustamente. Pero ante todo, el ingresado en la habitación hospitalaria 711 quiso mostrarse agradecido: “Cuando vine acá, se hablaba de los extranjeros(1). Y resulta que mi agradecimiento es más grande que el de cualquiera, porque he sido tratado como un español más. Eso para mí, que creo en el hombre sin nacionalidades, simplemente en la esencia, tiene un gran valor. He recibido palabras de apoyo desde todos los rincones. Incluso un equipo búlgaro se ha ofrecido a jugar en mi beneficio… No sé cómo puedo corresponder a tanto”.

Poco antes de que Yuste conversara con D´Alessandro, un navarro residente en San Sebastián desde hacía años, había hecho llegar una carta al club salmantino en estos términos: “Con plena conciencia de lo que esto significa, ofrezco mi persona para que, en el momento preciso, se trasplante uno de mis riñones a ese magnífico deportista (…) Repito que sé perfectamente las consecuencias que para mí pueden originarse de tal medida. Las acepto gustoso y me sentiré feliz si logramos salvar para su familia y para su club, a ese gran caballero del deporte”. Lógico que incluso alguien de verbo fácil, como el buen guardameta, tuviese dificultades en la búsqueda de palabras.

Antonio. De incógnita, a sólida garantía bajo el marco en poco menos que 15 días. Hubiese tenido hueco en nuestra 1ª División, si D´Alessandro no fuera uno de los dos o tres mejores guardametas de nuestra Liga.

El domingo 8 de enero, a las 8 de la tarde y juzgados por el trencilla murciano Franco Martínez, en partido televisado desde el Helmántico, U.D. Salamanca y Sevilla C. F. disputaron los dos puntos ligueros en el debut del canterano Antonio González Arroyo (Salamanca 27-X-1953). A sus 24 años, llevaba ya varios ejercicios en el equipo, primero guarneciendo al Sporting, cuadro aficionado, y luego, durante dos campañas en categoría Regional y otra en 3ª, bajo el marco del Salmantino. Retrocediendo un poco más, cabría remontarse a sus días en el Atlético Salamanca, de Educación y Descanso. Toda España pudo apreciar su sobriedad y aplomo, sin que en ningún momento diera la impresión de estar nervioso. Si los compañeros le animaban con cada interrupción del juego, el ataque adversario advertiría, a medida que fueron transcurriendo los minutos, que aquel suplente ni mucho menos era un mal portero. La igualada a un tanto, con goles de Báez y Scotta, ambos extranjeros, fue resultado justo. En el Sevilla formaban Pablo Blanco, Rivas, Juanito, Jaén, Biri-Biri, Sánchez Barrios, que tan excelente sabor de boca dejase sobre ese mismo césped, un más que prometedor Montero, y el incombustible defensa central Gallego, entre otros. A Pereira, que acababa de solventar los últimos flecos en su documentación, le tocó verlo todo desde el banquillo.

Los charros acababan de descubrir un notable sustito para el marco, puesto que su única intervención oficial entre los grandes tuvo lugar ante el F. C. Barcelona, en la ciudad condal, durante 90 minutos de Copa. Y al día siguiente, cuando sus declaraciones saltaron a letra impresa, al joven modesto, sensato y cabal que en realidad era. “¿Qué pide para usted?”, le preguntaron. “Suerte en esto del fútbol y respeto de las lesiones -respondió-. Y lo mejor para Jorge; que se recupere cuanto antes”

El martes 10, Duñabeitia, presidente del Athletic, acudió hasta la habitación 711 para expresar su apoyo al convaleciente, y hacerle entrega de un banderín dedicado por toda la plantilla bilbaína. También se desplazaron el madridista Enrique Wolf, aprovechando no era día de entrenamiento, y el donostiarra Arconada, ambos portadores del abrazo y los mejores deseos de sus respectivos vestuarios. Desde Argentina, además llegaban otras noticias. Puesto que D´Alessandro se propusiera residir definitivamente en España, pasara lo que pasase, su padre, propietario de una sastrería, ultimaba trámites para venderla y cruzar el charco, instalándose también en Salamanca. La experiencia mercantil del veterano comerciante pudiera contribuir al despegue del comercio deportivo recién abierto en la Plaza del Mercado.

Dieciocho días después del percance, la familia del guardameta lo recibía en casa. Los periodistas, también, lo aguardaban bolígrafo, papel y grabadora en ristre. Por no variar, cada palabra del todavía débil guardameta hubiera merecido ovación cerrada: “De Bilbao sigo pensando lo mismo. Como equipo, un gran conjunto y rival difícil de vencer. Como ciudad me encanta”. Acerca del futuro, prefería ir despacio: “Todo depende de cómo me llegue a sentir. Después, si no me encuentro al cien, o al noventa por ciento, no salgo. No quiero hacer el ridículo en un campo de juego, después de haber sido alguien. No me gustaría deteriorar mi imagen, cosa que nunca acepté en otros profesionales”. ¿Pero sería capaz de vivir alejado del fútbol, alguien que lo vivía con tantísimo apasionamiento? “Hasta el primer día del año fue mi vida. Si decido continuar jugando, volverá a ser mi vida. Si no, pasará al baúl de los recuerdos”. Y a tenor de cuanto añadió después, en el hospital tuvo tiempo de planear su porvenir: “Visitaré al doctor Puigvert, a ver qué me dice. No porque tenga algo contra el diagnóstico de Salamanca. Es para mayor seguridad. Seguro que este diagnóstico es certero, tanto como pueda serlo el del Dr. Puigvert. Simplemente, quiero ir a verlo”.

El 2 de febrero, a primera hora de la noche, el portero llegaba a Barcelona para ser reconocido por el prestigioso especialista. Días antes había manifestado que en su opinión, y con todas las reservas, puesto que un juicio certero sólo resultaba factible después de concienzudos análisis, el caso de D´Alessandro no tenía por qué ser muy distinto al de Santillana. Y que por lo tanto, nada le incapacitaría para competir profesionalmente. Daba la casualidad de que los cirujanos salmantinos habían sido discípulos suyos. Transcurridas 16 horas, el eminente urólogo, una de las figuras europeas más reconocidas en la materia, comparecía ante la prensa, con buenas noticias para el jugador: “Mi pronóstico es favorable, aun siendo preciso aguardar la perfecta cicatrización de heridas, producto de la cirugía. Conviene esperar unas cuatro semanas para ver cómo funciona el riñón sano, y cómo todo el organismo se acostumbra a trabajar con un solo órgano. En cuestión de un mes, el futbolista volverá a mi consulta. Y entonces espero confirmarles que puede seguir practicando su profesión”.

Uno de los reporteros casi interrumpió aquel discurso para formular su pregunta: “¿Entonces prejuzga usted que D´Alessandro seguirá jugando?”. Y el Dr. Puigvert, con el tono paternalista de un docente ante cualquier alumno alocado, le corrigió: “No, hijo, yo no prejuzgo. Digo que puede seguir jugando al fútbol”.

Puigvert acababa de regresar de Colombia, tras asistir a un congreso de urología. Según sus colaboradores, le esperaba un gran trabajo en la Fundación. Pero aun con todo, quiso aclarar algunas cuestiones, consciente de dirigirse a un público profano: “Han pasado ya tres años desde que le dije a otro jugador, Santillana, que su único riñón efectivo no le incapacitaba en su profesión deportiva. Todo le ha ido bien, y confío siga de igual modo hasta su retirada”. D´Alessandro, por su parte, no cabía en sí de gozo al manifestar: “Me han devuelto la alegría”. Desde Salamanca, en fin, llegaban mensajes, tanto por boca del entrenador, José Luis García Tarid, como de algún directivo, adjetivando su satisfacción. Andrés Ramírez, secretario de la F.E.F., también quiso anticiparse al diagnóstico definitivo: “La Federación no puede ir en contra de tan prestigioso especialista. Si su halagüeña impresión fuese definitiva, por supuesto no tendría sentido establecer vetos”.

Nadie inquirió al secretario federativo sobre si el derribo de vetos afectaba tan sólo al guardameta de 1ª División, o incluiría también a otros jugadores con menor relieve, en idénticas circunstancias. Porque justo en paralelo, el Gimnástico de Melilla F. C. vivía la desgracia de su portero Martínez, lesionado en el estadio Marqués de Varela, cuando el equipo norteafricano se enfrentaba al San Fernando en partido de Liga correspondiente al grupo 6º de Tercera División. Martínez, de 33 años, con paso previo por el Requena, Gandía, Imperio de Ceuta, Portuense, Atlético de Ceuta, Cádiz C. F., Recreativo de Huelva y Sociedad Deportiva Melilla, recibió un golpazo en su riñón. Ya en Melilla, tras ser sometido a reconocimiento se le había recomendado reposo absoluto. Pero como no mejorase, el 14 de enero tuvo que ser internado en el hospital de la Cruz Roja, para proceder a una intervención quirúrgica no muy distinta a la del argentino. ¿También a él iba a verlo el reconocido doctor, o bastaría un informe de la Mutualidad?            

El 2 de marzo volvía D´Alessandro a los entrenamientos, tras ser reconocido nuevamente por el Dr. Puigvert. Exultante, colmó la curiosidad de los periodistas congregados: “Me repitió que la vida es un riesgo de por sí, y que me encontraba perfectamente. Su consejo fue de entrenar suave durante 15 días, y luego hacerlo con normalidad. Añadió también la conveniencia de analizarme la orina después de cada partido. Por lo menos al inicio. Ahora mi meta consiste en volver a ser lo que fui. A mi edad, no estaba preparado para abandonar el fútbol, y además la lesión me llegó en el mejor momento profesional. Esta mañana le pregunté al “míster” en cuánto tiempo quería verme recuperado, y me contestó que cuanto antes. Yo en esto, y para trabajar, estoy en sus manos”.

Primera página del diario “Marca”, recogiendo la reacción del director médico de la Mutualidad de Futbolistas, ante la evidencia de que su informe, negando al argentino su continuidad deportiva, iba a ser desechado por la F.E.F.

La Mutualidad, sin embargo, no había emitido su última palabra. Y desde este organismo tan conectado a la Federación, el juicio del Dr. Puigvert chocaba frontalmente con un muy cacareado axioma: Ningún futbolista saltaba al campo en competición oficial, con un solo riñón. Lo de Santillana era distinto. Tenía los dos, aunque únicamente le funcionase uno por malformación congénita. Así las cosas, durante la tarde del 4 de abril D´Alessandro sería reconocido por su jefe de servicios médicos, Dr. Navarro. Sesenta y cinco minutos de exploración, radiografías y análisis, para lo que ya era una cuestión de honor, de celo profesional, e incómoda interferencia. Algo debió ver D´Alessandro en el rostro del galeno, habitualmente impenetrable hasta emitir diagnóstico, porque apenas hubo salido a la calle se curó en salud: “Parece que el doctor no está muy conforme con que vuelva a ocupar mi puesto bajo el marco, aunque me encuentre perfectamente. Entreno con la plantilla, hago series de 500 abdominales, mis compañeros lanzan disparos en las sesiones como harían a cualquier guardameta, y creo que mi actual estado de forma es espléndido. Sólo me falta actuar en un partido y ver cómo respondo”.

El excelente arquero argentino hubiera podido presumir de ojo clínico porque, en efecto, el día 7 se hicieron públicas las salvedades de la Mutualidad de Futbolistas, puntualizadas por el Dr. Guzmán, ayudante del jefe de servicios médicos. Puigvert, en su opinión, distaba mucho de ser concluyente. Cierto que no negaba la posibilidad de seguir jugando, pero tampoco incluía la menor recomendación de hacerlo. Ni siquiera había operado al deportista. “Y además -dijo-, no aparecen referencias al funcionamiento de su único riñón, que es justo lo que más nos interesa”. Así las cosas, y aunque la decisión definitiva quedara pospuesta, los redactores de “Marca” hicieron admirablemente su trabajo, anticipando con varios días de antelación el pláceme federativo, o dicho de otro modo, el ninguneo de que iba a ser objeto la Mutualidad. Y eso que eran muchas las personas involucradas en una decisión que Pablo Porta, por no quebrantar su hábito, se resistió a tomar si no era de forma colegiada.

“D´Alessandro podrá jugar el sábado”, titularon el día 12. “No servirá el informe negativo de los médicos de la Mutualidad”. Ese jueves, a las 6 de la tarde, el encausado accedía a Alberto Bosch, sede federativa, con un informe del Dr. Puigvert y otro de un especialista reputado, cuyo nombre se prefirió salvaguardar. Al día siguiente, la Junta Directiva de la Federación los sopesó, junto al remitido desde la Mutualidad de Futbolistas. El Dr. Delgado, vocal médico de la Junta, también aportó el suyo, favorable a dar por válida la opinión del ilustre Puigvert. Y la Comisión Rectora de la Mutualidad, compuesta entre otros por el propio Pablo Porta, Gil de la Serna, Luis y Bermejo, tampoco estuvo por la labor de oponerse a una eminencia. El Dr. Navarro, a sus 68 años, quedaba sólo, por más que previamente hubiese realizado declaraciones altisonantes: “Puigvert elude respuestas. Él es urólogo, y lo que necesitamos es el informe positivo de un nefrólogo, el especialista en funcionamiento renal. Sin menospreciarle, ésta es la realidad. Y como parece que no se va a contar con nosotros, estoy dispuesto a dimitir”.

Lo hizo, en efecto, y Pablo Porta aceptó su renuncia. “No me queda otra, y mi conciencia me dice que debo apartarme de esta responsabilidad -dijo tras su derrota, cuando compareció ante los medios, “acalorado, quizás nervioso, pero correcto”, según narrase un reportero-. ¡Dios quiera que me equivoque en el porvenir! Pero es que, en el fondo, creo que ni va a hacer falta. El propio D´Alessandro se dará cuenta de su disparate y se retirará, ya lo verán ustedes”.

Roberto Jorge D´Alessandro Di Ninno pudo seguir jugando, después de firmar un documento donde eximía de toda responsabilidad a la Federación. “Soy feliz -aseguró a cuantos quisieron oírle-. Es como si me abriesen las puertas a un nuevo mundo”. El lunes 23 de abril, luego de tres meses y 22 días, volvió a situarse bajo el travesaño salmantino, casualmente ante el Athletic Club bilbaíno, en el Helmántico. “Marca”, su periódico de cabecera, lo calificó con un “1” y hubo de sacar hasta tres veces el balón enredado en las redes. Se le consideró culpable de un tanto, aunque otros compañeros de equipo estuviesen bastante peor que él. Rezza, Alves, Juanito, Ángel y Roberto Cino cosecharon un “0” en la publicación deportiva. Toda la columna vertebral charra naufragó en aquel doloroso 0-3. Pero lo importante fue que el reaparecido acababa de subir un primer peldaño para ser el de antes, condenando al ostracismo a quien mejorase todas las expectativas durante su prolongada ausencia.

Formación de la U. D. Salamanca correspondiente a la campaña 1981-82. D´Alessandro, pese a los malos augurios, seguía firme bajo el larguero.

La resolución federativa ni mucho menos sirvió para dar carpetazo a la polémica. Puesto que el riñón de D´Alessandro se tornara arma arrojadiza en batalla de pruritos personales, hubo más galenos incorporándose a la contienda, bien a título personal o bajo estandarte corporativo. Uno de ellos, el Dr. López Varela, blandió el de la Medicina Deportiva desde los medios, con fecha 28 de abril. Y sus argumentos no dejaban de tener sentido: España había sido una de las primeras naciones en incorporar a sus organigramas la especialidad de Medicina Deportiva. En teoría, sus titulados debían ser los más capacitados para enjuiciar cuestiones relativas a deportistas, según la Ley de Presidencia de Gobierno del 24 de junio, Nº 1830/68. A ellos, antes que a nadie, aun apoyándose en el báculo de especialistas renales, competía decidir si una pieza de “acero especial”, como calificaba a los deportistas, estaría en condiciones de competir con un solo riñón. No obstante, nadie les había consultado. “¿Y por qué, ese singular y paradójico olvido? -se preguntaba el Dr. López Varela-. Sólo encontramos una explicación posible. Y es que los actuales Administradores, sin previa consulta, sin consideración de ninguna clase, han engullido a la Medicina Deportiva, la han lapidado, ha sido borrada sin una sola protesta del Consejo Superior de Deportes”.

Obviamente, tampoco el firmante del alegato daba por buena la resolución federativa. No podía hacerlo, sin que él mismo, o sus representados, tuviesen vela en el dictamen. Y apoyaba su postura en términos de Román Paladino: “Todos los médicos estamos en condiciones, por lo menos teóricas, de atender un parto. Pero lo hará mucho mejor y con superiores garantías, un tocólogo. ¿Está claro?”.    

Lo evidente era que la Mutualidad de Futbolistas encaraba momentos críticos. Desde hacía años venía cuestionándose su existencia en el seno de los clubes más poderosos. ¿Qué a portaba a los profesionales de 1ª y 2ª División, cuando todos sus equipos gozaban de médico propio, seguros con clínicas prestigiosas, y ante cualquier complicación acudían a especialistas no de la Mutua, sino de relieve internacional? Ya eran historia los días en que estrellas del Real Madrid o Atlético pasaban consulta privada con El Brujo de Portugalete, magnífico recuperador muscular, o traumatólogo sin título, cuando la Mutualidad y los “fisios” fracasaban. La paulatina llegada de futbolistas extranjeros había abierto las puertas de Europa, por cuanto a Medicina respecta, también a nuestros futbolistas. De peregrinar a Madrid o Barcelona, se pasó a tomar billete rumbo a quirófanos de Marsella, Múnich, Suiza o Bélgica, ante lesiones complicadas. La Mutualidad podía estar bien para amateurs o semiprofesionales, pero no para quienes constituían patrimonio societario con muchos ceros. ¿No sería hora de cerrar el grifo a un ente tan poco útil, máxime cuando el objetivo de la naciente AFE se centraba en lograr una adscripción definitiva a la Seguridad Social?     

En el libro negro de la Mutualidad irían contabilizándose distintas afrentas. Algunas fechadas 13 ó 14 años atrás, como la del internacional paraguayo Florencio Amarilla, que para recuperarse en plenitud hubo de sufragar con su propio peculio una nueva intervención quirúrgica. Y otras muy pegadas a aquel presente. José Estrella Gracia, por ejemplo, jugador del Deportivo Tranquera, en categoría Regional, a raíz de lesionarse había quedado con un riñón. Siguiendo la inercia en la Mutualidad de Futbolistas, acababa de perder su ficha y, con suerte, si decidiera empeñarse en recuperarla sólo tenía por delante un camino caro y arduo: informes de especialistas descollantes, apoyo de la opinión pública y alguna influencia en la Junta Directiva de la Federación. Al levantino Roberto Francisco Martínez, el infortunado portero del Gimnástico Melilla, tampoco se le permitió seguir jugando. Portavoces de la Mutualidad y de Cruz Roja aseguraron que al riñón extirpado se unía un precario funcionamiento del otro, como consecuencia de algún trauma anterior. Nunca pasó por la consulta de nefrólogos señeros, ni de licenciados en Medicina Deportiva, aunque falleciese relativamente joven, en octubre de 2005, con 64 años.

Ya entrenador, el hispano-argentino durante sus últimos días en los banquillos. Se lo había dado todo al fútbol, y la pelota supo devolverle tantísima devoción.

Los modestos, estrechamente limitados por una Mutualidad tan parca en medios, penaban entre aquel limbo doloroso. En mayo del mismo 1978, cuando la Temporada futbolística avanzaba hacia su desenlace, los jugadores del Atlético de Ceuta (grupo 6º de Tercera División) tuvieron que hacer causa común con su compañero Salvador Durá, lesionado gravemente desde el 30 de noviembre, en partido contra el Don Benito. Puesto que tras ser operado, Durá llevaba cinco meses aguardando una reunión de Consejo en la F.E.F. para decidir sobre su caso, toda la plantilla firmó un escrito anticipando que si para el día 7 no se pronunciaba el máximo órgano, se negarían a saltar al campo, tanto esa fecha como las siguientes. Al mismo tiempo efectuaban un llamamiento solidario a los equipos de la 1ª Regional ceutí, proponiendo suspender igualmente su competición.     

Sin proponérselo, D´Alessandro acababa de destapar una olla de agravios, y por ende la discutible utilidad de una institución antaño ejemplar, aunque insolvente con el transcurrir del tiempo. Cuando tuvo lugar la incorporación de jugadores profesionales al régimen general de la Seguridad Social, aquella Mutua ya no pudo sostenerse. O al menos no sin acometer profundísimos cambios.  

Este repaso de unos hechos ya olvidados quedaría incompleto sin alguna atención a sus intervinientes. Antonio González Arroyo, tras acreditarse como portero de 1ª División mientras nuestro protagonista permaneciera en dique seco (16 partidos del ejercicio 77-78), pasaría dos campañas en blanco, jugó 12 partidos de Liga en 1980-81, cuando los charros descendieron, volvió a cerrar en blanco el torneo 81-82 y, cansado de tanta suplencia buscó aires nuevos en Jaén.

Eduardo Pereira Martínez no era paraguayo, como tanto repitiesen los medios orales y escritos, sino natural de Montevideo, Uruguay (21-III-1954. Durante su campaña y media en Salamanca ni asomó por el campeonato liguero. Tampoco es que luciese mucho en el Gimnástico de Tarragona (temporada 79-80), resuelta con descenso de categoría, y sólo en el Sabadell, luego de cubrir en blanco el ejercicio 80-81, cumplidas las 27 primaveras pudo aferrarse a la titularidad en 2ª División, los ejercicios 81-82 y 82-83. Deglutiendo, eso sí, la amargura de un nuevo descenso.

García Traid, técnico que ascendiera con la U. D. Salamanca a 1ª División y lo mantuviese entre los grandes, en julio de 1978, para sorpresa de muchos, cambió el frío de la meseta por la dulzura meridional envuelta en espejeos de guirnaldas y farolillos, sobre el manso Guadalquivir. Luego también dirigió al Atlético de Madrid.

D´Alessandro, en fin, permanecería activo hasta 1984, olvidándose por completo del traspaso a un grande que hasta poco antes de su lesión considerara factible. Varios periodistas convirtieron en soniquete la pregunta obvia, allá por donde pasara: “¿Se encuentra usted bien, después del percance?”. Y él respondía, haciendo gala de optimismo: “Mi riñón funciona de maravilla. Estoy mejor que antes, con más aplomo y en plena forma”. Hubo, incluso, quien llegó a inquirirle si nunca se veía como un enfermo. A modo de réplica, prefirió decantarse por el ingenio: “Enfermo cuando me entero de lo que cobran otros. Eso sí que me hace subir la fiebre”. Ya entrenador, inició su despegue en el Figueres (1992) y a punto estuvo de ascenderlo a Primera. Luego pudo vérsele por los banquillos del Real Betis Balompié, Atlético Madrid en 2 etapas distintas, su Unión Deportiva Salamanca durante distintos viajes de ida y vuelta, Mérida, Elche, cubriendo también 2 etapas, Rayo Vallecano, Gimnástico de Tarragona, Huesca… Su verbo fácil y vehemente, así como un sentido del espectáculo harto histriónico, acabarían convirtiéndolo en contertulio de los programas deportivos que liderasen José Mª García desde la radio, y Josep Pedrerol en el medio televisivo. Muchos espectadores de “Punto Pelota” o “El Chiringuito” desconocían el excelente portero que fue en su día.

Sólo Arconada, y si acaso un Iribar descendente, aunque todavía capaz de escanciar tardes formidables, le impidieron lucir el número uno en nuestro escalafón.

        

 

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(1).- Clara referencia al tocomocho de los falsos oriundos, importados por docenas para vergüenza de la F.E.F. y casi todos nuestros clubes relevantes. El público de Atocha y San Mamés coreaba cánticos y eslóganes contra aquel fraude, secundando las acciones legales emprendidas por sus juntas directivas. Los extranjeros de nuestro fútbol, sin apenas distinciones, acabarían siendo vistos como oportunistas y aprovechados, en el mejor caso, o falsificadores de identidad, ante el beneplácito de propios y extraños. Hubo, es cierto, brotes de hostilidad. Incluso entre la hinchada de equipos donde muchas tardes figuraban 4 ó 5 foráneos. La propia Unión Deportiva Salamanca intentó hacer pasar por el cedazo federativo al sudamericano Pesoa, cuyos papeles no resistían un mal vistazo al trasluz.

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