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RESUMEN:

En mi artículo «Creación de la UEFA”[1] mencionaba la Copa Latina como uno de los precedentes de los torneos continentales que ponía en marcha la Federación europea en 1955. Y también hacía mención de la hoy olvidada “Copa Mitropa” que arrancó en 1927 de la mano del austríaco Hugo Meisl. Y ahora, un poco más

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La Copa Latina. Orígenes

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En mi artículo «Creación de la UEFA”[1] mencionaba la Copa Latina como uno de los precedentes de los torneos continentales que ponía en marcha la Federación europea en 1955. Y también hacía mención de la hoy olvidada “Copa Mitropa” que arrancó en 1927 de la mano del austríaco Hugo Meisl. Y ahora, un poco más prolijamente, es llegado el momento de tratar de tal Copa Latina. Si he hecho mención de la “Copa Mitropa” – reservada en principio para los clubes campeones de Europa central – ha sido simplemente para dejar constancia de la fecha de su iniciación.

En España hubo siempre una enorme vocación de los clubes por los contactos europeos. Eran los tiempos en los que el aficionado era el rey de las actividades de los equipos. Ahora el centro de gravedad está en otro sitio…Pues bien, en aquellos años previos al profesionalismo y en los primeros tiempos de éste, en las grandes fechas festivas no solía faltar el partido internacional del club de la ciudad con un famoso equipo extranjero. En los puntos de fútbol grande del triángulo minimalista – y ya saben a qué me refiero – no faltaba en el día de Navidad, el de Año Nuevo, el de Reyes…el partido internacional. Por Bilbao los preferían británicos; por San Sebastián e Irún franceses, por Barcelona, centroeuropeos y en Madrid, rompeolas futbolístico español – perdón -, una mezcla de todo ello.

No resulta extraño que en el pensamiento de los federativos “de la Nacional”, como se decía entonces, y de los más conspicuos escritores de fútbol surgiera la idea de organizar esas visitas de forma menos esporádica, más estable, menos de “programa de ferias y fiestas”. Para ello nada mejor que un torneo anual entre los más sobresalientes equipos hispanos y los de los países ya conocidos por los viajes de sus grandes equipos.

La idea de Juan Deportista

Uno de los adalides periodísticos de los años 20 era «Aire libre», semanario deportivo madrileño que posteriormente tuvo continuidad de título en Barcelona. Pues bien, en ese semanario, concretamente el de fecha 6 de enero de 1925, sin duda a la vista de los partidos navideños de los puntos citados, escribía Juan Deportista el siguiente artículo titulado “El campeonato de fútbol de la Europa latina”. Su texto era el siguiente:

«Vamos a volver sobre una iniciativa a la que hace pocas semanas dimos publicidad en las columnas del fraternal colega Mundo Gráfico. Pensando en la importancia de los partidos nacionales, pero al mismo tiempo en la conveniencia de obtener de ellos una verdadera clasificación a la que sólo cada cuatro años se llega en los Juegos Olímpicos, y de un modo relativo nada más, escribimos a propósito de la posibilidad de organizar un campeonato futbolístico de los países latinos de Europa, en el cual podrían participar las selecciones o los clubs campeones de Francia, Italia, Portugal y España.

“En labios de autorizados aficionados hemos oído comentarios favorables y por ello vamos a insistir para darle en cierto modo a nuestra exposición un carácter oficial, puesto que por conducto regular pretendemos que llegue este escrito hasta los federativos nacionales y ellos nos den su opinión.

“Creemos llegado el momento de estudiar la implantación de un torneo internacional del mediodía de Europa, en el que participaran las naciones en cierto modo afines. Tal torneo debería ofrecer como premio un trofeo que se solicitaría de una alta personalidad y que para quedar en propiedad de una nación debería ser ganado dos años seguidos o tres alternos.

“El aspecto económico, parte dificilísima y delicada de la cuestión, quedaría salvado teniendo presente que los matches serían ocho – esta es nuestra proposición – a jugar en campos de países neutrales para los dos contendientes, lo cual ofrecería a los aficionados al fútbol perspectiva de presenciar contiendas internacionales, en las que aun no siendo participe, estaría interesadísimo por la importancia que del resultado dependería para el propio grupo nacional.

“¿Convendría deportivamente la organización de ese campeonato de la Europa latina que comprendería – dos vueltas de a cuatro partidos – hasta ocho matches eliminatorios? Salta su indudable importancia, a nuestro entender, tan sólo con fijarnos en que, por razones de vecindad, y hasta de psicología, se trata de regularizar las contiendas que repetidamente, pero con irregularidad han ventilado ya dentro y fuera de España.

“Debería tener este campeonato, para que la victoria no ofreciera dudas ni regates, un doble carácter importantísimo el premio que solicitado de Su Majestad el Rey, bien podría ser la magnífica copa de Europa latina, disputada con arreglo a las prescripciones de un reglamento a estudiar puntualmente, y a la circunstancia de que todos los matches se jugaran en terreno neutral, lo que además de proporcionarnos la valiosísima referencia deportiva de unos duelos internacionales, dignos de una Olimpíada, serviría de un modo indispensable a la absoluta neutralidad de la contienda que precisa de todos los requisitos de independencia para ser siquiera intentada.

“Si la idea prosperase, y mucho tememos que los compañeros de Prensa y hasta los federativos futbolísticos la hallen inaceptable por sus múltiples dificultades y aun por otra suerte de causas, en las que quizá nosotros no hayamos pensado, opinamos que lo más sensato sería aconsejar la organización en los años alternos impares al objeto de no coincidir nunca con las fechas olímpicas, y aun de dejar de cuando en vez un plazo anual para medirse con otros países y hasta para el descanso merecido.

“Tiene la modesta iniciativa una liza a la que compararse: el campeonato de selecciones entre las repúblicas suramericanas. Quisiéramos nosotros diferenciarla de aquélla (en busca de una deportividad que a veces pone en peligro la pasión de los públicos), hallando un ambiente absolutamente neutral, que de igual modo favorecería a todos y a nosotros, aficionados, nos proporcionaría la suprema visión de los más positivos valores europeos del balón redondo, en el marco adecuado a semejante torneo internacional.

“Finalmente, creemos que dos vueltas para eludir con el match revancha toda clase de factores equívocos (puesto que habrían de variar siempre los terrenos y países neutrales, serían la definitiva garantía de un campeonato que, si en principio presenta evidentes obstáculos que dependen sobre todo de largos desplazamientos y de dificultades de concentración de equipo, tienen en suma la ventaja deportiva incuestionable de enfrentar, en una verdadera olimpíada de la Europa latina los grupos de futbolistas que se han revelado en los últimos años como los renovadores del sport más popularizado, con una táctica peculiar en cada país que embellece y dignifica el noble juego’’.

 La excelente idea o iniciativa de Juan Deportista no había tenido una feliz concreción, quizá porque el propio periodista no tenía muy claro si el torneo tenía que ser con clubes o con selecciones nacionales. A lo largo del texto se nota esa ambigüedad que hacía perder fuerza a su proposición.

Posiblemente la Real Federación – cuyo Comité ejecutivo estaba compuesto en aquellos momentos por D. Julián Olave (presidente), D. José Rosich (tesorero) y D. Luis Colina (secretario) – muy volcada con la Selección nacional y no menos resentida por la eliminación de España en los Juegos Olímpicos de París – ¡el malhadado gol de Vallana! – no apetecía de nuevas pugnas internacionales. Las comprometidas para esa temporada (Portugal, Suiza e Italia) tenían ya bastante azacaneado al Comité – que había asumido las competencias de “trío seleccionador” – como para buscarse nuevas complicaciones… De aquí que mirara para otro lado, para los clubes, a ver si ellos se sentían aludidos por el artículo de Juan Deportista y entraban al trapo. Pero los cinco que podían hacerlo no se dieron por aludidos. Ni una sola llamada, conocida, se cruzó entre Barcelona, Real Sociedad, Real Unión de Irún, Athletic de Bilbao y Real Madrid para tratar o comentar esa propuesta. Teóricamente eran clubes amateurs y tal torneo implicaría unos desplazamientos largos, unas ausencias prolongadas que los jugadores no podrían cumplir. Si unos meses más tarde iban a arruinar la historia del Celta de Vigo por mor del largo viaje hasta Galicia, no iban a recibir de buen grado un viaje a París o a Roma.

Los franceses habían dado la vuelta a todo. Se habían incluido en la “latinidad”, lo cual tiene cierta lógica de situación, e inmediatamente habían echado mano de su invento de “Latinoamérica”. El Mediterráneo – que era el Mare Nostrum – se les quedaba pequeño. Y se fueron a América. En busca de los grandes campeones ya que Francia en aquellos instantes era futbolísticamente muy poco. Lo cual no era mala contradicción, que adquiría caracteres grotescos al prescindir del fútbol portugués. Portugal podía no ser un país mediterráneo, pero era latino hasta el fondo. Desde luego de línea más directa con la romanidad que Brasil, por poner una nación depositaría de las grandezas portuguesas. La Federación francesa se iba más allá del Atlántico y se olvidaba del más acá. Y hay que consignar que en aquellos momentos el fútbol portugués tenía bastante más entidad que el galo. No deja de ser curioso el que el fútbol francés intentara un torneo en el que él iba a ser el farolillo rojo. Si ante el fútbol español era un segundón, ante Argentina, Brasil o Uruguay era un auténtico pigmeo. E Italia estaba emergiendo con un vigor casi palpable… ¿Qué explicación razonable tenía el montar un torneo para quedar en ridículo?

Y la idea, tan bonita sobre el papel, se fue desflecando. Ya consigna Juan Deportista que los equipos suramericanos venían a Europa no en busca de prestigio, sino de Y como la plata no circulaba a ojos vistas en Europa y en el torneo proyectado no había “managers” que concertaran contratos no le interesaba ni a las selecciones ni a los jugadores. Si en Europa circulaban más mal que bien los amateurs marrones, en el fútbol suramericano eran la moneda corriente. Como oficialmente no existía el profesionalismo, sus jugadores podían ser olímpicos, como lo habían sido los españoles en los Juegos Olímpicos de París y lo serían los italianos en los de Amsterdam. Con ello quiero decir que a las naciones de más allá del Atlántico sólo les interesaba el dinero europeo, porque el prestigio lo tenían que ganar en su terreno, en la Copa América. No ocurría lo mismo con los europeos que, debido al enorme contingente de emigrantes, se encontraban poco menos que en su casa en Argentina y Uruguay, y podían ganar o perder el prestigio en ambas orillas del océano. Total, que los equipos americanos volvieron la espalda al proyecto francés. Los federativos españoles encontraron allí su pretexto para renunciar a un torneo que, debido a lo alto que habían apuntado, resultaba ridículo solamente con los dos países – ¿latinos?, ¿mediterráneos? – invitados.

Y todo terminó allí. O no…

[1] Véase Cuadernos de Fútbo” suplemento número 18 de la revista “Fútbol” de la RFEF, marzo 1999.

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